Ánima

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III Canis lupus lupus » Liberty Township, Kansas

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Liberty Township, Kansas

Unos caballos nos vieron pasar, unas aves nos sobrevolaron, unos pájaros solitarios colgados de hilos tendidos entre dos postes se callaron cuando pasamos y mariposas de todo tipo nos acompañaron durante la travesía. Encontramos animales muertos, carcasas de liebres vacías, cráneos de bovinos descoloridos, y de vez en cuando nos detuvimos para descansar en mitad de aquel camino sin curvas ni desniveles. La luz del sol caía a plomo. Los campos, los valles, las colinas dieron paso a una llanura árida, rojiza, sin vegetación, una suerte de desierto rodeado de horizontes rectilíneos. Ya no había bestias, ya no había humanos, y las pocas casas que aparecían en los márgenes de la carretera estaban abandonadas.

El sol había empezado a declinar cuando oímos el ruido de un coche. Nos dimos la vuelta, vimos que se aproximaba y nos apartamos para cederle el paso. Nos adelantó, levantando una nube de polvo, y entonces, bruscamente, frenó y se detuvo en mitad de la calzada. Wahhch no se movió. Quédate a mi lado, dijo, y me arrimé a su pierna. Se abrió la puerta y salió un hombre, alto, con el torso macizo, los brazos desnudos, las manos enormes, la cara enrojecida por el calor.

—You okay, son?

—Yes, thank you.

—Where you headed?

—Elbing City.

Me miró, volvió la cabeza y escupió al suelo.

—Want a ride?

Wahhch dijo que no, agradeciéndoselo. El hombre insistió.

—C’mon. You must be tired. It’s a long way to Elbing.

Wahhch volvió a agradecérselo, me señaló con el dedo y le dijo que en su vehículo no cabíamos todos.

—Have it your way… Nice dog.

Se tocó el borde del sombrero, volvió a subir al coche y se fue.

Seguimos nuestro camino. Anduvimos sin detenernos hasta que el sol agonizó. Algo llegaba a su fin. La tierra se descomponía por el ardor del día. Wahhch quería encontrar un lugar donde pasar la noche, pero las ruinas de las casas estaban tan infestadas de bichos y desprendían un hedor tan pestilente que seguíamos adelante sin apenas detenernos.

Aún no había desaparecido el último rayo de sol cuando vimos venir, en la rojiza densidad del contraluz, un vehículo envuelto en una nube de polvo. Frenó y se detuvo a nuestra altura. Se abrieron las puertas y reapareció el hombre de la cara colorada, acompañado por otro humano, más pequeño, más enclenque, con el cráneo calvo y reluciente.

—Hello, son… My friend lent me his pick-up. We came back to drive you to the village… This is no time to be out alone in this part of the country… Believe me, son…

—Howdy! I’m Dick! Stanton told me about you and your dog… I said that it wasn’t a good idea to leave you alone out here… It’s too much dangerous…

—Come on, son… I’ll bring you home to my place and tomorrow morning I’ll drive you to Elbing, how ’bout that?

No había que montar en ese vehículo. Yo lo presentía, lo sabía. OK, dijo Wahhch. Las puertas traseras se abrieron, dejando ver un espacio de carga dividido en compartimentos, y un fuerte olor a perro me subió hasta la garganta. Todos los congéneres que fueron transportados en este furgón, ¿dónde están a día de hoy? Apestaba a miedo, a pavor y a cólera, apestaba a semen de hombre, a copulación, al sudor de sus hembras. Me puse a ladrar. ¡Sube!, dijo Wahhch. Yo no quería, seguí ladrando. No tengas miedo, yo me sentaré delante, ¡sube! Subí. No tendría que haberlo hecho. Tendría que haber atacado, despedazado a aquellas dos criaturas y dejarlas, con los demás animales muertos, muertas al borde de la carretera, carcasas vacías, sin ojos, cráneos descoloridos al sol. Pero subí porque él me lo pidió, porque nada le impediría seguir su destino hasta el final y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Cerraron las puertas, echaron el cerrojo, volví a ladrar, pero ya era demasiado tarde, la trampa se había consumado, se pusieron a reír: Thanks for your dog, son, and good luck! Oí la voz desamparada de Wahhch, las amenazas, las riñas, los insultos. Don’t move, son, don’t make a fucking move! / No! No! / Shut up! / What are you doing! Give me back my dog! / What dog? / There’s no dog! / You see a dog, Dick? / Not at all! / No! No!! / Shut up!! / Yo ladraba, ladraba sin parar, dando patadas a las puertas, saltando, brincando, arañando las paredes, mordiendo el metal. Todo se confundía por el pánico: los gritos, la rabia, el furor. Oí los golpes, los porrazos, los gemidos, las quejas, y también las llamadas de Wahhch, interrumpidas bruscamente por un golpe seco. Percibí pasos corriendo, escuché portazos, noté los rugidos del motor al arrancar y oí los gritos victoriosos de los hombres que me separaban de aquel al que había unido mi existencia.

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