Ánima

Ánima


III Canis lupus lupus » Virgil, Kansas

Página 123 de 154

Virgil, Kansas

Me encadenaron dentro de una barraca oscura que apestaba a orina y excrementos de mis congéneres, de los que no quedaban más que algunas marcas de arañazos en el suelo manchado de sangre reseca.

Vi pasar la noche, vi pasar el día, vi pasar la tarde sin comer ni beber, cuando por fin se abrieron las dos grandes puertas que había al fondo de la barraca. Entraron los humanos, densas siluetas tamizadas por las luces de las linternas que colgaban de las paredes. Su resplandor reptaba por la bóveda y proyectaba en el techo la inmensa sombra de aquel armazón que desprendía un vaho nauseabundo y húmedo, aureolado de oprobio. Tantas bestias habían conocido allí la agonía y la desolación. Fuera había unos árboles enormes. Me precipité hacia la salida, arrastrando la cadena que sujetaba mi pata. Al llegar al final de su extensión, se atrancó y, levantado bruscamente del suelo, dislocado por la fuerza del impacto, giré sobre mí mismo y caí, desarticulado, sobre el polvo.

Los humanos se rieron, entrechocaron las manos, se pusieron a gritar. Yo me levanté, claudiqué y me dirigí al lugar en el que la cadena se hundía en una estaca clavada en la masa grisácea del suelo. La olí, la lamí, la probé. Tenía el sabor de la desgracia.

Los humanos eran cada vez más numerosos. Colocaron unas vallas metálicas y se instalaron en círculo a mi alrededor. Varias mujeres pasaban, con las piernas desnudas, los pechos al aire y los brazos coronados por bandejas repletas de copas llenas de una bebida ocre. Los hombres las agarraban, se las ponían entre las piernas, las retenían por las caderas, se frotaban contra sus nalgas y palpaban con las manos bien abiertas sus redondeces, soltando gruñidos de satisfacción. Las mujeres reían ruidosamente, besaban a los hombres, se los quitaban de encima, los abofeteaban, les metían las manos en los bolsillos para llevarse unos papeles arrugados, acariciando al pasar sus miembros erectos y oprimidos por la tela rígida de los pantalones, y acababan sirviéndoles una copa antes de perderse entre las piernas de cualquier otro macho. Una de ellas, muy joven, me lanzó una esponja empapada de agua. Pude saciar mi sed, beber y apagar el fuego que me abrasaba la garganta. Un hombre la agarró, la obligó a agacharse y le plantó en la boca su entrepierna. Ella se levantó y le pegó. Escupió al suelo. Noté su olor. Me resultaba familiar. Flotaba en el espacio de carga del vehículo que me había llevado hasta allí. Había estado justo antes que yo. El hombre se echó a reír, los demás lanzaron gritos de júbilo.

Los veía beber y desgañitarse y partirse de risa. Entre la confusión de voces, escuchaba los exabruptos inflamados, perlas desperdiciadas por aquellos que, acostumbrados a encontrar las palabras en la boca, no tienen ningún sentido de la mesura. ¿Quién sabrá acercarse al mutismo de las bestias? Y ellos, ahí, ante mis ojos, ¿qué han olvidado para infligirme el daño que me están infligiendo? Se ríen señalándome con el dedo, pero su risa se sostiene gracias a la cadena que me sujeta la pata. Bastaría que me liberase para que se tragaran la lengua y vomitaran el contenido de sus intestinos.

Las puertas se cerraron, bloqueadas por una gran barra de madera colocada de un extremo al otro. Notaba cómo subía la excitación de los humanos. Algunos apenas se sostenían sobre las piernas. La barraca estaba abarrotada. Hacía mucho calor. Empecé a ir y venir de un lado a otro enseñando los colmillos. El hombre de la cara colorada me empujó hacia el centro del círculo con la ayuda de un bastón con el que no paraba de golpearme la cabeza. Me di la vuelta y le salté al cuello, pero la cadena, una vez más, cortó en seco mi embestida y me estrellé contra el suelo. El hombre siguió golpeándome, me erguí sobre las patas posteriores y retrocedió, gruñí, bramé y volví junto a la estaca, donde me atrincheré, con la cabeza gacha, los colmillos al descubierto, el pelo erizado, temblando de furor.

Entraron los perros. Los amos los sujetaban por el cuello y todos llevaban alrededor del hocico una lazada de cuero que les impedía ladrar. Al verme, empezaron a dar saltos, a gemir, a tirar de la correa, a ponerse de pie cuando el collar llegaba a su tope. La muchedumbre, enardecida, exigía que empezaran cuanto antes los combates. Me agaché, enseñé los colmillos. El primer perro, un moloso con las orejas recortadas, se acercó, arrastrado por su amo. El hombre calvo invitó a los presentes a hacer sus apuestas y, liberando al perro del bozal, lo empujaron al otro lado de la valla, hacia el centro del círculo.

Saltó sobre mí, con la boca abierta y los colmillos en ristre. Yo salté a mi vez, aprovechando su impulso para chocar frontalmente. Se pegó un porrazo y quedó medio aturdido. Me arrojé sobre él, le mordí la quijada, lo aplasté contra el suelo, obligándolo a darse la vuelta. Me puse sobre su pecho, le oprimí los pulmones, le desgarré las entrañas con las zarpas de mis patas traseras. Se revolvió, gruñendo de rabia, agitando los miembros en todas direcciones. Atrapé su mandíbula inferior con los colmillos y oí su grito desesperado. Mantuve la presa y tiré hasta que el hueso crujió, hasta que estalló la cápsula de la quijada donde se ensamblan las articulaciones de la cabeza. La muchedumbre vociferaba, el amo berreaba, daba palmadas, mimaba los gestos de un combate. Su perro estaba perdido. La mandíbula se le dislocó sobre el pecho, hundí mi cabeza en su boca, le mordí la lengua, la seccioné, apagué mi sed con el jugo efervescente de su vida, dejó escapar un último estertor, atrapé su garganta hasta notar en mi boca los latidos de su corazón, apreté los dientes y, de un tirón, lo arranqué todo. La sangre salió disparada hasta el techo, la bestia se vació y las tinieblas le cubrieron los ojos.

Me senté. Me rechinaban los dientes, vibraba de furor, rabioso, temblando. Los humanos se habían callado. Los desafié a todos. El hombre de la cara colorada anunció el segundo combate. Alguien dijo que antes habría que retirar el cuerpo del perro, pero nadie quería entrar en el círculo. Otro hombre gritó que no servía de nada hacer apuestas porque ya se sabía de antemano quién sería el vencedor.

—Nothing can beat that monster!

El hombre calvo respondió que bastaría con apostar sobre la duración de los combates. Yo había dejado de escucharlos. Me ahogaba. Quería husmear el espacio, pero el olor a sangre era demasiado intenso. Froté el hocico contra el polvo, tosí, estornudé, escupí. Poco a poco, el aire empezó a entrarme en las fosas nasales, cargado de todos los olores que saturaban la atmósfera de la barraca con aquel calor de sauna tan propicio a los hedores. Distinguí, netamente, la fetidez y las impurezas amoniacales, agrias, amargas, ácidas de los humanos. Al fondo, en un rincón, un hombre copulaba con una mujer con los pechos desnudos. La tenía agarrada por las caderas y la obligaba a arquearse tirándole del pelo rubio, bajo la mirada de los que estaban sentados a su alrededor. La embestía violentamente. La mujer jadeaba. Se incorporó, se colocó bien, se sentó encima del macho, dándole la espalda, y lo montó, acelerando frenéticamente el movimiento de sus caderas, sobándose las tetas, hasta que los dos se quedaron quietos y los efluvios del semen del hombre, saliendo a borbotones para alojarse en las profundidades del sexo de la mujer, me llegaron puros, agrios, ligeramente salados.

Aparté la vista. La chica que me había dado de beber me estaba mirando. En sus ojos azorados pude ver rabia y tristeza. Sálvame, parecía pedirme a gritos. ¡Sálvame, sácame de aquí, desgárralo todo, destrózalo todo y libérame! La habría salvado si hubiera podido, si hubiera tenido libertad de movimientos, pero me retenía una cadena y me impedía actuar. Di una nueva bocanada de aire y mi corazón se puso a latir de alegría. Me embargó una felicidad infinita. Volví a aspirar. Y allí, a través de la compacta masa de vapores, noté, imperceptible, el olor de Wahhch. Estaba allí, en algún lugar entre la muchedumbre. ¿Por qué no me venía a buscar? Ladré, lo llamé, levanté la cabeza, tiré de la cadena sin llegar a divisarlo. Estaba allí, me había encontrado, no me había abandonado.

La muchedumbre vociferaba de nuevo. Dos perros sin bozal habían cruzado las vallas, arrastrados por un solo amo. Los empujaron hacia el centro del círculo y se abalanzaron sobre mí, uno para atacarme de frente, con las patas apuntándome al cuello, el otro para morderme el jarrete justo donde estaba amarrada la cadena. Dimos vueltas por el suelo, agarrados, confundidos en una masa compacta, resbalando en el charco de sangre del moloso degollado, tropezando con sus despojos, mezclando gruñidos y lamentos. Me erguí, moví la cabeza de abajo arriba y, abalanzándome de nuevo, le mordí el cuello al primer perro, hincando bien los dientes en la masa adiposa de su carne y, con un solo gesto, lo lancé contra las vallas, dejándolo aturdido, desarticulado. Me volví, le di un colmillazo en la grupa al segundo, liberé mi pata de su mordisco, me encorvé y, bajando la frente, le aplasté el cuello contra la estaca clavada en el suelo. Era una hembra. Intentó soltarse tirando hacia atrás, arañando el suelo, gañendo, sin lograr deshacerse de mi presión. La puse panza arriba antes de que volviera el otro perro, le hundí los dientes en el pecho, la agarré bien por las costillas, apreté las mandíbulas, la levanté del suelo y la empalé en la fina punta de la estaca. Lanzó un aullido mortal y se deslizó por el tallo, retorciéndose, resollando miserablemente por su derrota. El primer perro se había levantado y venía hacia mí. Gruñí, le enseñé los colmillos, se puso a temblar, agachó la cabeza, pero su amo, furioso, no dejaba de excitarlo, obligándolo a combatir, humillándolo, insultándolo entre los abucheos de la muchedumbre. El perro temía, más aún que la muerte, el desamor de su amo. Se irguió y me lanzó un colmillazo en la testuz, tan repentino y tan vivo que, sin quererlo, abrí la boca y le mordí la cabeza, hundiendo los dientes en la cuenca de sus ojos. Yo no quería hacerle daño, ni a él ni a ninguno de mis congéneres. Lo solté y retrocedió, ciego, ensangrentado, lamentable, hasta los pies de su amo, donde se desplomó temblando. Su amo se agachó. Lo examinó, parlamentó un instante con otro hombre, menearon la cabeza, el amo sacó un objeto metálico de su chaqueta y lo apuntó en dirección al perro. Sonó una detonación, el animal se estremeció y se quedó inmóvil, sin vida, tranquilo ya para siempre. La hembra ensartada aullaba de dolor. Me puse a dar vueltas a su alrededor, olfateando sin cesar el olor de Wahhch. La muchedumbre exigía que continuaran los combates, pero el amo quería recuperar a su perra. Aunque solo sea para terminar con ella, le decía al hombre calvo, para no tener que soportar más sus gritos y sus tormentos.

—Go ahead! Get your fucking dog out of here!

—Fuck you! That monster’s not mine! He’s yours! It’s your fucking problem, okay?

—I don’t fucking care!

—Give me back my cash!

—No fucking way!

Estaban a punto de llegar a las manos cuando un hombre gritó que él mismo iría a buscar a la perra. La muchedumbre se echó a reír.

—You’re drunk, George!!

—Two hundred bucks that I can get that fucking dog out of there!

Alzó el brazo, mostrando unos billetes verdes, sin dejar de vocear Two hundred bucks, okay, two hundred bucks that I can get that fucking dog out of here!!! Se dio la vuelta, lanzó los billetes a los pies del hombre calvo y fue hacia las vallas. Viendo que se tambaleaba, una mujer intentó detenerlo, pero él la apartó gritándole Bitch! y entró en el círculo.

Tenía una mirada vidriosa. Por la boca entreabierta se escapaba el hedor bilioso de sus vísceras. Me llegaba el olor de los excrementos comprimidos en su vientre, turbios, licorosos. Escupió. Yo permanecí inmóvil. Dio un paso al frente. Me tumbé y aparté la mirada. Dejé que viniera hacia mí.

—I’m your master now, you hear me, you fucking bastard?

Me incorporé sin mostrar ningún signo de agresividad. Me erguí sobre las patas posteriores, me apoyé en sus hombros y lo miré directamente a los ojos. Ya no se atrevió a moverse. En la barraca, el silencio era absoluto. Le enseñé los colmillos y lancé un profundo aullido. Lo sentí desfallecer. Separé las mandíbulas como me enseñó a hacerlo la perra que me trajo al mundo, mostrándole el abismo de las profundidades de mi garganta, y le lancé en la cara el ladrido de mi raza, ese que lanzamos al cielo en las noches sin estrellas, sin luna ni esperanza, temerosos de no volver a ver nunca más la salida del sol, para estremecer los pilares de la tierra, despertar la luz y hacer llegar el día. Se puso pálido, se quedó de piedra, los ojos se le salieron de las órbitas, las pupilas se abatieron, el olor de los intestinos, vaciándose piernas abajo, atufó toda la atmósfera, se puso a temblar, vio cómo la muerte pasaba por su lado, se desmayó y cayó de espaldas.

Una mujer con las tetas al aire rompió a llorar entre la muchedumbre. Se puso a chillar, a invocar la desdicha de los hombres, la cólera de las bestias, a decir que yo era sin duda un enviado, o bien del diablo o bien de Dios, y que no siguieran provocándome ni obligando a los perros a desgarrarse entre sí, o todas las bestias que habían muerto allí nos maldecirían, desde el infierno, a nosotros y a nuestra ciudad. Estaba tan aterrorizada que nadie se atrevió a interrumpirla, hasta que ella misma se calló, con las palabras ahogadas en el caos de sus sollozos. Hubo una vacilación, un momento de vacío del que surgió, como de la nada, seca, firme, poderosa, la voz de Wahhch. Dijo ¡No! Dijo que no existían ni el diablo ni el buen Dios, tan solo crápulas que merecen ser destripados más aún que las bestias, pues desde que el mundo es mundo, el cielo no ha visto nada más bestial que el hombre. Todos los espectadores se volvieron, buscándolo con la mirada.

—Who are you? —preguntó el hombre de la cara colorada.

Noté un movimiento en un sector de la muchedumbre. La gente se apartaba para dejarlo pasar. Se separó del grupo, entró en el cerco de luz y se hizo visible. Me puse a ladrar.

—I’m that dog’s master.

—Virgil doesn’t like foreigners like you. Get out of here!

—I’ll go with my dog.

—Hey folks! Listen! I think that guy doesn’t understand what I said… Maybe if we sing our anthem for him, he’ll understand much better! What d’ya think?

Y la multitud, como una sola voz, empezó a entonar su himno:

I’ve got God!

And I’ve got a gun!

And you’re gonna need both!

If you come round here!

I’ve got God!

And I’ve got a gun!

And you’re gonna need both!

If you come round here!

Se rieron de Wahhch, lo insultaron, le predijeron la muerte, el sol devastador, el festín que se darían los buitres en el desierto si no se largaba pronto de allí. Get out of town, you fucking sucker, le dijo el hombre de la cara colorada. Wahhch sacó de la chaqueta el arma que le había dado Humbert y apuntó al techo. Se escuchó una detonación.

—I’ve got god and I’ve got a gun, too, and that dog is mine. That man stole my dog and I’m not leaving your town without my dog!

Entonces se puso a chillar, loco de rabia, con lágrimas en los ojos, al tiempo que preguntaba cómo trataban allí a los ladrones de caballos, cómo trataban allí a los ladrones de animales y qué habrían hecho ellos si hubieran estado en su lugar, qué habrían hecho si un hombre les hubiera robado a su perro, su compañero de camino, su mejor aliado. What would you have done? Hey!! Answer! What would you have done? Alguien dijo que no dudaría en matar al primero que se atreviera a tocar a su rebaño, a sus hijos y a su mujer.

—So you understand what I feel! I don’t want to kill anybody! I just want my dog!

—OK! But prove that this dog is yours!

Wahhch cogió una copa, dio un trago y entró en el círculo. Por fin volvíamos a estar juntos. No te muevas, me dijo. Lo primero que hizo fue sacar de allí al hombre desvanecido, luego volvió para llevarse al primer perro y entregárselo a su amo, y por último se acuclilló. ¡Ven aquí! Avancé hasta que la tensión de la cuerda me obligó a detenerme. ¡Quieto ahí! Me senté. Fue a buscar a la perra. Estaba muerta. La desensartó de la estaca y se la llevó a su amo. Se acercó hasta mí, se volvió a acuclillar, me tomó la cabeza entre las manos y me empezó a hablar.

—Perdóname por la sangre de tus compañeros. Perdóname. Las hecatombes me llaman y no oigo nada, no entiendo nada. Perdóname. Hay un precipicio. No lo volveré a esquivar. Te lo prometo. No te abandonaré nunca más, te lo prometo. Iremos juntos en busca de las palabras que nos faltan. Las reuniremos y saldremos por fin de esta fosa a la que me arrojaron y de la que, ahora lo entiendo, lo he entendido al verte luchar, jamás he salido.

Lamí sus lágrimas, hundí la cabeza entre sus brazos, vertió en la palma de su mano un poco de aquella bebida y me la dio a beber. Se agachó, contempló mi pata oprimida, descubrió una tuerca en el grillete de la cadena, la aflojó y la tiró a los pies de la estaca. Di un paso, liberado, dueño de mis movimientos. La muchedumbre retrocedió, Wahhch me llamó a su lado y me arrimé a su pierna.

El hombre de la cara colorada soltó una risita sardónica y le aconsejó que no se entretuviera.

—You can be sure I’ll find you!

Wahhch no respondió a sus amenazas y avanzamos entre la gente. La chica que había saciado mi sed ya no estaba. Ya no me llegaba su olor, ya no la veía entre la muchedumbre. Las puertas estaban cerradas. Wahhch levantó la gran barra de madera, la dejó caer al suelo y, apoyándose con ambas manos, empujó los batientes y nos fuimos sin mirar atrás.

Ir a la siguiente página

Report Page