Ánima

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I Bestiæ veræ » Felis sylvestris catus carthusianorum

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Felis sylvestris catus carthusianorum

Habían jugado tantas veces a morirse el uno en los brazos del otro, que al encontrarla ensangrentada en mitad del salón se echó a reír, convencido de estar asistiendo a una representación, a algo grandioso que consiguiera sorprenderlo esta vez, anonadarlo, pasmarlo, hacerle perder la cabeza, quedarse con él.

Por la mañana, tras darle la bolsa de plástico amarillo, ella había dicho en tono jovial Compra atún porque el-atún-es-bonito, pero era evidente que estaba muerta, pues tenía los ojos abiertos, la mirada fija y, entre las manos, la herida, el cuchillo clavado en el sexo.

Quitadme la tierra de encima, quiso gritar, como el día ya lejano en que unos hombres lo enterraron vivo. No debo llorar, se había dicho, si lloro, si grito, empezarán de nuevo, me sacarán, me matarán y volverán a meterme dentro. Y allí, de pie en mitad del pasillo de la entrada, perdiendo la noción del tiempo, se quedó quieto, sin respirar, por miedo a que todo volviera a empezar, a que ella muriese otra vez, algo absurdo a fin de cuentas, ya que estaba muerta sin duda alguna, con las manos aferradas a la hoja, ramo de flores sobre su vientre destripado. Ignoro si intentó retirar el cuchillo durante la agonía, pero si lo hizo tuvo que morir antes de conseguirlo, pues el esfuerzo exigía demasiada sangre. Estoy seguro de que él imaginó los últimos latidos de su corazón, pez gato en mitad del pecho, abandonado a sí mismo, arrastrado hacia las profundidades. Estoy seguro de que imaginó fluir su sangre por última vez, fuga desbocada, ciega, a través del dédalo de venas para brotar como una carcajada por la herida abierta de su sexo, donde el cuchillo se había clavado y clavado y clavado y vuelto a clavar.

¡Léonie…! ¡Léonie…! No era nada, ni una llamada, ni un quejido, apenas un hálito, el reflejo de lo cotidiano. Le gustaba tanto decir su nombre, con toda la dulzura de la que era capaz, Léonie, me gusta tanto decir tu nombre, Léonie, nacen libélulas al mover los labios, Léonie, se acabaron las libélulas. Frente a él se alzaban muebles y objetos, insoportables en su mutismo, en su indiferencia ante la desdicha.

La luz del día, discretamente, fue retirándose del apartamento, absorbida por el movimiento general del mundo a través de los dos ventanales, como si estuviera al final de un embudo. Era aquella hora en la que el cielo, en su límpida belleza, conservaba el luminoso azur de las vidrieras de la catedral donde me gusta perderme de vez en cuando.

No sabría decir cuánto tiempo permaneció inmóvil, cuánto tiempo pasó antes de que se arrodillara a su lado. Yo lo veía iluminado por la luz amarillenta de las farolas de la calle que salpicaban, como manchas, una parte del salón. Acercó su rostro al rostro de ella, cada instante nos alejaba más de Léonie, pálida como una estrella demasiado distante, amoratada por las tinieblas de la noche. Se incorporó, levantó la cabeza, buscó el aire y, agarrándose el vientre con los brazos entrecruzados, como si quisiera calmar un agudo retortijón, dejó escapar un gemido, ni grito ni llanto, más bien un vómito ronco, provocando una vibración que hizo que los cristales del apartamento se pusieran a temblar en sus marcos de madera.

El mundo no se mueve mientras los humanos están de pie. Es una ley innata, inscrita en mis genes. De ahí mi pavor al verlo a cuatro patas, con las manos extendidas sobre el charco de sangre, inclinado sobre la superficie para beber su color. Al levantarse, miró las palmas de sus manos y las puso sobre su propia cara.

Me he comido el atún que había en la bolsa y he bebido el agua del lavabo. Ha venido la noche y luego el sol y otra vez la noche y luego nubes y lluvia y de nuevo la noche y también unos pájaros, antes de que la puerta se viniera abajo y unos hombres que no conocía entraran para cogerlos y llevárselos a los dos.

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