Ánima

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I Bestiæ veræ » Passer domesticus

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Passer domesticus

Durante dos días no se movió de la cama en que lo habían acostado. ¿Se levantaría al llegar la noche, para ir y venir por la habitación, presa de su tristeza? Nuestra naturaleza, ligada al movimiento diurno de la existencia, nos impide afirmarlo con certeza, a pesar de la atención que puso en él todo el grupo. Desde que llegó, organizamos una guardia improvisada entre nosotros, relevándonos continuamente en nuestros distintos lugares de reposo y en el alféizar exterior de su ventana, situada en el octavo y último piso del gran pabellón de piedra, cuya fachada, coronada por un tejado de pizarra, está orientada hacia poniente. Es un edificio rodeado por un jardín lleno de árboles con los que nuestros ancestros han mantenido, desde la época en que esta ciudad no era más que un inmenso y profundo bosque, una relación amistosa y pacífica. Pero el mundo ha cambiado por culpa de los humanos. La arquitectura de la ciudad y la prosperidad de sus habitantes atraen, con el paso de las estaciones, a diversas razas llegadas con la esperanza de salvaguardar su especie. Lo cual nos obliga a incrementar la vigilancia. Desde las primeras luces del día, nos abalanzamos en bandadas sobre los árboles del jardín, profiriendo gritos estridentes, para que nadie olvide que este territorio nos pertenece. Somos pequeños, pero el vigor de nuestros desplazamientos y la capacidad de actuar en grupo nos ayudan a defendernos de nuestros depredadores, a menudo solitarios en sus acciones.

No sabemos si era fruto de su voluntad, pero de todas las ventanas de la fachada oeste, solo la suya permanecía entreabierta de la mañana a la noche, dejando que se filtrara hacia el exterior el calor de los radiadores. Atraídos por el bienestar, aprendimos a aprovechar el movimiento de las cortinas para observarlo entre los resquicios. El primer día no quiso beber ni comer y, aparte del personal hospitalario, no aceptó ninguna visita. Su habitación se llenó de flores, tu hermana, tus amigos, le decían. Sobre la mesa, rosas, junquillos y tulipanes se mezclaban con lirios y margaritas en floreros de plástico, y cuando se acabó el espacio, empezaron a poner en el suelo lo que iba llegando, junto a la pared de la estancia. Sin efusividad, le leían las tarjetas que acompañaban a los ramos: ¡Estamos aquí si nos necesitas! ¡Abrazos sinceros! ¡Te acompañamos en el sentimiento! Él nunca reaccionaba, parecía estar flotando a la espera de que tierra cuarto y cielo se disolvieran, y su ser pudiera seguir cayendo, hasta desaparecer. Una sombra cubría por oleadas los valles profundos de su rostro, haciendo aún más desgarradora la intensidad de su afligida mirada.

Al segundo día, los humanos se fueron relevando junto a la cabecera de la cama para hacerle compañía, no sin antes quitarse los zapatos sucios de nieve fundida. Un sol frío envolvía la estancia, charcos enteros de luz que daban a las flores abiertas, irisadas por el brillo saturado de sus colores, la ilusión de la primavera. Todos se iban sin haber pronunciado una palabra. Los más emocionados se inclinaban para darle un beso en la frente, lloraban sobre su hombro, se ponían el abrigo, se ataban la bufanda, se sonaban, musitaban un vago adiós, volvían a llorar y salían sin olvidarse de cerrar la puerta.

Permaneció solo hasta que declinó el día. Un frío gris, que anunciaba una noche gélida, nos obligaba a hacer rondas cada vez más frecuentes por el jardín, siguiendo una trayectoria circular que nos llevaba de la ventana a la ventana. No quedábamos despiertos más que unos pocos y la puesta del sol nos conminaba a regresar a nuestro cobijo, pero justo en el instante en que íbamos a abandonarlo, la puerta de la habitación se abrió y vimos entrar a un hombre, colosal con su abrigo beis acolchado y sus cubrezapatos de caucho negros, de los que sobresalían los rebordes de un pantalón acampanado. Un gigante. Se quitó el sombrero, se acercó a la cama y se sentó en el borde de la silla, con los pies plantados en el suelo, el torso inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y la cabeza ligeramente gacha.

—¿El señor Wahhch Debch?

Arrastrados de nuevo por el soplido del viento, dibujamos una curva más ancha que las anteriores, hasta englobar en su área los primeros árboles del jardín y ser devueltos al alféizar exterior de la ventana.

—Siento venir a importunarlo a estas horas, tan tarde, pero necesitaba verlo. Es importante. Se ha terminado la hora de las visitas, ya lo sé, pero no quería molestar a sus familiares. En fin. Me llamo Aubert Chagnon, soy médico coroner[1] y me han asignado el expediente de su mujer. Debo establecer los hechos y las circunstancias de su defunción. Lo acompañaré durante toda la investigación que llevarán a cabo los policías de la Sûreté de Quebec, encargados de encontrar al culpable. Yo seré su contacto, lo mantendré informado de la evolución de las pesquisas y de los eventuales trámites judiciales. En fin. Toda esta jerga para decirle que no lo vamos a dejar solo y que puede contar conmigo para lo que haga falta. Eso es todo. No lo molesto más. Lo siento, pero quería presentarme porque pronto tendremos que hablar y no será nada fácil.

¿Le respondió? ¿Se dijeron adiós como hacen los humanos, tendiendo una mano libre, misteriosa, hacia la mano del otro para depositar en ella la más perturbadora nada? Nunca lo sabremos. Arrastrados lejos de él, sumergimos en la oscura noche la vibración de nuestro sueño. A la mañana del tercer día, había desaparecido: habían deshecho la cama, se habían llevado las flores y alguien había cerrado la ventana de la habitación, privándonos así de su reconfortante calor.

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