Ánima
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Canis lupus familiaris inauratus investigator
Profesando una adoración absoluta a quien me había ordenado, con el índice, que lo esperase a la puerta del colmado, no me atreví a contravenir el pacto y correr hacia él, a pesar de mis ganas de olerlo, de tocarlo, de seguirlo. La lentitud de sus movimientos contrastaba con la cadencia desenfrenada de lo cotidiano. Se dirigió hacia los coches de más abajo y se detuvo sin razón aparente en mitad de la acera, con las manos en los bolsillos del abrigo y la espalda encorvada, fijando la vista en el suelo, como atormentado por un olvido. Su pena teñía el aire fresco de la primavera. Magníficamente amarilla, se grababa, radioactiva, en la superficie de mis retinas. Ese hombre iba a la deriva, no sabía dónde estaba, no miraba hacia adelante. La tristeza lo devoraba. Tenía ganas de anunciarle mi presencia, pero no podía acercarme a causa de la absoluta adoración que sentía por quien me había ordenado, con el índice, que lo esperase a la puerta del colmado. Entonces me incorporé y, deseoso de llamar su atención con mis ladridos, provoqué el vuelo de los pájaros.