Ánima

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I Bestiæ veræ » Serinus canaria

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Serinus canaria

Se sientan. Ella vierte un líquido oscuro en las tazas que hay en la mesa. Yo canto. Paso de un trapecio a un trapecio y del trapecio a la piedra y de la piedra al trapecio. Canto. Él me mira. Yo canto. Abandono el trapecio, me agarro a la rejilla, picoteo el metal, me doy la vuelta, me pongo cabeza abajo, canto. Ella se levanta, abre la ventana de mi casa, tiende su dedo hacia mí. Yo canto. Me subo a su mano de un salto. Ella se vuelve a sentar. Me pone sobre su hombro. Me mira. Yo canto. Ella dice:

—Papá ha intentado llamarte.

Canto. Rasco su oreja. Canto. Él responde:

—No consigo hablar con él.

—Está preocupado. Le habría gustado venir al entierro, pero ya no puede viajar.

—Me parece que está decepcionado.

Canto. Salto. Dejo su hombro y el hueco de su clavícula para posarme sobre su cabeza. Él me mira. Yo canto.

—¿Decepcionado? ¿Decepcionado por qué?

—No lo sé. Él me salvó la vida. En un contexto espantoso. Me salvó la vida. Consiguió salvarme la vida. Yo no he podido salvar a Léonie. Si hubiese vuelto antes a casa, si no me hubiese parado a hacer la compra…

—Wahhch… no es culpa tuya.

—No digo que sea culpa mía, solo digo que no estaba allí. Me lo tomaba con calma mientras… Veo imágenes. Ella, muriendo sola, esa visión, te lo juro, me resulta insoportable.

Alzo el vuelo, rozo las paredes, doy varias vueltas alrededor de la habitación, me poso en el alféizar de la ventana. El brillo del sol refulge sobre la nieve. Yo canto. Canto.

—No puedes hacer nada. Encontrarán al que lo ha hecho, habrá un juicio, eso te ayudará un poco, no le devolverá la vida, pero la vida continuará. Tú ya has pasado por situaciones tan horribles. Eso te ayudará.

—¿Najma lo sabe?

—La llamé. No estaba. Le dejé un mensaje, pero no me ha contestado.

—Debió de hablar con papá.

—No creo. Tu hermana está enfadada con todo el mundo. Conmigo, con su marido, con papá. Fue a visitarlo a Las Vegas y tuvieron una bronca. Él le dijo que ya no era su hija y ella le respondió que mejor así, que le quitaba un peso de encima.

—¿Pero qué es lo que pasó?

—Papá no quiso decírmelo. No sé qué le dijo ella, pero para él se ha terminado. Ya no es su hija. Ella se queda en San Diego y él, en Las Vegas. Ya no se ven, ya no se hablan.

Pivoto la cabeza sobre mi cuello. Como un mecanismo de resorte. Por aquí por allá, por aquí por allá, por aquí por allá. Ella habla, su voz sube de tonalidad, parece que quiera cantar conmigo. Yo canto. Canto. Él dice:

—Se parecen, esos dos.

—Ella no entiende que tu padre sea como es. Ya no podemos cambiarlo. Él tiene sus ideas. Ella ataca sus valores, su manera de ver las cosas, su manera de entender la vida y encima le habla siempre de mamá. Ella le dice No, no fue un accidente, ¡y él se enfada! Ella no quiere entenderlo.

—Voy a llamarla.

—Llama también a papá.

Se levantan, él se pone una gabardina oscura, se abrazan. Te quiero, hermanito, ella lo acompaña hasta la puerta, él sale, ella cierra la puerta. Viene a buscarme a la ventana, me coge y me pone en su hombro, yo canto. Él está en la calle, se vuelve, levanta la mano, ella levanta la suya, él se vuelve, se pone a andar, se volatiliza. Yo canto. Canto. Canto.

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