Ánima

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I Bestiæ veræ » Mephitis mephitis

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Mephitis mephitis

Los hombres de la reserva no se diferencian de los otros: me tienen el mismo horror. Estaba a punto de salir del recipiente destinado a la basura cuando lo vi caminar a pocos pasos de mí. Me di la vuelta y levanté la cola, lista para rociarlo con mi orina. Me oyó, me vio y retrocedió. Yo me puse a patalear. Se alejó sin dejar de mirarme, primero lentamente y luego, cuando ya había una distancia considerable entre nosotros, se dio la vuelta y siguió su camino con paso rápido. No me quedé tranquila. Me habría gustado embadurnarlo con mi olor más cruel, para que conservara hasta el fin de sus días el terrible perfume de la muerte.

Devoré lo que había que devorar y me fui. Repté por debajo de las galerías de las casas, deseosa de volver a mi guarida. Atravesé jardines, recorrí callejas y lo volví a ver caminando por la rué Principale. Bajo la luz de las farolas, dirigió la palabra a algunos de sus congéneres, sin que nadie le respondiera. Yo estaba lista para el ataque. Pasó una camioneta en sentido contrario, redujo la velocidad y se detuvo. Bajaron la ventanilla.

—You need help, mister?

—I’m looking for the motel, or the hotel.

—There’s no hotel or motel around here.

—I heard about Jenny’s Motel.

—There’s no Jenny here, you got the wrong place, mister.

—OK! Thank you, guys.

La camioneta se fue. Él siguió su camino. Las puertas de las casas se abrían y se cerraban de nuevo. No pasaba desapercibido. Cruzó a la otra acera para bordear el gran descampado. Parecía abrumado por la proximidad de las viviendas, por las miradas insistentes de los humanos, por su inhospitalaria manera de observarlo. Se detuvo. Esperó. La calle estaba desierta. De repente, torció para sumergirse en la oscuridad, internándose en el descampado. Sin imaginar ningún peligro, obedeciendo solo a mi instinto, salí dando brincos en su dirección, para descubrir en ese instante hasta qué punto éramos de indeseables, tanto él como yo, en el seno de la comunidad.

Caminaba a buen ritmo, con los pies hundidos en una nieve fangosa cuyo reflejo dejaba adivinar su silueta. No podía oírme. Lo seguía como se sigue a un semejante y ya no sabía si era para hacerle daño o para protegerlo. A ambos lados se veían las ventanas iluminadas. Familias aquí y allá, calor aquí y allá, aquí y allá mundos extraños y prohibidos. Él iba haciendo su camino, con la cabeza gacha, hasta llegar al final del terreno, donde encontró una calle menos transitada. Había una curva. Al tomarla, la camioneta surgió de la oscuridad y a punto estuvo de llevárselo por delante, para acabar deteniéndose junto a él, rechinando y derrapando varios metros sobre el asfalto helado. Se abrieron las puertas y los cuatro hombres que se había encontrado antes, armados con palos, saltaron del vehículo, esparciendo sus sombras a derecha e izquierda, recortadas por la luz cegadora de sus faros. Iban a destrozarlo. Él, en vez de huir, se quedó quieto, inmóvil, paralizado, atenazado. ¡Sálvalo!, me ordenó mi sangre y, obedeciéndola, me puse a correr con una rapidez de la que me creía incapaz, gruñendo y bufando con todas mis fuerzas. No tuvieron ni tiempo de entender lo que estaba pasando. Rocié al primero, trepé sobre él para saltar a la cara del segundo, lo arañé y le oriné encima, salpicando a los otros dos, entré en la camioneta, evacué la orina que me quedaba y defequé antes de huir con el ruido de fondo de sus gritos y alaridos. Me dirigí al descampado para agazaparme. Protegida por la oscuridad, descubrí que él también había aprovechado mi ataque para escapar y me sentí satisfecha. Volví a mi guarida con la sensación de haber defendido a uno de mis semejantes.

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