Ánima

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I Bestiæ veræ » Tegenaria domestica

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Tegenaria domestica

¿Pero qué bestia se esconde dentro de ese hombre? Entró, cerró la puerta, los humanos se volvieron y lo miraron de arriba abajo. No era de allí y con eso bastaba.

Dieciséis mesas cuadradas en una sala cuadrada. Una barra rectangular, longitudinal. Dos pantallas con imágenes de colores en movimiento. Diecisiete hombres sentados. Tres mujeres sentadas. Nueve hombres de pie. Una mujer de pie. Una mujer yendo y viniendo detrás de la barra. Vibraciones graves y acompasadas condensando el espacio. Nadie para ver lo que había que ver.

Me replegué, soberana, en el centro de mi tela y lo escruté. Avanzó hasta un extremo de la barra y se detuvo, bien recto, con las manos en los bolsillos, de espaldas al resto. Abrió la boca y emitió ondas que hicieron vibrar los hilos de mi tela.

—Una cerveza.

Algunos hombres, apoyados en la barra, lo espiaban mientras bebían. Él, indiferente, contemplaba, reflejado en el espejo que hay detrás de los estantes donde se guardan las botellas, un grabado que cuelga de la pared de enfrente: una chiquilla, de perfil, está tumbada en un sofá, desnuda. Con una mano sostiene un pájaro muerto, agarrándolo de las alas con la punta de los dedos, mientras con la otra se acaricia el sexo. A sus pies, una fiera, una especie de felino moteado, con la cabeza erguida y la boca abierta, se dispone a devorar al pájaro. Es un grabado antiguo, descolorido. A veces, cuando la sala se vacía y se apagan las luces, trepo hasta el cuadro. Me gusta ir a dormir a la sombra de la chiquilla, a la altura de su sexo, e imaginar que la penetro para poner mis huevos y construir una ciudad hecha de frágiles hilos de seda. Sería la tela hipnótica, en cuya trampa caerían las bestias más misteriosas, insectos dorados, cucarachas verdes y amarillas, enormes, venidas de tierras lejanas, irreales, para devorar a los humanos y deshacernos de ellos. ¿Tendría él el mismo sueño? ¿Y sería posible que por una sola y única vez, humano e insecto compartiéramos el mismo deseo?

Un hombre se le acercó.

—You’re French?

—Yes.

—¿Estás de visita?

—Estoy buscando a alguien.

La mujer volvió con un vaso lleno de un líquido ocre y lo puso frente a él.

—Disculpe, quizá usted podría informarme. Estoy buscando una habitación donde pasar la noche.

—Tendrás que ir a Châteauguay, querido, o a Sainte-Catherine. En la reserva no encontrarás nada.

—Me han hablado del motel de Jenny.

—Aquí no hay ningún motel de Jenny…

Un hombre se volvió hacia la mujer.

—There was one but Jenny’s Motel is closed now.

—Jenny’s Motel? It’s been closed for a long time, when Jenny died.

Agarrándome con una pata al hilo de seda, bajé haciendo rápel hasta el borde del espejo, donde pude apoyarme de nuevo. Observé cómo observaba su reflejo y ni siquiera entonces, a pesar de mi posición privilegiada, pude determinar la naturaleza de la bestia que había agazapada en su interior.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el hombre.

—Wahhch Debch.

—¡Ese nombre no es de aquí, claro está!

—No.

—¿Qué has venido a hacer a la reserva?

—Busco a un hombre. Un mohawk.

Varias cabezas se volvieron.

—¿Cuál es su nombre? Quizá lo conozca. Conozco a todo el mundo en la reserva y todo el mundo de la reserva me conoce a mí. Me llamo Jim Rice. Tengo el taller en la esquina de Main con Malone. ¿Cuál es su nombre?

—Welson Wolf Rooney.

Bajo el resplandor verdoso de los neones, los hombres se petrificaron y Jim Rice meneó la cabeza de derecha a izquierda.

—En la reserva nadie conoce ese nombre.

—Tiene una cicatriz en la mejilla. Una herida reciente. Profunda.

—No. Nadie sabe nada de eso.

—Qué extraño, me han dicho que ha pasado por la reserva.

Jim Rice le puso una mano en el hombro.

—No deberías hacer caso de lo que dicen fuera de la reserva que ocurre dentro de la reserva los que viven fuera de la reserva. ¿Me sigues? Te digo que no hay nadie en la reserva con ese nombre y que no hay nadie en la reserva con una cicatriz en la mejilla. ¿Está claro? Sin embargo, en Châteauguay hay un estupendo Holiday Inn regentado por un colega mío, con vistas al río, te va a encantar.

Recorrí el borde superior del espejo, llegué a la esquina, me dejé caer verticalmente por la pared lateral hasta llegar a la barandilla de bronce que hay en la barra y me acurruqué.

Se abrió la puerta, entraron dos hombres y todos los que estaban sentados se pusieron de pie. Jim Rice soltó un «Johnny! Heyheyhey!». Los dos hombres pasaron de mesa en mesa, haciendo chocar sus manos abiertas con las manos de los demás, que a su vez hacían chocar las suyas respondiendo al saludo con un «Hi Johnny! Hi Mitch!». Y Mitch y Johnny respondían «Eddy! Jim! Ron! Shan… Hi guys!». Se quitaron los abrigos y Johnny, el más alto y gordo de los dos, se dirigió a la barra. Al verlo, se detuvo.

—Who’s that?

—Frenchy…

—I see… Frenchy, hein? Hey, Mitch, d’you see that? Tenemos visita, ¡un francés!

—¡Yeah, los turistas se han adelantado este año!

—¡Es por el cambio climático, man! ¿No lo entiendes? ¡Es algo científico! ¡Mary! Give us five bottles of rye, glasses and ice for everybody! Eh, vamos a hablar francés esta noche para demostrar que los mohawks sabemos vivir, ¿OK?

Unas vibraciones muy fuertes resonaron en la barandilla de bronce, como consecuencia de los gritos que empezaron a dar. Despejaron las mesas y retiraron las sillas para agruparse mejor. Johnny, soberano, ocupó el centro.

—You hear about Jerry’s love story, guys?

—No way! Jerry’s in love? —contestó alguien.

—Yeah! With a smelly woman… him, Freddy and the Black brothers, they fucked her every way, in all her fucking holes…! But in fact, it’s her who fucked them… she was a skunk!

—No way!! —exclamó alguien.

—Les ha cagado encima, les ha meado encima, ¡y luego se ha meado en el coche de Jerry!

Estallaron en enormes carcajadas: No shit! Christ! No way! Holy fuck!

—¡No pueden ni entrar en sus casas! Sus mujeres no quieren saber nada de ellos, and nobody wants to see them show up on their doorstep!

Y los hombres, arrastrados por una oleada de hilaridad, empezaron a doblarse y a desdoblarse, llorando de risa. Se pusieron a beber, vaciando las copas para llenarlas de nuevo, vaciando las botellas para pedir otras, dándose violentas palmadas en la espalda en señal de congratulación y satisfacción. Johnny seguía contando su historia, con la cara cada vez más roja y los ojos brillantes.

—¡Han venido a mi casa! Oigo que llaman… Apestaba incluso a través de la puerta… Abro y… Fuck! No he tenido tiempo ni de pensar, ¡solo tenía ganas de vomitar! ¡Jamás había olido cosa igual! ¡La hostia, cómo apestaba! Han querido entrar y he sacado mi calibre 22, diciéndoles que al primero que pusiera un pie en mi casa le llenaba el culo de plomo. Han cruzado la calle: «Johnny! Fuck! Help us!». Help us, help us, ¿¡qué queréis que haga!? ¡Una mofeta se os ha cagado encima! ¡No se puede hacer nada contra eso!

Aprovechando que estaban distraídos, trepé por la barra, corrí, me detuve a su altura y encorvé el tórax: por fin lo veía como quería verlo. Pude sentir su naturaleza, detectarla en su interior. Más allá de la apariencia humana bajo la que se camuflaba, ese ser estaba envuelto por una tela invisible tejida con una seda surgida de su propia carne, y la bestia odiosa que lo tenía prisionero, alimentándose de sus propias vísceras, no era sino él mismo. Él era su propia presa y su propia trampa. Mary se le acercó.

—Can I get you something else, mister?

—No, thanks.

Mary se dio la vuelta, vi cómo abría la boca y cómo su lengua articulaba las ondas vibratorias que salían: «Last call, guys!».

No le hicieron caso. Johnny seguía contando una y otra vez la misma historia, coreada por el mismo alborozo y las mismas risas.

—Vieron a un tipo, un blanco, entrar en la reserva en mitad de la noche. Pensaron que era un policía que se quería hacer pasar por un francés. Querían romperle las piernas y luego tirarlo al río, asustarlo de verdad, you know? Consiguieron acorralarlo en la gran curva de la Hospital Lane, y allí es donde ocurrió todo. Salieron del coche, decididos, convencidos de lo que iban a hacer, con el kit al completo, pero se encontraron con una mofeta rabiosa que no estaba de buen humor y quería que lo supieran.

Entonces se dieron cuenta. Se quedaron paralizados antes de girarse hacia la barra. Yo me deslicé hasta el suelo, subí por la pared y volví al centro de mi tela para poder observar, soberana, todos sus actos. Johnny se puso de pie.

—¿Eres tú el extranjero que guía a las mofetas?

—Eso parece.

—¿Es la nueva táctica de la policía? ¿Habéis cambiado los perros por las mofetas? ¿O es solo para los mohawks? ¡Para combatir el mal con el mal! ¿Hay que enviar lo que apesta a lo que apesta? ¿Esa es la lógica?

—No soy policía.

—Pues si no eres policía, realmente no se me ocurre quién puedes ser, porque aparte de la policía nadie viene aquí a meter las narices a estas horas de la noche.

—Busco a Welson Wolf Rooney.

—¿Y ese quién es?

—Un mohawk.

—No te han debido de informar bien, porque en la reserva no hay nadie con ese nombre.

—Entonces vendrá de otra reserva.

—¿Qué te hace pensar que vas a encontrarlo aquí?

—La policía me ha asegurado que está en la reserva. Que se esconde en la reserva. Quizá esté ahora aquí, entre vosotros. La policía me ha dicho que no podía venir a buscarlo. Porque no tiene derecho a entrar en la reserva. Por eso he venido. Y no me iré hasta haberle visto la cara. Sé que está aquí. No tengo miedo. Ni de que me rompan las piernas, ni de que me rompan los dientes, ni de que me arranquen los huevos. Aunque me tiréis al río, no pienso irme de aquí.

Apuró su copa y la dejó sobre la superficie mate de la barra. Johnny se le acercó.

—Suponiendo que fuera cierto, ¿por qué tienes tanto interés en verlo?

—Quiero estar seguro de que él no es yo.

—What do you mean?

—I mean, that man killed my wife.

El tiempo no existe, no hay más que instantes, y la yuxtaposición de instantes produce la ilusión del paso del tiempo. Los que transcurrieron en ese momento los soldó la estupefacción de los humanos. Un hombre articuló «Fuck!». Otro «It was your wife?». Johnny se volvió hacia ellos.

—Eddy! Shut your fucking trap!

—Yes. It was my wife.

Un desplazamiento natural, que me pasó desapercibido, lo había llevado hasta el centro de la sala. Johnny siguió apoyado en la barra.

—La policía piensa que siempre hay un mohawk detrás de todo lo malo que ocurre en Montreal. El tipo al que buscas no es de la reserva. Nunca hemos oído hablar de él… ¿OK?

Un insecto, atraído por la luz que hay detrás de mi tela, cayó en la trampa. Se quedó enganchado y empezó a revolverse. Vi cómo el pánico lo embargaba. Fui hacia él. Una mosca pequeña cuya cabeza devoré sin tomarme la molestia de envolver su cuerpo con mis jugos. La voz de Johnny vibraba contra los hilos a los que estaba aferrada.

—No dejaríamos entrar a un tipo así en la reserva. No encontraría a nadie que lo ayudase. Todos los que están en la reserva defienden la reserva. Aquí no hay sitio para asesinos. ¿OK?

—Fucking hell, Johnny!

—Shut up, Mary.

—Fuck you!

—Mary, ¡ponle una copa al francés antes de que se vaya!

—Ya he dado el last call, Johnny, lo cual quiere decir que no habrá copa para el francés, ¡ni para él ni para nadie! Voy a llamar a un taxi de Châteauguay para que pueda volver a su casa y vosotros me vais a hacer el favor de largaros ya de aquí. Bottoms up, guys!

Descolgó el auricular negro de la caja, se lo llevó a la oreja y, con un gesto preciso, hizo girar diez veces el disco plastificado.

—Cuando te oigo pronunciar esos hermosos discursos, querido Johnny, ¡me digo que esta maldita reserva necesita que alguien la defienda all right! Hello / Hi, this is Mary from The Warriors / Fine, thanks/I want a cab / Fine, thanks, honey / ’Night.

Mary volvió a colgar el auricular negro en la caja.

—Un taxi vendrá a buscarte a la entrada de la reserva, querido. ¡Buenas noches y gracias por la vista! OK, guys! Let’s call it a night! I’m closing!

Algunos protestaron. Se querían quedar más rato, pedían más botellas, amenazaban con romperlo todo. Mary empezó a insultarlos y a pegarles con un paño mojado. Bastard! Son of a bitch! Y la cólera de Mary acabó calmándolos. Se levantaron, se pusieron los voluminosos abrigos. Dejé de reconocerlos para ver a una horda de insectos, negros, enormes, bulliciosos, cubiertos con pieles de animales muertos, que se dirigían tambaleándose hacia la puerta, abierta a la gran opacidad exterior.

Él se quedó con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, mientras Mary recogía copas y botellas. Se cerró la puerta. Mary le dirigió la palabra.

—Dile al taxista que vas de parte de Mary Gabriel y dile también que te lleve a casa de Janice, en el número 33 de Red Bird Road. ¿Te acordarás?

—33, Red Bird Road.

—No esperes demasiado. Es mejor que los chicos te vean salir de aquí, believe me. Si te ven merodeando esta noche por la reserva, entonces seguro que se las apañarán para que no te vayas nunca de Kahnawake, o lo hagas por el fondo del río, con un bloque de hormigón colgado del cuello. ¿Lo pillas? Haz lo que te digo. Ve directamente a la salida. No cambies de calle, no te desvíes, no te entretengas y, cuando llegue el taxi, te montas y le dices al conductor lo que te he dicho. ¿OK?

Salió. Los hilos de mi tela seguían temblando por las vibraciones. Mary corrió la cortina de la ventana, descolgó el auricular de la caja, se lo llevó a la oreja y, con un movimiento preciso, hizo girar en diez ocasiones el disco plastificado.

—Janice, Mary speaking / Are you alone? / I sent someone to see you / A man / Wahhch Debch, something like that / Twenty minutes maybe / I’ll be there soon.

Colgó. La vi ponerse ella también el abrigo y apagar todas las luces. Abrió la puerta, se fue. Ya no quedaban humanos, seres vivos. Me volví a encontrar, soberana, sumida en la oscuridad, escuchando los latidos de mi corazón cuando empecé a devorar el abdomen henchido de sangre de la presa atrapada en la red sedosa de mi tela.

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