Ánima
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Felis sylvestris catus
Los colores colorados de la noche danzaban en los tonos matizados de las lamparillas que se escondían tras las pantallas de terciopelo. Yo estaba instalado en uno de los anaqueles de la gran biblioteca, dormitando, acurrucado contra los libros, entre retratos y estatuillas de bronce, mecido por el roce de las telas, el susurro de las voces y el ir y venir de pasos afelpados, cuando un portazo me arrancó de mi reposo.
—¿Janice?
—Who are you?
—Wahhch Debch. Me envía Mary, la camarera del bar Warriors.
—I’m Janice. C’mon in.
Él murmuró algo. Se pusieron de acuerdo. Janice lo invitó a quitarse el abrigo, él le dio las gracias. En el ámbar de la entrada, sus sombras rojas dibujaban en la pared figuras indescifrables, enigmáticas como premoniciones. C’mon in, dijo ella entonces, y apareció, desfilando ante mí con su largo vestido de seda, los pies descalzos, los brazos desnudos, el cabello suelto. Luego pasó él, sin darse cuenta de mi presencia. Salté al suelo y los seguí.
—Siempre hay mucha gente aquí —le dijo ella—. Especialmente de noche. Todos los insomnes de la reserva vienen para encontrarse. Cada cual hace lo que le apetece. La casa es grande y nadie molesta a los demás con preguntas impertinentes. Ven.
Casi todos los invitados estaban en el salón verde, charlando alrededor del gran brasero de estaño, enrojecido por las mismas brasas desde que comenzó la noche. Desprendía un aroma a resina de pino. Entraron. Algunos se volvieron para saludarlos entre la música, las risas y las volutas de humo azulado que desprendían los cigarrillos y los narguiles. Ella se detuvo e intercambió besos con varios jóvenes de aspecto distendido. Él esperó sin moverse. El rubí de sus ojos brillaba en la fiebre agitada de las brasas. Alguien, haciendo un gesto con la mano, lo invitó a sentarse y le ofreció una copa llena de un líquido bermellón. Él la rechazó. Ven, susurró aquella a la que adoro, y lo cogió de la mano para llevarlo al otro lado del salón.
Salieron. Los seguí. Recorrieron el estrecho pasillo que hay junto al ventanal. Él miró al exterior. El jardín dormía, era noche cerrada. La nieve estaba blanca. En suspenso. La lluvia primaveral aún no la había convertido en un lodo viscoso. Avanzábamos sin hacer ruido. Su silueta era carbonosa, compacta. Su fuerza se distinguía mejor en la penumbra y ese era uno de sus secretos. Sus pies descalzos dejaban, a cada paso, marcas húmedas en el suelo. Las lamí. Sabían a humanidad. Olían a ella.
En la sala grande no había nadie. El fuego ardía en la chimenea. Alguien dormitaba en un banco. Él contempló las mariposas prendidas con alfileres en cuadros acristalados y se detuvo a observar los grandes escarabajos rojos de África, antes de alcanzarla al pie de la escalera. Subieron a la planta prohibida. Aguardé un momento y luego, agachando la cabeza, subí los peldaños de uno en uno. No me dijo nada. Tal vez se había olvidado de mí, tal vez el carácter excepcional de esa visita había hecho posible lo imposible, no sabría decirlo. Los encontré en el rellano, con la impresión de descubrir un territorio libre de ruidos, impermeable a la histeria de los tumultos. Un aroma a jengibre flotaba en el aire. Alguien, en una habitación contigua, murmuraba o salmodiaba algo con voz grave y ronca. Alguien tocaba el tambor. Los redobles sonaban lejanos, apenas audibles. Habíamos recorrido un pasillo cubierto con alfombras de color oscuro. En las paredes había muebles barnizados y, encima de cada mueble, grandes recipientes llenos hasta la mitad de agua coloreada, sobre la que flotaba, como por arte de magia, una llama danzarina que proyectaba en el techo el centelleo deslavazado de sus movimientos.
Ella abrió una puerta. Entramos. Los espejos y la cerámica brillaban en la penumbra. La habitación estaba sumida en un claroscuro azulado que esbozaba a duras penas la forma de las cosas. I am going to bring you some clean clothes… Ponte cómodo. Ella salió. Yo preferí quedarme. El embaldosado, hecho de mosaico, estaba fresco. Me tumbé. Él se sentó en el borde de una bañera de patas esculpidas. Me hizo una señal con el dedo. Decidí acercarme. Me froté contra sus piernas, impregnándome de su olor. Me agarró el cuello con una mano. Una mano fuerte. Firme. Me acarició, masajeándome las vértebras, pellizcándome la punta de las orejas. Me puse a ronronear. Tenía una voz dulce: Sí, gatito, sí… Me soltó. Retrocedí y vi cómo alargaba un brazo para girar los dos grifos plateados. Primero uno, luego el otro. El agua brotó impulsada por una presión formidable, provocando salpicaduras ligeras, frescas, tibias a medida que se iba calentando. Llamaron. ¿Sí?, dijo. Se abrió la puerta, entró una mujer no desconocida para mí y dejó algo de ropa en la consola que hay junto a un gran lavabo de porcelana.
—Hello! Mary.
—He encontrado ropa para ti. Te irá un poco grande, pero al menos está clean… Put your clothes here… Somebody will wash them for you tomorrow. Aquí tienes el jabón, las sales de baño están ahí dentro. Help yourself, don’t worry.
Apartó unos jabones, dejó varias esponjas en una repisa de metal que colgaba de los grifos plateados y echó en el agua unos productos perfumados. Desde el borde de la bañera, vi cómo se iba formando una espuma que intenté atrapar de un zarpazo.
—Take your time.
—Gracias por lo de antes.
Mary se fue sin responder.
Se quitó la ropa. Tiritó. Pensé que tenía frío, pero era la resaca. Intentó calmarse sin conseguirlo. Los temblores se hicieron más violentos. Dios mío, dijo, y se acostó en el suelo, presa de una agitación incontrolable. Hipó, gimió, tensó el cuerpo y los ojos se le pusieron en blanco. Empezó a dar patadas desordenadas e involuntarias contra los armarios de madera, resollando ronca y poderosamente. ¿Quién había allí? ¿Quién, en lo humano, podía turbar así a un humano? Oí ruido de pasos. Se abrió la puerta y aquella a la que adoro entró como una exhalación. Lo vio, se volvió y empezó a gritar. Mary, Mary, come back! Mary llegó corriendo. Entre las dos intentaron levantarlo. Sir… sir…! Pero pesaba demasiado. Tuvieron que esperar. La crisis remitió. Volvió en sí. Recuperó sus ojos. Observó a las dos mujeres, con la mirada perdida, turbia.
—You okay now? —le preguntó Mary.
—Sí… ¡Sí!
—Get in the bath.
Se metió en la bañera y desapareció bajo la capa humeante y jabonosa del agua. Se hizo el silencio. Yo percibía el minúsculo roce de la espuma, la explosión de sus partículas, su disolución sedosa e imperceptible. Ya casi no se oía la salmodia, ahogada por el redoble regular del tambor. Al fin emergió.
—Te traeré algo de beber —dijo Mary—, te sentará bien.
Salió. Aquella a la que adoro me cogió en brazos y se apoyó contra la pared. Pasó sus manos por mi pelo. Hundí la cabeza en el calor de su vientre.
—Muchas gracias.
—No hay de qué. Los mohawks siempre abren sus casas a los animales heridos. Puedes llamarme Janice.
Mary volvió con un bol lleno de un líquido amarillento y lo dejó en el suelo.
—I’ve gotta go. You going to be all right?
—Don’t worry.
—’Night Janice, see you tomorrow.
—Thank you, sweetie, take care.
Mary se fue. Yo estaba en los brazos de aquella a la que adoro y creía que sería para siempre. Pero dio un paso y me dejó sobre la consola. Allí me quedé. Sin saber qué hacer. Ella retrocedió. Recogió el bol y se sentó en el borde de la bañera, inclinándose hacia él y pasándole delicadamente una mano por detrás de la nuca para ayudarlo a incorporarse. Con la otra mano acercó el bol a sus labios. Bebió. Un primer trago. Las lágrimas empezaron a brotar. Tragó. Suspiró. Ella dijo Más y esa simple palabra pudo con él. Se puso a sollozar con la cara entre las manos, como el que encuentra al fin su aliento y su lamento. Intentaba sellar las brechas de su alma, pero se abrían irremediablemente. Aquella a la que adoro cogió el jabón, lo sumergió en el agua y lo frotó hasta que sus palmas se cubrieron de una ligera espuma. Empezó lavándole la espalda. Luego el cuello. Estuvo un buen rato masajeándole los hombros. Lo dejó llorar sin decir nada, sin interrumpirlo. Se dedicó a enjabonarle los brazos, entrelazando su propio brazo al brazo de él, lavándole la piel con su propia piel. Cuando se le secaban las manos, las hundía de nuevo en el agua y se las untaba de crema y aceites perfumados. La habitación, cubierta de vaho, adquirió, por la humedad, un color más tamizado, dando a sus pieles un tono más azulado todavía. Lo lavó a conciencia. El agua perlaba su frente, fluía desde sus labios hasta su cuello y se perdía entre los intersticios de su pecho. Se levantó, se desabrochó el vestido y lo dejó caer. Me regodeé en esas largas piernas que tanto admiro. Se metió en la bañera y se sentó frente a él para seguir lavándolo, pasándole la mano lentamente por las plantas de los pies, frotándole bien entre los dedos. Masajeó todos sus músculos, subió por los tobillos, los gemelos, las rodillas. Se esmeró tanto y durante tanto tiempo que consiguió calmarlo. Sentada entre sus piernas flexionadas, le enjabonó los muslos, con toda la dulzura de la que fue capaz. Cuando le pareció suficiente, cogió el jabón y lo frotó entre sus palmas, hasta producir una gran cantidad de espuma. Con una delicadeza de la que solo ella es capaz, le agarró el sexo con la mano. Él cerró los ojos. Ella esperó. El sexo se hinchó. Él abrió los ojos. Ella inició un movimiento de abajo arriba y de arriba abajo. Yo percibía la fricción, el suave deslizamiento del jabón entre la mano y el miembro erguido. Él se abandonó del todo. Ella aceleró el movimiento de su mano, sus labios se separaron ligeramente y empezaron a jadear al ritmo de su respiración, como animándolo, dándole su consentimiento. Pretendía rescatarlo, liberarlo de su tormento, pero había algo en él que se resistía, como si de su espíritu emanase demasiado dolor. Vi cómo se crispaba y la obligaba con un gesto a interrumpir sus caricias.
—¡Para! ¡No puedo! No te das cuenta.
Ella lo miró.
—Está el baño. Está el calor. Está el gato. Está la noche. Está tu ruina. Están los sonidos que oímos. Está la gente que hay en casa. Estás tú aquí. Estoy yo frente a ti. Si me diera la vuelta, estaría mi espalda y tú ya no verías mi cara ni yo vería la tuya.
Se dio la vuelta.
—¿Lo ves? Tenía razón. Y si reculo…
Retrocedió hasta apoyar la espalda en su pecho.
—Estamos tú y yo, los dos piel contra piel. Y si ahora me abrazases, ¿qué pasaría?
Esperó hasta que la abrazó.
—Que me tendrías en tus brazos.
Se puso a llorar otra vez.
—¿Todavía piensas que no me doy cuenta?
No respondió.
—Todas las situaciones son poderosas. Hay que mirarlas bajo la cruda luz. Solo así puedes darle su poder a la situación. Tu mujer ha muerto. La han violado y la han asesinado a cuchillazos. Se defendió de la mejor manera que pudo. Tuvo que ser muy valiente. El hijo que llevaba en el vientre, tu hijo, también murió acuchillado. Él también demostró su valentía. Tú estás vivo, y en este momento tienes a otra mujer entre tus brazos. Esa es tu situación. Si la miras bajo la cruda luz, descubrirás su poder.
—¿Pero qué es la cruda luz?
—¿Qué estás buscando?
—No lo sé. Quiero encontrar al que ha hecho esto. No quiero matarlo, no me mueve la sed de venganza, ni siquiera me invade la cólera. Solo quiero ver su cara, saber quién es. No sé por qué.
Acariciaba la parte interior de los muslos de aquella a la que adoro. Se estremeció a pesar del calor. Suspiró.
—He pensado mucho en ella. Imaginado lo que se siente cuando te clavan un cuchillo ahí.
Él no dijo nada. Deslizó la mano hacia su sexo. Ella separó las piernas.
—Has dicho que los mohawks abren sus casas a los animales heridos.
—Así es.
—¿A todos los animales heridos?
—A todos.
—¿Incluso a los peores? ¿A los escorpiones, a las serpientes?
—A todos. No hay animales peores.
—¿Y a él, también a él le has abierto tu casa?
El redoble del tambor se volvió a oír en el silencio. Ella apartó la mano. Se levantó. El agua jabonosa corría por su espalda. Se puso la ropa sin tomarse la molestia de secarse. La tela se adhirió a su cuerpo mojado, adaptándose a las formas voluptuosas. Ven, le dijo abriendo la puerta, y salieron de la habitación.
Quise seguirla, pero había desaparecido. El corredor estaba vacío. La salmodia había subido de intensidad. Yo no conocía esa parte de la casa. El olor a jengibre amordazaba mi olfato. Regresé a la habitación. Estaba vistiéndose. Se había puesto un ancho pantalón de tela gris y una camisa verde sin botones, de las que se abrochan con cordeles. Se cubrió con una especie de poncho grande, de lana azul y bordaduras rojas, demasiado largo para él.
Luego salió.
Dio algunos pasos. El suelo crujió. Se detuvo. La salmodia llegó a su fin. El silencio duró un buen rato. Luego, procedente de ninguna parte, se oyó una voz: Janice? Se dio la vuelta. Miró la puerta que tenía enfrente. No respondió. Dio un paso adelante, el suelo volvió a crujir: Janice, is it you?
—No…
—Who’s there?
—Janice’s friend.
—Where’s Janice?
—She’ll be right back.
—Who are you?
—Wahhch. Un amigo de Janice.
—Ven aquí que te vea.
Se acercó a la puerta y la abrió.