Ánima
I Bestiæ veræ » Boa constrictor
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Boa constrictor
Se detuvo en el umbral para observar el paisaje, asombrado como todos los que entran en esta habitación repleta de libros y me ven enrollada en la rama de madera que hay en medio de mi jaula de cristal, colocada junto a la cama donde reposa el anciano que me da de comer y me limpia sin dejarme nunca sola. Saqué mi lengua bífida, estirándola al máximo a través de la apertura situada bajo mis escamas rostrales, para captar el mayor número de partículas odoríferas, y pude calcular su distancia, su forma, su estatura, su peso y adivinar la presencia del pequeño felino a sus pies.
Descubrió al anciano en la cama, sepultado por un montón de papeles ennegrecidos puestos de cualquier manera sobre la manta. Contempló la gran lámpara, con su bombilla escondida dentro del globo de vidrio verde, que reina sobre la mesa entre botellas vacías, libros, sobres abiertos, destripados, y montículos de objetos indescriptibles, tirados por ahí, apiñados en cualquier rincón. El hombre que me da de comer emitió sonidos, palabras diversas y múltiples sin ninguna importancia para mí. Yo no tengo ni tímpanos ni orejas, ni conductos ni orificios, pero noto las vibraciones y he aprendido a interpretarlas para traducir el lenguaje de los humanos, comprender sus intenciones y adivinar lo que pretenden ocultarme.
—Entra. Cierra la puerta. Si quitas esos grandes diccionarios que hay a tu izquierda, encontrarás una silla. Siéntate. Ponlos donde puedas. Algún día tendré que ordenar un poco todo esto.
El felino zigzagueó entre los libros y los cuadros vacíos apoyados en la pared, y de un salto, superando los obstáculos, subió a la parte despejada de la cama, donde me vio por primera vez y se detuvo, petrificado. Gruñó, lanzó un violento bufido hacia mí y se quedó tenso, erizado, desafiante, como hacen las bestias cuando, convertidas en pasto, caen en mi terrario y me ven erguirme ante ellas para atraparlas de un bocado y tragármelas vivas.