Ánima
I Bestiæ veræ » Boa constrictor
Página 26 de 154
Boa constrictor
Se abrió la trampilla que hay en un lateral de la jaula y el roedor, proyectado al interior, se creyó seguro en el reconfortante calor de mi vivienda. Dio un primer salto, luego un segundo. Era completamente blanco. Me incliné hacia él. Me vio, quiso huir, pero ya le había mordido la cabeza, hundiendo ligeramente los dientes en la carne de su cuello para inmovilizarlo. Intentó retirarse. Se debatió dentro de mi boca abierta y era una delicia sentir cómo mi saliva lo iba embadurnando, engrasando su pelo y alisándolo para que nada viniera a entorpecer la ingestión. Poco a poco, los huesos, los ligamentos, los tendones y los músculos de mi cráneo se distendieron y las mandíbulas se dislocaron para permitir que mi boca se abriera más aún y pudiera engullirlo, manteniéndolo vivo el máximo tiempo posible. Me lo tragaba y mi garganta lo absorbía con lentitud y delectación, mientras su olor, su sabor, sus movimientos y su pánico no hacían más que aumentar mi disfrute y mi placer. Cuando lo engullí por completo, aguardé su asfixia. Es un momento sublime. Me gusta tanto notar cómo el animal se ahoga en el fondo de mi garganta, notar su crispación, imaginar su sobresalto y vislumbrar el instante en que su vida se apaga y puedo escuchar, a través de mi propia sordera, el gran silencio que de repente se hace en mí y me invade. Cuando volvió la calma, me deslicé bajo las rocas del terrario y me puse a la sombra, en un lugar protegido, para empezar mi larga digestión.