Magic

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Parte I. Efecto » Capítulo 4

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—En ese libro, ¿sabes?, me matas.

Corky miró a la muchacha gorda y sonrió. La cogió por un brazo cuando cambió la luz del semáforo y la guió hasta el otro lado de la Calle 66.

—¿Lo has leído?

—¿Buscando al señor Goodbar?

Corky negó con un movimiento de cabeza. Era casi medianoche y aún no habían llegado al alojamiento de la joven.

—Pero, ¿lo conoces?

—Califica mi ignorancia de negligencia. Cualquier chica que viva en un apartamento de soltera, lo menciona más pronto o más tarde. Supongo que al mencionarlo se figuran que ahuyentarán a los malos espíritus.

—¿Eres tú un mal espíritu?

—Me agradaría ser eso tan lleno de colorido —dijo Corky.

La muchacha no sonrió al oír esta observación. Corky se detuvo en la acera.

—¡Eh, parece que tienes miedo!

—¡Humm…! ¿Debo tenerlo?

—Soy muy suave —dijo Corky calmosamente.

Tras un breve silencio, añadió: —Sí, muy suave. Todas mis víctimas dicen que lo soy.

La joven seguía sin sonreír.

—Ahora escúchame, por favor, ¿de acuerdo? Es tarde, y probablemente tendrás que levantarte temprano mañana por la mañana para ir a trabajar, y no hay ninguna ley que diga que tenemos que hacer algo juntos. Te acompañaré hasta tu puerta y allí acabará la cosa. O puedo dejarte aquí mismo, si lo prefieres.

—¿Eres siempre tan considerado, o es que estás fingiendo?

—No lo sé. Estoy fingiendo.

Corky reflexionó sobre lo que acababa de decir y añadió rápidamente: —No, no estoy fingiendo.

La joven empezó a caminar.

—Vamos —dijo—. Confío en ti. ¿Por qué crees que no estás fingiendo?

Corky se encogió de hombros.

—La gente siempre finge.

—¿Siempre?

—Sí, y mucho.

—¿Lo lamentan?

—Todavía tienes miedo.

—Estoy nerviosa.

—¿Te han contratado así… antes de ahora?

—Eso es lo raro porque me parece que ésta es la cuadragésimo cuarta vez.

Corky lanzó una carcajada.

—¿Te suena a chiste?

—No lo sé. Me ha sorprendido la seguridad del, número.

La muchacha señaló hacia un cercano pabellón.

—Vivo ahí —dijo.

Corky la acompañó hasta la puerta. En el interior había un viejo dormido, ataviado con lo que una vez habría sido un uniforme.

—¡Despierte! —gritó Corky.

La joven estudió la expresión de su acompañante.

—Ni siquiera recuerdas mi nombre, ¿no? —preguntó.

—Dijiste que te llamaban Diana, pero probablemente has mentido.

La muchacha esbozó una extraña sonrisa y asintió con una inclinación de cabeza.

—Por dinero —respondió misteriosamente—. En realidad me llamo Fern, y apuesto cualquier cosa a que tampoco tú te llamas Charles. ¿Me equivoco?

—Cuando uno miente, pierde muchas cosas, y por esto procuro evitarlo siempre que puedo. Soy Charles Withers. Pero la mayoría de la gente me llama Corky.

—No te comprendo del todo.

—No llegarías a ninguna parte. Da lo mismo Diana que Fern. Dios mío, me he pasado la vida intentando disfrazarme a la perfección. ¿Crees que deseo que cualquiera pueda ver bien a través de mi disfraz sin realizar al menos un pequeño esfuerzo?

—Yo no soy cualquiera.

—Puedo asegurarte que no lo eres, mi amada Fern… Eso es evidente, mi dulce Diana… Tardas más tiempo en decidirte que la mayoría de la gente, al menos más que cualquiera. Pero ahora vamos a lo que interesa. ¿Subimos o nos separamos?, Porque la verdad es que ya hemos charlado más que suficiente esta noche de octubre, y aunque no te conozco lo suficiente bien como para mostrarme poético, te diré que mis nalgas se están congelando de tanto estar aquí.

La joven señaló hacia el interior.

—¡Oh, sí, subamos! Siempre subimos, o casi siempre. Me agrada escudriñar, sacar cosas a la gente, si puedo.

—Puedes estar orgullosa, porque conmigo lo has hecho muy bien.

—Corky, me gustas.

—Agradezco el cumplido.

—Hablas muy bien y me agrada tu rostro —dijo Fern mirándolo a los ojos—. Además…

Durante un momento, la muchacha se detuvo guardando silencio. Corky esperó.

—Me pareces muy familiar…

—¿Todavía estás «sacando» cosas? —preguntó Corky desde la cama.

En el interior del cuarto de baño sonó el agua al deslizarse por la cañería. La puerta estaba medio abierta.

—¿Qué dices? —preguntó Fern desde detrás de la puerta.

—Te espero —respondió Corky.

—Concédeme un segundo más. Tengo que asearme un poco, ¿no te importa?

—Con tal de que no te pongas un traje de caucho y unas botas claveteadas, lo perdono todo.

La joven se echó a reír y cerró la puerta. Una vez más se oyó correr el agua.

Corky se tendió de lado en la cama, mirando hacia la puerta del cuarto de baño y preguntándose si debía haber elegido a la otra muchacha, la que tenía un hermoso cuerpo. Fern tenía una cara bonita, pera la otra, la que estaba sentada dos taburetes más allá en la barra del bar, era una mujer espléndida. Corky dudó en la elección y, a juzgar por la forma como aquella otra muchacha lo miraba, sintió que probablemente se entendería bien con ella. Sin embargo, notó que en la muchacha había algo de agresivo, algo que no acababa de agradarle, tal vez la postura que adoptara apoyándose sobre el mostrador, o la manera como cogía su vaso, algo que le hizo decidir en sentido negativo. Era una mujer que parecía estar pro clamando: «Puedes tomarme en la cama amigo, pero te aseguro que vas a sufrir lo tuyo…», y la verdad era que Corky no estaba de humor para peleas de cama.

Continuaba sonando el agua en el cuarto de baño. No había nada que hacer sino esperar. Corky así lo hizo, con los ojos cerrados.

Peggy Ann Snow Peggy Ann Snow Déjame seguirte A dondequiera que vayas… Corky parpadeó. El pequeño poema lo sorprendía siempre, recordándolo, sin saber por qué, en los momentos más insólitos. No importaba con qué clase de muchacha se acostara ni con cuántas, pero en algún momento aparecía Peggy para recordarle que estaba allí.

—Ya estoy lista.

Fern estaba en el umbral del cuarto de baño, con su bonita cara todavía húmeda, y sosteniendo una toalla grande, que la cubría por delante hasta el cuello.

—La espera ha valido la pena —comentó Corky.

La joven hizo una seña hacia la lámpara encendida de la mesita de noche.

—Por favor, pertenezco al grupo de las tinieblas.

—Yo no lo soy menos. Aún estoy vestido con mi ropa interior.

Corky apagó la luz. La muchacha cruzó la habitación rápidamente, con la familiaridad de quien la conocía bien, y al cabo de dos segundos ya estaba a su lado. Corky la ciñó contra sí. Ella le tocó.

—Estás desnudo —dijo con tono de infantil sorpresa.

—Intento hacerte feliz.

—Pues hazme feliz.

Corky era hombre suave con las mujeres. Se había iniciado tarde, y cuando empezó a relacionarse con el sexo femenino, aquella suavidad que casi era ternura probablemente nacía del auténtico pánico que entonces sentía, aunque parecía dar resultado, y como era algo natural en él, nunca había sentido la necesidad de cambiar de actitud. Comenzó a tocar el Cuerpo de Fern con las yemas de los dedos, trazando sobre la piel imaginarios dibujos.

—Fern —musitó.

—Dime.

—Trata de recordar una cosa.

—Dime qué cosa…

—Que ésta no es una cita con el dentista.

—¿Acaso estoy tan fría?

—Eso parece.

—Tardo un rato en… digamos que en aceptar las cosas.

—Aquí estaré esperando.

—¿Te das cuenta?

—Seguro.

—Lo siento… Generalmente me relajo con más rapidez.

—El tiempo no es uno de nuestros principales problemas —dijo Corky gentilmente.

Luego la besó una y otra vez. Le acarició el cuello con la punta de la lengua. La joven lo abrazó con fuerza, con fingida pasión. Corky esperó a que la muchacha lo soltara, y cuando ella lo hizo, inició de nuevo los suaves toques, moviendo constantemente los dedos, acariciando los senos, casi sin tocarlos, hasta que la muchacha lo abrazó nuevamente, pero esta vez con un deseo menos fingido, y los dos se besaron. La muchacha se relajó un poco más, y los dedos de Corky volvieron a rozar los senos, tocando la carne y no los pezones con un ritmo perfecto hasta que el pezón empezó a aumentar de tamaño y a endurecerse, y …Peggy Ann Snow Peggy Ann Snow Déjame seguirte… —¿Corky?

—Cállate.

—No, escucha. Odio a las personas que preguntan: «¿Qué estás pensando?», pero aun así, dime: ¿Qué estás pensando en este momento?

—No importa…

—He hecho mal, ¿no…? Por eso has dudado… ¿Qué he hecho…?

—Hubo una joven con la que estuve muy enredado.

—¿Cuándo?

—No la he visto desde hace quince años.

—¿Por qué piensas en ella ahora?

Corky no podía responder como hubiera deseado: «Para alimentarme ahora mismo, para sostenerme», y respondió: —Porque creo que tú me la recuerdas.

—Me gusta eso —dijo Fern.

Corky le besó, los senos.

—Eso también me gusta —musitó la muchacha con voz ahogada.

Aumentó el ritmo de las caricias. La joven estaba relajándose fácilmente, y Corky se dio perfecta cuenta de su dominio sobre ella. Además, había algo ocasionalmente agradable al estar con una mujer gruesa… en especial cuando aún eran lo suficientemente jóvenes como para que la carne se entonara, no importaba donde Corky pusiera las manos hábiles, no había nada que se lo impidiera, ni nada que le hiciese daño. Recorría un mundo redondo, y llegar allí, probablemente constituía una cuarta parte del placer.

Sus cuerpos se hallaban ya en perfecta sincronización, y cuando ella estuvo húmeda, él ya estaba preparado, y así la poseyó, teniendo mucho cuidado en no dejar caer todo su peso sobre ella, porque, a juzgar por lo que Corky estaba viendo, la joven estaba gozando y no quería proporcionarle ninguna incomodidad. Apoyándose en los codos y en las rodillas, Corky se movió en feliz silencio, un silencio que se prolongó durante un tiempo sobre el cual él no tuvo menor idea hasta que terminó con una repentina exclamación de Fern: —¡El espectáculo de Carson!

—¿Cómo?

—No me extraña que tu cara se me hiciera familiar… ¡Dios mío, te vi en el The Johnny Carson Show, donde tú trabajas con Don Rickles!, ¿verdad?

Corky dejó de hacer lo que estaba haciendo.

—Tienes razón.

—Estoy gozando en la cama con alguien que es famoso.

—Yo no soy famoso.

—¡Oh, pero lo serás! Lo sé… Eras sensacional, mucho, mejor que Rickles, y juro por Dios que no digo esto porque estés aquí conmigo.

Corky no dijo nada, porque en aquel momento no podía pronunciar palabra.

—Espera que lo cuente en Brearley… Doy clases en Brearley, es una escuela.

La voz de la muchacha había perdido ya su excitación.

—Nadie me creería. «Hombre Famoso cohabita con la Muchacha Gorda». Tampoco yo lo creería.

Fern permaneció inmóvil unos momentos. Luego se puso de lado y encendió la lámpara, diciendo: —¡Al diablo con todos! No se lo contaré a nadie. Pero yo sí lo sé, ¿verdad?

Corky asintió en silencio con un gesto.

La joven tendió una mano para tocarle la cara.

—¿Sabes qué, señor Withers? Tú eres ahora mi recuerdo…

Corky esperó hasta que la joven apagó la luz. Entonces acercó los labios al cuello de la muchacha. Era un cuello encantador…

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