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NEXUS » 27. No se abandona a un compañero

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CAPÍTULO 27

NO SE ABANDONA A UN COMPAÑERO

En un cuchitril de la calle Khao San Road, un corpulento hombre negro se agitaba y se revolvía entre las garras de una pesadilla, entre las garras de un recuerdo.

Venían por él. El Cuerpo. Sus hermanos. Oyó los helicópteros y los disparos de las armas ligeras. Habían encontrado el escondrijo adonde lo habían llevado, donde lo tenían retenido, el lugar en el que había elegido quedarse. Nunca se abandona a un compañero. Volvían por él, y que Dios se apiadase de todo aquel que se cruzara en su camino.

Lunara tiraba de él. Sus mentes seguían conectadas. Habían ingerido Nexus solo una hora antes. Él podía sentir su miedo. Podía sentir su determinación.

«No —le suplicó él—. No salgas. Te matarán.»

Supo lo que Lunara iba a responderle antes de que hablara, lo supo antes de sentirlo en su mente. Prefería morir a caer en manos del ejército kazajo. Prefería morir a volver a soportar las violaciones y las torturas de la policía secreta del dictador.

Lo supo. Había sentido todo eso, lo había revivido en su memoria. Cada segundo de su sufrimiento. Lo había consumido la ira, lo había consumido la impotencia. Ella lo había asumido como la triste realidad de su vida. Él lo consideraba una traición. Él no había luchado en el bando de los violadores y los torturadores. Él no.

Pero lo había hecho.

«No —le suplicó—. Yo te protegeré.»

Sabía que era mentira, sabía que no podría hacerlo. Pero de todas maneras se lo suplicó. «No te vayas. Por favor. No mueras.»

«Adiós, Watson. No me olvides. No nos olvides.»

Lunara cerró la puerta de acero reforzado de la celda con un golpe ensordecedor. Él sintió y oyó que echaba la llave desde el otro lado. No se había echado la llave en semanas.

Se dejó caer de rodillas, sollozando. «No. No. No.»

Oyó disparos fuera. Cercanos, muy cercanos. Oyó un grito. ¿La voz de Temir?

Se levantó. Todavía sentía a Lunara, justo al otro lado de la puerta. Algo la impedía moverse. La pistola. Había cogido la pistola. Estaba cargándola. «¡No!»

Ahora los disparos sonaban dentro del edificio.

Wats rugió de desesperación. Metió los dedos en la diminuta rendija de la puerta. No había un picaporte que agarrar. Lo sustituiría por las manos. Gritó su desesperación. El acero se doblaba bajo sus dedos. El acero cedía milímetro a milímetro.

Sentía a Lunara al otro lado de la puerta. Estaba apuntando con su pistola hacia la parte superior de la escalera, esperando. Paralizada por el miedo. Él tiraría abajo la puerta. La sacaría de allí, los sacaría a ambos.

Sintió las balas desgarrándole el cuerpo antes de oírlas; sintió el dolor abrasador recorriendo el organismo de Lunara antes de oír los impactos en la puerta que agarraba con los dedos. Habían pasado por encima de ella como si fuera una hoja de papel. Se le cortó la respiración. Oyó los gritos de los marines. Sentía cómo se esfumaba la vida de Lunara. La sentía aferrándose al budismo que su madre uigur había traído desde Mongolia, la sentía aferrándose a la esperanza de la reencarnación, sentía su esperanza de haber mejorado su karma, de que el siguiente viaje en la rueda de la vida no estuviera tan cargado de dolor.

«¡No!»

«¡Aléjese de la puerta!»

Wats era incapaz de procesar lo que le decían. Continuó hundiendo los dedos en la rendija de la puerta de acero, tanteando el diminuto espacio, buscando un asidero al que agarrarse para tirar con fuerza y abrirla.

Volaron los goznes. La puerta salió disparada hacia dentro y lo empotró contra el suelo de piedra. Se golpeó la cabeza.

Al punto tuvo encima a un médico del cuerpo de marines, apuntándole a los ojos con una luz deslumbrante y gritándole a la cara: «¿Me oye? Sargento Cole, ¿me oye? ¿Está herido? ¿Alguna herida?».

Sentía a Lunara. Aún estaba viva. Vencida por el dolor. Estaba débil, cada vez más. Pero aún estaba viva. Todavía había esperanza. Abrió la boca e intentó hablar, intentó decírselo al médico.

Entonces llegó desde el exterior de la celda: «Oye, esta todavía respira».

El ruido de un solo tiro, más atronador que todos los disparos anteriores de armas automáticas. El cerebro de Lunara desintegrado con un angustioso repique final.

«Maldita zorra. Nadie se la juega al Cuerpo.»

Venían por él. El Cuerpo. Sus hermanos. Oyó los helicópteros…

A las 5.39 horas sonó un pitido. Wats se levantó, sobresaltado. Estaba empapado en sudor. Alguien aporreaba su suelo desde el piso de abajo. ¿Había estado gritando? El sueño. Lunara. Cada vez estaba peor.

Un pitido. Un mensaje. Se echó agua fría en el fregadero para lavarse el miedo de la cara y consultó la tableta. Su contacto en el hotel Prince Market le había enviado un mensaje y varias fotos. Kade y Cataranes habían vuelto al hotel. Ambos tenían mal aspecto y parecían magullados. Kade exhibía un moratón en un costado de la cabeza. Dos caballeros fornidos y con el pelo cortado al rape que parecían tailandeses se habían registrado en el hotel poco después.

Wats se sentó en la cama. Apenas había dormido, y lo poco que lo había hecho había sido un tormento. El impulso de recurrir a las drogas para sumirse en una inconsciencia libre de sueños era muy fuerte. Pero no era el momento.

¿Qué había hecho para merecer tanto sufrimiento? ¿Qué había hecho para que lo atormentaran el recuerdo de la muerte de Lunara, de sus violaciones, del dolor de Arman al descubrir la matanza de su familia, del dolor de Temir por el saqueo de su pueblo, del dolor de todos los hombres y mujeres que habían desfilado por su celda y por su mente? ¿Qué había hecho él para que su alma albergara el sufrimiento de tantas personas?

No le dio más vueltas en la cabeza. Sabía perfectamente lo que había hecho. Había matado a un número incontable de hombres y a no pocas mujeres. Había utilizado la violencia como arma. Había herido y matado a personas sin otra razón que las palabras de sus superiores. Y había disfrutado con ello. Daba igual que entonces creyera que estaba haciendo lo correcto. Él mismo se había puesto la venda en los ojos. Había sido cómplice de que lo utilizaran como una herramienta para hacer el mal.

Su karma era negro como la noche. Ni en una docena de vidas conseguiría salir del pozo en el que se había hundido en una sola vida.

Tenía el medallón de datos en la mano, con la cadena metálica enrollada sobre la palma. Era tan pequeño. Solo tenía que conectárselo a Kade… Había estado tan cerca, tan cerca de hacer algo que podía socavar su malvado karma, que podía ayudarlo a redimirse aunque fuera una pizca. Tan cerca de dar un giro a su favor.

Wats se arrancó de las garras de la autocompasión. Era un sentimiento indigno de él. Estaba allí por una razón. Volvió a mirar el mensaje en la tableta, las imágenes. Juntó las piezas del rompecabezas de lo ocurrido la noche anterior. Alguien había tratado de raptar a Kade. Cataranes lo había evitado. Habían pasado algún tiempo en un piso franco. Ahora habían reaparecido. Y esos tipos con pinta de pertenecer a operaciones especiales no se separaban de ellos. La seguridad alrededor de Kade sería más impenetrable que nunca.

Debería haber actuado el primer día. Debería haber disparado a Cataranes en la cabeza la noche anterior y llevarse a Kade. A esta hora ya estarían en Laos.

Suspiró. Llegados a este punto, liberar a Kade sería más difícil que nunca. Una misión suicida. Era imposible que saliera bien. Al menos si actuaba solo. Pero no se rendiría. Todavía no.

Había alguien más que quería a Kade. Alguien más había intentado secuestrarlo. Quería saber quién era esa persona. Quería saber por qué. Buscó la imagen del monje que ya había visto dos veces. Tenía una pista.

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