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La parte de los crímenes

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dossier estaban las crónicas de Sergio González, el cual se quedó en el DF escribiendo una larga reseña sobre la nueva narrativa mexicana y latinoamericana. Antes de que enviaran al novato el jefe de nota roja subió los cinco pisos que lo separaban de cultura, pese a que casi nunca tomaba el ascensor, y le preguntó si quería ir. Sergio lo miró sin responderle y al final movió la cabeza negativamente. En enero, también, la filial santateresana del grupo Mujeres de Sonora por la Democracia y la Paz hizo una rueda de prensa, a la que asistieron únicamente dos periódicos de Santa Teresa, en la cual expusieron los tratos vejatorios y desconsiderados que sufrían los familiares de las mujeres muertas y enseñaron las cartas que sobre esta cuestión pensaban enviar al gobernador del estado, el licenciado José Andrés Briceño, del PAN, y a la Procuraduría General de la República. Cartas que nunca fueron contestadas. La sección santateresana del MSDP creció de tres militantes o simpatizantes a veinte. Enero de 1996, sin embargo, no fue un mal mes para la policía de la ciudad. Tres tipos murieron a balazos en un bar cercano a la vieja vía del tren, presumiblemente en un ajuste de cuentas entre narcos. El cadáver degollado de un centroamericano apareció en un paso utilizado por polleros. Un tipo gordito y chaparrito, que llevaba una corbata muy extraña, llena de arcos iris y de mujeres desnudas con cabezas de animales, se pegó un tiro en el paladar jugando a la ruleta rusa en un local nocturno de la Madero-Norte. Pero no se encontraron cadáveres de mujeres ni en los baldíos de la ciudad, ni en los aledaños, ni en el desierto.

A principios de febrero, sin embargo, una llamada anónima advirtió a la policía sobre un cuerpo abandonado en el interior de un viejo galpón ferroviario. El cuerpo, según dictaminó el forense, era de una mujer de aproximadamente treinta años, aunque visto así, a ojo, cualquiera hubiera podido echarle cuarenta. Tenía dos heridas de arma blanca de pronóstico mortal. También mostraba heridas profundas en los antebrazos. Según el forense, probablemente habían sido causadas por una daga, una daga grande, de hoja gruesa, como las que se ven en las películas norteamericanas. Preguntado al respecto, el forense aclaró que se refería a las películas norteamericanas del oeste y a las dagas de cazar osos. Es decir, una daga

muy grande. Al tercer día de la investigación, el forense dio otra pista importante. La mujer muerta era una india. Podía ser una yaqui, pero él no lo creía, y podía ser una pima, pero él tampoco lo creía. Estaba la posibilidad de que fuera una india mayo, del sur del estado, pero francamente él tampoco lo creía. ¿Qué clase de india podía ser? Bueno, podía ser una seri, pero según el forense, por determinadas características físicas, era improbable que lo fuera. También podía ser una india pápago, lo cual resultaría de lo más natural, puesto que los pápagos son los indios geográficamente más cercanos a Santa Teresa, pero él pensaba que tampoco era una india pápago. Al cuarto día el forense, al cual sus alumnos empezaron a llamar el doctor Mengele de Sonora, dijo que la india asesinada, tras muchas cavilaciones y mediciones, era sin duda ninguna una india tarahumara. ¿Qué hacía una tarahumara en Santa Teresa? Probablemente trabajar de empleada doméstica en alguna casa de clase media o alta. O esperar turno para pasar a los Estados Unidos. La investigación se centró en los polleros orejas y en las casas cuyas gatas hubieran abandonado el puesto de trabajo de improviso. Pronto cayó en el olvido.

La siguiente muerta fue encontrada entre la carretera a Casas Negras y una vaguada sin nombre en donde abundaban los matorrales y las flores silvestres. Fue la primera muerta encontrada en marzo de 1996, mes funesto en el que se encontrarían cinco cadáveres más. Entre los seis policías que acudieron al lugar de los hechos estaba Lalo Cura. La muerta tenía diez años, aproximadamente. Su estatura era de un metro y veintisiete centímetros. Llevaba zapatillas de plástico transparente, atadas con una hebilla de metal. Tenía el pelo castaño, más claro en la parte que le cubría la frente, como si lo llevara teñido. En el cuerpo se apreciaron ocho heridas de cuchillo, tres a la altura del corazón. Uno de los policías se puso a llorar cuando la vio. Los tipos de la ambulancia bajaron a la vaguada y procedieron a atarla en la camilla, porque el ascenso podía ser accidentado y en un traspié dar con su cuerpito en el suelo. Nadie fue a reclamarla. Según declaró oficialmente la policía, no vivía en Santa Teresa. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado allí? Eso no lo dijeron. Sus datos fueron enviados por fax a varias comisarías del país. De la investigación se encargó el judicial Ángel Fernández y el caso pronto se cerró.

Pocos días después, a la misma altura de la vaguada pero en el otro lado de la carretera a Casas Negras, fue encontrado el cadáver de otra niña, ésta de aproximadamente trece años de edad, muerta por estrangulamiento. Como la anterior víctima, tampoco llevaba encima ningún papel que ayudara a identificarla. Iba vestida con pantalones cortos, de color blanco, y una sudadera gris con el distintivo de un equipo de fútbol americano. Según el forense llevaba muerta por lo menos cuatro días, por lo que cabía la posibilidad de que ambos cadáveres hubieran sido arrojados el mismo día. Según Juan de Dios Martínez la idea era un poco rara, por decir algo suave, pues si el asesino tiró el primer cadáver en la vaguada tuvo por fuerza que dejar el vehículo no lejos de la carretera a Casas Negras, con el segundo cadáver en su interior, corriendo con ello el riesgo no sólo de que se detuviera un coche patrulla, sino incluso de que pasaran por allí unos desaprensivos y se lo robaran, y lo mismo podía decirse en el supuesto de que hubiera arrojado el primer cadáver en el otro lado de la carretera, es decir cerca del poblado llamado El Obelisco, que ni era propiamente un poblado ni tampoco llegaba a colonia de Santa Teresa y que era más bien un refugio de los más miserables entre los miserables que cada día llegaban del sur de la república y que allí pasaban las noches e incluso morían, en casuchas que no consideraban sus casas sino una estación más en el camino hacia algo distinto o que al menos los alimentara. Algunos no lo llamaban El Obelisco sino El Moridero. Y en parte tenían razón, porque allí no había ningún obelisco y en cambio la gente se moría mucho más rápido que en otros lugares. Pero había habido un obelisco, cuando los límites de la ciudad eran otros, más reducidos, y Casas Negras era un poblado, digamos, independiente. Un obelisco de piedra, o mejor dicho, tres piedras, una sobre otra, que formaban una figura nada estilizada, pero que con imaginación o con sentido del humor podía uno considerar un obelisco primitivo o un obelisco dibujado por un niño que recién aprende a dibujar, un bebé monstruoso que vivía en las afueras de Santa Teresa y que se paseaba por el desierto comiendo alacranes y lagartos y que nunca dormía. Lo más práctico, pensó Juan de Dios Martínez, era deshacerse de los dos cadáveres en el mismo lugar, primero uno y luego otro. Y no arrastrar el primer cadáver hasta la vaguada que quedaba demasiado lejos de la carretera, sino arrojarlo allí mismo, unos metros más allá del arcén. Y lo mismo con el segundo cadáver. ¿Por qué caminar hasta las afueras de El Obelisco, con el riesgo que eso incluía, pudiendo tirarlo en cualquier otro lugar? A menos, se dijo, que en el coche viajaran tres asesinos, uno para conducir y los otros dos para deshacerse rápidamente de las niñas muertas, que apenas pesaban y que, llevadas entre dos, seguramente era como cargar una valija pequeña. La elección de El Obelisco, entonces, adquiría otra luz, otros contornos. ¿Pretendían los asesinos que la policía desviara sus sospechas hacia los habitantes de aquel lago de casas de papel? ¿Pero entonces por qué no deshacerse de ambos cadáveres en aquel lugar? ¿En aras de la

verosimilitud? ¿Y por qué no pensar que ambas niñas, acaso, vivían en El Obelisco? ¿En qué otro lugar de Santa Teresa podía haber niñas de diez años que nadie reclamara? ¿Entonces los asesinos no tenían coche? ¿Cruzaron la carretera con la primera niña hasta la vaguada cercana a Casas Negras y la dejaron allí tirada? ¿Y por qué, si se tomaron tantas molestias, no la enterraron? ¿Porque el suelo de la vaguada estaba endurecido y ellos no tenían herramientas? El caso lo llevó el judicial Ángel Fernández, quien realizó una redada en El Obelisco y detuvo a veinte personas. Cuatro de ellas ingresaron en prisión por delitos de robo comprobado. Otra murió en los calabozos de la comisaría n.º 2, según el forense, debido a una tuberculosis. Nadie se quiso inculpar de ninguna de las dos muertes.

Una semana después del hallazgo del cadáver de la niña de trece años en los alrededores de El Obelisco, fue hallado el cuerpo sin vida de una muchacha de aproximadamente dieciséis años a un lado de la carretera a Cananea. La muerta medía casi un metro sesenta y tenía el pelo negro y largo y era de complexión delgada. Sólo tenía un herida de arma blanca, en el abdomen, profunda, que literalmente le había atravesado el cuerpo. Pero la muerte, según dictamen del forense, se produjo por estrangulamiento y rotura del hueso hioides. Desde el sitio donde se encontró el cadáver se podía ver una sucesión de lomas bajas y casas desperdigadas de color amarillo o blanco, de techos bajos, y algún que otro galpón industrial en donde las maquiladoras guardaban sus componentes de reserva, y caminos que salían de la carretera y que se deshacían como sueños, sin motivo ni causa. La víctima, según la policía, probablemente era una autoestopista que se dirigía a Santa Teresa y a la que habían violado. Vanos fueron todos los intentos de identificarla y el caso se cerró.

Casi al mismo tiempo fue hallado el cadáver de otra muchacha, de aproximadamente dieciséis años, acuchillada y mutilada (aunque las mutilaciones tal vez fueron obra de los perros del lugar), en las faldas del cerro Estrella, en el noreste de la ciudad, a muchos kilómetros de donde aparecieron las tres primeras víctimas de marzo. De complexión delgada y pelo negro y largo, la muerta, dijeron algunos policías, parecía la hermana gemela de la presunta autoestopista encontrada en la carretera de Cananea. Como ésta, tampoco llevaba ningún papel que facilitara su identificación. En la prensa de Santa Teresa se habló de las

hermanas malditas, y luego, recogiendo la versión de los policías, de las

gemelas infaustas. El caso lo llevó el judicial Carlos Marín y no tardó en clasificarse como caso no resuelto.

Cuando ya finalizaba marzo, el mismo día, fueron encontradas las dos últimas víctimas. La primera se llamaba Beverly Beltrán Hoyos. Tenía dieciséis años y trabajaba en una maquiladora del Parque Industrial General Sepúlveda. Su desaparición se produjo tres días antes del hallazgo del cadáver. Su madre, Isabel Hoyos, se presentó en una comisaría del centro y tras esperar cinco horas fue atendida y su denuncia, aunque de mala gana, fue redactada y firmada y pasó al siguiente trámite. Beverly, al contrario que las anteriores víctimas de marzo, tenía el pelo castaño. En lo demás había algunas similitudes: de complexión delgada, un metro sesentaidós de estatura, el pelo largo. Su cuerpo fue encontrado por unos niños en unos baldíos al oeste del Parque Industrial General Sepúlveda, un lugar de difícil acceso en coche. El cadáver presentaba diversas heridas de arma en zona torácica y abdominal. Había sido violada vaginal y analmente y luego vestida por sus asesinos, pues la ropa, la misma que llevaba cuando desapareció, no mostraba ni un solo desgarrón ni agujero o quemadura de bala. El caso lo llevó el judicial Lino Rivera, quien inició y agotó sus pesquisas interrogando a las compañeras de trabajo y tratando de encontrar a un novio inexistente. No se rastreó la zona del crimen ni nadie tomó moldes de las numerosas huellas que había en el lugar.

La segunda víctima de aquel día y la última del mes de marzo fue hallada en un lote baldío al oeste de la colonia Remedios Mayor y del basurero clandestino El Chile y al sur del Parque Industrial General Sepúlveda. Según el judicial José Márquez, a quien le fue encargado el caso, era muy atractiva. Tenía las piernas largas y el cuerpo delgado aunque no flaco, el pecho abundante, la cabellera por debajo de los hombros. Tanto la vagina como el ano mostraban señales de abrasiones. Después de ser violada la acuchillaron hasta matarla. Según el forense, la mujer debía de tener entre dieciocho y veinte años. No tenía papeles que facilitaran su identificación y nadie acudió a reclamar el cadáver, por lo que su cuerpo fue enterrado, tras una espera prudencial, en la fosa común.

El dos de abril, en el programa de Reinaldo, apareció Florita Almada acompañada de algunas activistas del MSDP. Florita Almada dijo que ella estaba allí sólo para presentar a esas mujeres, que tenían algo importante que decir. Acto seguido las activistas del MSDP hablaron de la impunidad que se vivía en Santa Teresa, de la desidia policial, de la corrupción y del número de mujeres muertas que crecía sin parar desde el año 1993. Luego dieron las gracias al amable público y a nuestra amiga Florita Almada y se despidieron no sin antes emplazar al gobernador del estado, el licenciado José Andrés Briceño, a poner remedio a esta situación insostenible en un país donde dizque se respetaban los derechos humanos y la ley. El director de la cadena llamó a Reinaldo y a punto estuvo de suspenderlo. Reinaldo tuvo un ataque de nervios y le dijo que lo despidiera, si así se lo habían mandado. El director de la cadena lo llamó joto y agitador. Reinaldo se encerró en su camerino y estuvo hablando por teléfono con unas personas de Los Ángeles que tenían una emisora de radio y a quienes les hubiera gustado llevárselo. El productor del programa le dijo al director que mejor dejara a Reinaldo en paz. El director mandó a su secretaria a buscar a Reinaldo. Reinaldo no quiso ir y siguió hablando por teléfono. El chicano con el que estaba hablando le contó la historia de un asesino en serie de Los Ángeles, un tipo que sólo mataba homosexuales. Dios mío, dijo Reinaldo, aquí hay alguien que sólo mata mujeres. El tipo de Los Ángeles era un merodeador de los locales gay. Siempre hay gente así, dijo Reinaldo, lobos detrás del rebaño de ovejas. El tipo de Los Ángeles seducía a los homosexuales en los locales de homosexuales o en las calles donde solía agruparse la prostitución masculina y luego se los llevaba a alguna parte en donde los mataba. Era sanguinario como Jack el Destripador. Literalmente destazaba a sus víctimas. ¿Van a hacer una película sobre él?, preguntó Reinaldo. Ya la hicieron, dijo el chicano al otro lado del teléfono. ¿O sea que la policía lo detuvo? Claro, dijo el chicano. ¡Qué alivio!, dijo Reinaldo. ¿Y quiénes trabajan en la película? Keanu Reeves, dijo el chicano. ¿Keanu como asesino? No, como el policía que lo atrapa. ¿Y quién hace de asesino? Este rubio, ¿cómo se llama?, dijo el chicano, el que tiene el nombre igualito al del personaje de una novela de Salinger. Ay, yo no he leído a ese escritor, dijo Reinaldo. ¿No has leído a Salinger?, dijo el chicano. Pues no, dijo Reinaldo. Una enorme laguna en su vida, carnal, dijo el chicano. Yo es que últimamente sólo leo a escritores gay, dijo Reinaldo. A ser posible, escritores gay que tengan una cultura literaria similar a la mía. Eso ya me lo explicarás en LA, dijo el chicano. Cuando colgaron Reinaldo cerró los ojos y se imaginó viviendo en un barrio de grandes palmeras, con chalets pequeños pero bonitos y vecinos aspirantes a actores, a quienes él entrevistaría mucho antes de que alcanzaran la fama. Luego habló con el productor del programa y el director de la cadena y ambos, en la puerta de su camerino, le pidieron que se olvidara del asunto y que siguiera. Reinaldo dijo que se lo iba a pensar, que tenía otras ofertas. Esa noche dio una fiesta en su departamento y ya de madrugada unos amigos propusieron irse a la playa a ver el amanecer. Reinaldo se encerró en su dormitorio y llamó a Florita Almada. Al tercer timbrazo contestó la vidente. Reinaldo le preguntó si la había despertado. Florita Almada le dijo que sí pero que no importaba pues estaba soñando con él. Reinaldo le pidió que le contara el sueño. Florita Almada habló de una lluvia de aerolitos en una playa de Sonora y describió a un niño parecido a él. ¿Y ese niño miraba caer los aerolitos?, preguntó Reinaldo. Así es, dijo Florita Almada, miraba la lluvia de aerolitos mientras el mar le acariciaba las pantorrillas. Qué bonito, dijo Reinaldo. A mí también me lo pareció, dijo Florita Almada. Pero es que es muy bonito tu sueño, Florita, dijo Reinaldo. Sí, dijo ella.

El programa de Florita Almada y las mujeres del MSDP fue visto por mucha gente. Elvira Campos, la directora del hospital psiquiátrico de Santa Teresa, lo vio y se lo comentó a Juan de Dios Martínez, que no lo había visto. Don Pedro Rengifo, el antiguo patrón de Lalo Cura, que vivía casi sin salir de su rancho en las afueras de Santa Teresa, también lo vio, pero no lo comentó con nadie aunque su hombre de confianza, Pat O’Bannion, estaba sentado junto a él. El Tequila, uno de los amigos de Klaus Haas, lo vio en el penal de Santa Teresa y se lo comentó a Haas, aunque éste no le dio importancia. No tiene ninguna importancia lo que digan o piensen esas viejas sangronas, dijo. El asesino sigue matando y yo estoy encerrado.

Eso es un hecho incontrovertible. Alguien debería pensar en

eso y sacar

conclusiones. Esa misma noche, mientras dormía en su celda, Haas dijo: el asesino está afuera y yo estoy adentro. Pero va a venir a esta puta ciudad alguien peor que yo y peor que el asesino. ¿Oyes sus pasos que se acercan? ¿Oyes sus pasos? Cállese de una chingada vez, güero, dijo Farfán desde su camastro. Haas se calló.

La primera semana de abril se encontró el cuerpo de otra mujer muerta en los baldíos que se extienden al este de los viejos almacenes ferroviarios. La muerta carecía de identificación, salvo una tarjeta sin fotografía que la acreditaba como trabajadora de la maquiladora Dutch&Rhodes, a nombre de Sagrario Baeza López. El cuerpo presentaba múltiples heridas de arma blanca, así como señales de haber sido violado. Tenía aproximadamente veinte años. Tras presentarse la policía en las oficinas de Dutch&Rhodes, resultó que la operaria Sagrario Baeza López estaba viva. Después de ser interrogada declaró que no conocía, ni siquiera de vista, a la muerta. Que su tarjeta la había perdido hacía por lo menos seis meses. Y, finalmente, que llevaba una vida ordenada, dedicada al trabajo y a su familia, con la que vivía en la colonia Carranza, y que nunca había tenido problemas con la justicia, lo que fue corroborado por algunas de sus compañeras de trabajo. En los archivos de Dutch&Rhodes, en efecto, se encontró la fecha exacta en que le fue entregada la nueva tarjeta a Sagrario Baeza, con la admonición de que esta vez tuviera más cuidado y no la perdiera. ¿Qué hacía la muerta con la tarjeta de identificación laboral de otra persona?, se preguntó el judicial Efraín Bustelo. Durante unos días se investigó el personal de Dutch&Rhodes, por si la muerta era otra de las trabajadoras de la empresa, pero las únicas mujeres que se habían ido no coincidían con las características físicas de la muerta. Tres de ellas, de edades comprendidas entre los veinticinco y treinta años, optaron por cruzar a los Estados Unidos. Otra, una mujer gorda chaparra, había sido despedida por intentar crear un sindicato. El caso se cerró sin ruido.

La última semana de abril se encontró otra mujer muerta. Según el forense, antes de morir había sido golpeada en todo el cuerpo. La muerte, sin embargo, se produjo por estrangulamiento y rotura del hueso hioides. El cadáver fue encontrado en el desierto, a unos cincuenta metros de una carretera secundaria que va hacia el este, hacia las montañas, en un lugar donde no era extraño ver aterrizar de vez en cuando las avionetas de los señores de la droga. Del caso se encargó el judicial Ángel Fernández. La muerta no tenía papeles que la identificaran y su desaparición no aparecía en registro alguno de ninguna comisaría de Santa Teresa. Su foto no salió en los periódicos, pese a que la policía facilitó tres copias de su rostro mutilado a

El Heraldo del Norte, La Voz de Sonora y

La Tribuna de Santa Teresa.

En mayo de 1996 no se encontraron más cadáveres de mujeres. Lalo Cura participó en una investigación sobre coches robados, que se saldó con cinco detenciones. Epifanio Galindo fue a la cárcel a visitar a Haas. La conversación fue breve. El presidente municipal de Santa Teresa declaró a la prensa que la ciudadanía podía estar tranquila, que el asesino estaba preso y que los asesinatos de mujeres cometidos posteriormente eran obra de delincuentes comunes. Juan de Dios Martínez se encargó de un caso de lesiones y robo. En dos días capturó a los culpables. En la cárcel de Santa Teresa se suicidó un preso preventivo de veintiún años. El cónsul norteamericano Conan Mitchell se fue a cazar al rancho que poseía en las estribaciones de la Sierra el empresario Conrado Padilla. Allí también estaban sus amigos, el rector de la universidad Pablo Negrete y el banquero Juan Salazar Crespo, y un tercer personaje al que nadie conocía, un tipo gordo y de corta estatura, de pelo rojo, y que no salió ni un solo día a cazar con ellos pues manifestó que las armas lo ponían nervioso y que además estaba enfermo del corazón, llamado René Alvarado. Este tal René Alvarado era de Guadalajara y según les contó se dedicaba a negocios bursátiles. Por la mañana, mientras ellos salían a cazar, Alvarado se envolvía en una manta y se sentaba en un sillón en la terraza, de cara a las montañas, siempre en compañía de un libro.

En junio fue asesinada una bailarina del bar El Pelícano. Según los testigos presenciales, la bailarina estaba en el salón, bailando semidesnuda, cuando apareció su esposo, Julián Centeno, quien sin cruzar una sola palabra con la víctima le descerrajó cuatro balazos. La bailarina, conocida con el nombre de Paula o de Paulina, aunque en otros locales de Santa Teresa también se la conocía con el nombre de Norma, cayó fulminada y no recuperó la conciencia, pese a que dos de sus compañeras intentaron reanimarla. Cuando llegó la ambulancia estaba muerta. El caso lo llevó el judicial Ortiz Rebolledo, quien de madrugada se presentó en el domicilio de Julián Centeno, hallándolo vacío y con claras señales de una huida apresurada. El tal Julián Centeno tenía cuarentaiocho años y la bailarina, según sus compañeras de trabajo, no pasaba de los veintitrés. Él era de Veracruz y ella del DF y habían llegado a Sonora hacía un par de años. Según la bailarina, estaban legalmente casados. Al principio, nadie supo decir cómo se apellidaba la tal Paula o Paulina. En su casa, un departamento de reducidas dimensiones y pocos muebles sito en la calle Lorenzo Covarrubias 79, en la colonia Madero-Norte, no se encontraron papeles que aclararan la identidad de la víctima. Cabía la posibilidad de que Centeno los hubiera quemado, pero Ortiz Rebolledo se inclinó por la posibilidad de que la tal Paulina hubiera vivido todos esos últimos años sin un solo papel que diera fe de su vida, algo no poco usual en algunas cabareteras y en algunas putas nómades. Un fax del Registro de Identificación Policial del DF, sin embargo, les dijo que Paulina se llamaba Paula Sánchez Garcés. En su prontuario se consignaban varias detenciones por prostitución, oficio al que al parecer se dedicaba desde los quince años. Según sus compañeras de El Pelícano, la víctima se había enamorado recientemente de un cliente, un tipo del que sólo sabían el nombre de pila, Gustavo, y que pensaba dejar a Centeno para irse a vivir con aquél. La búsqueda de Centeno fue infructuosa.

Pocos días después del asesinato de Paula Sánchez Garcés apareció cerca de la carretera a Casas Negras el cadáver de una joven de diecisiete años, aproximadamente, de un metro setenta de estatura, pelo largo y complexión delgada. El cadáver presentaba tres heridas por arma punzocortante, abrasiones en las muñecas y en los tobillos, y marcas en el cuello. La muerte, según el forense, se debió a una de las heridas de arma blanca. Iba vestida con una camiseta roja, sostén blanco, bragas negras y zapatos de tacón rojos. No llevaba pantalones ni falda. Tras practicársele un frotis vaginal y otro anal, se llegó a la conclusión de que la víctima había sido violada. Posteriormente un ayudante del forense descubrió que los zapatos que llevaba la víctima eran por lo menos dos números más grandes que los que ésta calzaba. No se encontró identificación de ningún tipo y el caso se cerró.

A finales de junio se encontró el cadáver de otra desconocida, a la salida de la colonia El Cerezal, cerca de la carretera a Pueblo Azul. El cuerpo, perteneciente a una mujer de aproximadamente veintiún años, estaba literalmente cosido a puñaladas. Más tarde el forense contaría veintisiete, sumando las heridas leves y las graves. Al día siguiente del hallazgo del cadáver se presentaron en la comisaría los padres de Ana Hernández Cecilio, de diecisiete años, desaparecida hacía una semana, quienes reconocieron a la muerta como su hija. Tres días después, sin embargo, cuando la presunta Ana Hernández Cecilio ya había sido enterrada en el cementerio de Santa Teresa, apareció en la comisaría la verdadera Ana Hernández Cecilio, quien dijo que se había fugado con su novio. Los dos seguían viviendo en Santa Teresa, en la colonia San Bartolomé, y ambos trabajaban en una maquiladora del Parque Industrial Arsenio Farrel. Los padres de Ana Hernández corroboraron la declaración de su hija. Se ordenó entonces la exhumación del cadáver encontrado en la carretera a Pueblo Azul y prosiguieron las investigaciones, a las que se destinó a los judiciales Juan de Dios Martínez y Ángel Fernández y al policía de Santa Teresa Epifanio Galindo. Este último se dedicó a recorrer la colonia Maytorena y la colonia El Cerezal, acompañado de un viejo abarrotero que había sido policía. De esta forma se enteró de que un tal Arturo Olivárez había sido abandonado por su mujer. Lo raro era que la mujer no se había llevado a sus hijos, un niño de dos años y una niña de sólo unos meses. Mientras seguía otras pistas, Epifanio le pidió al abarrotero expolicía que lo mantuviera informado de los movimientos del tal Olivárez. Así supo que a veces visitaba al sospechoso un tal Segovia, que resultó ser primo carnal de Olivárez. Segovia vivía en una colonia del oeste de Santa Teresa y no tenía oficio conocido. Hasta hacía un mes, rara vez se presentaba en la colonia Maytorena. Pusieron a Segovia bajo vigilancia y encontraron un par de testigos que dijeron haberlo visto volver a casa con manchas de sangre en la camisa. Los testigos eran vecinos de Segovia y no tenían buenas relaciones. Segovia se ganaba la vida haciendo de intermediario en las peleas de perros que se celebraban en algunos patios de la colonia Aurora. Juan de Dios Martínez y Ángel Fernández entraron en la casa de Segovia cuando éste no estaba. No encontraron nada que lo incriminara directamente en el asesinato de la desconocida de la carretera a Pueblo Azul. Le preguntaron a un policía que tenía perros de lucha si conocía a Segovia. La respuesta del policía fue afirmativa. Le encargaron que lo vigilara. Dos días más tarde el policía les dijo que últimamente Segovia no se limitaba a hacer de intermediario sino que apostaba. Por supuesto, lo perdía todo, pero al cabo de una semana volvía a apostar. Alguien le está pasando dinero, dijo Ángel Fernández. Siguieron a Segovia. Cada semana, como mínimo, iba a ver a su primo. Epifanio Galindo siguió a Olivárez. Descubrió que estaba vendiendo las cosas de la casa. Olivárez se piensa largar, dijo Epifanio. Los domingos jugaba al fútbol con un equipo del barrio. El campo de fútbol estaba situado en unos terrenos junto a la carretera a Pueblo Azul. Cuando Olivárez vio que se acercaban los policías, dos vestidos de paisano y tres de uniforme, dejó de jugar y los esperó sin salir de la cancha, como si ésta fuera un espacio mental que lo protegería de cualquier desventura. Epifanio le preguntó su nombre y le puso las esposas. Olivárez no se resistió. Los otros jugadores y la treintena de espectadores que contemplaban el partido se quedaron inmovilizados. El silencio, le contaría esa noche Epifanio a Lalo Cura, era total. Con un gesto, el policía señaló el desierto que se extendía al otro lado de la carretera y le preguntó si la había matado allí o en su casa. Allí mero, dijo Olivárez. Los niños estaban con la mujer de un amigo de Olivárez que los cuidaba los domingos de fútbol. ¿Lo hiciste solo o te ayudó tu primo? Me ayudó, dijo Olivárez, pero no mucho.

Toda vida, le dijo esa noche Epifanio a Lalo Cura, por más feliz que sea, acaba siempre en dolor y sufrimiento. Depende, dijo Lalo Cura. ¿Depende de qué, buey? De muchas cosas, dijo Lalo Cura. Si te pegan un balazo en la nuca, por ejemplo, y el pinche asesino se acerca sin que lo escuches, te vas al otro mundo sin dolor y sin sufrimiento. Pinche escuincle, dijo Epifanio. ¿A ti te han pegado muchos tiros en la nuca?

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