Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Canis latrans
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Canis latrans
Disparó varias veces al policía que estaba sentado al volante del coche. El parabrisas se agujereó, estriándose en tantas telas de araña como disparos se produjeron. En el interior de la cabina, el policía se estremecía con cada detonación. Lo vi forcejear, abrir la puerta, salir con dificultad del vehículo, dar algunos pasos y desplomarse sobre la nieve, al borde de la carretera. Movió las piernas. El hombre se acercó hasta él, empuñando el arma, la bajó y disparó dos veces, dejándolo clavado en el suelo. Más atrás, junto al camión, el perro seguía con los dientes aferrados a la garganta del segundo policía, que había dejado de oponer resistencia. Parecía un trapo. El perro lo tenía atrapado entre los colmillos y lo sacudía violentamente de un lado a otro, como si usara el cuerpo de la víctima para limpiar el charco de sangre espesa que salía de su cuello y en el que no dejaba de chapotear. El hombre dijo Let’s go, Motherfucker!! Y el perro lo siguió hasta el camión, en cuyo interior pude ver la silueta de otro hombre que no dejaba de chillar, sin bajarse del vehículo. Se fueron. Los cuerpos ensangrentados de los dos policías se quedaron esparcidos, no muy lejos de la mapache devorada por la corneja. Me había despertado el olor de la carroña, pero llegué demasiado tarde. Ya no quedaba nada. Decidí volver a mi madriguera. Los policías estaban muertos, pero nunca he devorado un cadáver más grande que yo. Los coches seguían pasando por la carretera. El de los policías, con las puertas abiertas de par en par, me pareció desocupado. Avancé sin franquear la línea blanca y divisé, en el asiento delantero, una bolsa que desprendía un delicioso olor a carne. Esperé. Me pareció que la vía estaba despejada. Aullé y proferí una serie de gañidos para recordar a mis congéneres la autoridad que tengo sobre este territorio, luego crucé la carretera, subí al vehículo y me senté para devorarlo todo tranquilamente.