Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Equus asinus

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Equus asinus

Chilla. Vuelve a chillar y se incorpora, sin salir del sueño. Agita los brazos en el aire, ¡No!, ¡No! Profiere palabras, sonidos que no llego a comprender. Me entra miedo. Quiere levantarse, pero en cuanto apoya la pierna dolorida se desploma a los pies de la cama. Se despierta. Ahí se queda, atónito, recuperando poco a poco el hilo de la razón. Nosotros, los animales, lo oímos llorar. Se apacigua. Dice Léonie… Léonie… y se queda dormido en el suelo, con los puños apretados, tapándose la cara, rechinando los dientes.

Amanece.

Entra el dueño del lugar. Lo ve tirado en el suelo. No lo despierta. Deja algo de ropa en la cama, luego abre el box de la mula, de las dos yeguas y del caballo negro. Pasan por encima del hombre que duerme, sin hacer ruido, y salen al exterior, como de costumbre. El dueño del lugar me acaricia las orejas y el hocico. Stay here, Tindy. Take care of him. Se va.

Sale el sol y la cuadra se llena de luz. Me estremezco de placer con las mañanas radiantes. Rebuzno de felicidad varias veces. Él se despierta, abre los ojos, se sienta. Se frota la cara. Se pone de pie, da algunos pasos cautelosos. Parece que el dolor ha desaparecido. Ve la ropa que hay en la cama, se la pone. Levanta la cabeza y, como soy el único al que ve, me observa.

—Se han ido todos y tú te has quedado velándome.

Da un paso hacia mí. Me entra miedo.

—Me gustaría que nada de esto fuera cierto. Todas las mañanas, desde hace diez días, me despierto pensando que es una pesadilla, que Léonie está ahí, en la cocina, que el día acaba de empezar, pero, de pronto, comprendo que no, que es una pesadilla de verdad. Y es ese de pronto lo que me resulta espantoso. Sé perfectamente que no he sido yo quien ha hecho «eso», pero me invade una extraña convicción relativa a su masacre. Digo «masacre», pero no sé lo que digo. Tú no puedes entender esta sensación. Ni siquiera se te pasa por la cabeza la idea de querer ser algo más que un burro. A mí me gustaría tanto ser otra persona que hubiese vivido otra cosa y que ahora estuviese en otro lugar. Donde fuera. Pero es imposible. Ya puede uno creer en lo que quiera, en la resurrección, en la teletransportación, en toda la ciencia ficción, que «yo» seguirá siendo «yo» y «este lugar» seguirá siendo «este lugar».

Me dirige la palabra sin preocuparse por el abismo que nos separa:

—Todas las situaciones son poderosas, decía Janice. Nada más que palabras. Janice tenía razón, sin duda, pero ¿de qué le ha servido? Está muerta. Para ella, ya no hay ninguna situación. Ni para Léonie. La situación es la pesadilla de los supervivientes.

No quiero que este hombre me emocione. No quiero que me conmueva, quiero que se vaya, que desaparezca y que deje de mirarme mientras pronuncia palabras malditas. Rebuzno con todas mis fuerzas, me doy la vuelta y pataleo la valla del box. Retrocede asustado y sale de la cuadra sin cerrar la puerta, dejándome ver cómo cae a plomo en el umbral un bloque de luz cegadora.

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