Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Pan troglodytes

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Pan troglodytes

Entró en la cocina y se quedó inmóvil, sorprendido de encontrarme allí. Me reconoció igual que yo lo reconocí a él, pues se dio la vuelta para preguntar si yo no era el mono de Coach. Siéntate, le respondió el anciano.

¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde están los caminos que nos han vuelto a unir? Tomó asiento y no dejó de observarme con aire inquieto, como si mi presencia fuera el signo de una catástrofe. Por lo general, los hombres me hacen reír. Cualquiera de sus muecas, por pequeña que sea, desata en mí un torrente de hilaridad. Él es todo lo contrario. Su aspecto no tiene nada de ridículo. Es como un animal, aunque no se comporte para nada como un animal. Solo el desasosiego de sus ojos de porcelana traiciona los reflejos rojizos de su cólera. La recuerdo bien: ante los hombres que lo acosaban, estalló con tal fluidez, con palabras tan despojadas de duda, que todos se callaron. Algo me sobrecogió en la deflagración de su voz, recordándome sentimientos que creía olvidados, rabia pena tristeza, gracias a los cuales, al aflorar a la superficie de mi memoria, volví a ver los paisajes de donde había sido arrancado tiempo atrás para convertirme a mi pesar, fruto de una alquimia monstruosa, en el mono de Coach.

—¿Es el mono de Coach? —volvió a preguntar sin quitarme los ojos de encima.

Se abrió la puerta, a modo de respuesta, y apareció Su Majestad, Coach el sublime.

—Es mi mono, sí.

Me partí de risa. Lo adoro, a Coach, es tan efectista, tan teatral. Tiene unas frases. Y las suelta todo el rato. ¡Es tan gracioso!

El anciano puso la cafetera en el centro de la mesa. Se sentaron. Coach abrió la lata de Coca-Cola light que había ido a buscar al maletero del coche, metió una pajita de lindas rayas rojas y blancas, y me la dio. Casi me pongo a llorar. Ese cosquilleo en la garganta me vuelve histérico. Me inunda una inmensa alegría y eructo. Eructo de verdad. Y vaya si eructé esta vez. Un enorme y sonoro eructo. ¡RRROOOHHHHH! ¡Como este! ¡Ja! ¡Felicidad total! ¡Beatitud! ¡Por nada del mundo volvería a la jungla! ¡Me gusta demasiado la Coca-Cola light! ¡Me gustan demasiado los humanos! Me gusta que me sirvan, me gusta ver cómo lloran, me gusta ver cómo sufren, me gusta ver cómo viven, me gusta saber que ignoran la ternura que les tengo, me gusta saber que están convencidos de que no puedo entender su mundo, de mi incapacidad para escucharlos y compartir sus penas y sus tristezas. ¿Acaso no soy más que un simple mono que solo sirve para hacer reír a los estúpidos y asombrar a Su Serenísima Majestad Coach, «The Coach», de quien soy el objeto, el mono, el animal de compañía, la joya, el preferido, el simpático chimpancé?

Llenaron las tazas de café y las tomaron entre las manos, pero ninguno de ellos se la llevó a los labios. Por la puerta del jardín entró el sol e inundó toda la estancia.

—¿Cómo va la pierna? —preguntó Coach.

—Ya no me duele.

—Tendré que enseñarte a cambiar las gasas —dijo el anciano—, mañana estarás recuperado.

—Henry es el mejor médico del país para animales abandonados y heridos —dijo Coach, y dio un sorbo a su café.

Henry. Así que se llama Henry. Bueno. Bien. Yo me llamo Tomahawk. Llamémoslo Henry y sigamos llamándome a mí Tomahawk. Así es. Guardaron silencio. Se bebieron el café sin hacer ruido. ¡Eso me pone de los nervios! ¡El silencio me pone de los nervios! Grité, aparté mi silla, di una vuelta a su alrededor y me volví a subir chillando con todas mis fuerzas.

—Tomahawk!!! Shut u!!

Me agarró del cuello y me aplastó la cabeza contra la mesa. Paré. Era la primera vez que veía a Coach perder la calma. Los humanos me hacen reír, pero ese día, no sé por qué, estaban desprovistos de ironía y ligereza. Me soltó. Bajé de la silla. Fui a apoyar la frente contra el cristal de la puerta desde donde podía admirarse el jardín. Estaba caliente por el sol. Mis pestañas lo rozaban con cada parpadeo. Me veía reflejado en él. Había caballos y burros en el jardín. Me gusta ver el vuelo de los pájaros en el reflejo de mi frente. Abrí la boca. Mi reflejo se zampó un caballo.

—¿Qué ocurre? —preguntó el hombre de los ojos de porcelana.

—Chuck ha muerto —respondió Coach.

El caballo volvió la cabeza para espantar las moscas que lo asediaban, pero ni sus movimientos ni el balanceo de su larga cola negra consiguieron quitárselas de encima. El enjambre se apartaba un instante para abatirse de nuevo. Abrí la boca y mi reflejo se las zampó.

—¿¡Cómo que «Chuck ha muerto»!?

—Degollado. Con las dos manos cortadas. Esta mañana han encontrado su cuerpo en una barca.

Me gustan los pájaros, me gustan las largas orejas de los burros, pero no me gusta Motherfucker, el perro de Chuck. Es un animal que no me hace reír ni sonreír. Es una criatura inmunda que solo sirve para dar miedo, morder y despedazar.

—¿Se sabe lo que ha ocurrido?

—Rooney lo ha matado.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué lo ha matado?

—Alguien debió de decirle que Chuck le seguía la pista.

—¿Quién?

—Eso es lo que a mí me gustaría saber. Lo que está claro es que Rooney no sabe que estás aquí. Probablemente mató a Chuck al caer la noche. Luego fue hasta la reserva, entregó lo que tenía que entregar e hizo lo que tenía que hacer. Como si nada hubiera ocurrido. Si hubiera sabido que alguien acompañaba a Chuck, no habría corrido el riesgo de mostrarse en público. Debió de pensar que Chuck actuaba solo, lo cual significa que quien le informa no sabe que estás aquí. Eso, al menos, es algo bueno para nosotros.

—Pero ese «quien» tiene que saber que yo he pasado por la reserva, que he dormido en casa de Janice y que tú y yo hemos hablado. Ha tenido que informar a Rooney.

—No estoy tan seguro. No tiene por qué haber relacionado una cosa con la otra. No sabe de qué hablamos. No sabe que te fuiste con Chuck. Los únicos que os vieron juntos fueron los dos policías que Chuck mató ayer.

Los caballos se alejaron, el sol se escondió detrás de una nube, mi reflejo se apagó. Volví a la mesa, me subí a las rodillas de Coach, agarré la caja metálica y le lie un cigarrillo.

—¿Y su perro? ¿Dónde está el perro de Chuck? ¿Dónde está Motherfucker?

—Destripado. Con todas las vísceras fuera. Rooney lo colgó de un árbol, justo al lado de la barca donde yacía el cadáver de Chuck. Era una mala bestia, pero quería a su amo como solo saben querer las bestias. En todo caso, puedes estarle agradecido.

—¿Por qué?

Henry se levantó para contestar.

—Porque si no te hubiera mordido, si no te hubiera herido, Chuck no se habría ido solo. Habríais entrado los dos en la reserva y a estas horas tú estarías muerto, no me cabe ninguna duda, probablemente capado y con el rabo en el fondo de la garganta.

—Viéndonos a los dos, no se habría arriesgado a atacarnos y ahora Chuck no estaría muerto.

—¿Tú crees que lo habrías intimidado?

—Lo que creo es que ya no tengo nada que hacer aquí.

Se levantó para irse. Coach dejó la taza sobre la mesa.

—Siéntate.

Me encanta cuanto Coach se pone en plan jefe. ¡Me encanta! Se convierte en el macho dominante, con esa necesidad de demostrar su autoridad. Tiene todo un abanico de expresiones: «¡Ya basta!» «¡OK!» «¡Es suficiente!» «¡Eh!» «¡Siéntate!». ¡Me encanta! Regresé a mi silla y cogí mi lata de Coca-Cola light.

—Rooney se ha ido al amanecer, antes de que encontrásemos el cuerpo de Chuck —dijo Coach.

—¡Rooney ha desaparecido! —confirmó el hombre—. Ha huido y nadie podrá decirnos dónde está. Vosotros habéis dejado que se largara, la policía ha dejado que se largara, todo el mundo ha dejado que se largara.

Henry levantó la mano:

—La gente de la reserva le oyó decir que se dirigía a la reserva de Wahta, al norte de Ontario.

—Está intentando borrar su rastro.

Miraron a Coach. Controla tan bien el efecto de sus palabras que casi parece un acto reflejo.

—Los chicos que trabajan en la aduana me han dicho que ha cruzado la frontera americana esta mañana y que se dirige a Detroit. Tiene cosas que hacer allí y más lejos también, por la zona de South Bend, al sur de Chicago, donde suele ir a refugiarse. Hay una importante comunidad mohawk en la región. Intentará arreglar sus asuntos, conseguir documentación falsa, un coche, cualquier cosa que le permita hacerse el muerto durante algún tiempo. Y lo peor de todo es que la Sûreté de Quebec lo va a ayudar. Los mismos tipos que te hacen creer que están investigando la muerte de tu mujer lo van a ayudar. No lo olvides. Lo que está claro es que irá a ver a su hermana. De eso estoy convencido. Lo sé. Debe de ser la única mujer que ese bastardo respeta. Es como su propia madre.

—Y a mí eso en qué me afecta.

—Te ayudaré a cruzar la frontera y lo esperarás. Su hermana vive en Lebanon, un pueblecito no lejos de Springfíeld, al suroeste de Illinois. Regenta un bed and breakfast, The Sunrise. Se llama Ashleen. No está casada. Conserva el nombre de su padre: Ashleen Wolf Rooney. Él irá a verla. Cuando lo veas llegar, me llamas. Eso es todo. Después estaremos en paz y podrás irte.

—¿Lebanon? ¿Como el país?

—Sí, ¿por qué?

No contestó. Se perdió en las nubes que, allá a lo lejos, invadían el cielo. Algo había cambiado en él. Me miró fijamente. Me dio la impresión de que le habría gustado saber mi opinión, pero ¿qué opinión puede darle un mono a un hombre recluido en el más absoluto mutismo? Le sonreí enseñándole todos mis dientes.

—¿Por qué no lo matáis?

—Ya te lo he dicho: quiero saber quién es su informador. Puedes estar seguro de que a ese, más que a Rooney, le haré pasar un largo y horrible cuarto de hora. Es a ese al que habría que matar. Puedes estar seguro de que lo mataré con mis propias manos. A Rooney no consigo odiarlo. Es un loco. Un tarado, y además creo que sé por qué ha enloquecido y me siento un poco responsable de ello. Lo conozco desde que era un crío. Los saqué de la mierda, a él y a Chuck. A los dos juntos. Eran inseparables, esos dos. Parecían hermanos. Y hoy, ya ves. El hermano ha matado a su hermano después de haber matado a su hermana. Rooney, Chuck, Janice, Humbert y algunos más. Todo destruido. Y, sin embargo, no consigo odiar a Rooney. No lo consigo. Se le ha ido la cabeza. Quizá le prometí demasiadas cosas, no lo sé. Todo empezó a cambiar cuando elegí a Chuck como mi mano derecha. Creo que eso lo destrozó. Pero todo se ha acabado. Hay que encerrarlo y no dejar que se escape nunca más. Un perro rabioso es un perro rabioso. Es como Motherfucker. Aprendió lo que tenía que aprender para poder defenderse. A criaturas así no se las odia. Solo quiero saber quién le informa, y por ahora tú eres el único que puede acercarse a él sin que sospeche. Yo no sé quién eres realmente, solo sé que eres tan desgraciado como las piedras y que vives con la idea de que si pudieras verle la cara al tipo que ha matado a tu mujer, conseguirías librarte de la culpa que sientes por no haber podido salvarla. Es una idea como cualquier otra. Tú estás tan loco como Rooney, pero ¿quién te lo puede reprochar? Solo las bestias que están solas saben de verdad lo que necesitan para vivir.

Coach habló demasiado despacio como para hacerme reír. Se puso a mirar por la ventana. No dejó de acariciarme, y sus movimientos, tiernos y firmes a la vez, me hicieron entender que yo soy el último ser vivo al que quiere, y como no deseo su infelicidad, tuve miedo a morir y provocarle un dolor más grande que el que lo abatió el día en que murió su hija.

—Ni yo ni Henry ni nadie de nuestra edad veremos restablecerse la paz entre los miembros de nuestra comunidad. Sé que esta guerra, silenciosa, de la que nunca se habla en los periódicos, continuará desmembrando a mi tribu. La sangre se derrama lentamente, gota a gota. Hoy Chuck, mañana Rooney, pasado mañana cualquier otro. Ya no se puede hacer casi nada. Excepto algún gesto suficientemente heroico que consiga inspirar a los más jóvenes, a los que vendrán después y se acordarán de nosotros y encontrarán el valor necesario para continuar creyendo. Pero por ahora no hay nada de lo que sentirnos orgullosos. No conozco los gestos heroicos. No sé qué son. Qué deberían ser. Tú sí que sabes. Tú quieres ver el rostro de tu pesadilla. No quieres matarlo, solo quieres estar frente a él y mirarlo. Es un gesto heroico. Pero debes saber que ese tipo de gestos se acaban pagando muy caro. Lo sabes, ¿verdad?… Sí, lo sabes.

Cogió un lápiz, escribió algo en un papel, dobló el papel y se lo dio al hombre.

—Te irás mañana, la pierna estará curada. Irás hasta Windsor. No uses tarjetas para sacar dinero. Henry te dará el que necesites. En Windsor, llamarás a este número. Te responderá una mujer. Si no es la voz de una mujer, cuelga. Volverás a llamar hasta que sea la voz de una mujer. Le dirás que vienes de mi parte. Ella te ayudará a cruzar la frontera americana sin tener que pasar por la aduana.

Henry nos acompañó hasta el coche. Me di la vuelta y lo vi, a través de la ventana, sentado de espaldas. No se había movido. Contemplaba, más allá del jardín y de los caballos, el límite grisáceo del cielo en el que se refleja todo el desasosiego de los Hombres cuando sus ojos, sin que puedan entender cuáles son los motivos, se ponen a llorar.

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