Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Apis mellifera
Página 76 de 154
Apis mellifera
Camina y me lleva con él. Empuja una puerta. Penetra en un espacio frecuentado por otros humanos. Algunas caras se vuelven. Me deslizo bajo la solapa del abrigo. Él avanza entre las mesas. Hay una mujer de pelo blanco. Sin duda es la reina de esta colonia humana. Todo me resulta indiferente. Han arrasado mi colmena, han aniquilado a mis hermanas y a mi madre. ¿Qué me más me dan los humanos y sus penas? No volveré a volar. Rasco el vestido que cubre los hombros del que me lleva, deshago la trama del tejido, extraigo un minúsculo pedazo de polen y lo aprieto contra mi cuerpo. ¡Ah, el aroma de las flores! El hombre se sienta frente al rostro arrugado de la reina. Percibo con nitidez las resonancias que emanan de sus bocas, la articulación de las ondas que hacen vibrar mis antenas.
—Coach quiere que cruces la frontera americana sin pasar por la aduana. La policía empieza a hacerse algunas preguntas sobre ti. Si alguien descubre tu relación con Coach, avisarán a Rooney y te matará.
—No entiendo por qué cruzar la frontera legalmente podría convertirme en sospechoso para la policía o para quien sea.
—Rooney está ahora mismo en algún sitio entre Detroit y Chicago, que es como decir en la puerta de aquí al lado. Si cruzas la frontera y apareces a pocas millas del lugar donde está él, alguien, en alguna parte, podría descubrir la coincidencia. No deja de ser el hombre que ha matado a tu mujer.
—Ya le he dicho al coroner que se encarga del expediente que tenía previsto ir a ver a mi padre a Las Vegas.
—Precisamente. Más vale que continúe pensando que estás en Canadá.
La reina se ha dado cuenta de mi presencia. Me mira. No siento ni agresividad ni miedo por su parte. Me señala con el dedo. La distrae la llegada de otra mujer, una obrera quizá, que deja ante ella y ante él dos recipientes circulares llenos de un líquido caliente cuyo vapor exhala fragancias de limón en un caso y de tila en el otro.
—¿Quieres comer algo?
—No, gracias.
—Pues deberías. Lo que te espera no va a ser coser y cantar.
Ellos beben y yo me acurruco bajo el cuello del abrigo.
—Te hacía más viejo.
Un temblor imperceptible aflora a su labio superior.
—Coach me ha dicho que fuiste tú quien descubrió el cuerpo de Janice. ¿Es cierto?
—Así es.
Los ojos de la reina se inundan de una savia transparente. De su frente brota una fina capa de sudor.
—¿Ya estaba muerta?
El hombre vuelve la cabeza.
—No.
—¿Dijo algo?
—Me preguntó el nombre de mi mujer. Dije Léonie. Me preguntó si había muerto de la misma manera. Dije Sí. Janice dijo Bajo la cruda luz. Eso fue todo.
La reina se quita del dedo un anillo de plata y se lo pone en el dedo de la otra mano, luego se lo vuelve a quitar. Se le escapa, cae sobre la mesa. Lo atrapa poniendo la mano encima. Él no se mueve. Sus ojos se inundan de lágrimas.
—¿Usted la conocía?
El rostro de la reina se descompone. Se vacía de color, se va destiñendo, chorreando hasta la palidez.
—Era mi hija.
Las vibraciones de la tristeza no pertenecen a nadie y cada animal tiene su propio canto de dolor. Se seca los ojos con un trozo de tela. El malva y el violeta se esparcen y abigarran sus párpados.
—Perdóname. Coach me ha hecho prometerle que no te diría nada. No puedo creer que esté muerta. No hablábamos mucho. Hubo un montón de reproches entre nosotras. Ella estaba convencida de que yo la había abandonado.
Ya no hay más polen. Me desplazo hacia el borde del hombro, doy vueltas una y otra vez sobre el mismo tejido.
—Hay una abeja en tu hombro.
La cabeza del hombre gira sobre su cuello. Baja la mirada y me observa. Retrocedo para penetrar más profundamente debajo de la solapa. La levanta. Me ofrece su dedo. Subo por la yema. Huele a animales muertos tiempo atrás. Un agrio olor a carne putrefacta. Lleva el brazo hacia adelante. Ante la atenta mirada de ambos, mantengo el equilibrio sobre el borde mellado de la uña, justo encima del anillo que hay sobre la mesa. La reina abre la boca y articula los sonidos que salen.
—Las abejas transportan el alma de los muertos.
Tiende la mano hacia mí. Paso del dedo de él al dedo de ella. Desciendo hacia la marca rojiza que ha dejado el anillo, rodeo la comisura y me pierdo en el interior de la palma. Gira la muñeca para poder observarme con la mano abierta.
—Seguramente se ha alejado de su colmena y se ha perdido. Se podría decir lo mismo de mí. Me fui porque ya no soportaba la reserva. La dejé tras la crisis de Oka, porque estaba harta de los ajustes de cuentas. No puedo creer que esté muerta. No me lo puedo creer…
—¿Coach le ha explicado cómo tengo que hacer para cruzar la frontera?
—El «cómo» no es asunto suyo. Coach me ha pedido que te ayude a cruzar y punto. El modo no le interesa.
En su mano hay arrugas, grietas y surcos satinados. Bordeo un dedo. Llego hasta la uña nacarada. Es difícil mantenerse en pie. Miro al hombre y veo su cara por primera vez.
—Hay muchas maneras de pasar clandestinamente de Canadá a Estados Unidos. Las mías son eficaces al cien por cien, pero eso no quiere decir que sean coser y cantar.
—Me lo imagino.
—¿Llevas todas tus cosas contigo?
—Sí.
—OK. Entonces vas a salir del restaurante. Encontrarás una parada de taxis en la primera esquina a la derecha. Solo habrá un coche disponible. Un Ford Escort de color gris. Subirás en la parte de atrás y te dejarás llevar. Coach me ha pedido que te dé dinero. Habrá un sobre en el bolsillo trasero del asiento del copiloto. Debería ser suficiente. El conductor te explicará lo que necesites saber.
—Ya me dio dinero Henry.
—Henry te dio dinero canadiense. En el sobre habrá dinero americano.
—OK.
Empieza a levantarse. Ella pone la mano sobre su mano y él se detiene.
—Una última cosa… No sé muy bien qué estás buscando, ni siquiera sé si tú mismo lo sabes, pero déjame darte un consejo, un consejo que es más bien una convicción: no hay nada más embriagador que sentirse peligroso y poderoso a la vez. Saber que uno puede matar al que tiene enfrente, saber eso, saber que no depende más que de nuestra voluntad que el otro conserve o no la vida, ese saber, esa conciencia, es la droga más poderosa que ha inventado nunca la humanidad. No lo olvides: a Rooney le gusta dar miedo. Le gusta aterrorizar a los demás. Le gusta tener poder sobre la vida de la gente que conoce. Eso, ese instinto, más aún que la risa, es lo propio del ser humano. Esta abeja no tiene ese instinto. Rooney, sí. Todo él es instinto de muerte. Ese es su punto débil. Esa será su perdición. Aunque quizá tú ni siquiera estés buscando realmente a Rooney. Que tengas suerte, hijo.
El hombre se levanta. Hace un gesto con la cabeza. Se da la vuelta y se va.