Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Canis lupus familiaris

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Canis lupus familiaris

Tommy metió la pistola del surtidor en el depósito de gasolina del coche y la bloqueó para poder limpiar el parabrisas de excrementos de pájaros e insectos aplastados. Tommy carraspeó ostensiblemente y escupió al suelo. Tommy sacó brillo a los cristales. Tommy dejó la espátula en la cubeta del jabón y abrió el capó. Tommy comprobó el nivel de aceite del motor. Tommy dijo que todo estaba en orden. Tommy tenía dibujada en la cara una gran sonrisa. Yo me quedé acostado junto al surtidor. Me gusta ver cómo Tommy trabaja. Me gusta el ronquido del tanque subterráneo, el ruido que hace al girar el contador, el paso del líquido por la manguera negra, me gusta el olor de la gasolina cuando hace mucho calor. Tommy volvió a coger la pistola del surtidor. Tommy esperó a que se llenara el depósito. Tommy me dio pataditas juguetonas. Yo le mordisqueé el zapato. No vi la cara del hombre. Vislumbré sus ojos en el reflejo del retrovisor. Tommy siempre espera la mejor de las propinas. Tommy le dio conversación.

—Where do you come from, sir?

—Montreal.

—Where’s that?

—Canada.

—Where are you going?

—Lebanon, Illinois.

—It’s not so far. Just after Effingham. You’ll be there in three hours.

—What’s your name?

—Tommy.

Oí cómo se cerraba la válvula de la pistola. Tommy la volvió a colgar en el surtidor.

—That’ll be fifty-six dollars, sir.

—Thank you, Tommy. Keep the rest.

El coche arrancó. Tommy se quedó de piedra. Todavía no distingo los billetes, algunos tienen más valor que otros, pero por la cara de asombro que puso Tommy comprendí que la propina había superado sus previsiones más disparatadas. Tommy se alejó riendo. Yo me quedé dormido a la espera de que llegara el próximo vehículo.

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