Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Felis sylvestris catus
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Felis sylvestris catus
Ashleen lo acompañó directamente a su habitación, preparada deprisa y corriendo en el desván de la casa. A pesar del fresco nocturno, hacía un calor sofocante. Las cortinas estaban echadas. Velas perfumadas llenaban el cuarto con su fragancia de flores y hierbas aromáticas, pero no conseguían disimular del todo el olor a moho. Se quitó el abrigo y se sentó en la cama. No llevaba equipaje. A Ashleen le sorprendió. Salió y volvió con toallas limpias, luego lo acompañó al cuarto de baño, situado unos peldaños más abajo, en el interior de un armario empotrado: I’ve never rented this room before, but it’s the only one available. El hombre dijo que la habitación le parecía perfecta. Quiso pagar un anticipo, pero Ashleen lo rechazó: We’ll settle that when you will leave. Luego le preguntó si tenía hambre y si quería unirse a los demás huéspedes para tomar el postre: It’s a group. All of them speak French. They are from Poitiers, France. Se fue sin esperar respuesta.
El hombre se quedó apoyado en el marco de la puerta del cuarto de baño. Me restregué contra sus pantorrillas. No me acarició. Entró al cuartito del parqué levantado que deja ver un suelo más antiguo, embaldosado con losetas blancas y negras. Abrió el grifo del lavabo y se mojó la cara. Me subí a la cisterna del váter. El agua fría salpicó y las gotitas resbalaron por mi pelo como minúsculas canicas de cristal. Las lamí. Él volvió a la habitación. Se enjugó con una de las toallas. No se contempló en el espejo. Examinó los libros de la estantería mientras acababa de secarse las manos. Observó con particular atención las imágenes enmarcadas y protegidas con un cristal. Corrió las cortinas. Las siluetas de los árboles del jardín, grandes y espesas sombras negras, se alzaron frente a él. Dejó la toalla en el respaldo de la silla y salió de la habitación. Cerró la puerta y, sin ninguna prisa, con paso cansino, bajó la escalera.
Lo seguí.
Mientras estuvimos solos, no sentí ninguna desconfianza hacia él, más tranquilo e indiferente a su entorno que la mayoría de los visitantes. Pertenecía a esa clase de humanos con los que puedo estar sin sentir ningún peso.
Lo encontré en el vestíbulo de la casa, donde estaban reunidos todos los huéspedes. Me senté en el pedestal que forma la intersección de la barandilla del rellano con el pasamanos de la escalera y lo observé. Conversaba con uno de los comensales. Movía los labios, pero la confusión de voces no me dejaba oír más que el rumor del parloteo y de las risas, un guirigay continuo, sin forma ni sustancia. Ya no era el mismo hombre. Los rasgos de su cara se habían tensado. No lo reconocía. Salté al rellano y bajé algunos escalones. Luego, pasando entre dos barrotes, me dejé caer al suelo, avancé pegada al zócalo y fui la primera en entrar al fumadero al que se dirigía el grupo.
Allí tiene lugar el mismo ritual todas las noches: al terminar la cena, Ashleen propone a sus huéspedes salir del comedor y continuar las conversaciones con una última copa, un puro y unos pastelitos, cómodamente sentados en los sillones de terciopelo que hay junto al fuego, bajo la luz tamizada por las pantallas de las lámparas. Subí a la repisa de la chimenea, donde aún refulgían las brasas, y me acurruqué contra la campana ardiente. Los huéspedes entraron después de practicar el habitual ballet en el umbral de la puerta acristalada, donde cada cual insiste en dejar pasar primero al otro.
Él llegó en último lugar. Permaneció de pie. Ya no había sitio en los sillones. Ashleen le trajo un taburete de madera, lo cogió y se sentó frente a mí. Más que un rostro era una máscara. No me gustan especialmente los humanos, pero pocas veces me ha ocurrido que uno me guste tanto para odiarlo tan pronto.
—Es un placer encontrar a un compatriota en un lugar tan apartado —le dijo un hombre que me daba la espalda—, casi todos los turistas que llegan aquí vienen de Chicago, siguiendo la ruta 66, y suelen parar en St. Louis antes de continuar su camino, ya sea hacia el sur, en dirección a Nueva Orleans, o hacia el oeste, hasta San Francisco. ¡Pero usted no! St. Louis está a diez kilómetros de aquí, rebosante de bares, de restaurantes, de hoteles estupendos, de teatros y de salas de conciertos, pero usted elige Lebanon, Illinois, ¡donde no hay nada! Así que una de dos, hijito: o bien se ha perdido o bien ha atracado un banco y ha venido a esconderse a este pueblucho de mala muerte, en cuyo caso no nos queda más que felicitarlo por ser tan perspicaz. Aquí estará usted la mar de tranquilo, a nadie se le ocurrirá venir a buscarlo a este lugar. Nosotros hace dos días que estamos aquí y nos aburrimos la hostia.
Se echaron a reír, mientras Ashleen dejaba teteras y tazas, botellas y platos en el centro de la mesita. Todo estaba desparejo. Lo más probable es que Ashleen hubiera tenido que ir durante el día a comprar vajilla nueva. La verdad es que nunca habíamos recibido a tanta gente a la vez. El hombre que había hablado esperó a que volviese la calma. No podía verle la cara. Tan solo veía el respaldo de su sillón, del que sobresalían el cráneo y, a ambos lados, la copa y el puro, uno en cada mano.
—¿Cómo se llama?
—Raphaël Clément.
—Ashleen nos ha dicho que es usted de Lyon, ¿verdad?
—Así es.
—Nosotros somos todos de Poitiers. Pero, por motivos familiares, América nos apasiona. Conocemos bien Lyon. Allí acabamos nuestros estudios. Somos médicos, así que no tenga miedo, con nosotros estará sano y salvo. Hay dos arrancamuelas, tres cirujanos, un neurólogo, dos ginecólogos, claro que para usted no serán de mucha utilidad, pero hay también un urólogo, es el barbudo ese de ahí. ¿Y usted? ¿Qué ha venido a hacer a Lebanon?
—¡Pero, bueno, Jean-Louis, ya está bien! —exclamó la mujer que estaba sentada a su lado—. ¡Eso no es asunto tuyo, por el amor de Dios!
—¡Si solo estamos hablando!
—¡Pero quizá el señor no tenga ganas de hablar contigo!
Los demás se echaron a reír. Empezaron a hablar en voz tan alta que tenían que chillar para poder oírse unos a otros. En medio de aquel comportamiento tan genuinamente humano, él me observaba sin apartar la mirada, como si quisiera aferrarse al único punto apacible de la estancia.
—Yo soy más viajero que turista. Me ha llamado la atención el nombre al verlo en el mapa. Lebanon. He venido por curiosidad.
—Un poco más al sur está Cairo. Vale la pena desviarse para verlo.
Se volvió hacia el vecino que acababa de hablar.
—¡Venga, David! —exclamó el hombre que me daba la espalda—, ¡venga! ¡Que hable el especialista! ¡Caballero, tiene ante usted al mayor experto en la historia de Estados Unidos! ¡Venga, David!
—Papá, por favor, basta —contestó el joven.
—¿Cómo que «basta»? Cuéntalo, anda, que es muy interesante…
—Ya, pero quizá a él no le interese.
—Sí, sí, adelante, por favor.
Guardaron silencio para escucharlo.
—Bueno. Esta región se llama Land of Egypt. Todavía hoy, a los habitantes se los conoce como egipcios. El Mississippi es su Nilo. En Cairo se puede admirar el encuentro entre dos aguas, allí donde el Ohio desemboca en el Mississippi. Es así. Los que llegaron aquí, igual que en toda América, recurrieron a la Biblia para bautizar sus tierras con nombres que les dieran suerte. En Cairo esperaban la llegada de un Moisés que salvara al pueblo de la hambruna, de la enfermedad, de las inundaciones. Y más al sur todavía, los hombres, imbuidos de verdadera fe en el futuro, se acordaron de la gran ciudad milenaria de los faraones y bautizaron su pequeña aldea como Memphis. Aquí le pusieron Lebanon como homenaje al país donde Cristo realizó su primer milagro, multiplicando el pan y el vino en las bodas de Caná. Evidentemente, para una gente que se moría de hambre, algo así tenía todo el sentido del mundo.
—¿Y eso los salvó?
—Yo más bien diría que los condenó. Se sucedieron unas calamidades tras otras. Hambrunas, inundaciones, enfermedades y, como colofón, la guerra civil. Muchos hombres murieron en las calles de su infancia. Hay aquí una frontera, la Mason-Dixon Line. Durante la guerra de Secesión separaba los estados del norte de los del sur. Nos encontramos justo en la confluencia. Illinois era unionista y Missouri, que está solo a diez kilómetros, era esclavista. El ejército de la Unión se atrincheró en Cairo.
Y la guerra civil también hizo estragos en Lebanon.
—Por eso le va a tocar dormir en el desván. Sí. Si no hubiese existido la guerra de Secesión, si no se hubiese producido una guerra civil en Lebanon, usted hoy dormiría en una habitación normal. Porque nosotros no habríamos estado aquí y no habríamos ocupado todas las habitaciones. ¡Mire usted por dónde! He ahí otro ejemplo de las terribles consecuencias de la guerra civil americana: un buen viajero —¡ojo, no un turista! ¡Un viajero! ¡Turista no es apropiado para el señorito! ¡Él no es como nosotros! ¡Ojo! ¡Es un viajero, un aventurero, un hombre libre!—, pues bien, ¡por su culpa vas a dormir en el desván, colega! ¡Por culpa de la guerra de Secesión!
—¡Jean-Louis, qué pesado e insoportable te estás poniendo!
—Pero, mujer, ¡habrá que explicárselo! Viene de Lyon y empieza a insultarnos…
—No nos ha insultado, ¿se puede saber qué estás diciendo?
—En fin. Discúlpelo, ha bebido demasiado…
Ashleen entró para saber qué estaba ocurriendo. Le dieron algunas explicaciones. Al hombre que tenía de espaldas lo sacó de la habitación su vecina, que no paraba de repetir: ¡Discúlpelo! ¡Discúlpelo! Ashleen sugirió a todo el mundo que se acostase, para estar en forma por la mañana, durante la ceremonia. A la mayoría le pareció muy sensata la sugerencia. Dejaron las copas en la mesa y se levantaron. Él no se movió. Su vecino tampoco. Esperaron a que saliese el último y se hiciese el silencio. Ashleen volvió. Les sirvió una copa llena de un alcohol ocre y se sentó con ellos. Nunca la había visto tan extenuada. Me levanté, salté al suelo y subí a sus rodillas.
—¿Así que mañana hay una ceremonia? —preguntó el hombre.
—Sí —le respondió su vecino—, en homenaje a los soldados del regimiento McKendree. Resulta sorprendente para una ciudad tan pequeña, pero en Lebanon hay una universidad muy antigua. En el mes de mayo de 1861, novecientos estudiantes y profesores se alistaron en el 117º regimiento de Illinois para defender los colores de la Unión. Mañana, exactamente ciento cincuenta años después, la bandera americana descansará sobre las tumbas de los soldados Jesse Brant, William Ogden y Samuel Deneen, que fueron profesores en el departamento de lenguas extranjeras. Y mi padre, ese señor tan insoportable, depositará la bandera francesa sobre la tumba de François-Jean D’Yssemert, que atravesó el océano para prestar ayuda a los que lucharon contra la esclavitud. Era un ferviente admirador de Lafayette, había leído a Tocqueville y, como él, se sentía atraído por dos fuerzas opuestas: su origen noble y su amor por el curso de la historia. Llegó aquí como estudiante libre, pero fue como hombre libre que se comprometió con la libertad. Inauguraba así, sin saberlo, una tradición que culminaría con las Brigadas Internacionales de la guerra de España, en la que participó mi abuelo Bertrand Yssemére. «¡Combatir en la guerra de otros, porque sus ideas eran las nuestras!» François-Jean D’Yssemert murió en la batalla de Gettysburg y fue enterrado aquí, junto a los amigos por los que dio su sangre. Bertrand Yssemére murió durante los combates por la defensa de Barcelona. Seguramente acabó en una fosa común junto a sus camaradas anarquistas. Mi padre se rompió una pierna para librarse de ir a Argelia y yo, David, último descendiente de esta estirpe de valientes, no he hecho otra cosa que estudiar. Las historias de aquellos hombres me hacían llorar de niño cuando mi padre, el señor insoportable que acaba de dejarnos, ese gordo algo pesado, me las contaba con lágrimas en los ojos.
Ashleen, con el rostro cobrizo por el reflejo violáceo de las brasas y los ojos ensombrecidos, se estaba quedando dormida con el dulce arrullo de su voz.
—No sabía que aquí habían luchado los franceses.
—Alemanes, españoles, franceses, aquí lucharon todos. Pero los franceses lo hicieron entre ellos. Una terrible cizaña. Más de la mitad se alistaron en el bando de los confederados, nostálgicos de su Louisiana. El resto, como mi ancestro, combatían por el Norte, y todos creían estar rindiendo homenaje a Lafayette. No fue algo bonito. Muchos americanos murieron en ríos que llevaban sus propios nombres, pues habían sido bautizados por sus ancestros. Murieron en mitad de sus rebaños y en huertos que deberían haber cultivado toda su vida. Los franceses, por su parte, murieron lejos de sus casas, desamparados, perdidos en medio de la gran guerra civil americana.
De pronto me encontré en el suelo, con el pelo erizado, antes de comprender lo que ocurría. Ashleen se levantó bruscamente y los dos hombres guardaron silencio. El teléfono sonó por segunda vez. Ashleen corrió a la cocina para descolgar el aparato antes de que volviera a sonar. Los dos hombres no reanudaron su conversación. Permanecimos atentos a la voz de Ashleen, que nos llegaba ansiosa y agitada.
Where are you? / I can’t / No! / What do you think, you bastard? / That I’m going to open my door to you just because you’re my brother? / Do you think that I enjoy having the police show up every time you kill somebody? / Fuck you! / I can’t and I don’t want to help you, do you understand? / I know that but I’m tired of being your sister / There is no place, there’s no bed, there’s no room / No sofa, no chair, nothing / I don’t care! / I’m really sorry / Fuck you! / And please don’t call me back!
Colgó. El clac del aparato sonó como una bofetada. El hombre se levantó. Su vecino lo miró. El hombre dio un paso. Ashleen volvió con el rostro enrojecido y la frente lívida. Se acercó para recoger las copas y los platos de la mesa, pero temblaba de tal manera que se vio obligada a dejarlo todo de nuevo. I’m sorry, dijo, y se sentó en un sillón, con la cara entre las manos. El hombre le preguntó si él y su vecino podían hacer algo. Ella dijo que no. Se produjo un largo silencio. Los dos hombres dijeron que se iban a su habitación para dejarla descansar. Ashleen se lo agradeció. Me tomó entre sus brazos y empezó a acariciarme apretándome contra su pecho. El vecino se fue. El hombre se sentó.
—Ashleen. What happened?
—Nothing. My brother makes me sick.
—Is he coming here?
—I’m afraid that he will.
Noté la turbación del hombre. No era inocente.
—If you need some help, please, wake me up, OK?
—Thank you. Good night.
Se levantó y salió del fumadero. Lo vi darse la vuelta antes de subir la escalera.