Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Felis sylvestris catus
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Felis sylvestris catus
Entró en la cocina. Tenía la ropa calada. Descolgó el teléfono. Con el dedo índice entumecido por el frío pulsó los botones del aparato. Salté a la mesa, salté a sus brazos, me acurruqué en el hueco de su clavícula. Ashleen no estaba, los demás habían desaparecido. Se sentó. Sus mangas goteaban. Maullé. Tenía el rostro descompuesto y el color de los ojos marchito. Esperó. Una voz surgió del auricular que tenía pegado a la oreja:
«Yeah…»
—¿Coach?
«Who’s speaking?»
—Wahhch Debch.
«One moment.»
Fuera, el viento soplaba contra las fachadas, colándose entre las casas y haciendo vibrar los cristales de las ventanas. El olor a resina de los árboles muertos, derribados por las tormentas, flotaba en el ambiente. En la sangría de los troncos destrozados pululaba una infinidad de insectos. Las ramas no estaban marchitas, la savia hacía que siguieran floreciendo. ¿Estaban muertos? ¿Estaban dormidos? Quién sabe. Tampoco él, como los árboles en ruina, podía estar seguro ni de su supervivencia ni de su desaparición.
«Sí.»
—¿Coach?
«Sí.»
—Está aquí.
«¿Desde dónde me llamas?»
—Desde Lebanon. Del bed and breakfast de su hermana.
«¿Cuándo ha llegado?»
—Ayer por la noche.
«¿Lo viste?»
—Sí.
«¿Te dijo algo?»
—Sí.
«¿En francés o en inglés?»
—En francés.
«¿Te reconoció?»
—Sí.
«¿Estás seguro?»
—Me lo dijo él.
«¡¿Te lo dijo él?!»
—Sí. Me vio durmiendo en casa de Janice la noche que la mató. Él mismo me lo dijo…
«¿Qué más te dijo?»
—Me contó cómo mató a mi mujer. También dijo que iba a matarme. Que por mucho que huyera, hoy me encontraría. Le pregunté por qué no me mataba ya…
«… Y te dijo que no quería matarte en casa de su hermana…»
—Eso es.
«OK. ¿Está ahí todavía?»
—No lo sé.
«OK. Lárgate.»
Tardó en contestar. Agachó la cabeza.
—Estoy cansado…
La voz insistió.
«¡Lárgate! ¡Lárgate ahora mismo!»
—Estoy cansado, Coach.
«Ya lo sé, hijo mío, pero morir en sus manos no te dará descanso. Ni Janice ni tu mujer ni Chuck ni el perro de Chuck ni todos los que han pasado antes por ahí podrán decirte lo contrario. Así que haz acopio de valor, da las gracias al cielo por estar aún con vida y lárgate de una vez.»
—¿Qué pensáis hacer?
«Yo voy a olvidarme por un instante de mi tribu para pensar un poco en la muerte de mi hija y ocuparme personalmente de él.»
—¿Y qué pasa con los otros, a los que queríais desenmascarar?
«Se han desenmascarado ellos solos. A él ya no lo necesito. Confía en mí. Si le tienes apego a la vida, lárgate. No quiero cargar con tu muerte en mi conciencia.»
—Pero tarde o temprano me encontrará…
«No si cuelgas y sales pitando.»
—¿Para ir adonde…?
«Al sur. A Cairo. Son tres días a pie.»
—Tengo un coche…
«¡Olvídate del coche, no hables con nadie, no hagas autoestop! Vete a pie, por carreteras secundarias. Irás a ver a un tipo que se llama Humbert. Es un francés de Francia. Vive en Cairo. Al otro lado de las vías del tren, justo enfrente de la Shell, hay un bar llamado The Mason-Dixon Line. Suele estar allí. ¿Tienes algún arma?»
—Tengo una vieja navaja sioux.
«Llévala contigo, pero deja tus cosas en el bed and breakfast. Eso te hará ganar una o dos horas. Pensará que sigues ahí.»
—OK.
«No hay más que hablar. Que tengas suerte.»
Colgó. Se levantó. Me tendió la mano. Me acaricié con ella. Salió de la cocina. Oí cómo se cerraba la puerta. Me puse a maullar.