Ánima

Ánima


I Bestiæ veræ » Carassius auratus caput leonis

Página 8 de 154

Carassius auratus caput leonis

Yo soy capaz de todo. Maniobrando en una relativa oscuridad puedo detectar cualquier anomalía susceptible de afectar a mi medio natural. Mi territorio es vasto infinito y se pierde en los confines. Reino en él como un señor y no me topo con ningún congénere. No me enfrento a predador alguno. La comida es abundante y regular. Algas y larvas garantizan mi subsistencia calman mi espíritu y me liberan de cualquier preocupación. La vegetación distribuida de manera regular por todo el territorio no muestra una gran diversidad. Glicinias vallisnerias o helechos de Sumatra no dejan sitio para ninguna otra variedad. Piedras de colores irisados tapizan el fondo. En los abismos descubro una multitud de rocas huecas que se entrecruzan para construir un intrincado dédalo en el que a veces me pierdo cuando busco reposo. Yo soy capaz de todo. Mi territorio es vasto infinito y se pierde en los confines. No paro de explorarlo. Avanzo. De frente. Soy un descubridor. Sin embargo una maldición me ronda un maleficio me persigue y me hace imposible la existencia ya que a pesar de mi voluntad por dirigirme hacia territorios desconocidos estoy condenado a terminar en lugares por los que he pasado una y mil veces. Algo no va bien. Hay una pared invisible. Al otro lado está el aire separado del agua. Me entretengo en contemplar ese mundo fuera de mi alcance donde se mueven dos formas extrañas y espectrales. Las observo están ahí mismo oigo los sonidos entreveo las caras.

—Como usted vea. Hay gente que dice que cuanto más se sabe, antes se supera. Yo no lo sé. No tengo ni idea. Debe decidirlo usted. Ahí tiene el sobre, el informe completo de la autopsia está dentro, pero le aconsejo sinceramente que no lo mire. Lo esencial ya lo sabe. Ella está muerta. Los detalles no van a cambiar gran cosa. Siéntese. Deme su abrigo. Parece que el invierno no quiera acabarse nunca. Las tormentas de abril me ponen de mala leche desde que me levanto hasta que me acuesto. En fin. Me gustaría poder decirle algo reconfortante, pero lo único que puedo hacer es prometerle que haré todo lo que esté en mis manos para que la policía encuentre al culpable lo antes posible. No servirá para devolverle la vida a su mujer, pero puede darle a usted algo de paz. Se supone que no debo mantener una relación afectiva con los demás en mi trabajo, pero este expediente es el último de mi carrera como coroner. Me siento implicado a mi pesar. Lo siento. En fin. De todos modos, no tiene por qué leer el informe de la autopsia. Anotaremos simplemente que no ha querido hacerlo y nadie le va a reprochar nada.

Ignoro si estos seres son conscientes de mi presencia. El mundo marino en el que vivo no parece existir para ellos y aunque puedo observarlos permanecen impregnados de misterio y de un halo de absoluta incomprensibilidad. Enigma de los enigmas.

—En todo caso, decida lo que decida, vamos a ahorrarnos las fotos. Hay un límite para lo soportable. ¿OK? En fin. No está obligado a hablar para responderme, puede hacer simplemente un gesto con la cabeza. ¿OK? ¿Desea conocer los resultados de la autopsia practicada al cuerpo de su mujer?

—Sí.

—Está bien. Iré a buscar dos o tres litros de café, los vamos a necesitar. Yo por lo menos creo que los voy a necesitar.

Bordeo la pared. Estoy solo en el universo. Aparte de mí no existe ninguna otra forma de vida. Avanzo hacia lo insondable. Me sumerjo en el abismo y atravieso una intersección de rocas. Tengo la impresión de haber descubierto un pasaje que no conocía. Soy un descubridor. Remonto. Llego a un sitio nuevo. Choco contra una pared transparente. Al otro lado está el aire separado del agua. Me entretengo en contemplar ese mundo fuera de mi alcance donde se mueven dos formas extrañas y espectrales. Las observo. Las oigo.

—OK. Pasaré por encima de los aspectos técnicos. Puede interrumpirme cuando lo considere oportuno. Bueno. Su mujer falleció a consecuencia de las heridas producidas en el abdomen y en los órganos sexuales con un objeto cortante. Le desgarraron la vagina tres veces y le perforaron la vejiga. La hemorragia resultante le provocó la muerte quince minutos después. El fallecimiento tuvo lugar entre las 16 y las 16.30 h.

—Continúe.

—Sobre el cuerpo de su mujer encontramos cabellos, pelos, trazas de saliva, de sudor, y secreciones nasales de otra persona. El análisis de la vagina demuestra que no hubo penetración. En el interior de la boca, el médico forense ha encontrado restos de sangre que no procedían de sus heridas, y hebras de carne humana entre sus dientes. Estos detalles nos han permitido elaborar un primer guión. El culpable, con algún pretexto que no despertó la desconfianza de su mujer, entró en el domicilio sin forzar la cerradura. Una vez dentro, la golpeó en la cara. La disposición de los muebles sugiere que debió de empujarla con violencia, tirarla al suelo y abalanzarse sobre ella. Seguramente volvió a golpearla para dominarla y quitarle la ropa. Luego le clavó el cuchillo en el abdomen, entre el tórax y el ombligo, y cortó de abajo arriba. Abrió una raja de cuatro centímetros de longitud. Retiró el cuchillo e introdujo el pene en la raja. El dolor que debió de sentir su mujer concentró todas las fuerzas que le quedaban. Creemos que le mordió en la mejilla hasta arrancarle un trozo de carne, él intentó apartarse, pero ella no lo soltó. El hombre cogió de nuevo el cuchillo. Se lo clavó cuatro veces en el sexo. La cuarta le rasgó el vientre y luego hundió la hoja en el suelo de madera. Introdujo otra vez su pene en el abdomen. La violó por la raja ensangrentada. Eyaculó. Se quitó de encima. Se marchó. Su mujer tuvo que herirlo de consideración, pues encontramos sangre en el hueco de la escalera y en los peldaños exteriores. El rastro llegaba hasta la rué Saint-Denis. El equipo de servicio ha inspeccionado un kilómetro a la redonda. Tenemos sus huellas digitales y la policía ha alertado a todos los hospitales, ambulatorios y clínicas para que informen de la visita de cualquier sospechoso gravemente herido en la mejilla. Los investigadores han evitado revelar este detalle a los medios y han difundido un retrato robot imaginario para incitarlo a que vaya a curarse.

—¿Y el bebé?

—Murió con ella, uno de los cuatro cuchillazos perforó el útero. De todos modos, no se podría haber hecho nada para salvarlo, no estaba suficientemente formado. Era una niña.

—¡¿Una niña?!

De sus bocas no ha salido ningún otro sonido articulado. Estos seres son conscientes de mi presencia. Uno de ellos viene hacia mí. Se detiene se inclina pega su rostro contra la superficie de la pared. Rostro enorme olor acre ojos tristes color verde cieno. El mundo del aire separado del agua en el que vive impide cualquier encuentro. Lo observo. Nos miramos a los ojos.

—Es bonito su pez.

La otra forma también se acerca.

—Un regalo de mis colegas por mis treinta años de carrera. Carassius auratus caput leonis. Pez dorado con cabeza de león.

—Leonis… Léonie…

—¡Vaya, lo siento!

—¿«Tanjuro Tanjumani»?

—Sí.

—¿Qué significa?

—No sé. Es el nombre que le ha puesto mi nieto. Es el encargado de bautizar a todos mis peces.

—¿Tiene muchos?

—Ochocientos sesenta y cuatro contando este. Los valoro aún más desde que hacen que mi nieto tenga ganas de venir a verme.

—¿Qué edad tiene?

—Cinco años.

—Lo quiere mucho.

—Por supuesto. No he tenido hijos. He tenido tres hijas que me han dado nietas a las que adoro. Pero el nacimiento de ese pequeño tunante me ha cambiado la vida. Cuando en su última visita vio a este nuevo pez, se puso a reír de lo lindo. Le pareció que tenía una cabeza digna de un manga. Le llamó Tanjuro Tanjumani. A saber de dónde sacó eso a su edad, pero le va que ni pintado a la cabeza de este pez. Lo tendré en la pecera hasta que pueda acondicionarle un acuario. Será mi regalo de jubilación. Un acuario para los peces de agua salada. Tendrá más espacio. Dará menos vueltas en redondo. Ayer llegó su suegra. Bajó a la morgue para ver el cuerpo de su hija. Me parece que ha decidido enterrarla aquí, no repatriarla. No quiso hablar con usted.

—¿A usted le parecen posibles crímenes como estos?

—Siempre puede haber algo más violento, es lo que he aprendido tras treinta años de oficio. Wahhch, escúcheme. Procure cuidarse. A pesar de todo. Si tiene cosas que hacer, hágalas. No quiero que le ocurra nada. Este es mi número de teléfono. Puede llamarme a cualquier hora del día o de la noche, para lo que haga falta.

Ir a la siguiente página

Report Page