Ánima

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III Canis lupus lupus » Phoenix, Arizona

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Phoenix, Arizona

Habló de cansancio, de dinero, de tiempo, de bolos, de pereza, de mexicanos, de fronteras, de cabrones, de ladrones, de piedad, y luego se volvió para ordenar en voz bien alta que trajeran de beber y de comer a sus invitados. Sus brazos largos y huesudos acompañaban sus palabras con lentos gestos de pájaro, y su mano se detenía de vez en cuando a la altura de la boca para alisarse con la punta de los dedos los pelos que adornaban, de un lado al otro del surco, su labio superior. Era claramente un macho, olía a macho y tenía aspecto de macho, pero todo en él hacía pensar en una hembra.

El lugar era inmenso. Reinaba una temperatura glacial, cuando fuera habíamos tenido que abrirnos paso a través de la espesa humedad del aire, caminar sobre el ardiente pavimento de la calzada, entre el olor a alquitrán fundido, para llegar a la entrada del edificio. Varias mesas, rodeadas todas ellas por pequeños taburetes, estaban dispuestas frente a un espacio abierto en el que vibraba el rugido de unos objetos redondos y pesados, que los humanos, tomando impulso, lanzaban y hacían rodar desde la punta de sus brazos para derribar un conjunto de piezas cilindricas colocadas verticalmente sobre una plancha de madera lustrada que había al final de un pasillo.

Wahhch los escuchó hablar de su país, de los paisajes perdidos, de los días que pasan, de la vida que ya no tiene el mismo sabor de antaño, mientras a su alrededor seguían rodando y rodando las orbes de plástico, estrellándose contra los cilindros, entre los gritos victoriosos, las risas y los ruidos de mil objetos cotidianos.

—¿Te llamas Naji Obeïd?

—Sí.

—Menn wéén?

—Abou-l Zouz quiere saber de qué lugar del Líbano eres.

—De Beirut.

—Mwârné?

—¿Eres maronita?

—Sí.

—Ana manné metl Fadi. Befham l-fréncéwé, bass ma behhki mnihh.

—Abou-l Zouz dice que él no es como yo. Entiende el francés, pero no lo habla bien.

—Siento no poder hablarle en árabe.

—Cheft chou ‘emlit fina l-hharb? Tlétettna lebnéniy-yé w-ma fina nehhké sawa.

—Eso es lo que la guerra nos ha hecho. Los tres somos libaneses y no podemos hablar entre nosotros.

—Kiff fina ncé’dak ya rayyis Naji?

—Abou-l Zouz quiere saber en qué puede ayudarte.

—Ayer, Fadi me dijo que usted conoció a Maroun Debch cuando todavía era Maroun el Debch y me gustaría, si no le importa, que me hablara de él.

En la mirada del hombre una sombra persiguió a otra sombra, una tensión apareció en la comisura de sus labios antes de cubrirle toda la cara.

—Maroun…

—Sí. ¿Lo conoció?

—Hace mucho. Éramos unos críos… Ma‘ el Kataëb… Hace tiempo que no lo veo…

—¿Hicieron juntos la guerra?

—Sí, yo estaba en su sección. Cuando Maroun quería algo, me llamaba: «¡Abou-l Zouz! ¡Haz esto!». Y yo lo hacía.

—¿Estuvo con él en Sabra y Chatila?

Las partículas invisibles que conformaban el tejido de su piel se petrificaron. Si hubiese sido uno de mis congéneres, habría atacado, habría mordido la cara de Wahhch. Luego, respirando, se calmó, sus manos se relajaron y la sangre volvió a correrle por las venas.

—Enté menn wénn jééyé ta tes’alné sou’éléétt?

—Quiere saber por qué haces esas preguntas.

—Para comprender.

—OK. Khalinné jéwbô bl frencéwé.

—Quiere responderte en francés.

—Lo hicimos para vengar a los cristianos, todo el mundo quería matar a los cristianos, nosotros defendimos a los cristianos, ¿OK?

—Oiga, no he venido con esa intención, yo soy cristiano como usted, maronita como usted, libanés como usted. No he venido por eso, he venido porque Fadi me dijo que usted podría confirmarme algunas cosas relativas a Maroun el Debch. Eso es todo, después me iré y no volverán a oír hablar de mí. ¿OK?

En la boca de aquel hombre había piedras secas, insectos aglomerados y cubiertos de polvo, guijarros de repugnancia hasta el fondo de su garganta. Cerró los ojos. Respiró. Dijo OK y allí empezó el desmoronamiento, la disgregación sedimentada de recuerdos.

—Entonces, ¿me lo confirma?

—Sí.

—¿Estuvo con él?

—Nehhna fetna bl awwal.

—Fueron los primeros en entrar.

—Ballachna bé Chatila.

—Empezaron por Chatila.

—Wsolna ‘achiyé.

—Llegaron al atardecer.

—L-yéhoud aloulna «tfaddaló!».

—Los judíos les dijeron «¡Entrad!».

—Nos dijeron «Vais a matar a los terroristas que hay ahí dentro». Nosotros «Sí. Vamos a ir a matar a los terroristas». Entramos. Maroun iba delante y en seguida ¡Papapapapa! ¡Tatatatata Tatata Tatatatatata! ¡Papa-papa! Con los kaláshnikov. ¡Todo el mundo!

—Lo llamaban Wahhch el Debch, ¿verdad?

—Sí. Maroun kén baddô ykoun awhhach wâhhad.

—Maroun quería ser el más salvaje.

—Kén baddô ykoun «Leyenda». Metl Batman.

—Quería ser como Batman. Una leyenda.

—¿Usted conocía su verdadero nombre, el nombre que tenía antes de que lo apodaran Debch?

—Ma betzakkar…

—No se acuerda…

—¿Y se convirtió en leyenda?

—Ma ba’rif eza fina n-sammiya leyenda…

—No sabe si a eso se le puede llamar leyenda…

—¿Qué quiere decir?

—Entró y mató…

—Sí, pero todos entraron y todos mataron…

—Bass houwé esmo Wahhch el Debch…

—Pero él se llamaba Wahhch el Debch.

—Hizo honor a su nombre, ¿es eso?

—Sí.

—¿Lo consiguió?

—Akîd!

—¡Por supuesto!

—¿Cómo?

—Léch baddak ta‘rif?

—¿Por qué quieres saber?

—Mech darouré ta‘rif.

—No es necesario saber.

Vi a Wahhch en la encrucijada de su vida, lo vi dudar entre unas palabras y otras. Ya nada iba a detener su caída, excepto la verdad. Le habría bastado decir «Quiero saber porque Maroun el Debch es mi padre» y todo habría terminado. Los dos hombres se habrían levantado y se habrían ido, o lo habrían echado a él, en cualquier caso habrían dejado de hablarle, y Wahhch no habría tenido nunca la oportunidad de escuchar las palabras que iban a incendiar su razón.

—Me gustaría verificar una información al respecto.

—¿Ayya información?

—Al parecer, Maroun el Debch salvó a un niño palestino de la masacre, lo salvó de la muerte, lo escondió y protegió, lo adoptó y lo educó como a su propio hijo. Según cierto rumor, se comportó como un héroe, valientemente, a pesar de las apariencias, socorriendo a los civiles palestinos. No estoy aquí para hacer ninguna investigación, y de todos modos la amnistía de 1991 exime a todo el mundo, pero quiero saber si hubo, entre los milicianos cristianos, conductas diferentes. ¿Hubo alguien que se opusiera? ¿Hubo alguien que pensara en la palabra de Cristo, cuyo rostro muchos llevaban tatuado en el pecho? ¿Hubo alguien que intentara interponerse entre las víctimas y sus hermanos de armas, sus amigos?

—Algunos se fueron cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando. ¿No es cierto, Abou-l Zouz? Dijeron: «Nosotros no queremos» y se marcharon.

—¡Ya, pero yo estoy hablando de los que no se fueron, de los que se quedaron, de los que hicieron creer a sus camaradas que estaban matando y tomando parte en la carnicería, pero que, en realidad, estaban ayudando a los palestinos!

—Ma hhadann!

—Abou-l Zouz dice que no, nadie. Mazboutt. Los que se quedaron, mataron. Esas eran las órdenes. Nosotros éramos cristianos y queríamos vengar la muerte de Bashir, que protegía a los cristianos.

—¿Y Maroun el Debch no salvó a un niño palestino? ¿No lo hizo? ¿Seguro?

—Ya te lo dije ayer, entramos a matar, no a salvar.

—Mbalâ…

—¡¿Kiff «Mbalâ»?!

—Mbalâ. Maroun Khallass walad…

—¡¡¿Maroun Khallass walad…?!!

—¿Qué pasa…? ¿Qué están diciendo?

—Abou-l Zouz dice que sí.

—¿Que «sí» qué?

—Que sí, que salvó a un niño.

—Sabé… tlét, arba‘ snînn.

—Un chiquillo de tres, cuatro años. Él lo salvó.

Un incendio asolaba los ojos de Wahhch, que brillaban en todo su esplendor, con el corazón a punto de salírsele por la boca.

—¿Usted estaba allí? ¿Pudo ver al niño?

—Sí. Lo agarré.

—¡¡¿Lo agarró?!!

—Sí.

—¿Cómo, con los brazos? ¿Con las manos? ¿Con esos brazos, con esas manos?

—Sí…

—¿Por qué lo agarró?

—Lo agarré mientras él…

—¿Mientras él qué?

Wahhch se puso a gritar «¡¿Mientras él qué?!» y aquel «qué» parecía un ladrido que viniera del abismo desgarrado de su vientre. Los dos hombres se quedaron petrificados. «Perdónenme —les dijo—, pero hace tanto tiempo que estoy buscando.»

—¿Qué es lo que estás buscando?

—A ese niño. Llevo toda la vida buscándolo, lo busco desde que supe de su existencia, me he puesto tantas veces en su lugar, podría tener su misma edad, seguro que tengo su misma edad, sin duda nací el mismo día que él, sin duda su madre era mi madre y compartimos el mismo vientre. Yo soy como vosotros, cristiano, maronita, y lo que me impidió participar en la masacre fue mi edad. ¡La edad no es nada, no alivia, no protege! Vosotros lo sabéis mejor que nadie, porque habéis visto montones de niños muertos. La edad no os protegió, no demuestra nada, la edad. Al revés, alimenta la duda. Si hubiese tenido vuestra edad, si hubiese formado parte de vuestra generación, sin duda habría empuñado las armas y habría llorado de rabia por la muerte de Bashir, habría salido volando hacia los campos y también yo habría hecho los gestos que vosotros habéis hecho. ¡Lo sé, estoy convencido, está escrito en mi sangre! Así que la existencia de ese niño, su supervivencia, el hecho de que uno de vosotros pudiera salvarlo, significa que yo también habría podido salvarlo. No estoy aquí para juzgaros, no soy yo quien debe hacerlo, y juzgaros a vosotros sería juzgarme a mí mismo, juzgar a aquel que podría haber sido, pero si puedo reconocerme en el crimen, también puedo reconocerme en el valor. Necesito saber si ese valor existió, si Maroun Debch salvó de verdad a ese chiquillo. ¿Lo salvó o no lo salvó?

Hay animales que en mitad de la selva actúan con astucia y nunca combaten, pero que cuando están en el corazón de un claro, a plena luz, se abalanzan sin temor contra el enemigo. Así avanzó el hombre de los brazos largos y huesudos, aquel macho que tenía los gestos de una hembra, asintiendo con la cabeza, dejando de alisarse los pelos del labio superior, dejando de moverse, dejando de huir.

—Haydé kénitt téné laylé.

—Ocurrió la segunda noche.

Se calló. Dudaba. Así es como los humanos ordenan combatir a muerte a los perros que llevan dentro, para saber lo que tienen que hacer y cómo deben actuar.

—Ma khbbarta la hhadann hal laylé…

—Nunca le ha contado a nadie lo que ocurrió aquella noche…

—Lézim khabbir bel ‘arabé la t’ékhezné.

—Dice que lo tiene que contar en árabe, que si no no puede.

—Traduce todo lo que me diga.

—Sí, sí.

Los sonidos empezaron a salir de la boca del hombre. El uno hablaba y el otro recogía sus palabras para trasladárselas a Wahhch, maniobra verbal entre los juegos, las charlas, la música y el ir y venir de los humanos que tomaban impulso, con la masa redonda en la punta del brazo.

—Debes saber, antes de nada, que nosotros, la sección de Maroun el Debch, nos ocupábamos de la droga. Por eso la gente no se atrevía a plantarnos cara. Maroun nos escogió uno a uno, seleccionándonos cuidadosamente. Sabra y Chatila tenía que ser una obra maestra. Queríamos aniquilar a todos los palestinos, porque ellos han sido los culpables de la desgracia de nuestro pueblo y de nuestro país, porque odian a los cristianos. Queríamos que fuese algo grandioso. Fuegos artificiales. Todo el mundo se acordaría de aquello. Maroun vino a vernos. Nos preguntó si estábamos preparados. Le dijimos que estábamos preparados para seguirlo hasta el infierno. Se rio. Dijo que el infierno lo dejaríamos para más adelante, pero que si estábamos de acuerdo, íbamos a comprar ya mismo los billetes, renunciando a cualquier posibilidad de salvar nuestras almas. Dijo que no íbamos a hacer como los débiles que creen convertirse en mártires sacrificando simplemente su vida para ir al paraíso. El verdadero sacrificio, dijo Maroun, es el sacrificio del alma. Le dijimos que estábamos de acuerdo. Entonces tomamos heroína pura, cocaína pura, todo lo que teníamos, y nos fuimos cantando. Nos sentíamos poderosos, la noche no se acabaría nunca, iba a durar mil años. Nos arrojamos sobre la población gritando como locos. Los matábamos lentamente, para que sufrieran. Se trataba de matar lo más lentamente posible. Los palestinos eran como instrumentos de música entre nuestras manos y cada uno de nosotros intentaba sacarles una nota de dolor que aún no hubiéramos escuchado. Los judíos nos daban material. Nos iluminaban. Parecía una película a cámara lenta Todo era amarillo y rojo. Amarillo de las luces, rojo de la sangre. Entrábamos en las casas y ametrallábamos, degollábamos, añadíamos rojo al rojo. Uno de los nuestros, el hijo de un carnicero, buscaba a los bebés. Gritaba a diestro y siniestro ¡Sacad a los bebés, sacad a los bebés! Cuando encontraba alguno, le abría el vientre, le arrancaba el hígado y se lo comía, humeante, calentito. Luego tiraba al bebé como una bolsa vacía. Yo me reía porque me daba cuenta de que había olvidado por completo que era un bebé lo que tenía entre las manos. Lo había olvidado. Debía de pensar que tenía un shawarma envuelto en papel de celofán. En su cabeza, era el papel lo que tiraba. Maroun nos pedía que apagáramos nuestras almas, que las sacrificáramos por Bashir. Y nosotros buscábamos la manera de apagarlas. Maroun nos decía que, cuando dejáramos de distinguir entre un cubo de basura y un palestino, entonces habríamos conseguido sacrificar nuestra alma. Llegamos a un sitio donde había una cuadra. Con caballos para la matanza. Maroun iba a la cabeza. Entró. Volvió a salir con una familia. Un matrimonio, su hija y sus dos hijos. La hija tendría dieciocho años, el hijo diez y el más pequeño cuatro. Algo así. Los pusimos contra un muro. Éramos siete. Empezábamos a estar hartos. Todo lo que se podía hacer ya lo habíamos hecho: violar, torturar, despedazar, comer… queríamos algo más… El hombre nos suplicaba que dejáramos vivir a sus hijos, a su hija, pero nosotros bailábamos, ni siquiera oíamos sus súplicas, eran como el zzzzzzzz de las moscas. Maroun dijo que íbamos a hacer teatro. De niño, le encantaba hacer teatro con los hermanos franciscanos. Aquello nos divirtió. Los íbamos a matar uno tras otro obligándolos a ver el espectáculo. Nos tomamos nuestro tiempo. Había una fosa séptica. La ahondamos con el bulldozer, convirtiéndola en un enorme agujero. Empezamos con el hijo mayor. Se pusieron a chillar todos como locos. Se llamaba Issâm. Me acuerdo porque aún resuenan los gritos de su madre en mis oídos. La mujer no paraba de decir su nombre. El padre se tiró al suelo y empezó a comerse la tierra, la hermana escondió la cara del más pequeño contra su vientre, le tapó los oídos para que no escuchase los gritos de terror de su hermano. El hermano lloraba. Maroun le bajó el pantalón. El chico tenía tanto miedo que se cagó encima. Maroun le metió el cuchillo por el culo y le agrandó el ano tanto como pudo. La madre se volvió loca y empezó a golpearse la cabeza contra el muro. Tuvimos que sujetarla porque no queríamos que se quedara inconsciente. Empezó a salir leche de sus pechos. La bebimos, mamando. Nos reímos. También nos reímos al ver el agujero que habíamos hecho en el culo del chico. Se había ensanchado, ¡un agujero así de grande! Maroun le metió una granada, quitó el seguro y empujó al hijo al interior de la fosa. Explotó. Salió disparado como si fueran fuegos artificiales, un brazo por aquí, un brazo por allá. Aplaudimos. Después le tocó el turno al padre, y luego a la madre, le cortamos los pechos, la obligamos a darnos las gracias por haberla matado antes que a su hija y a su hijo más pequeño. Dio las gracias, Maroun le cortó el cuello y la tiramos al agujero. Maroun fue a buscar a la hija. A mí me dijo que agarrase al más pequeño para que no se escapara. Hice lo que me decía. Ni siquiera tendría cuatro años, pero cuando fuimos a arrancarlo de los brazos de su hermana, se resistió con todas sus fuerzas. Tuve que tumbarlo en el suelo y sujetarlo con brazos y piernas para poder inmovilizarlo. Llamaba a su hermana. Tengo que reconocer que era desgarrador. Yo me decía que aún debía de haber un alma en mí. La llamaba «Hala! Hala!» y yo quería que se callara. No puedo olvidarlo. Se notaba que era ella quien se ocupaba de él, porque no había chillado tanto con la muerte de su madre. Maroun desnudó a la chica y les dijo a sus hombres que se divirtieran. Era virgen. Los tres primeros la poseyeron a la vez, uno por delante, el otro por detrás y el tercero por la boca. Luego les tocó a los otros dos. Maroun me dijo «Abou-l Zouz, a ti te reservo la próxima, con esta pasarás de turno». El niño se había tranquilizado. Ya no lloraba. Miraba, pero ya no estaba agitado. Como si mirase un partido de fútbol. Yo creo que estaba impresionado por lo que veía. No tenía ni idea de que algo así pudiera existir. Creo que mi alma se apagó en aquel momento. No por haber matado y haber hecho sufrir, sino por haber obligado a aquel niño a mirar lo que le hacían a su hermana mayor, seguramente la persona a quien más quería en el mundo. Los otros dos terminaron de hacer con ella lo que tenían que hacer. Maroun la tiró al suelo, bocabajo, le aplastó el cuello con el pie, la cogió de los pelos, ella se arqueó, él cogió una cuchilla de afeitar, trazó un círculo alrededor del cráneo de la chica, tiró y le arrancó todos los pelos de la cabeza unidos a la piel, como en las películas de indios y vaqueros. Fuera cuero cabelludo. Dijo que quería que muriera calva y fea. Pensábamos que ya se había acabado, pero Maroun no había terminado. Quería convertirse en Wahhch el Debch y que nunca lo olvidáramos. Hizo la cosa más atroz que he visto. En toda mi vida. La puso de pie, le abrió el vientre en canal con la cuchilla, sin matarla, metió el sexo y la perforó hasta lo más profundo del vientre, empezó a ir y venir, se la folló por la raja, la mató con su sexo. La chica le vomitó encima, como si quisiera insultarlo, Maroun eyaculó todo su esperma, salió y ella se derrumbó. Luego la tiró al agujero. Se limpió el sexo. Dijo que aquella cerda le había manchado, pero que no quería meter su sexo en el mismo lugar en que lo habían metido sus hombres, porque él no era ningún marica. No quería mojarse el sexo con su esperma. Que él no era ningún marica y que por eso le había hecho otra vagina a la chica. Para no tocar con su sexo el esperma de sus hombres. Le dijimos que era grandioso. Estaba contento. Quedaba el más pequeño. Maroun le preguntó cómo se llamaba, pero el pequeño no respondió. Maroun ordenó a los demás que fueran a buscar a los caballos al establo. Se marcharon. Maroun me dijo «Entiérralo vivo, Abou-l Zouz, pero quiero que le dejes espacio para respirar. Que por lo menos pueda vivir tres horas bajo tierra». Yo le dije OK, ningún problema. Me dijo que aquello tenía que quedar entre nosotros dos. Yo le dije OK, OK, faltaría más. Lo hicimos así. Le pidió al hijo del carnicero que desmembrase a las bestias. Las desmembró, tiramos los troncos de los caballos al agujero y encajamos al niño dentro. Nos miraba como si le estuviéramos probando un disfraz para Santa Bárbara. No decía nada. Nos reíamos. Él se dejaba hacer. Lo metí entre cuatro cabezas dispuestas formando un cuadrado. Maroun me dijo que lo cubriese todo de tierra. Y eso es lo que hice, rellenar el agujero. Luego, como aún quedaban las patas de los caballos, las cogimos de dos en dos e hicimos doce cruces sangrientas, las plantamos alrededor de la fosa y nos fuimos. Más tarde, volví con Maroun. No había nadie. Lo ayudé a quitar la tierra. Encontramos al niño. Estaba vivo, con los dientes apretados… Maroun lo cogió y se fue con él. Y ya está. Se acabó. Nada más. Se acabó, sí. Bueno, se acabó y no se acabó. Las cosas nunca se acaban del todo. Te voy a decir algo. Va a hacer treinta años de aquello y te juro por Cristo, a quien quiero más que a mi propia vida, que todas las noches, en la cama, cuando cierro los ojos para dormir, pienso en ese niño bajo la tierra y, es superior a mis fuerzas, imagino lo que sintió en medio de los animales. Como si aún estuviese allí, vivo. Lo juro, lo juro por Cristo.

Las orbes rodaban, rodaban, los cilindros caían, se tambaleaban, las voces se diluían en la ola de su propio eco.

—¡¿Pero por qué?! ¿Por qué lo salvó? ¿Por qué no lo mató con toda su familia, por qué lo separó?

—¿Por qué?

—¡Sí! ¿Por qué lo hizo?

—Porque Maroun quería un chico. Kén ‘endo benténn, bass ma kén ‘endo sabé.

—Tenía ya dos hijas y quería un hijo.

—El rejjél bala sabé, yallé bass byijî banétt, mech rejjél.

—Un hombre que no da hijos, que solo tiene hijas, no es un hombre.

—No lo entiendo.

—‘Aqîm.

El segundo hombre se calló, estupefacto.

—‘Aqîm!!?… Maroun el Debch ‘aqîm?!

—‘Aqîm.

—¡¿Cómo que «‘Aqîm», qué significa «‘Aqîm»?!

—Significa que Maroun no puede tener hijos.

—No lo entiendo…

—Su esperma no es bueno… No hace fetos…

—¿Es estéril?

—Estéril. Sí.

—¡No, hombre, no! Tiene dos hijas, lo acaba de decir usted, ¡no puede ser estéril!

—No.

—¿Cómo que no?

—Mech banétô…

—Dice que no son sus hijas…

—Honn-l darbé!

—Ahí está el problema.

—Maroun kén baddô ykoun abadâyy.

—Maroun quería ser viril.

—Bass kén ‘aqîm.

—Pero era estéril.

—Atal el hakim yallé allô yéha.

—Mató al médico que se lo diagnosticó.

—Banéto, henné banétt khayyo.

—Las hijas son las hijas de su hermano.

—Lamma khayyo métt, Maroun tjawwaz mart khayyo.

—Cuando murió su hermano, se casó con su cuñada.

—Bass ma kén fi sabé.

—Pero su hermano solo tenía dos hijas.

—Akhad e-ssabé, w harab…

—Cogió al niño y se fue.

—… ¿Cómo se llamaba?… Su hermano, Issâm, su hermana, Hala, pero él… el niño… el hijo del hombre… ¿Cómo se llamaba…?

—Ma ba’rif.

—No lo sabe.

—Ma ba‘rif la enno ma hhadann ‘ayyattlo, ma hhadann sammé.

—No sabe su nombre porque nadie lo llamó por su nombre.

Wahhch quiso tragar saliva, pero el nudo que tenía en la garganta no lo dejaba deglutir. Nada, en la hora de las sombras, puede albergar la esperanza de franquear el istmo de la garganta.

—¿Ha vuelto a ver a Maroun Debch?

—Ma ba‘rif wayno w-ma baddé a‘rif.

—No sabe dónde está y no quiere saberlo.

—Ana halla’ hônn, bé Phoenix. Kell chi mnihh.

—Ahora él está aquí, en Phoenix, y todo le va de maravilla.

—Sí, pero ¿quién puede albergar aún la esperanza de renacer de sus cenizas?

—Lézim n‘ich.

—Abou-l Zouz dice que hay que vivir de todos modos.

—No. No siempre. No necesariamente.

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