Ánima

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I Bestiæ veræ » Pan troglodytes

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Pan troglodytes

Era la hora del té, pero el té, verde o negro, ya sea al jengibre o a la menta, no me sienta nada bien. Prefiero la Coca-Cola light. Nunca dejará de sorprenderme la sensación gaseosa que produce. Me encanta el color rubí que tiene, su levedad, su frescura y su sabor caramelizado. Me gusta sobre todo ese instante en que, asomando como por arte de magia entre los cubitos de hielo, la espuma pardusca empieza a crepitar a medida que el líquido se vierte en el vaso hasta llegar al borde, pero sin derramarse. El té no tiene tanto talento, es una bebida prudente y austera que exige una ceremonia donde la temperatura del agua y el tiempo necesario para la infusión no pueden sufrir la menor aproximación. Si la diversidad de aromas y colores conmueven a más de uno, a mí me dejan indiferente. Lo único que me gusta es la hora en que se sirve. Me parece la más feliz del día: los hombres están ahí, charlando tranquilamente. Yo me instalo en la hamaca, con un vaso en la mano, sorbo con una pajita mi Coca-Cola light y me complazco contemplando a los humanos. Los observo. Hay muchos, pero están solos. Se sientan en sillas. Ponen las manos sobre las rodillas. Se rodean de objetos: hervidor, tetera, cucharilla, alfombra, televisión, cuadros en las paredes. Adoran la decoración. Son limpios. Unos más que otros, a juzgar por lo que he visto las raras veces que me han dejado visitar otros lugares distintos al que yo habito. Los humanos tienen un don para la ausencia: dicen Fulano está triste, pero Fulano no está. Dicen Un día tendré tiempo, pero el tiempo no está. Presumen de todo. Los humanos dicen Mi casa. Dicen Tengo un jardín. Dicen Mi familia, mis amigos. Dicen La gente, dicen El mundo. Los humanos dicen Mío, mía, míos, mías. Por ejemplo, Coach dice Mi mono, y me señala con el dedo. Dice Mi mono lo compré en África. Dice Yo mismo recluto a mis hombres. Dice Conocí a mi mujer en Cuba en 1972 y en seguida supe que era ella. Dice Mi dinero, Mi mono, Mis hombres, Mi mujer, Mis negocios.

Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio. Encerrados en su razón, la mayoría no conseguirá nunca franquear la sinrazón, o lo hará al precio de una iluminación que los dejará locos y exangües. Lo que tienen entre manos los absorbe y, cuando las manos están vacías, se las llevan a la cara y lloran. Los humanos son así.

Él era un caso aparte. La sinrazón era su sino, su «África», en cierto modo. Se notaba en la expresión sorprendida de sus ojos de porcelana, esmaltados con una capa vidriosa, casi láctea, que los escarchaba y dotaba de brutalidad. No conseguí llamar su atención ni cruzar nuestras miradas. A menudo, al verme, la gente se exclama y se emociona, ¡¡¡Ooooh!!!, y se ríen. Hacen el mono diciendo ¡¡Un mono!! Son idiotas. Él no. Ausente de todo lo que pudiera desviarlo de su delirio, no le importaba guardar silencio cuando los demás lo atosigaban con sus preguntas: ¿Qué hacías en la casa? ¿Quién te dijo que fueras allí? ¡Te habíamos dicho que te piraras de la reserva! You killed her! ¡Te vamos a machacar! Yo creo que no los oía. Se obstinaron. ¿Por qué siempre se obstinan? Son chistosos los humanos. Aunque a veces me dan dolor de cabeza. A menudo veo cómo se desesperan por culpa de una máquina que no quiere funcionar. Él mostraba esa obstinación propia de las máquinas, y eso conseguía sacarlos de quicio.

Estaban a punto de pegarle cuando entró Coach, el hombre con el que convivo y del que soy, según él, su mono. ¡Deja de chillar así, Don!, dijo, y todos se calmaron. ¡No hay nada como los hombres para gritar a los hombres!

Coach es así. Tiene sus frases. A menudo dice que prefiere los animales a los hombres. También dice que los humanos son más bestias que las bestias, y las bestias más humanas que los humanos. Coach se puede permitir este tipo de dialéctica porque es el macho dominante de la tribu. Sus hombres asienten con la cabeza gravemente y dicen ¡Sí, Coach! ¡Tienes razón! Esa ceremoniosa manera de someterse me provoca violentos accesos de hilaridad. Lloro de risa. Hay que ser un humano para preferir las otras razas a la tuya. Yo no podría amar a nadie más de lo que amo a mis semejantes. Eso es lo que desentonaba en el hombre de los ojos de porcelana. Odiaba al prójimo como a sí mismo.

Coach se sentó frente a él. Dejó la gorra sobre la mesa y sacó una tabaquera plateada del bolsillo de su chaqueta. De un brinco abandoné la hamaca para quitársela de las manos. La abrí y saqué un papelillo de fumar, puse un poco de tabaco encima, lo apreté con mis dos dedos índices contra la superficie rectangular del papel, aplasté los bordes y redondeé el contenido con un movimiento rotatorio de ida y vuelta. Pasé la lengua por el fino labio de papel sobrante y lo apliqué a lo largo del cilindro, hasta que quedó bien adherido. ¡Ya estaba hecho el cigarrillo! Se lo di a Coach sin poder disimular mi orgullo. Lo examinó y lo modeló dándole vueltas con la punta de los dedos. Esperé a que se lo llevara a los labios para coger una de las cerillas sujetas con una goma al papel secante del reverso de la tabaquera y froté la punta rojiza contra la banda rugosa del centro de la caja. La llama se elevó, azul y amarilla, magnífica sobre la punta de mis dedos. Sin dejar de mirarla, amagué el gesto de acercársela, pero, en el último momento, cuando ya Coach se inclinaba hacia ella, le quité el cigarrillo de la boca, di un salto, me lo llevé a los labios y lo bañé en la llama. Aspiré. Oí el dulce crepitar de la combustión y noté cómo el humo me inundaba las fosas nasales y la garganta, para después recalentarme los pulmones. ¡Tomahawk! ¡Dame eso!, ordenó Coach. Di algunas vueltas, lancé un grito burlón y volví a su lado, riendo y tosiendo, para devolverle el cigarrillo.

Se quedaron patidifusos. Lógicamente. Un «mono» come bananas y se rasca los sobacos gritando ¡Uh, uh! ¡Pero no se lía un cigarrillo! ¡Es estúpido, un «mono» no sabe que un alma inmortal lo habita! Es verdad. Lo reconozco. No sé nada de la inmortalidad del alma. ¿Y qué? Qué diferencia hay, si al observar a estos hombres como yo los observo, a menudo me pregunto si ellos saben algo más que yo.

Coach se acomodó en la silla. Esperó.

—OK. ¿Qué ha ocurrido? —preguntó por fin en voz baja.

—¡Le haremos confesar, Coach, te lo prometo! —gritó alguien.

—¿Confesar el qué?

—Lo que acaba de hacer.

—¿Y qué acaba de hacer?

—¡Janice! ¡Le ha clavado un cuchillo en el corazón y luego la ha violado por la raja!

—¿Qué te hace pensar que ha sido él?

—¡Estaba en su casa! ¡Lo vimos! ¡Anoche estaba en el bar! ¡Vino un taxi a buscarlo! ¡Vimos cómo subía al coche, cómo el coche arrancaba y cómo salía de la reserva!

—La gente es libre de hacer lo que quiera, querido Donald.

—¡Lo ha hecho él!

—¡Don! No he preguntado quién lo ha hecho. ¡He preguntado qué ha ocurrido!

No había nada sobre la mesa. Ni té, ni tetera, ni pasteles, ni siquiera un cacahuete, tan solo una tensión terrible que hacía callar a todo el mundo. Don tragó saliva.

—No sabemos qué ha pasado exactamente, no había testigos. El viejo boa dormía en su habitación y no ha oído nada. Él insiste en que ha sido el ruido el que lo ha despertado. Se ha levantado, ha bajado, ha visto que alguien corría por el campo de al lado, ha llegado a la planta baja y se ha encontrado muerta a Janice.

El hombre de los ojos de porcelana parecía estar soñando. Ni siquiera debía de entender lo que decían. Yo me subí a la mesa.

—¿Qué hacías en casa de Janice? —le preguntó Coach—. ¿La conocías?

—Mary me aconsejó que fuera a su casa.

—¿Para qué?

—Para que pudiese dormir en algún lado.

—Pero mis hombres te habían dicho que te fueras.

—¡Tus hombres no escuchan cuando se les habla! Les he dicho que no me iré de aquí hasta que vea la cara del que ha matado a mi mujer y probablemente también a Janice. Les he dicho que sabía que Welson Wolf Rooney estaba en la reserva, y si tus hombres no hubiesen perdido el tiempo repitiendo que no conocían a Welson Wolf Rooney, que nunca habían oído ese nombre y que esas eran historias de blancos que cuentan historias de indios para hacer chistes de blancos, Janice no estaría muerta en este momento. ¿Lo entiendes ahora? ¿Oyes mi voz? Te lo repito: ya puedes cortarme los brazos, las piernas, la cabeza, y dárselos de comer a los perros o a los pájaros, quemarme, ahogarme o meterme en la jaula de la boa, que no verás en mí ni la sombra del miedo ni la sombra del arrepentimiento.

Se había levantado. Me recorrieron mil sensaciones. Me habría gustado mirarlo y escucharlo hablar sin descanso, sin que a nadie se le ocurriera interrumpirlo, hasta tal punto la deflagración de su voz, en la musculatura de su cuerpo, me inflamaba la memoria. ¡La cólera!, ¡la rabia!, ¡la pena!, ¡la tristeza! De pronto, sin previo aviso, se despertó en mí el dolor por haber sido extirpado, tiempo atrás, a la insaciable libertad de mi jungla y de su cielo, en la época en que, saltando de rama en rama, devorando espacios cada vez más vertiginosos, veía cómo se desplegaba ante mis ojos la virginidad del mundo en su conmovedora infancia. ¿Dónde están esas tonalidades verdosas de las vidas sabias y salvajes? ¿Dónde están? Qué curioso que un hombre, sin devolvérmelas, me transportara hasta ellas haciendo mía su voz, sus palabras, habitadas por la misma locura e imperturbables ante las dudas. Ese hombre hablaba por mí, que no sé hablar: sus sonidos eran mis sonidos, su voz era mi voz, y su lengua, liberada como nunca, hacía vibrar mi razón al abrir la ventana de los recuerdos.

—Welson Wolf Rooney se fue hace más de tres días.

—Welson Wolf Rooney está en el bosque.

—Tú qué sabes.

—Lo he visto correr detrás de la casa.

—No tenía por qué ser él.

—¿Y quién quieres que fuera? Pregúntales a tus hombres. Han visto las huellas en la nieve, han visto la sangre. ¿Quién quieres que fuera? ¿Acaso piensas que en Montreal hay dos chiflados que violan a las mujeres por la raja abierta con la hoja de su cuchillo? ¿Crees que hay muchos hombres capaces de clavar su sexo en el costado apuñalado de las mujeres y eyacular ahí dentro? ¿Quién quieres que sea sino el mismo tipo que ha matado a mi mujer? Y si ese hombre se llama Welson Wolf Rooney, entonces es Welson Wolf Rooney. Ya puedes ponerle el nombre que quieras, que eso no cambiará las cosas: es el mismo hombre y resulta que a ese hombre vosotros lo conocéis, que ha pasado por aquí, que lo habéis acogido y le habéis ofrecido vuestra protección y vuestra ayuda.

Temblaba de rabia. Coach había terminado el cigarrillo y lo miraba sin pestañear. Pensaba. Reflexionaba. Coach es así. Siempre intenta ver más lejos. A menudo se lo dice a los que vienen a pedirle consejo: Intenta ver lo más lejos posible para saber lo que tienes que hacer con la punta de tu nariz. Coach tiene frases así y es lo que intentaba hacer en ese preciso instante: combinar la lejanía con la punta de su nariz. Apagó el cigarrillo en el cenicero y dijo: OK, chicos, bajad al sótano a relajaros. Hay bebida y comida, jugad unas partidas de pool, creo que están echando un game en la RDS. Tú quédate, Chuck.

Todo el mundo se miró y luego, sin decir nada, los otros se dieron la vuelta y salieron. Chuck cerró la puerta. Chuck cierra a menudo las puertas. Es un hombre silencioso. Es como su perro, Motherfucker: prefiere morder a ladrar. A menudo los veo por aquí. Son fieles. Dicho lo cual, prefiero a Chuck que a su perro. Me deja más tranquilo. Su perro siempre me persigue, cuando yo lo único que quiero es descansar en la hamaca. Chuck se quitó la chaqueta de cuero y, sin hacer ruido, se sentó.

Fuera caía una lluvia muy fina. No la habíamos oído llegar. Perlas de agua se deslizaban en regueros cristalinos por los ventanales. Alguien, en alguna parte, dijo It’s raining… Otra voz añadió Así se fundirá la nieve sucia que queda. Unos perros ladraron. Un hombre cruzó el jardín, cubriéndose la cabeza con la chaqueta. El hombre de los ojos de porcelana se había serenado. Me costaba distinguirlo a contraluz, entre los tonos grises del cielo.

—¿Enciendo la luz? —preguntó Chuck.

—¿Para qué? —respondió Coach.

Para qué, efectivamente. Todos luchaban contra la desesperación. Los tres se sabían perdidos, y la pérdida los hacía solidarios. Ellos mismos no eran conscientes, hizo falta que una bestia salvaje como yo los observara desde fuera. De modo que sí: ¿para qué encender la luz? ¿Qué ilusión había que contemplar?

—Welson Wolf Rooney pasó por aquí, es cierto. Fue él quien mató a tu mujer —murmuró Coach.

—Todo el mundo está de acuerdo en eso. El coroner encargado del expediente me ha dicho lo mismo.

—Todo el mundo está de acuerdo, en efecto.

—Entonces ¿por qué ese tipo sigue corriendo por ahí?

Coach se levantó y se acercó a la ventana. Yo fui a hacerle compañía. Se agachó y me levantó, apretándome contra su pecho. Apoyé la cabeza en su hombro, junto al calor de su cuello.

—Porque a todo el mundo le va bien que siga corriendo.

Coach se dio la vuelta y miró por la ventana.

—Escúchame bien. Ya es hora de que vuelvas a casa y dejes que la policía haga su trabajo. Llegará el día en que le echará el guante, puedes estar seguro. Pero no lo hará en seguida. ¿Me entiendes?

—No del todo.

Coach hizo una pausa antes de continuar. Se oía el latido de su corazón. La respiración se le aceleró y una ligera tensión se apoderó de los músculos de sus brazos.

—Si empiezo a explicártelo, luego no podré soltarte.

El hombre se levantó, dio la vuelta a la mesa y se acercó a la ventana donde estaba Coach. Podría haber pasado de un salto de los brazos de Coach a los suyos. Sentía el deseo de hacerlo, pero había algo que me intimidaba. Su indiferencia hacia mí, tal vez. No lo sé.

—Si tú estuvieras en mi lugar, ¿regresarías a casa?

Coach cerró los ojos y suspiró antes de volver a abrirlos. OK, dijo, y me dejó en el suelo. Tenía esa cara de preocupación de cuando no encuentra la solución a un problema. No me gusta verlo en ese estado, no presagia nada bueno, ni para mí, ni para nadie. Había que hacer algo para rebajar la tensión. Volví a la mesa a liarle otro cigarrillo y se lo llevé con la caja y las cerillas. A menudo basta con algo así. Funcionó: su cara se iluminó con una sonrisa dulce y triste.

—Tomahawk es un chimpancé muy perspicaz, más perspicaz que muchos humanos, que por lo general no entienden nada de nada.

Me encanta cuando habla de mí. No puede evitar decir tonterías. Se acercó al armario, lo abrió, sacó una botella de Coca-Cola light y me llenó un vaso bien grande. Volví a la hamaca y esperé a que me lo trajera.

—¿Tú quieres, Chuck?

Chuck no quería. Chuck nunca quiere. Coach guardó la botella, volvió a la ventana y encendió el cigarrillo.

—Ahora escúchame. Una reserva amerindia es como un animal herido. Sobrevive y está siempre en guerra. Tiene miedo de la muerte, pero nunca muere. Es vulnerable y es peligrosa. No tengo ganas de hacerte una crónica, estoy bastante desanimado. Lo que sí te diré es que cada reserva tiene su propio consejo tribal. Constituye la voz oficial de los mohawks ante las autoridades políticas. Pero también existe, en todas las reservas, un brazo armado que se ocupa de cosas menos oficiales, para el que las fronteras canadienses y americanas no tienen demasiado sentido. Para nosotros hay lagos, ríos, zonas de caza, de pesca, montañas sagradas y tribus. Las reservas mohawks establecen entre ellas pactos de fidelidad y de ayuda mutua más allá de las fronteras dibujadas por los blancos. Las armas, el dinero, el tabaco y el alcohol circulan de un lado a otro. El tráfico nos permite sobrevivir y defendernos, pero ha provocado también una guerra entre nosotros. Hay una mafia que envenena nuestras vidas y diezma buena parte de nuestras fuerzas. Nos vemos obligados a luchar al mismo tiempo contra un enemigo exterior y contra un enemigo interior. Yo soy el jefe de los warriors de la reserva de Kahnawake y protejo a mi banda, y no hay nada más importante que mi tribu, mi pueblo y mi tierra. ¿Lo entiendes?

La lluvia arreciaba. Parecía una tonelada de aplausos, un triunfo infinito sobre el tejado de la casa. Pero Coach no había elevado el tono. Hablaba con una voz pausada y grave que resonaba como un tambor bajo el martilleo del chubasco.

—Hace algún tiempo, los federales canadienses y la policía fronteriza descubrieron varios lugares de paso y escondites de armas. Juzgaron a algunos hombres y confiscaron la mercancía. Siempre nos habían espiado, pero nunca habíamos tenido infiltrados como ahora. Welson Wolf Rooney es un mohawk americano originario de la reserva de Ganienkeh, en el estado de Nueva York. Pero pasó su infancia entre Sorel y Montreal. Habla francés, habla inglés, es un chico brillante al que un buen día se le fue la olla, sin que nadie sepa muy bien por qué. Ha sido miembro activo de una banda de moteros. Luego de otra y de otra más. Pero sobre todo ha frecuentado la cárcel. Por robo y por asesinato. Salió hace dos años con la condicional. Testificó contra sus antiguos compañeros y, durante la guerra que hubo entre moteros, hizo todo lo que pudo para que detuvieran a la mayor cantidad de gente posible. O sea que ya no hay muchos que lo tengan en gran estima. Dejo que te imagines las condiciones de su libertad, pero la delación debe de figurar en lo más alto de la lista. Nosotros le hemos dejado hacer. Queríamos saber quiénes eran sus informadores dentro de la reserva. Quiénes son los traidores. Conseguimos hacerle creer que no sospechábamos nada, que confiábamos en él, incluso llegamos a darle nosotros mismos algunas informaciones. Todo iba bien. Yo confiaba en descubrir pronto sus contactos, pero no había previsto que asesinara a tu mujer. Llegó aquí herido. La policía vino a reclamárnoslo. Pero nosotros nunca entregamos a un hermano a los blancos. No así como así, en cualquier caso. Los hombres de la Sûreté de Quebec no insistieron. Teniendo en cuenta la violencia del crimen y el impacto que ha tenido entre la gente, eso confirmaba nuestras sospechas. No han insistido en detenerlo porque no les interesa realmente detenerlo. No quieren detener a su confidente. ¿Lo entiendes? No han hecho nada. Sabemos que está aquí, nos dijeron. No os lo entregaremos, les respondimos. OK, tomamos nota, y se fueron. Los he visto insistir más por asuntos tan insignificantes como el robo de una bici. Fue una cuestión de forma. Todos fingimos. Ellos al pedírnoslo y nosotros al negárselo.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo lo necesita todavía.

—¿Y Janice? ¿Y Léonie?

—Simples detalles. No te enfades. Janice era mi hija. Tengo el corazón tan destrozado como tú, si no más. Tú has perdido a tu mujer, yo he perdido a mi única hija. Yo soy el primero al que le gustaría ponerle la mano encima y hacerle lo que nuestros ancestros hacían a sus prisioneros, puedes creerme. Pero tengo que dejarlo escapar, porque el primer deber es cuidar de mi tribu. No hay nada más importante que la tribu. Tú, en cambio, estás solo como un perro.

En algún lugar se escuchó un grito de victoria, seguido de algunas carcajadas. Venía de abajo. No oía bien lo que decían, pero en el sótano parecía reinar un ambiente festivo que contrastaba violentamente con la austera conversación y el silencio de Chuck. Había sacado una minúscula navaja, había desplegado la hoja y se afanaba en limpiarse las uñas, consternado. Coach me pareció de pronto muy viejo y muy cansado. Volvió hasta la mesa a apagar el cigarrillo en el cenicero. El hombre, gracias a la palidez de la luz que atravesaba la ventana contra la que se había apoyado, dejaba ver por fin su cara. Me miró fijamente. Me sonrió. Yo le tendí la mano. Sin jugar, sin fanfarronear, sin extasiarse tampoco, me tendió la suya. Encajó su palma en mi palma. No hizo en ningún momento un gesto familiar hacia mí. Si hubiera estado solo, me habría hablado como se habla a los que tienen oídos. Pero al guardar silencio, me permitió contemplarlo y pude ver el desamparo de su alma en el desasosiego de sus ojos de porcelana. En ese instante me enamoré de él.

—Welson Wolf Rooney lleva encima una importante suma de dinero, que debe cambiar por una partida de armas. Tiene que cruzar la reserva de Akwesasne. No le queda otra opción. No está lejos, tiene que ir a pie y de noche. Eso nos da dos días de ventaja. Necesito a alguien que lo siga. Alguien que no despierte sus sospechas. Si envío a un indio, en seguida desconfiará. Si te envío a ti, pensará que actúas por tu cuenta. Que quieres vengar la muerte de tu mujer. No le preocuparás. No tendrá miedo de ti.

—No sabré hacerlo.

—No te estoy pidiendo tu opinión, te diré lo que vas a hacer y punto. Nunca en mi vida he vendido a uno de mis hermanos a un blanco, ni siquiera al peor de todos ellos, y no tengo más ganas que tú de mezclarte en todo esto. Harás lo que yo te diga y entonces veremos si realmente no tienes miedo de nada. Lo seguirás. Se reirá de lo lindo. Lo divertirás. Se burlará de ti. Te hará dar vueltas en redondo. Ni siquiera intentará esconderse. Necesito saber a quién va a ver. Necesito saber dónde se va a quedar, durante cuánto tiempo y con quién ha hablado.

Chuck te acompañará. Te llevará hasta Akwesasne. Será tu enlace. Iréis con el camión. Esta noche hay que cargar un stock en el bosque. Saldréis esta noche.

Había dejado de llover. Comprendí que ya no volvería a verlo. Su vida se desvanecería al cruzar la puerta como debió de desvanecerse hace mucho tiempo en el umbral de su infancia. Estaba claro. Así era. Necesitaba irse, lanzarse a una persecución desenfrenada e intentar atrapar a una sombra como uno intenta atraparse a sí mismo.

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