Ánima
II Bestiæ fabulosæ » Corvus brachyrhynchos
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Corvus brachyrhynchos
La mariposa atrapada al vuelo, engullida. Ni siquiera masticada. Sorbida. Las alas fundidas por la acidez de mi saliva. Sabor de escamas nacaradas en la garganta. He graznado. He posado mis patas al otro lado de la línea blanca que delimita el borde de la autopista. Los humanos hablan.
—¡Buenos días! ¿Se puede saber qué pasa?
—Nada, todo en orden.
—Los papeles, por favor.
Un poco más allá, arrollado por el ir y venir de los coches, el mapache aún se mueve. Desarticulado, despanzurrado, la cabeza medio arrancada, las patas seccionadas. La sangre brota, el olor me despierta el apetito. He graznado. He abierto las alas a favor del viento y me he elevado por encima de los hombres y de sus coches.
Ningún pájaro en el cielo, o muy arriba, aves migratorias de paso hacia los confines de la luz. Yo soy el único carroñero visible en todo el paisaje.
Más negro que mi sombra, me dejo caer sobre la grava del terraplén, no muy lejos de donde están los hombres con sus coches. Grazno, al principio avanzo a pequeños saltos, luego con impulsos impacientes que no puedo contener, a ras del suelo, hasta llegar al mapache, al charco de sangre, a su espalda, a su carcasa, lo escalo todo y domino a la bestia, acaparándola a los ojos de todo el mundo: esta carne es mía.
Es una hembra. Una mapache. Con su prole en el vientre. Todavía se mueve. Su corazón late. Grazno. Le arranco el lechoso globo ocular de un picotazo. Lo sigue el nervio, inyectado de sangre, con fragmentos de cerebro en el extremo. Está caliente. Tierno. Agrio. La mapache da un respingo. Reflejos vitales sin sentido, sin conciencia, vacíos de dolor. Se asfixia. Le meto el pico en la boca y lo hundo hasta lo más hondo de su garganta para deshacer el nudo de la lengua, absorberla y tragármela. Se revuelve y espira su último suspiro, el corazón late su último latido. Se apaga. Le perforo el tórax, separo los huesos de la caja y me como el corazón. Los hombres están ahí. Bien cerca. Hablan. No se fijan en mí. Lanzo un graznido.
—¿Qué llevas en el camión?
—Un stock para turistas.
—¿Qué tipo de stock?
—Mocasines y camisetas.
—¿Nada más?
—Nada más.
Sumerjo la cabeza en el interior de la carcasa. Es una caverna cálida. Purgo los pulmones. La boca se me inunda de sangre, la materia se desmigaja bajo mi lengua. Más abajo se revuelven los embriones, sin duda aterrados por la interrupción del flujo y reflujo, del latido silencioso del corazón de su madre, de la derrota del cuerpo inerte, exangüe. Vuelvo a la luz del día para comer a mis anchas.
—¿De dónde vienes?
—De Kahnawake.
—¿Adónde vas?
—A Akwesasne.
—¿Y tu colega?
—Estaba haciendo dedo. Lo he recogido en Châteauguay.
—¿Adónde va?
—A Cornwall.
—¿Y el perro?
—El perro es mío.
—OK. Dame tus papeles, los papeles del camión, el certificado de registro del perro y los papeles del chico.
Sujeto entre mis patas el cuerpo de la mapache aplastado contra el suelo. Clavo las garras en la carne y le abro el vientre. Descubro la bolsa translúcida donde hormiguean las siluetas de las bestias en gestación. Sombras azules y rosadas en un sueño maltrecho. Perforo la membrana, bebo y como a la vez, engullo los efluvios eléctricos de estas vidas incipientes, con la osamenta aún gelatinosa, los ojos ciegos y los corazones que palpitan y se callan bajo la guadaña de mi pico, que trincha y tritura.
—Sube al camión y espera dentro. No te muevas, no te bajes, a menos que te lo pidamos.
Se acercan algunos congéneres, oigo sus aleteos, ellos graznan y yo grazno, esta carne es mía.