Book

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Manolo Lay February 03, 2017

1.

No echo de menos aquellos años, me echo de menos a mí mismo. A este despacho me trajeron a hombros los descamisados de octavilla en vietnamita, hace tiempo que sólo entran trajes grises y planos ploteados.

Quisimos cambiar el mundo, pero fue al revés. Ahí están mis compañeros: apenas nos hablamos, lo nuestro es interesarnos, utilizarnos. Que dios nos coja consternados y desfasados. Lo que los hombres unimos, lo separó el Partido.


2.

Antes nos faltaba lengua, ahora somos capaces de follar sin un sólo beso en las bocas.

El potro de tortura es parte de la diversión
La vida no es tan dura
déjate de inquisiciones
que no van contigo
levántate el castigo


3.

Las tazas de café tiemblan en Alcalá; cuentan que el epicentro del movimiento sísmico se sitúa en un Seat 127 matrícula SE-1156-G. Sólo se trata de un manchado, y a la vuelta, cerca del Continente, uno de los dos dice ”tú y yo no podemos estar juntos”.


4.

El padre bromea: La mamá de Nobita es igual que tu mamá.

El hijo responde: Es verdad.


5.

Whatsapp

Él:


Ella: Muy artístico, pero los huesos?

Él: Creo que fue en Estambul

Ella: ???

Él: Cuando te fuiste con K…

Allí te cambiaron

Fuiste tú

O sea, fue la persona que conocí y volviste tú

Ella: no entiendo nada

Él: los huesos en la basura, como me dijiste

Ella: Ah ok


6.

Leo dos frases que me conmueven en tu libro de Simone de Beauvoir; una es “La perpetua juventud del mundo me corta el aliento”; la otra, aún peor: “los libros me salvaron de la desesperación; eso me ha persuadido de que la cultura es el más alto de los valores”.

Pararé en la página 41, donde tú, así pisaré donde tus huellas, pensar que es una forma de abarcarte es una estupidez como cualquier otra, como creerme el idiota del ramito de violetas de Cecilia, pero ¿qué?

[Hasta dedicaría la canción de Rodrigo Amarante a la mujer de Philippe].


7.

Cuándo empezó todo:

  • Tal vez el día que dije no sin estar de acuerdo con ese no.
  • Quizá el día que dije sí sabiendo que me estaba diciendo adiós. Eso fue antes.
  • Hoy, en realidad. Cada día empiezo sin remedio.
  • Ninguna de las tres. No hay ninguna verdad en ninguna de mis palabras desde el día en que empezó todo.


8.

Email 1

Compañero , hace dos semanas que no pisa la casa , no sale de su despacho hasta que se va todo el mundo , hasta las limpiadoras , el de seguridad me dice que a veces coge el coche de madrugada , a mí me ha contado que para ver las obras , controlar lo que le cuentan los demás concejales , dimensionar , esa fue la palabra , lo que le ponen en los planos o le enseñan en las fotos , la última vez casi se cae en una zanja , me lo ha dicho un policía que lo vio a escondidas , porque huye cuando ve acercarse a alguien , la muchacha le lleva la ropa planchada a las 7 de la mañana , a esa hora ya se ha aseado porque sabes que no duerme , al menos sé que las medicinas sí se las toma , luego yo le llevo un tuper con la comida y un termo con el café y a veces la cena , cuando cena , a ver si puedes acercarte una tarde y le dices de tomar un café , de hablar del juicio , creo que sólo tú podrías sacarlo del ayuntamiento , me habla de ti como de la persona que siempre quiso ser , casi no recibe visitas , pero a ti , no le cuentes nada de lo dicho , llámale , te lo ruego , M


9.

Nocturno.

Nada muere esta noche, sólo se desvanece, como todas las noches. Nadie resucita mañana, sólo será amanecer, como cada día. Es cierto que la historia de la humanidad es hermosa; lástima que la del ser humano sea tan triste.

Letra: Simone de Beauvoir, La edad de la discreción.

Música: Marino FormentiNight Studies.


10.

Estoy sentado en la cornisa más confortable del mundo, las piernas colgando hacia el exterior, la ciudad a mis pies. Son las siete de la mañana, empieza a clarear y los pájaros bostezan en sus nidos. Oigo un piano, la cámara se me acerca por detrás con un traveling correoso, engrasado por caldo de puchero, aire tibio tras una noche de verano.

Todo lo que veo es obra mía: los edificios nuevos, las casas rehabilitadas, el diseño de las calles y las plazas, el paisaje de grúas -en realidad es una bandada de flamencos posados en un humedal- y hasta diría que este amanecer sincronizado. Como cuando mi pequeño jugaba con sus piezas de lego en el saloncito de la Avenida General Sanjurjo, que yo cambié por Bulevar Felipe González. Todas las señales de tráfico ejercen en su sitio, los bordillos amarillos correctamente pintados, los pasos de cebra perfectamente peinados, el césped más alfombra de la provincia, las flores más impresionistas y los parpadeos naranjas de los semáforos en perfecta armonía con el tempo del pentagrama que marcan los periquitos.

Cuento: cuatro coches con las luces encendidas, tres con las luces apagadas, cinco viandantes caminando en dirección a la estación, un camión de limpieza saneando las aceras, el camarero del bar de la esquina, camisa blanca, pantalón negro, sacando las sillas de aluminio; hasta sus veladores son obra mía. La ciudad tiene aún el flujo sanguíneo esperando su cafeína y yo, al borde del muro de la azotea, soy una cariátide desnuda: nadie me ve, todo lo veo.

Si me doy la vuelta, si vuelvo a casa, se acabará el hechizo, seré un sonámbulo en medio de la tempestad, la Makropoulos me convertirá en escarcha con la mirada al salir de la ducha, la tostada fría y la nata de la leche que me da nauseas. No: a las siete y cinco cumplo sesenta y siete años, la edad perfecta y el lugar perfecto para saltar y volare, cantare.