Ya verás
Por Didí—¿A ti también te atraen las mujeres? —la pregunta era suave y, por un minuto, casual. Los ojos que miran mi cuerpo, mi cuerpo más bien redondo, atento al suyo, de hombre perfecto desnudo. Y él, él en espera de mi respuesta, tímida respuesta de sí.
Hay una copa con vino en mi mano. No es de Falerno. Es un modesto, pero delicioso vino de uva, creado y confeccionado en un barrio de La Habana.
No soy la única que ha deseado a una mujer, digo. Y recuerdo «La Boda», con la irreverencia vestida de traje y una familia convertida en el centro de las miradas prejuiciosas del barrio. Una familia como la diana de todas las frustraciones del pueblo pequeño, de la ignorancia y las miserias humanas. Una historia también sobre el dolor, pero que de alguna forma deviene en final feliz.
«Lo único que yo quería mirar, en ese instante, eran los ojos de Mayrita, esperándome».
No hay muerte que impida esa boda simbólica, no hay rencor del pasado que les haga dejar de caminar a ese instante de unión. Mariela Varona le da un final feliz a un anhelo colectivo.
—Lo sabía. Mis últimas parejas han sido bisexuales. Era de esperar, casi.
El vino es sencillo, pero me siento avergonzada y roja en las mejillas. Casi nunca le digo a mis amantes que si pudiera besaría también a su hermana, su ex-novia o a su mismísima esposa.
Silencio.
Él habla de que la sexualidad no es algo estático, sino que fluye y es normal y natural cualquier tipo de deseo.
—Mientras que sea consensuado, aclaro. De niña, un vecino siempre me ofreció caramelos que me encargué de rechazar, a petición de mi madre, por supuesto. ¿Quién sabría si aquellos cilindros de menta tenían algo más en su interior? ¿Una droga quizás?
¡Oh, el vino! Hay algo aquí que me está faltando. Quizás se trate de que mi amante no es escritor. Y yo a estas alturas ando buscando un Maestro a quien adorar. Pero este muchacho tiene algo de hipnótico en la mirada, una dulzura retenida a punto de desbordarse hasta sus labios y volverse un beso. Un soltar de amarres que no ocurre.
—¿Has leído «Sálvame, Sade»? Pregunto aunque ya sé la respuesta. Nadie conoce a los escritores holguineros más allá de Holguín. Nadie que no sea periodista, promotor cultural u otro escritor.
—No.
—Bueno, es un cuento donde se explora la culpa como mecanismo de placer (¿o era al contrario?). La culpa en el sexo para liberarse de la moral y del sentido común tan conservador que castra. La culpa como aliciente a la muerte y en específico al suicidio.
—Ah, suena interesante.
Silencio. El gato llora por la atención perdida. Quizás no sé vender un libro. Triste caso el mío. «Vino de Falerno» provocó primero curiosidad. Recuerdo haber leído «La casa de las discretas despedidas» en un trayecto larguísimo del P9. Y de haberme arrepentido de encontrarme historias tan desnudas de todo artificio, en un espacio lleno de sudor y gente arrimada una encima de la otra. Con este libro tuve la oportunidad de hacerlo mejor y faltar al periódico solo para leer.
Tal vez si le hablo de los pequeños placeres que compartimos con los personajes, la masturbación, la seducción de un amor nuevo y el engaño. A veces son justo como nosotros, niños que se caen y lloran o que le jalan el pelo a la compañera. Niños solos y hastiados porque en sus cuerpos sí han corrido los años y la experiencias...
Silencio. El muchacho se ha quedado dormido. Debí leer en voz alta: «Ella está sola en aquel despacho, yo estoy sola en mi cocina. Ambas sentimos deseos de vomitar, pero ella se reprime, le da lástima manchar la alfombra». Si hay algo que él, la escritora y yo parecemos tener en común es el odio a los “cuadros" que desde una posición de poder utilizan la palabra pueblo solo para exigir sacrificios, con un estómago cada vez más abultado. También a los hipercríticos de internet, y a los estalinistas y a la gente que defiende la causa de una forma tan ciega que la daña.
«Si no tienes conciencia de lo que escribes, no sabes por qué lo escribes y no terminas burlándote de eso, no escribirás nunca nada que valga la pena».
Ahora mismo siento vergüenza. No porque esté desnuda en mi cuerpo imperfecto o porque él se haya dormido escuchándome. Quisiera lograr esa atmósfera de realidad y llenar mi infierno íntimo de personajes autónomos, interesantes y consistentes. No como él, que desaparece tan pronto como llega... Que solo tiene la belleza de unos labios seductores, de un pelo regado en la almohada y poco más. ¡Hablemos luego de las técnicas narrativas! Qué forma tan sutil de entrar a la historia como personaje y desnudarse cual narradora no antes, no después, justo en el instante apropiado.
Creo que lo me falta es un poco de ternura. La próxima vez que te invoque, amante de mi vida, serás mujer, tendrás todavía el pelo afro, y los labios gruesos, pero la mirada no contendrá ternura. La atmósfera será más realista que estas sábanas viejas. Ya lo verás. Solo falta que vuelvas el próximo sábado a las seis.
