Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 20

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—¿Y quién es el que trabaja mejor?

Todos señalaron a un hombre canoso; su pelo, ralo, no le protegía la cabeza del sol, del mismo modo que la hierba marchita no protege la tierra de los rayos solares.

—Tróshnikov, ese de ahí —dijo uno—, se esfuerza mucho.

—Está acostumbrado a trabajar, no puede evitarlo —añadieron los demás, casi como si le estuvieran justificando.

Yeremenko metió una mano en el bolsillo, sacó un reloj de oro que destelló al sol e, inclinándose con torpeza, se lo extendió a Tróshnikov.

Éste, sin comprender, miraba a Yeremenko.

—Cógelo, es una recompensa —dijo el general.

Continuó mirando a Tróshnikov y dijo:

—Parjómenko, tome nota.

Y continuó con su paseo. A su espalda oyó las voces excitadas de los terraplenadores que comenzaron a exclamar y a reírse por la extraordinaria suerte del laborioso Tróshnikov.

Dos días tuvo que esperar el comandante para hacer la travesía. Los contactos con la orilla derecha, durante esas jornadas, quedaron prácticamente interrumpidos. Las lanchas que lograban abrirse paso hacia Chuikov recibían cincuenta o sesenta impactos de bala a los pocos minutos de trayecto y llegaban a la orilla agujereadas y cubiertas de sangre.

Yeremenko montaba en cólera, se enfurecía.

Las autoridades del paso 62[12], escuchando el fuego alemán, no temían tanto a las bombas y las granadas como a la ira del comandante. Yeremenko consideraba a los mayores y la pasividad de los capitanes culpables de las tropelías de la aviación, los cañones y los morteros alemanes.

Por la noche Yeremenko salió del refugio y se detuvo en una pequeña colina polvorienta cerca del agua.

El mapa de guerra desplegado ante el comandante del frente en el refugio de Krasni Sad aquí tronaba, humeaba, respiraba vida y muerte.

Y le parecía avistar el punteado de las explosiones en primera línea que su mano había trazado sobre el mapa, creía reconocer las flechas de la ofensiva de Paulus hacia el Volga, los centros de resistencia que había marcado con lápices de color y las concentraciones de las piezas de artillería. Al mirar el mapa extendido sobre la mesa, se sentía capaz de doblar, de desplazar la línea del frente, de poder hacer rugir la artillería pesada de la orilla izquierda. Se sentía el amo, el artífice.

Sin embargo, en aquel instante se adueñó de él un sentimiento muy diferente. El resplandor del fuego sobre Stalingrado, el lento rugido en el cielo, todo aquello le impresionaba por la grandeza de su fuerza y pasión, sobre la que no tenía control.

Entre el fragor de las explosiones y el fuego, un sonido prolongado, apenas perceptible, llegó desde la zona de las fábricas: «a-a-a-a-ah…».

En aquel grito ininterrumpido proferido por la infantería al lanzarse al contraataque había algo no sólo terrible, sino triste y melancólico.

«A-a-a-a-ah…» El grito se extendía a través del Volga…

El «hurra» de la guerra, al atravesar las frías aguas nocturnas bajo las estrellas del cielo otoñal, casi perdía el ímpetu de la pasión, se transformaba y revelaba una esencia totalmente diferente. Ya no era fervor, ya no era gallardía, sino la tristeza del alma, como si se despidiera de todo lo amado, como si invitase a todos los seres queridos a despertarse y levantar la cabeza de la almohada para oír, por última vez, la voz del padre, el marido, el hijo, el hermano…

Al general la congoja de los soldados le oprimió el corazón.

La guerra, con la que Yeremenko estaba habituado a encontrarse, de repente le hizo replegarse en sí mismo; permanecía inmóvil sobre arenas movedizas, como un soldado solo, trastornado por la inmensidad del fuego y el estruendo; estaba allí como estaban miles y decenas de miles de soldados en la orilla y sentía que aquella guerra del pueblo era mayor que su técnica, su poder, su voluntad. Tal vez este sentimiento fuera el más alto al que estaba destinado a elevarse el general en la comprensión de la guerra.

Al amanecer, Yeremenko cruzó a la orilla derecha. Chuikov, al que habían avisado por teléfono, se había acercado al agua y observaba la lancha blindada avanzar impetuosamente.

Yeremenko bajó despacio haciendo combar la pasarela colocada en la orilla y, pisando con torpeza el terreno pedregoso, se acercó a Chuikov.

—Buenos días, camarada Chuikov —dijo Yeremenko.

—Buenos días, camarada general —respondió Chuikov.

—He venido para ver cómo le va por aquí. Al parecer no ha sufrido quemaduras durante el incendio. Está igual de greñudo que siempre, y ni siquiera ha adelgazado. Veo que no se alimenta mal.

—¿Cómo voy a adelgazar si me paso día y noche sentado en el refugio? —replicó Chuikov; y, ofendido por aquel comentario del comandante referente a la buena alimentación, añadió—: Pero ¿qué hago aquí, recibiendo a un invitado en la orilla?

Y, en efecto, Yeremenko se irritó al ser definido por Chuikov como un invitado en Stalingrado. Y cuando Chuikov dijo: «Venga, pasemos dentro», Yeremenko respondió: «Estoy bien aquí, al aire libre».

En ese instante llegó hasta ellos el sonido del altavoz colocado en la otra orilla del Volga.

La orilla estaba iluminada por fuegos y cohetes, por los fogonazos de las explosiones; parecía desierta. La luz ora se apagaba, ora se encendía, resplandeciendo durante algunos segundos con una fuerza blanca deslumbrante. Yeremenko miraba fijamente el talud de la orilla perforado por las trincheras de comunicación, los refugios, las pilas de piedras amontonadas a lo largo del agua, que emergían de las tinieblas para después volver a sumirse rápidamente en la oscuridad.

Una majestuosa voz cantaba despacio, con gravedad:

Que el más noble furor hierva como una ola,

ésta es la guerra del pueblo, una guerra sagrada…[13]

Y como no se veía a nadie en la orilla ni en la pendiente y todo alrededor —la tierra, el Volga, el cielo— estaba iluminado por las llamas, parecía que fuera la misma guerra la que entonara esta lenta letanía, palabras pesadas como el plomo que circulaban por entre los hombres.

Yeremenko se sentía a disgusto por el interés que él mismo mostraba hacia el cuadro que se exhibía ante sus ojos; realmente era como si fuera un invitado que hubiera ido a ver al dueño de Stalingrado. Le fastidiaba que Chuikov pareciera intuir el ansia interior que le había impelido a cruzar el Volga, que supiera cómo se atormentaba mientras paseaba por Krasni Sad oyendo el susurro de los juncos secos.

Yeremenko comenzó a interrogar al anfitrión sobre aquel desdichado fuego, sobre cómo había decidido emplear las reservas, sobre la acción combinada de la infantería y la artillería, sobre la concentración de los alemanes en torno al distrito fabril. Formulaba preguntas y Chuikov respondía como se presupone que se debe responder a un superior.

Se quedaron callados un momento. Chuikov quería preguntarle: «Ésta es la acción defensiva más grande de la Historia, pero ¿qué hay de la ofensiva?». Pero no se atrevió. Yeremenko pensaba que a los defensores de Stalingrado les faltaba resistencia, que estaban rogando que les liberaran del peso sobre sus espaldas.

De pronto Yeremenko preguntó:

—Me parece que tu padre y tu madre son de la provincia de Tula; viven en el campo, ¿no es así?

—Así es, camarada general.

—¿Te escribe el viejo?

—Sí, camarada general. Todavía trabaja.

Se miraron; los cristales de las gafas de Yeremenko habían adquirido una tonalidad rosa por el fulgor del incendio.

Parecía que estaba a punto de comenzar la única conversación que realmente les importaba a ambos, sobre la situación de Stalingrado.

—Me imagino que te interesan las cuestiones —dijo Yeremenko— que siempre se le plantean al comandante del frente acerca del refuerzo de hombres y las municiones.

Y la conversación, la única conversación que habría tenido sentido en aquel momento, no tuvo lugar.

El centinela apostado en la cresta de la ladera miraba hacia abajo y Chuikov, al oír el silbido de un obús, alzó los ojos y dijo:

—El soldado se debe de estar preguntando quiénes son estos dos tipos raros que están ahí plantados al lado del agua.

Yeremenko se sonó y se hurgó las narices.

Se acercaba el momento de la despedida. Según una regla tácita, un superior que está bajo fuego enemigo sólo se va cuando sus subordinados se lo piden. Pero la indiferencia de Yeremenko hacia el peligro era tan absoluta y natural que aquellas reglas no le atañían.

Distraídamente y al mismo tiempo vigilante, volvió la cabeza para seguir el silbido de la trayectoria de un obús.

—Bueno, Chuikov, ya es hora de irme.

Chuikov permaneció algunos momentos en la orilla mientras seguía con la mirada cómo se alejaba la lancha; la estela de la espuma tras la popa le recordó un pañuelo blanco que una mujer agitara en señal de despedida.

Yeremenko, de pie en la cubierta, miraba la otra orilla del Volga, que ondeaba arriba y abajo bajo la luz confusa que procedía de Stalingrado: mientras, las aguas por las que saltaba la lancha parecían inamovibles, como una losa de piedra.

Paseaba con enojo de estribor a babor. Le vinieron a la mente decenas de pensamientos acostumbrados. Nuevos problemas habían surgido en el frente. Lo principal en ese momento era concentrar las fuerzas blindadas; la Stavka[14] le había encargado que preparara una ofensiva contra el flanco izquierdo. Pero a Chuikov no le había dicho ni una palabra de eso.

Chuikov volvió a su refugio, y todos —ya fuera el centinela apostado en la entrada, el encargado de clasificación o el jefe de Estado Mayor de la división de Guriev, que había comparecido ante una llamada—, al oír los pasos pesados de su superior, advirtieron que estaba apesadumbrado. Y tenía sobrados motivos para estarlo.

Porque las divisiones poco a poco se iban desmoronando, porque en la alternancia de ataques y contraataques los alemanes ganaban inexorablemente valiosos metros de la tierra de Stalingrado. Porque dos divisiones de infantería frescas y con todos sus efectivos al completo que se habían unido por la retaguardia alemana estaban concentradas en las inmediaciones de la fábrica de tractores, sumidas en una inactividad que era signo de mal agüero.

No, Chuikov no había expresado al comandante del frente todos sus temores, sus inquietudes, sus lúgubres pensamientos.

Pero tanto el uno como el otro desconocían cuál era la causa de la sensación de descontento que experimentaron. Lo más importante de aquel encuentro no fue la parte práctica, sino lo que ninguno de los dos había sido capaz de decir en voz alta.

14

Una mañana de octubre el mayor Beriozkin, al despertarse, pensó en su mujer y en su hija, en las ametralladoras de gran calibre, y oyó el estruendo ya habitual después de vivir un mes en Stalingrado; llamó al ametrallador que cumplía el cometido de ordenanza y le mandó que le trajera lo necesario para lavarse.

—Fresca como me ha ordenado —dijo Glushkov sonriendo y sintiendo el placer que a Beriozkin le procuraría el aseo matutino.

—En los Urales, donde están mi mujer y mi hija, seguro que han caído las primeras nieves —dijo Beriozkin—, pero no me escriben, ¿entiendes?

—Le escribirán, camarada mayor —lo consoló Glushkov.

Mientras Beriozkin se secaba y se ponía la guerrera, Glushkov le relataba los acontecimientos acaecidos durante las primeras horas de la mañana.

Un obús ha caído en la cantina y ha matado a un almacenero; en el segundo batallón el subjefe del Estado Mayor salió a hacer una necesidad y fue alcanzado en el hombro por un casco de metralla; los soldados del batallón de zapadores han pescado una perca de casi cinco kilos aturdida por una bomba. He ido a verla; se la han llevado como regalo al camarada capitán Movshóvich. Ha venido el camarada comisario y ha ordenado que usted le telefonee cuando se despierte.

—Entendido —dijo Beriozkin.

Tomó una taza de té, comió gelatina de pierna de ternera, telefoneó al comisario y al jefe del Estado Mayor comunicando que iba a supervisar los batallones, se puso el chaquetón guateado y se dirigió hacia la puerta.

Glushkov sacudió la toalla, la colgó de un clavo, palpó la granada que llevaba enganchada a un costado, se dio una palmada en el bolsillo para comprobar si la bolsa del tabaco estaba en su sitio y, tras coger de un rincón la metralleta, siguió al comandante del regimiento.

Beriozkin salió del refugio sumido en la penumbra y tuvo que entornar los ojos ante la claridad de la luz exterior. El paisaje, convertido en familiar después de un mes, se extendía ante él: un alud de arcilla, la pendiente parda toda salpicada de telas de lona mugrientas que cubrían los refugios de los soldados, las chimeneas humeantes de las estufas improvisadas. En lo alto se divisaban los edificios oscuros de las fábricas con los tejados derrumbados.

Más a la izquierda, cerca del Volga, se elevaban las chimeneas de la fábrica Octubre Rojo, se amontonaban los vagones de mercancías, abandonados a un lado de la locomotora, cual ganado confuso arremolinado en torno al cuerpo inerte del jefe de la manada. Todavía más lejos se perfilaba el amplio encaje de las ruinas muertas de la ciudad, y el cielo otoñal se filtraba por las brechas de las ventanas como miles de manchas azules.

Entre los talleres de las fábricas se alzaba el humo, las llamas fulguraban y el aire puro era atravesado ora por un monótono susurro, ora por un traqueteo intermitente y seco. Por lo visto, las fábricas estaban en plena actividad.

Beriozkin examinó con mirada atenta sus trescientos metros de terreno, la línea de defensa de su regimiento situada entre las casitas de la colonia obrera. Una especie de sexto sentido lo ayudaba a distinguir, en el caos de las ruinas y las callejuelas, las casas donde sus soldados cocinaban gachas de aquellas donde los alemanes comían tocino y bebían Schnaps.

Beriozkin agachó la cabeza y soltó un taco cuando una bomba silbó en el aire.

En la vertiente opuesta del barranco el humo tapó la entrada de un refugio; poco después se oyó una sonora explosión. Del refugio salió el jefe del batallón de comunicaciones de la división vecina, todavía en tirantes y sin la guerrera puesta. Apenas dio un paso cuando un nuevo silbido que cruzó el aire le obligó a retroceder a toda prisa y cerrar de un portazo. La granada explotó a unos diez metros. En la entrada del refugio, dispuesta entre el ángulo del barranco y la pendiente del Volga, estaba Batiuk, que observaba todo cuanto pasaba.

Cuando el jefe del batallón de comunicaciones intentaba dar un paso adelante, Batiuk gritaba: «¡Fuego!», y el alemán, como por encargo, lanzaba una granada.

Batiuk advirtió la presencia de Beriozkin y le gritó:

—¡Saludos, vecino!

Atravesar el sendero desierto entrañaba un peligro mortal: los alemanes, después de un sueño reparador y de haber tomado el desayuno, controlaban el camino con particular interés; disparaban sin escatimar municiones contra todo lo que se movía. En un recodo Beriozkin se detuvo al lado de un montón de chatarra y, tras calcular a ojo el tramo que quedaba, dijo:

—Ve tú primero, Glushkov.

—Pero ¿qué dice?, no es posible. Seguro que hay algún tirador.

Atravesar en primer lugar un punto peligroso se consideraba un privilegio reservado a los superiores; los alemanes generalmente no llegaban a tiempo de abrir fuego contra el primero que corría.

Beriozkin miró las casas ocupadas por los alemanes, guiñó un ojo a Glushkov y corrió. Cuando alcanzó el terraplén que lo protegía de las posiciones alemanas, oyó claramente a sus espaldas un estallido: un alemán había disparado una bala explosiva.

Beriozkin, de pie detrás del terraplén, encendió un cigarrillo. Glushkov corrió con paso largo y veloz. Descargaron una ráfaga bajo sus pies; parecía que de la tierra se elevara una bandada de gorriones. Glushkov se lanzó a un lado, tropezó, cayó, se puso en pie de un salto y corrió hacia Beriozkin.

—Por poco no lo cuento —dijo y, una vez recuperado el aliento, explicó—: Pensé que el tipo estaría molesto por haber errado el tiro con usted y que se encendería un pitillo, pero al parecer esta carroña no fuma.

Glushkov palpó el faldón desgarrado del chaquetón y cubrió al alemán de improperios.

Mientras se acercaban al puesto de mando del batallón, Beriozkin le preguntó:

—¿Le han herido, camarada Glushkov?

—El bastardo sólo ha conseguido que pierda el tacón de la bota, eso es todo.

El puesto de mando del batallón se encontraba en el sótano de la tienda de comestibles de la fábrica y en la atmósfera húmeda persistía un olor a col fermentada y a manzanas.

Sobre la mesa ardían dos lámparas altas fabricadas con vainas de proyectil. En la puerta había fijado un letrero: «Vendedor y cliente, sean amables mutuamente».

En el subterráneo se alojaban los Estados Mayores de dos batallones: el de infantería y el de zapadores. Los dos comandantes, Podchufárov y Movshóvich, estaban sentados a la mesa tomando el desayuno.

Al abrir la puerta, Beriozkin oyó la voz animada de Podchufárov:

—A mí el alcohol diluido no me gusta; prefiero no beber.

Los dos comandantes se levantaron y se pusieron firmes; el capitán de Estado Mayor escondió bajo una montaña de granadas una botella de un cuarto de litro de vodka, y el cocinero tapó con su cuerpo la perca de la que había hablado un minuto antes con Movshóvich. El ordenanza de Podchufárov que, puesto en cuclillas, se disponía a colocar sobre el plato del gramófono el disco Serenata china cumpliendo órdenes del comandante, se levantó tan rápido que sólo tuvo tiempo de quitarlo. El pequeño motor del gramófono continuó zumbando vacío; el ordenanza, de mirada abierta y franca, como corresponde a un verdadero soldado, captó con el rabillo del ojo la mirada furiosa de Podchufárov cuando el maldito gramófono, con una diligencia extraordinaria, empezó a chirriar.

Los dos comandantes y el resto de los participantes en el desayuno conocían bien los prejuicios de los superiores: éstos sostenían que los oficiales de un batallón deben o librar combates, o vigilar a través de los prismáticos al enemigo, o meditar inclinados sobre el mapa. Pero los hombres no pueden pasarse las veinticuatro horas del día disparando, hablando por teléfono con sus subordinados y superiores; también hay que comer.

Beriozkin miró de reojo hacia el gramófono chirriante y esbozó una sonrisa:

—Siéntense camaradas, continúen.

Estas palabras, tal vez, tenían un sentido opuesto al directo, pues en la cara de Podchufárov se dibujó una expresión de tristeza y arrepentimiento, mientras que en la de Movshóvich —que detentaba el mando de una sección separada del batallón de zapadores y, por ello, no estaba supeditado al comandante del regimiento— apareció sólo la tristeza, sin atisbo de arrepentimiento. Los subalternos compartían exactamente la misma expresión.

Beriozkin continuó con un tono particularmente desagradable:

—Pero ¿dónde está vuestra perca de cinco kilos, camarada Movshóvich? Toda la división lo sabe.

Movshóvich, con la misma expresión de tristeza, dijo:

—Cocinero, por favor, muéstrele el pescado.

El cocinero, el único que se encontraba cumpliendo con sus obligaciones, habló con franqueza.

—El camarada capitán me ha ordenado que lo rellene a la judía. Tenemos pimienta y hojas de laurel, pero nos falta pan blanco y tampoco disponemos de rábano picante.

—Entiendo —dijo Beriozkin—. Una vez comí pescado relleno en Bobruisk, en casa de una tal Fira Arónovna, pero para serles franco, no me gustó demasiado.

Y, de repente, los hombres del sótano se dieron cuenta de que al jefe del regimiento no se le había pasado siquiera por la cabeza enfadarse.

Tal vez Beriozkin supiera que Podchufárov había repelido los ataques nocturnos de los alemanes, que había quedado cubierto de tierra, y que su ordenanza, el mismo que ponía la Serenata china, mientras lo desenterraba gritaba: «No se preocupe, camarada capitán, le sacaré de ahí».

Tal vez supiera que Movshóvich se había arrastrado con los zapadores por una callejuela plagada de carros de combate y había cubierto con tierra y ladrillos rotos un tablero de minas antitanque.

Todos ellos eran jóvenes y se sentían felices de seguir con vida una mañana más, de poder levantar una vez más una taza de hojalata y decir «a vuestra salud», de poder masticar col, aspirar el humo de un cigarrillo…

En cualquier caso, no pasó nada; los huéspedes del sótano permanecieron todavía un minuto más de pie ante el comandante, después lo invitaron a comer con ellos y vieron con satisfacción cómo el comandante del regimiento degustaba la col.

Beriozkin comparaba a menudo la batalla de Stalingrado con el año de guerra transcurrido, en el que había visto no poca cosa. Comprendía que si lograba soportar aquella tensión era sólo gracias al silencio y a la tranquilidad que habitaban en él. Así, los soldados del Ejército Rojo podían comer su sopa, reparar el calzado, hablar de mujeres, de buenos y malos superiores, fabricarse cucharas y a veces incluso relojes, cuando parecía que sólo deberían ser capaces de sentir rabia, horror o agotamiento. Se había dado cuenta de que aquellos que no tenían profundidad y tranquilidad de espíritu no resistían mucho, por mucho que en la batalla demostraran ser temerarios y despiadados. La vacilación, la cobardía le parecían a Beriozkin estados pasajeros, algo que podía ser curado tan fácilmente como un resfriado.

Pero qué eran en realidad el valor y el miedo no lo sabía con certeza. Una vez, al inicio de la guerra, un superior le había regañado por su vacilación: había retirado el regimiento sin previa autorización para ponerlo a resguardo del fuego enemigo. Y poco antes de Stalingrado, Beriozkin ordenó al comandante del batallón que condujera a sus hombres a la vertiente opuesta de una colina a fin de que los canallas de los alemanes no diezmaran en balde a sus hombres con el fuego de sus morteros.

El comandante de la división le había reprochado:

«¿Qué es esto, camarada Beriozkin? Me habían dicho que era usted un hombre valiente, que no se amilanaba a las primeras de cambio.»

Beriozkin se calló y suspiró; evidentemente, quienquiera que hubiera hablado de él en esos términos no le conocía bien.

Podchufárov, pelirrojo y de brillantes ojos azules, a duras penas podía refrenar su costumbre de ponerse a reír de improviso y con brusquedad, así como sus enfados repentinos. Movshóvich, delgado, con una cara pecosa y alargada, con mechas grises entre sus cabellos negros, respondía con voz ronca a las preguntas de Beriozkin. Sacó un cuaderno de notas y empezó a trazar un nuevo esquema para colocar las minas en los sectores más susceptibles de ser atacados por los tanques.

—Arránqueme del cuaderno ese croquis como recordatorio —dijo Beriozkin; e, inclinándose sobre la mesa, añadió a media voz—: El comandante de la división me ha mandado llamar. Según los datos del servicio de información del ejército, los alemanes están trasladando las fuerzas de los distritos urbanos para concentrarlas contra nosotros. Tienen muchos tanques, ¿comprenden?

Escuchó una explosión cercana que sacudió los muros del sótano y sonrió.

—Aquí ustedes están tranquilos. En mi barranco a esta hora ya habría recibido la visita de al menos tres enviados del Estado Mayor. Hay varias comisiones que se pasan el tiempo yendo y viniendo.

Entretanto un nuevo impacto sacudió el edificio y del techo cayeron trozos de estucado.

—Está usted en lo cierto, es tranquilo; en realidad nadie nos molesta —reconoció Podchufárov.

—Pues ahí está la cosa, en que nadie os molesta —corroboró Beriozkin.

Hablaba en tono confidencial, a media voz, olvidando sinceramente que ahora él era el superior, habituado como estaba a su posición de subordinado, desacostumbrado al nuevo puesto.

—Ya saben ustedes cómo son los jefes. ¿Por qué no toma la ofensiva? ¿Por qué hay tantas pérdidas? ¿Por qué no hay pérdidas? ¿Por qué no has hecho un informe? ¿Por qué duermes? ¿Por qué…?

Al final Beriozkin se levantó.

—Vamos, camarada Podchufárov, quiero ver su línea de defensa.

En aquella callecita de la colonia obrera, en las paredes internas destripadas que dejaban al descubierto un empapelado abigarrado, en los jardincitos y en los huertos arados por los carros, entre las solitarias dalias otoñales que milagrosamente florecían aquí y allá, aleteaba una angustia penetrante.

De pronto Beriozkin dijo a Podchufárov:

—Sabe, camarada Podchufárov, no he recibido carta de mi mujer. La volví a ver durante un viaje, y ahora de nuevo nada de correo. Sólo sé que se fue a los Urales con nuestra hija.

—Le escribirán, camarada mayor —respondió Podchufárov.

En el sótano de una casa de dos pisos, bajo las ventanas tapiadas con ladrillos, yacían los heridos en espera de ser evacuados al amparo de la noche. En el suelo había un cubo con agua y una taza; enfrente de la puerta, fijada entre las ventanas, había una tarjeta postal ilustrada, Los esponsales del mayor.

—Esto es la retaguardia —dijo Podchufárov—, la primera línea está más adelante.

—Iremos hasta la primera línea —respondió Beriozkin.

Cruzaron la entrada, pasaron a una habitación con el techo hundido, y al instante se apoderó de ellos la sensación que experimentan las personas cuando salen de los despachos de una fábrica y entran en los talleres. En el aire flotaba un olor atroz y punzante a pólvora; bajo los pies tintineaban los casquillos vacíos. En un cochecito de bebé color crema estaban colocadas las minas antitanque.

—Mire, los alemanes han tomado el edificio esta noche —se lamentó Podchufárov acercándose a la ventana—. Es una verdadera lástima, la casa es magnífica, las ventanas dan al suroeste. Ahora todo el flanco izquierdo está expuesto al fuego enemigo.

Cerca de una ventana, tapiada con ladrillos pero provista de arpillera, había una ametralladora pesada, y un ametrallador sin gorro con una venda sucia, negra de humo, enrollada alrededor de la cabeza, se estaba preparando otra nueva, mientras el primer sargento, dejando al descubierto una dentadura inmaculada, masticaba una rodaja de salchichón, dispuesto a abrir fuego en cualquier momento.

El comandante de la compañía, se acercó. Era un teniente que llevaba prendida en el bolsillo de su chaqueta una margarita.

—Bravo —dijo Beriozkin, sonriendo.

—¡Qué alegría verle, camarada capitán! —dijo el teniente—. Le confirmo lo mismo que le dije por la noche, han ido de nuevo a la casa 6/1. Han empezado a las nueve en punto —y miró el reloj.

—Tiene ante usted al comandante del regimiento, dele el informe a él.

—Disculpe, no le había reconocido —se excusó el teniente, apresurándose a hacer el saludo militar.

Seis días antes el enemigo había logrado cercar algunas casas en la zona del regimiento y las estaba fagocitando a conciencia, a la alemana. La defensa soviética se apagaba bajo las ruinas, se extinguía junto a las vidas de los soldados defensores del Ejército Rojo. Pero en una fábrica con profundos sótanos, la defensa soviética continuaba resistiendo. Los muros sólidos resistían los golpes, si bien en muchos puntos estaban perforados por los impactos de las granadas y las bombas de mortero. Los alemanes intentaban demoler el edificio desde el aire y en tres ocasiones los bombarderos habían lanzado contra él torpedos demoledores. Toda una esquina de la casa se había derrumbado pero el sótano, bajo las ruinas, había quedado intacto, y los defensores, después de retirar los escombros, instalaron las ametralladoras, un cañón y morteros, bloqueando así el paso a los alemanes.

El comandante de la compañía, en su informe a Beriozkin, dijo:

—Hemos intentado llegar hasta ellos esta noche, pero sin éxito. Hemos sufrido una baja y tenemos dos heridos.

—¡Al suelo! —gritó en aquel momento el vigía con una voz siniestra.

Algunos hombres cayeron de bruces contra el suelo, y el comandante de la compañía no pudo acabar su discurso: gesticuló con los brazos como si fuera a zambullirse y se desplomó contra el suelo.

Creció la intensidad del aullido y de repente la tierra y el alma fueron sacudidas por el estruendo de unas explosiones fétidas y sofocantes. Un objeto negro y grande impactó contra el suelo, botó y rodó hasta los pies de Beriozkin. En un primer momento pensó que se trataba de un leño derribado por la fuerza de la explosión y que por poco no le había dado en la pierna.

Un instante después se dio cuenta de que era un obús sin explotar. La tensión, entonces, se volvió insoportable.

Pero el obús no explotó, y su sombra negra que había engullido cielo y tierra, que ofuscaba el pasado y truncaba el futuro, desapareció.

El comandante de la compañía se puso en pie.

—Qué bello caramelito —dijo alguien con voz destemplada.

Otro se echó a reír.

—Vaya, pensé que esta vez no lo contaba…

Beriozkin se secó el sudor que le había brotado de pronto en la frente, recogió del suelo la margarita, le sacudió el polvo de ladrillo y, sujetándola en el bolsillo de la guerrera del teniente, dijo:

—Me imagino que alguien se la habrá regalado… —y comenzó a explicar a Podchufárov—: ¿Por qué entre vosotros, pese a todo, se respira tranquilidad? Porque los superiores no vienen. Los superiores siempre quieren algo de ti: si tienes un buen cocinero se te llevan el cocinero. Que tienes un sastre o un barbero de categoría, dámelo. ¡Buscavidas!, te has excavado un buen refugio; pues vete. Que tienes una col fermentada buena, envíamela. —Luego de repente le preguntó al teniente—: ¿Y por qué han vuelto dos, si no habían alcanzado a los asaltantes?

—Estaban heridos, camarada comandante.

—Entiendo.

—Tiene usted suerte —dijo Podchufárov mientras abandonaban el edificio y se ponían en camino atravesando los huertos donde, entre los cultivos amarillentos de patatas, se habían excavado los refugios y defensas de la segunda compañía.

—Quién sabe si tengo suerte —respondió Beriozkin, y saltó al fondo de la trinchera—. Estamos en guerra —dijo, como quien dice «Estamos de vacaciones en un balneario».

—La tierra se adapta mejor a la guerra que nosotros —corroboró Podchufárov—. Está acostumbrada.

Regresando a la conversación iniciada por el comandante del regimiento, Podchufárov añadió:

—Lo de los cocineros no es nada, he oído que a veces los superiores requisan a las mujeres.

Toda la trinchera, excitada por el intercambio de mensajes, estaba sumida en el tableteo de los disparos y las breves ráfagas de las armas automáticas y las ametralladoras.

—El comandante de la compañía ha sido asesinado, el instructor político Soshkin ha tomado el mando —dijo Podchufárov—. Éste es su refugio.

—Claro, claro —dijo Beriozkin echando una ojeada a través de la puerta entreabierta.

Estaban junto a las ametralladoras cuando los alcanzó el instructor político Soshkin, un hombre con la cara roja y cejas negras, y que hablaba a voz en grito. Les informó de que la compañía estaba disparando contra los alemanes con el objetivo de impedir que se concentraran en el ataque de la casa 6/1.

Beriozkin le cogió los prismáticos y examinó los breves resplandores de los disparos y las lenguas de fuego que vomitaban las bocas de los morteros.

—Creo que hay un francotirador ahí, en el tercer piso, segunda ventana.

Apenas había terminado de decir la frase cuando en la ventana que acababa de señalar brilló un fogonazo y silbó una bala que dio en la pared de la trinchera, justo a medio camino entre la cabeza de Beriozkin y de Soshkin.

—Es usted un tipo afortunado —dijo Podchufárov.

—Quién sabe si soy afortunado —respondió Beriozkin.

Continuaron el paseo por la trinchera hasta que vieron un invento local de la compañía: un fusil antitanque fijado a una rueda de carretilla.

—Es el cañón antiaéreo de la compañía —dijo un sargento con la barba cubierta de polvo y la mirada inquieta.

—¡Un carro a cien metros, cerca de la casa de tejado verde! —gritó Beriozkin imitando la voz de un instructor de tiro.

El sargento se apresuró a girar la rueda e inclinó el largo cañón del fusil anticarro hacia el suelo.

—Dirkin tiene un soldado —dijo Beriozkin— que ha adaptado un visor telescópico a un fusil anticarro; en un día destruyó tres ametralladoras enemigas.

El sargento se encogió de hombros.

—Dirkin lo tiene bien, está a resguardo en la fábrica.

Prosiguieron por la trinchera y Beriozkin reanudó la conversación que habían mantenido al inicio de la expedición.

—Les he enviado un paquete repleto de cosas; pero mi mujer no escribe. Sigo sin tener respuesta. Ni siquiera sé si han recibido el envío. Tal vez estén enfermas. No es nada raro que durante una evacuación se produzca una desgracia.

Podchufárov recordó de improviso cuando, mucho tiempo atrás, los carpinteros que trabajaban en Moscú volvían al pueblo y traían regalos a sus mujeres, ancianos y niños. Para ellos el ritmo de la vida del campo y el calor doméstico significaban más que el estruendo frenético de la vida moscovita y sus luces nocturnas.

Media hora más tarde regresaron al puesto de mando del batallón, pero Beriozkin no bajó al sótano; se despidió de Podchufárov en el patio.

—Preste a la casa 6/1 toda la ayuda posible —dijo—. No intenten llegar hasta ellos, lo haremos nosotros por la noche con las fuerzas del regimiento. —Después añadió—: Y ahora… Primero, no me gusta el modo como tratan a los heridos, en el puesto de mando tienen sofás, mientras los heridos están tirados en el suelo. Segundo, no han enviado a buscar pan fresco y sus hombres se están alimentando de mendrugos secos. Tercero, el instructor político Soshkin está borracho como una cuba. Van tres. Y además…

Podchufárov escuchaba estupefacto al comandante del regimiento que, durante su paseo, había encontrado el medio de fijarse en todo. El vicecomisario de la fábrica llevaba unos pantalones alemanes… El teniente de la primera compañía llevaba dos relojes en la muñeca…

Beriozkin sentenció:

—Los alemanes atacarán. ¿Está claro?

Se dispuso a encaminarse hacia la fábrica y Glushkov, que había tenido ya tiempo de reparar su tacón y remendar el agujero de su chaquetón, le preguntó:

—¿Vamos a casa?

Beriozkin, sin responderle, se volvió hacia Podchufárov:

—Telefonee al comisario del regimiento; dígale que estoy con Dirkin, en la fábrica, en el taller n.° 3 —y, guiñándole un ojo, añadió—: Mándeme un poco de su col, es buena. A fin de cuentas, yo también soy un superior.

15

No había cartas de Tolia[15]. Por la mañana, Liudmila Nikoláyevna se despedía de su madre y su marido que se marchaban al trabajo, y de Nadia, que iba a la escuela. La primera en partir era su madre, que trabajaba como química en el laboratorio de una conocida fábrica de jabones de Kazán. Al pasar por delante de la habitación de su yerno, Aleksandra Vladímirovna a menudo le repetía la misma broma que había oído contar a los obreros en la fábrica: «Nosotros, los patronos, tenemos que estar en el trabajo a las seis, los empleados a las nueve».

Después de ella era Nadia la que se iba caminando a la escuela, aunque, hablando con propiedad, no iba caminando, sino que salía al galope porque no había habido manera de hacerla levantar a tiempo de la cama, y en el último minuto saltaba de la cama, cogía las medias, la chaqueta, los libros, los cuadernos, se atragantaba con el té al desayunar y, corriendo escaleras abajo, se anudaba la bufanda y se enfundaba el abrigo.

Cuando Víktor Pávlovich se sentaba a desayunar después de que Nadia hubiera salido, la tetera ya se había enfriado y tocaba calentarla de nuevo.

Aleksandra Vladímirovna se enfadaba cuando Nadia decía: «Ojalá nos fuéramos de este agujero del diablo». Nadia ignoraba que en épocas anteriores Derzhavin había vivido en Kazán, al igual que Aksákov, Tolstói, Lenin, Zinin, Lobachevski, y que Maksim Gorki había estado trabajando allí en una panadería.

—¡Qué demencia senil! —exclamaba Aleksandra Vladímirovna, y aquel reproche sonaba extraño en boca de una mujer vieja dirigido a una adolescente.

Liudmila se daba cuenta de que su madre continuaba interesándose por las personas, por el nuevo trabajo. A la vez que aquella fuerza de espíritu de su madre le suscitaba admiración, un sentimiento completamente diferente anidaba en ella: ¿cómo podía, en medio de la desgracia, interesarse por la hidrogenación de grasas, por las calles y museos de Kazán?

Y un día que Shtrum hizo un comentario a su mujer a propósito de la juventud de espíritu de su suegra, Aleksandra Vladímirovna, Liudmila no pudo reprimirse y le contestó:

—No es juventud lo de mamá, sino egoísmo de vieja.

—La abuela no es una egoísta, es una populista —se entrometió Nadia y añadió—: Los populistas son buena gente, pero no demasiado inteligentes.

Nadia expresaba sus ideas de manera categórica y, presumiblemente por culpa de su eterna falta de tiempo, de manera sintética.

—Tonterías —decía haciendo énfasis en la «r».

Seguía los boletines de la Oficina de Información Soviética, estaba al tanto de las operaciones militares e intervenía en las conversaciones sobre política. Después de pasar un verano en un koljós[16], Nadia había explicado a su madre las causas de la escasa productividad koljosiana.

Nunca enseñaba las notas a su madre y sólo una vez le confesó, asombrada:

—¿Sabes? Me han puesto un notable en comportamiento. Imagínate, la profesora de matemáticas me expulsó de clase. Y yo, al salir, le grité goodbye; todos los de la clase se echaron a reír.

Como muchos hijos de familias acomodadas, que antes de la guerra no habían conocido las preocupaciones materiales, durante la evacuación en Kazán Nadia hablaba constantemente de las raciones, de los méritos y defectos del sistema de distribución; conocía las ventajas del aceite vegetal respecto a la manteca, los aspectos positivos y negativos del grano partido, por qué eran más prácticos los terrones de azúcar que el azúcar en polvo.

—¿Sabes qué? —le decía a su madre—. He decidido que a partir de hoy me des el té con miel en lugar de con leche condensada. Creo que es más beneficioso para mí, y a ti tanto te da una cosa que otra.

A veces Nadia se volvía desagradable, soltaba groserías con una sonrisa de desprecio a sus mayores. Un día, en presencia de su madre, dijo a su padre:

—Eres idiota —y lo dijo con tanto rencor que Shtrum se quedó contrariado.

A veces la madre veía que Nadia lloraba al leer un libro. Se consideraba un ser desdichado y retrasado, condenado a una vida vacía y penosa.

—Nadie quiere ser mi amigo, soy estúpida, no le intereso a nadie —dijo un día en la mesa—. Nadie se casará conmigo. Acabaré mis estudios de farmacia y me iré al campo.

—En los villorrios no hay farmacias —observó Aleksandra Vladímirovna.

—Por lo que respecta al matrimonio tu pronóstico es demasiado lúgubre —dijo Shtrum—. Últimamente te has puesto muy guapa.

—Me da lo mismo —dijo Nadia mirando a su padre con rabia.

Aquella noche la madre vio cómo su hija, sosteniendo un libro delgado con el brazo desnudo y escuálido que le asomaba de debajo de la manta, leía poesía.

En una ocasión trajo de la tienda restringida de la Academia una bolsa con dos kilos de mantequilla y un paquete grande de arroz, y dijo:

—La gente, yo incluida, es canalla e infame: todos se aprovechan de la situación. También papá cambia su talento por mantequilla. Como si las personas enfermas, las poco instruidas y los niños débiles tuvieran que vivir muertos de hambre porque no entienden de física o no pueden cumplir el trescientos por ciento de un plan… Sólo los elegidos pueden atiborrarse de mantequilla.

Y durante la cena, soltó con tono provocativo:

—Mamá, quiero ración doble de mantequilla y miel. Esta mañana no tuve tiempo de desayunar.

Nadia se parecía en muchos aspectos a su padre. Liudmila Nikoláyevna notaba que Víktor Pávlovich se irritaba particularmente ante aquellos rasgos de su hija que ambos compartían.

Un día, Nadia, imitando la entonación de su padre, dijo acerca de Postóyev:

—¡Bribón, inepto, artero!

Shtrum se indignó.

—¿Cómo tú, todavía una estudiante de tres al cuarto, te atreves a hablar así de un académico?

Pero Liudmila recordaba que cuando Víktor estudiaba decía de muchos famosos académicos: «¡Nulidad, mediocre, arribista!».

Liudmila Nikoláyevna entendía que para Nadia la vida no era fácil, tenía un carácter complicado, solitario y difícil.

Después de la marcha de Nadia, Víktor Pávlovich tomaba el té. Bizqueaba los ojos mientras leía un libro, tragaba sin masticar, ponía una cara estúpidamente sorprendida, buscaba el vaso a tientas, sin apartar los ojos de su lectura, y decía:

—¿Me puedes servir otro té? Más caliente, a ser posible.

Ella conocía todos sus gestos: ahora empezaba a rascarse la cabeza, ahora abombaba los labios, ahora se mondaba los dientes torciendo la boca. Y le decía:

—Por Dios, Vitia, dime ¿cuándo piensas ir a arreglarte los dientes?

La mujer sabía que si se rascaba o abombaba los labios era porque pensaba en su trabajo y no porque le picara la cabeza o la nariz. Sabía que si le decía: «Vitia, ni siquiera escuchas lo que te digo», él, sin levantar la mirada del libro, respondería: «Lo he escuchado todo, incluso puedo repetírtelo: “Vitia, ¿cuándo piensas ir a arreglarte los dientes?”», y de nuevo se sorprendería, tragaría, pondría cara de esquizofrénico; aquello significaba que, mientras examinaba la obra de un físico famoso, estaba de acuerdo en ciertos puntos, pero no en otros. Después Víktor Pávlovich permanecería largo rato inmóvil; luego empezaría a balancear la cabeza, con aire resignado, triste como los viejos, con la misma expresión en la cara y en los ojos que suelen tener las personas que padecen de un tumor en el cerebro. Y de nuevo Liudmila Nikoláyevna acertaría: Shtrum estaba pensando en su madre.

Y mientras tomaba el té, pensaba en el trabajo y suspiraba presa de la angustia, Liudmila Nikoláyevna miraba los ojos que ella besaba, los cabellos ensortijados que ella acariciaba, los labios que la besaban, las pestañas, las cejas, las manos con dedos pequeños, frágiles a los que cortaba las uñas, diciendo:

—¡Ay, qué descuidado eres!

Lo sabía todo de él. Conocía sus lecturas infantiles en la cama antes de dormir; su cara cuando iba a lavarse los dientes; su voz sonora, un poco trémula, cuando, ataviado de gala, empezaba su conferencia sobre la radiación de neutrones. Sabía que le gustaba el borsch ucraniano con judías, que gemía suavemente cuando se cambiaba de lado mientras dormía. Sabía que gastaba rápido el tacón de la bota izquierda y que ensuciaba los puños de las camisas; sabía que le gustaba dormir con dos almohadas; conocía su miedo secreto a atravesar las plazas de las ciudades; conocía el olor de su piel, la forma de los agujeros en sus calcetines. Cómo canturreaba cuando tenía hambre y esperaba la comida, qué forma tenían sus uñas de los dedos gordos del pie, el diminutivo con el que le llamaba su madre cuando tenía dos años; su modo de caminar arrastrando los pies; los nombres de los niños con los que se pegaba cuando estudiaba el último curso preparatorio. Conocía su carácter burlón, su costumbre de fastidiar a Tolia, a Nadia, a sus colegas. Incluso ahora, que casi siempre estaba de mal humor, Shtrum la pinchaba porque la mejor amiga de ella, Maria Ivánovna Sokolova, leía poco y una vez, conversando, confundió a Balzac con Flaubert.

Sabía hacer rabiar a Liudmila de manera magistral, siempre la sacaba de quicio. Y entonces ella, enfadada y seria, lo contradecía, defendiendo a su amiga:

—Siempre haces befa de las personas que quiero. Mashenka tiene un gusto infalible y no necesita leer demasiado, sabe lo que es sentir un libro.

—Por supuesto, por supuesto —decía él—. Está convencida de que Max y Moritz es una novela de Anatole France.

Liudmila conocía su amor a la música, sus opiniones políticas. Una vez lo había visto llorando, lo vio desgarrarse la camisa y, enredándose en los calzoncillos, saltar hacia ella a la pata coja, con un puño levantado, dispuesto a golpearla. Conocía su rectitud inflexible y valerosa, su inspiración; lo había visto declamar versos; lo había visto tomar laxantes.

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