Vida y destino

Vida y destino


PRIMERA PARTE » 38

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A las huevas de lucio les llamaba caviar y contaba a Zhenia que antes de la guerra los niños desayunaban una taza de caldo fuerte y una loncha de carne de ciervo.

Daba casi toda su ración a su gato, al que llamaba «mi niño plateado». El gato la quería con locura y, aunque era un animal salvaje y desconfiado, al ver a la viejecita se transformaba en una criatura cariñosa y alegre.

Draguin a menudo la interrogaba sobre cuál era su opinión respecto a Hitler: «Entonces, ahora seguro que estará contenta, ¿no es cierto?»; pero la astuta viejecita se había declarado antifascista y tildaba al Führer de caníbal.

Apenas servía para algo: no sabía lavar ni cocinar, y cuando iba a la tienda para comprar cerillas, el vendedor siempre se las ingeniaba para cortar de su cupón las provisiones mensuales de carne y azúcar.

Decía que los niños actuales no se parecían en nada a los niños de la época que ella llamaba «de paz». Todo había cambiado, incluso los juegos: las niñas del tiempo «de paz» jugaban al aro, al diábolo con palos lacados, o con una pelota colorada medio deshinchada que llevaban en una redecilla blanca de la compra. Los de hoy, sin embargo, jugaban al voleibol, nadaban estilo crol, en invierno se ponían pantalones de esquí para jugar a jockey, gritaban y silbaban.

Sabían más que la propia Jenny Guenríjovna sobre alimentos, abortos y maneras fraudulentas de adquirir cartillas de racionamiento, sobre tenientes y tenientes coroneles que traían del frente manteca y conservas a otras mujeres que no eran las suyas.

A Yevguenia Nikoláyevna le gustaba escuchar los recuerdos de la vieja alemana sobre sus años de infancia, su padre, su hermano Dmitri, del que Jenny Guenríjovna se acordaba especialmente bien: a menudo enfermaba de tosferina y difteria.

Un día Jenny Guenríjovna le dijo:

—Me acuerdo de la última familia para la que trabajé en 1917. El monsieur era ministro de Hacienda, se paseaba por el comedor y decía: «Estamos acabados, queman las fincas, han parado las fábricas, la moneda se devalúa, saquean las cajas de caudales». Y les pasó exactamente igual que a ustedes, toda la familia se dispersó. Monsieur, madame y mademoiselle huyeron a Suecia, mi pupilo se fue como voluntario con el general Kornílov, y madame lloraba: «Todos los días nos despedimos, el fin está cerca».

Yevguenia Nikoláyevna sonrió con tristeza y no respondió.

Una noche un comisario de policía llevó una citación a Jenny Guenríjovna. La vieja alemana se puso su sombrero de flores blancas y pidió a Zhénechka que diera de comer al gato; ella iría a la policía y de allí directamente al trabajo, adonde la madre de la dentista; le prometió que volvería un día después. Al volver del trabajo, Yevguenia Nikoláyevna encontró la habitación patas arriba y los vecinos le dijeron que Jenny Guenríjovna había sido arrestada.

Yevguenia Nikoláyevna fue a hacer indagaciones. En la milicia le dijeron que la viejecita había partido con un convoy de alemanes hacia el norte.

Al día siguiente se presentó un comisario de policía junto con el administrador de la casa y cogieron una cesta sellada llena de ropa vieja, fotos y cartas amarillentas.

Yevguenia se dirigió al NKVD[29] para averiguar cómo podía enviarle a la viejecita una prenda de abrigo. El hombre de la ventanilla le preguntó:

—¿Y usted quién es? ¿Una alemana?

—No, soy rusa.

—Váyase a casa. No incordie haciendo preguntas.

—Sólo he venido para saber cómo puedo mandarle ropa de invierno.

—¿No lo ha entendido? —dijo el hombre de la ventanilla con una voz tan tranquila que Yevguenia Nikoláyevna se asustó.

Aquella noche oyó a algunos inquilinos que hablaban de ella en la cocina.

Una voz dijo:

—La verdad, no es correcto obrar así.

Una segunda voz le respondió:

—Para mí ha sido lista. Primero puso un pie, luego informó de la vieja a quien correspondiera; la ha despachado y ahora es la dueña de la habitación.

Una voz masculina dijo:

—¿Una habitación? Un cuartucho, mejor dicho. Una cuarta voz intervino:

—Sí, una mujer así siempre se sale con la suya. Habrá que andarse con cuidado…

El destino del gato fue triste. Dormitaba abatido en la cocina mientras los vecinos discutían qué hacer con él.

—¡Maldito alemán! —decían las mujeres.

Inesperadamente, Draguin declaró que estaba dispuesto a colaborar en la alimentación del gato. Pero el gato no vivió mucho tiempo sin Jenny Guenríjovna porque una de sus vecinas, no se sabe si por accidente o por maldad, lo escaldó con agua hirviendo, y murió.

24

A Yevguenia Nikoláyevna le gustaba su existencia solitaria en Kúibishev.

Probablemente nunca había sido tan libre como ahora. A pesar de las dificultades de la vida, se sentía ligera y emancipada. Durante mucho tiempo, hasta que no obtuvo el permiso de residencia[30], no tuvo derecho a cartilla de racionamiento y sólo podía comer una vez al día en el comedor con los cupones de comida. Ya desde la mañana pensaba en el momento de entrar al comedor y que le dieran un plato de sopa.

En aquella época apenas pensaba en Nóvikov. En cambio pensaba cada vez con mayor frecuencia en Krímov, casi constantemente; pero la luminosidad interna, la carga afectiva, era más bien escasa.

El recuerdo de Nóvikov se encendía y apagaba sin atormentarla.

Pero un día, en la calle, vio de lejos a un soldado alto con un capote largo, y por un instante le pareció que se trataba de Nóvikov. Se le entrecortó la respiración, le flaquearon las piernas, sintió que la felicidad la embargaba, que se apoderaba de ella. Un minuto más tarde comprendió que se había equivocado y enseguida olvidó su emoción.

Por la noche se despertó de pronto y pensó: «¿Por qué no escribe? ¿Acaso no sabe la dirección?».

Vivía sola; no tenía cerca a Krímov, ni a Nóvikov, ni a sus familiares. Y en apariencia, en aquella libertad solitaria había felicidad. Pero sólo en apariencia.

En aquel periodo se habían instalado en Kúibishev muchos Comisariados del Pueblo, se habían trasladado instituciones y redacciones de periódicos. La ciudad se había convertido temporalmente en la capital, refugio del Moscú evacuado, con su cuerpo diplomático, el ballet del Teatro Bolshói, sus escritores célebres, sus presentadores moscovitas y sus periodistas extranjeros.

Todos estos miles de moscovitas vivían en cuchitriles, habitaciones de hotel, residencias, y seguían con sus actividades habituales: los secretarios de Estado, los jefes del gabinete, los directores administrativos daban órdenes a sus subordinados y dirigían la economía del país; los embajadores extraordinarios y plenipotenciarios se desplazaban en coches lujosos a las recepciones con los altos cargos de la política exterior soviética; Ulánova, Lémeshev, Mijáilov entretenían al público del ballet y la ópera; el señor Shapiro, el representante de la agencia United Press, formulaba preguntas insidiosas a Solomón Abrámovich Lozovski, el responsable de la Oficina de Información Soviética, durante las conferencias de prensa; los escritores escribían noticias para radios y periódicos soviéticos y extranjeros; los periodistas se desplazaban a los hospitales para obtener nuevas con las que escribir reportajes sobre la guerra.

Pero la vida de los moscovitas allí era totalmente diferente. Lady Cripps, la esposa del embajador extraordinario y plenipotenciario de Gran Bretaña, se levantaba de la mesa después de tomar la cena con un cupón en el restaurante del hotel y envolvía en papel de periódico los trozos de pan y los terrones de azúcar que habían sobrado para subirlos a la habitación; los corresponsales de varias agencias de noticias internacionales iban al mercado, abriéndose paso entre los heridos, y hablaban largo y tendido sobre la calidad del tabaco casero haciendo girar los cigarrillos de muestra, o bien hacían cola para los baños públicos, apoyando el peso ahora en una pierna luego en la otra; algunos escritores, célebres por la hospitalidad que brindaban, discutían sobre cuestiones de orden internacional y el destino de la literatura con una copita de aguardiente casero acompañado de una ración de pan.

Enormes instituciones se encajonaban en los oscuros pisos de Kúibishev; los directores de los grandes periódicos soviéticos recibían a sus invitados en mesas donde, después de las horas de trabajo, los niños preparaban sus lecciones y las mujeres cosían.

En esta mezcla de aparato estatal y bohemia de la evacuación había algo atractivo.

Yevguenia Nikoláyevna tuvo que hacer frente a muchas dificultades para obtener el permiso de residencia.

El jefe de la oficina de diseños y proyectos donde ella había comenzado a trabajar, el teniente coronel Rizin, un hombre alto de voz suave y susurrante, desde el primer día comenzó a lamentarse por la responsabilidad que había asumido contratando a alguien que no tenía los papeles en regla. Le ordenó, pues, que fuera a la comisaría local después de extenderle un certificado de trabajo.

Un oficial de la comisaría se quedó con el pasaporte de Yevguenia Nikoláyevna y su certificado y le dijo que volviera al cabo de tres días para conocer la respuesta.

Cuando llegó el día asignado, Yevguenia Nikoláyevna entró en el pasillo en penumbra donde había personas sentadas a la espera de ser recibidas; sus rostros reflejaban esa expresión particular que a menudo muestran las personas que han ido a la comisaría por cuestiones relacionadas con el pasaporte o permisos de residencia. Yevguenia se acercó a la ventanilla. Una mano femenina con las uñas pintadas con un esmalte rojo oscuro le alargó el pasaporte y le dijo con voz tranquila:

—Se lo han denegado.

Se puso a la cola para hablar con el jefe de la sección de pasaportes. La gente de la fila hablaba a media voz y seguía con la mirada a las empleadas con los labios pintados, vestidas con chaquetones guateados y botas, que pasaban por el pasillo. Un hombre ataviado con un abrigo de entretiempo y una visera pasó calmosamente; el cuello de la guerrera militar le asomaba por debajo de la bufanda; sus botas crujían. Abrió con una pequeña llave la cerradura: era Grishin, el jefe de la sección de pasaportes. Yevguenia Nikoláyevna observó que las personas que guardaban cola no se habían alegrado como acostumbra a suceder después de una larga espera, sino que cuando se acercaban a la puerta miraban temerosos a los lados, como si estuvieran a punto de echarse a correr en el último momento.

Durante la espera, Yevguenia Nikoláyevna oyó historias de hijas que no habían obtenido permiso para vivir con sus madres, una mujer paralítica a la que le habían denegado la residencia para su hermano, una mujer que había ido a cuidar a un inválido de guerra y no le habían dado la autorización.

Yevguenia Nikoláyevna entró en el despacho de Grishin. Éste le indicó con un gesto que tomara asiento, miró sus documentos y dijo:

—Se lo han denegado —dijo—. ¿Qué quiere?

—Camarada Grishin —dijo ella con voz trémula—, entiéndalo, durante todo esto tiempo no he recibido la cartilla de racionamiento.

El hombre la miró con ojos imperturbables, su cara ancha y joven expresaba una indiferencia ausente.

—Camarada Grishin —dijo Zhenia—, deténgase un momento a pensar en esta incongruencia. En Kúibishev hay una calle que lleva mi apellido, la calle Sháposhnikov, en honor a mi padre, uno de los pioneros del movimiento revolucionario en Samara, y ustedes deniegan el permiso de residencia a su hija…

Los ojos serenos de Grishin se clavaron en ella: la estaba escuchando.

—Necesito una petición oficial —dijo él—. Sin petición no hay permiso.

—Pero es que yo trabajo en una institución militar.

—Eso no consta en su certificado de trabajo.

—¿Puede ser de ayuda?

Grishin respondió de mala gana:

—Tal vez.

Por la mañana, cuando Yevguenia Nikoláyevna acudió al trabajo contó a Rizin que le habían denegado el permiso de residencia. El hombre levantó las manos y dijo con voz queda:

—Ay, qué estúpidos, quizá no entiendan que se ha convertido en una trabajadora indispensable para nosotros, que usted presta servicio a la Defensa.

—Así es —confirmó Yevguenia—. Me han dicho que necesito un documento oficial que certifique que nuestra oficina está subordinada al Comisariado Popular de Defensa. Se lo ruego encarecidamente: redáctemelo y esta tarde lo llevaré a la comisaría.

Al cabo de un rato, Rizin se acercó a Zhenia y con voz culpable dijo:

—Necesito una solicitud por escrito de la policía. De lo contrario tengo prohibido escribir un certificado de ese tipo.

Esa misma tarde Yevguenia fue a la comisaría y, después de la inevitable cola, pidió a Grishin la solicitud, odiándose a sí misma por su sonrisa aduladora.

—No pienso escribirle ninguna solicitud —dijo Grishin. Rizin, al enterarse de la nueva negativa de Grishin, se lamentó y dijo pensativo:

—Bien, dígale que me haga una petición verbal.

La tarde siguiente Zhenia debía encontrarse con el literato moscovita Limónov, que en un tiempo había sido amigo de su padre. Justo después de salir del trabajo se dirigió a la comisaría y pidió a la gente que aguardaba en la cola que le permitieran pasar a ver al jefe de la sección de pasaportes «literalmente un minuto», sólo para hacer una pregunta. La gente se encogió de hombros y desvió la mirada. Al final, dijo con rabia:

—¿Ah, sí? ¿Quién es el último?

Aquel día el ambiente en la comisaría era especialmente deprimente. Una mujer con las piernas llenas de varices sufrió un ataque de histeria en el despacho de Grishin y se puso a gritar: «Se lo ruego, se lo ruego». Un manco lanzó improperios contra Grishin en el mismo despacho; el siguiente también armó un alboroto, se oían sus palabras: «No me iré de aquí». Pero en realidad se fue enseguida. En medio de aquel jaleo no se oía a Grishin, no levantó la voz ni una sola vez; incluso parecía que no estaba presente, como si la gente gritara y amenazara para sí misma.

Yevguenia hizo cola durante una hora y media y, de nuevo, odiando su propia cara amable y el emocionado «muchas gracias» que pronunció en respuesta a una pequeña señal de Grishin para que se sentara, le pidió que llamara por teléfono a su jefe, explicando que éste dudaba de si tenía derecho a redactar un certificado sin una solicitud previa con un número y sello, pero que después había accedido a escribirle el certificado con la nota: «En respuesta a su solicitud oral del día tal del mes tal».

Yevguenia Nikoláyevna colocó sobre la mesa de Grishin un papelito preparado de antemano donde con caligrafía gruesa y clara había escrito el apellido y patronímico de Rizin, número de teléfono, cargo, rango y en letra pequeña, entre paréntesis: «pausa para comer» y «desde… hasta».

—No haré ninguna solicitud.

—Pero ¿por qué? —preguntó ella.

—No debo hacerlo.

—El teniente coronel Rizin dice que sin solicitud, aunque sea oral, no tiene permiso para escribir un certificado.

—Si no tiene permiso, que no lo escriba.

—Pero ¿qué voy a hacer yo?

—Eso es asunto suyo.

La pasmosa tranquilidad de Grishin la desconcertó; si se hubiera enfadado o irritado por su insistencia, se habría sentido mejor. Pero Grishin continuaba allí sentado, de medio perfil, sin pestañear siquiera, sin prisa.

Yevguenia Nikoláyevna sabía que los hombres se fijaban en su belleza, lo percibía cuando hablaba con ellos. Pero Grishin la miraba como si fuera una vieja con ojos lacrimosos o una lisiada; al entrar en aquel despacho ya no era un ser humano, una mujer joven y atractiva, sólo una solicitante.

A Yevguenia la confundía su propia debilidad, del mismo modo que la confundía la seguridad monolítica de Grishin. Yevguenia Nikoláyevna caminaba por la calle, se apresuraba, llegaba con más de una hora de retraso a su cita con Limónov; pero mientras se afanaba en llegar, había perdido todo interés ante ese encuentro. Todavía podía sentir el olor del pasillo de la comisaría, aún veía las caras de los que hacían cola, el retrato de Stalin iluminado por la luz tenue de la lámpara eléctrica; y al lado, Grishin. Grishin, tranquilo, sencillo, cuya alma mortal concentraba la omnipotencia granítica del Estado.

Limónov, un hombre alto, grueso, cabezón, con rizos alrededor de su gran calvicie, la recibió con alegría.

—Comenzaba a temer que ya no viniera —le dijo mientras la ayudaba a quitarse el abrigo.

Le preguntó sobre Aleksandra Vladímirovna:

—Desde que éramos estudiantes, su madre ha sido para mí el modelo de mujer rusa con alma valiente. Siempre escribo de ella en mis libros, es decir, no propiamente de ella, sino en general, bueno, ya me entiende.

Bajando la voz y echando una ojeada a la puerta, le preguntó:

—¿Alguna noticia de Dmitri?

Luego comenzaron a hablar de pintura, y los dos se ensañaron con Repin. Limónov se puso a hacer una tortilla en su cocinilla eléctrica, jactándose de ser el mejor especialista en tortillas de Rusia; tanto era así que el chef del Nacional había aprendido de él.

—Entonces, ¿qué tal? —preguntó ansioso mientras servía a Zhenia y, entre suspiros, añadió—: Lo confieso, me encanta comer.

¡Cómo persistía el peso de las impresiones experimentadas en las dependencias policiales! Al llegar a la habitación cálida de Limónov, llena de libros y revistas, donde enseguida se agregaron dos personas mayores perspicaces y amantes del arte, Zhenia no pudo arrancar a Grishin de su corazón helado.

Pero la gran fuerza de la conversación, libre e inteligente, hizo que Zhenia, al poco rato, se olvidara de Grishin y de los rostros de angustia de las personas en la cola. Parecía no existir nada más en la vida que las conversaciones sobre Rubliov, Picasso, la poesía de Ajmátova y Pasternak, las obras de Bulgákov…

Pero una vez salió a la calle se olvidó de las conversaciones inteligentes. Grishin, Grishin… En el piso nadie le preguntó si había logrado el permiso de residencia, ni le pidió que le enseñara el pasaporte con el sello estampado. Pero desde hacía varios días tenía la impresión de que la controlaba la mujer más anciana del apartamento, Glafira Dmítrievna, una mujer de nariz larga, siempre afable, vivaracha, de voz embelesadora e inmensamente falsa. Cada vez que se topaba con Glafira Dmítrievna y veía sus ojos oscuros, a un mismo tiempo zalameros y lúgubres, Zhenia se asustaba. Tenía la sospecha de que en su ausencia Glafira Dmítrievna, con una llave maestra, se colaba en su habitación, revolvía entre sus papeles, apuntaba sus declaraciones para la milicia, leía sus cartas.

Yevguenia Nikoláyevna se esforzaba por abrir la puerta sin hacer ruido, andaba de puntillas por el pasillo temiendo encontrársela. Esperaba que de un momento a otro le dijera: «¿Por qué transgrede la ley? Seré yo la que tenga que responder por ello».

A la mañana siguiente, Yevguenia Nikoláyevna entró en el despacho de Rizin y le contó la espera infructuosa en la oficina de pasaportes.

—Ayúdeme a conseguir un billete para el barco de Kazán, de lo contrario me enviarán a un yacimiento de turba por haber quebrantado la ley de pasaportes.

Ya no le pidió nada más sobre el certificado y en adelante se dirigió a él con tono sarcástico, airado.

Aquel hombre apuesto y fornido, de voz dulce, la miraba avergonzado por su propia debilidad. Ella sentía constantemente su mirada melancólica y tierna sobre su espalda, sus piernas, su cuello, su nuca; podría advertir aquella insistente mirada de admiración. Pero la fuerza de la ley que regía la circulación de documentos burocráticos, al parecer, no se podía tomar a la ligera.

Aquel día Rizin se acercó a Zhenia y en silencio le dejó sobre una hoja de dibujo el tan anhelado certificado.

Yevguenia también le miró en silencio y los ojos se le anegaron de lágrimas.

—Lo pedí a través de la sección secreta —dijo Rizin—. Pero sin demasiadas esperanzas y de repente recibí la autorización del superior.

Los colegas de Yevguenia la felicitaban, diciéndole: «Por fin se han terminado tus sufrimientos».

Fue a la comisaría. La gente de la cola la saludó, algunos la reconocieron, e incluso le preguntaron: «¿Cómo va…?». Otras voces le propusieron: «No haga cola, pase directamente, su asunto es de un minuto, ¿para qué va a estar esperando dos horas?».

La mesa del despacho y la caja fuerte pintada burdamente de marrón a imitación de madera ya no le parecían tan lúgubres ni burocráticas.

Grishin miró fijamente cómo los dedos apresurados de Zhenia depositaban ante él el papel requerido y asintió imperceptiblemente, satisfecho:

—Bien, entonces deje el pasaporte y los certificados y dentro de tres días vuelva en horario de oficina; podrá retirar sus documentos en recepción.

Su tono de voz era el de costumbre, pero a Zhenia le pareció que sus ojos claros le sonreían amistosamente.

De regreso a casa pensaba que Grishin se había revelado un ser humano como cualquier otro: había sonreído al hacer una buena acción. Resultó que no era un desalmado y comenzó a sentirse incómoda por todo lo malo que había pensado sobre el jefe de la sección de pasaportes.

Tres días más tarde una mano grande femenina con las uñas pintadas de esmalte rojo oscuro le alargó a través de la ventanilla el pasaporte con los papeles cuidadosamente doblados en su interior. Zhenia leyó la resolución escrita con caligrafía bien legible: «Permiso de residencia denegado por no tener relación con la habitación que ocupa».

—Hijo de perra —profirió en voz alta Zhenia sin lograr contenerse—. Te has estado divirtiendo a mi costa, torturador despiadado.

Gritaba agitando en el aire su pasaporte sin sello, volviéndose a la gente de la cola en busca de apoyo, pero vio que le daban la espalda. Por un momento se inflamó en ella un espíritu de insurrección, desesperación y rabia. Así gritaban las mujeres que habían enloquecido de desesperación en las colas de 1937, en espera de tener noticias sobre familiares condenados sin derecho a correspondencia[31], en la sala en penumbra de la cárcel de Butirka, en Matrósskaya Tishiná, en Sokólniki.

Un miliciano apostado en el pasillo cogió a Zhenia por el codo y la empujó hacia la puerta.

—¡Déjeme, no me toque! —gritó y se zafó de la mano del miliciano, apartándole de un empujón.

—Ciudadana —le dijo con voz ronca—. Basta ya, le van a caer diez años.

Le pareció atisbar en los ojos del miliciano una chispa de compasión, de piedad.

Se dirigió rápidamente a la salida. Por la calle los transeúntes que caminaban empujándola tenían todos sus papeles en regla, sus permisos de residencia, sus cartillas de racionamiento…

Por la noche soñó con un incendio: estaba inclinada sobre un hombre herido con la cara apoyada contra el suelo. Trataba de arrastrarlo y, aunque no podía verle la cara, comprendió que se trataba de Krímov.

Se despertó extenuada, deprimida.

«Ojalá viniera pronto», pensaba mientras se vestía, y murmuraba:

—Ayúdame, ayúdame.

Y deseaba ardientemente, casi hasta el sufrimiento, ver no tanto a Krímov, al que había salvado por la noche, sino a Nóvikov, tal como lo había visto aquel verano en Stalingrado.

Aquella vida sin derechos, sin permiso de residencia, sin cartilla de racionamiento, con el miedo constante al portero, al administrador de la casa, a la anciana del apartamento, Glafira Dmítrievna, era opresiva, la torturaba de manera insoportable. Zhenia entraba con sigilo en la cocina, cuando todos dormían, y por la mañana se esforzaba en asearse antes de que los otros inquilinos se levantaran. Y cuando los vecinos le hablaban, ponía una voz repulsivamente afable, que no era la suya, como la de una cristiana baptista.

Aquel día Zhenia presentó la dimisión de su puesto de trabajo.

Había oído que, tras la denegación del permiso de residencia, se presentaría un comisario de la policía que le haría firmar un compromiso de salida de Kúibishev antes de tres días. En el texto se leían las siguientes palabras: «Las personas que infrinjan la regulación relativa al régimen de pasaportes están sujetas…». Zhenia no quería «estar sujeta a…». Se había hecho a la idea de que tenía que irse de Kúibishev. Enseguida se sintió más tranquila, y la imagen de Grishin, Glafira Dmítrievna, de sus ojos blandos como olivas podridas, dejó de atormentarla, asustarla. Había renunciado a la ilegalidad, se había sometido a la ley.

Mientras escribía su dimisión y se disponía a llevársela a Rizin, la llamaron por teléfono: era Limónov.

Le preguntó si estaba libre al día siguiente por la tarde porque había llegado de Tashkent una persona que contaba con gracia y donaire la vida de los habitantes de aquel lugar y que le traía saludos de Alekséi Tolstói. Zhenia sintió de nuevo el perfume de una vida diferente.

Y, aunque no tenía intención de hacerlo, Zhenia acabó contándole a Limónov todos sus intentos por conseguir el permiso de residencia.

Él la escuchó sin interrumpirla; luego dijo:

—Vaya historia, es bastante curiosa: le ponen el nombre del padre a una calle y a la hija le deniegan el permiso de residencia. Es verdaderamente interesante.

Se quedó un momento pensativo y después le propuso:

—Bueno, Yevguenia Nikoláyevna. No presente hoy la dimisión, esta tarde voy a una reunión donde estará presente el secretario del obkom y le contaré su caso.

Zhenia le dio las gracias, pero pensó que en cuanto colgara el teléfono se olvidaría de ella. Con todo, no entregó su dimisión a Rizin; sólo le pidió si podía conseguirle un billete de barco a Kazán a través del Estado Mayor.

—Eso es pan comido —le dijo Rizin y levantó las manos—. El problema está en los órganos de la milicia. Pero ¿qué le vamos a hacer? Kúibishev tiene un régimen especial, con instrucciones especiales.

Después le preguntó:

—¿Está libre esta noche?

—No, estoy ocupada —respondió Yevguenia, enfadada.

Mientras volvía a casa pensó que pronto vería a su madre, a su hermana, a Víktor Pávlovich, a Nadia, y que en Kazán la vida sería más fácil que en Kúibishev. Se sorprendió de haberse sentido tan afligida, de haber pasado tanto miedo al entrar en la comisaría de policía. ¿Que le habían denegado el permiso? Qué más le daba… Y si Nóvikov le enviaba una carta, siempre podía pedirle a los vecinos que se la reenviaran a Kazán.

A la mañana siguiente, poco después de llegar al trabajo, recibió una llamada telefónica. Una voz amable le pidió que pasara por la oficina de pasaportes para recoger su permiso de residencia.

25

Yevguenia trabó amistad con uno de los inquilinos de su apartamento: Sharogorodski. Cuando éste se giraba bruscamente daba la impresión de que su gruesa cabeza gris alabastro iba a separársele del cuello delgado y caería al suelo con estruendo. Zhenia había notado que la tez pálida del anciano se tornasolaba de un suave azul celeste. La combinación de piel azulada y el frío azul cielo de los ojos la fascinaban. El anciano procedía de una familia de alta alcurnia y Zhenia se divertía pensando que si se le pintara un retrato a Sharogorodski debería ser en azul.

La vida de Vladimir Andréyevich Sharogorodski había sido peor antes de la guerra que en la actualidad. La Oficina de Información Soviética le encargaba notas sobre Dmitri Donskói, Suvórov, Ushakov, sobre las tradiciones de la oficialidad rusa, sobre poetas del siglo XIX: Tiútchev, Baratinski…

Vladimir Andréyevich le había contado a Zhenia que por línea materna descendía de una casa principesca de mayor antigüedad que los Romanov.

De joven había trabajado en un zemstvo[32] provincial y había predicado las ideas de Voltaire y Chaadáyev entre los hijos de los terratenientes, los maestros rurales y los curas jóvenes.

Vladimir Andréyevich le relató a Zhenia una conversación que había mantenido cuarenta y cuatro años antes con un decano de la nobleza provincial: «Usted, representante de una de las familias más antiguas de Rusia, se ha empeñado en convencer a los campesinos de que desciende del mono. Y entonces el campesino le preguntará: ¿Y los grandes duques? ¿Y el príncipe heredero? ¿Y el zar? ¿Y la zarina…?».

Pero Sharogorodski había continuado turbando los ánimos y acabó siendo exiliado a Tashkent. Un año más tarde recibió el perdón y partió a Suiza. Allí conoció a muchos activistas revolucionarios: bolcheviques, mencheviques, eseristas y anarquistas. Todos conocían al príncipe extravagante. Participaba en reuniones y debates, con algunos incluso mantenía relaciones amistosas, aunque no estaba de acuerdo con nadie. Durante aquella época trabó amistad con un estudiante judío, un bundista[33] de barba negra llamado Lípets.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial volvió a Rusia y se estableció en su finca. De vez en cuando publicaba artículos sobre literatura e historia en Nizhegorodski Listok.

No se ocupaba de la economía, y era su madre la que administraba la finca.

Sharogorodski resultó ser el único propietario cuya finca respetaron los campesinos. El Kombed[34] incluso le asignó una carretada de leña y cuarenta coles. Vladimir Andréyevich vivía en la única habitación de la casa con calefacción y las ventanas intactas. Leía y escribía poesía. Leyó a Yevguenia uno de sus poemas titulado Rusia.

Insensata despreocupación

por los cuatro costados.

Llanura. Infinitud.

Graznan cuervos de mal agüero.

Desenfreno. Incendios. Secretismo.

Indiferencia obtusa.

Originalidad por doquier.

Una terrible magnificencia.

Leía pronunciando con esmero las palabras, subrayando los puntos y las comas, enarcando sus largas cejas que, sin embargo, no le empequeñecían la frente espaciosa.

En 1926 a Sharogorodski se le ocurrió impartir conferencias sobre historia de la literatura rusa; menospreciaba a Demián Bedni y alababa a Fet, participó en debates sobre la belleza y la justicia de la vida, que entonces estaban en boga, se declaró adversario de toda clase de Estado, definió el marxismo como una doctrina limitada, habló del destino trágico del alma rusa, y al final se ganó un nuevo viaje a Tashkent a cuenta del gobierno. Allí vivió asombrado por el poder de los argumentos geográficos en las discusiones teóricas, y sólo a finales de 1933 obtuvo la autorización para trasladarse a Samara, a casa de su hermana mayor, Yelena Andréyevna. Murió poco antes de que estallara la guerra.

Sharogorodski nunca invitaba a nadie a su habitación, pero una vez Zhenia pudo echar un vistazo a los aposentos del príncipe: pilas de libros y periódicos viejos se elevaban en los rincones; sillones vetustos estaban encajados unos sobre otros hasta el mismo techo; retratos en marcos dorados yacían en el suelo. Sobre un sofá de terciopelo rojo había una colcha que perdía su relleno de algodón.

Era un hombre dulce, poco hábil con los asuntos prácticos de la vida. Era una de esas personas de las que se suele decir: «Es un hombre con alma de niño y tiene una bondad angelical». Pero podía mostrar indiferencia, mientras recitaba sus versos preferidos, ante un niño hambriento o una vieja harapienta con la mano extendida suplicando un trozo de pan.

Mientras escuchaba a Sharogorodski, Yevguenia a menudo recordaba a su primer marido, aunque aquel viejo enamorado de Fet y de Soloviov no se parecía a Krímov, el oficial del Komintern.

A Yevguenia le sorprendía que Krímov, impasible a la fascinación del paisaje y las fábulas rusos, a los versos de Fet y Tiútchev, fuera tan ruso como el viejo Sharogorodski. Todo aquello de la vida rusa que desde la juventud era querido por Krímov, los nombres sin los que no concebía a Rusia, a Sharogorodski le resultaba indiferente y a menudo incluso hostil.

Fet era un dios para Sharogorodski y, además, un dios ruso. Del mismo modo que consideraba divinas las fábulas sobre Finist el Halcón Brillante y Las dudas de Glinka. Y por mucho que admirara a Dante, lo estimaba privado de la divinidad de la música y la poesía rusa.

Krímov, en cambio, no establecía diferencias entre Dobroliúbov y Lassalle, entre Chernishevski y Engels. Para él Marx era más grande que todos los genios rusos, y la Sinfonía Heroica de Beethoven triunfaba indiscutiblemente sobre la música rusa. Quizá sólo con Nekrásov hacía una excepción: lo consideraba el poeta más grande del mundo.

A veces a Yevguenia Nikoláyevna le parecía que Sharogorodski la ayudaba no sólo a comprender a Krímov, sino los entresijos de su relación con Nikolái Grigórievich.

A Zhenia le gustaba conversar con Sharogorodski. A menudo la charla se iniciaba con boletines preocupantes, luego Sharogorodski se lanzaba a disertar sobre el destino de Rusia.

—La nobleza rusa —decía— es culpable ante Rusia, Yevguenia Nikoláyevna, pero también ha sabido amarla. De la primera guerra no nos han perdonado nada, nos lo han reprochado todo: nuestros idiotas y zopencos, nuestros glotones soñolientos, Rasputin, el coronel Miasoyédov, las alamedas de tilos y la despreocupación, las isbas sin chimenea y los zuecos de los campesinos… Seis hijos de mi hermana perecieron en Galitzia; mi hermano, un hombre viejo y enfermo, murió en el campo de batalla, pero la Historia no lo ha tenido en cuenta… Y debería hacerlo.

A menudo Zhenia escuchaba sus juicios literarios que no concordaban en absoluto con los de sus contemporáneos. Situaba a Fet por encima de Pushkin y Tiútchev. Nadie en Rusia conocía a Fet como él, y probablemente el propio Fet al final de su vida no recordaba de sí mismo todo lo que sabía de él Vladimir Andréyevich.

Consideraba a Lev Tolstói demasiado realista y, aunque reconocía la poesía que había en su obra, no lo apreciaba. Valoraba a Turguéniev, pero opinaba que su talento era superficial en exceso. De la prosa rusa lo que más le gustaba era Gógol y Leskov.

Estimaba que Belinski y Chernishevski eran los primeros que habían asestado un golpe mortal a la poesía rusa.

Además le había dicho a Zhenia que, aparte de la poesía rusa, había tres cosas que amaba en el mundo, y las tres comenzaban por «s»: sacarosa, sueño y sol.

—¿Acaso moriré sin ver ni uno solo de mis poemas publicados? —preguntaba él.

Una tarde, al volver del trabajo, Yevguenia Nikoláyevnase encontró a Limónov. Caminaba por la calle con el abrigo desbotonado y una bufanda clara a cuadros colgándole del cuello, y se apoyaba sobre un bastón nudoso. Aquel hombre recio tocado con una aristocrática shapka de castor destacaba de manera extraña entre la muchedumbre de Kúibishev.

Limónov acompañó a Zhenia hasta casa y, cuando ella lo invitó a subir para tomar un té, le dijo mirándola con atención a los ojos:

—Se lo agradezco, a decir verdad me debe al menos medio litro por el permiso de residencia. —Y respirando pesadamente, comenzó a subir por la escalera.

Limónov entró en la pequeña habitación de Zhenia y dijo:

—Ejem, aquí no hay demasiado espacio para mi cuerpo, pero quizá sí que lo haya para mis pensamientos.

De repente se puso a hablar con ella en un tono de voz poco natural y comenzó a exponerle sus teorías sobre el amor y las relaciones sexuales.

—¡Es avitaminosis, avitaminosis espiritual! —exclamó con afán—. ¿Comprende? Es un hambre tan poderosa como la que experimentan los toros, las vacas, los ciervos cuando están carentes de sal. Aquello que yo no tengo, aquello que no tienen mis allegados, mi mujer, lo busco en el objeto de mi amor. ¿Lo comprende? La esposa de un hombre es la causa de la avitaminosis. Y el hombre anhela encontrar en su amada aquello que durante años, durante décadas, no ha encontrado en su mujer. ¿Lo entiende?

La tomó de la mano y se puso a acariciarle la palma, después la espalda, le rozó el cuello, la nuca.

—¿Me comprende? —repetía con voz insinuante—. Es todo muy sencillo. ¡Avitaminosis espiritual!

Zhenia seguía con ojos divertidos e incómodos cómo aquella gran mano blanca, con uñas bien cuidadas, se desplazaba ligeramente de la espalda al pecho, y le dijo:

—Por lo visto, la avitaminosis puede ser tanto física como espiritual. —Y con la voz aleccionadora propia de una profesora de primer curso, añadió—: Deje de manosearme, no debe hacerlo.

La miró estupefacto y, en lugar de incomodarse, se echó a reír. Y ella se puso a reír también con él.

Mientras tomaban té y hablaban del pintor Sarián llamaron a la puerta. Era Sharogorodski.

El nombre de Sharogorodski le resultaba familiar a Limónov por algunas notas manuscritas y correspondencia que se guardaba en el archivo. Sharogorodski no había leído los libros de Limónov, pero lo conocía de oídas puesto que su apellido se mencionaba a menudo en los periódicos, en las listas de escritores especializados en temática histórico-militar.

Comenzaron a charlar, cada vez con mayor contento y entusiasmo a medida que comprobaban las afinidades que compartían. En su conversación surgían los nombres de Soloviov, Merezhkovski, Rózanov, Guippius, Bieli, Berdiáyev, Ustriálov, Balmont, Miliukov, Yebréinov, Rémizov, Viacheslav Ivánov.

Zhenia pensaba que era como si aquellos dos hombres hubieran emergido desde el fondo de un mundo sumergido de libros, cuadros, sistemas filosóficos, representaciones teatrales…

Y de repente Limónov expresó en voz alta lo que ella acababa de pensar:

—Es como si estuviéramos reflotando la Atlántida del fondo del océano.

Sharogorodski asintió con tristeza.

—Sí, sí, pero usted sólo es un explorador de la Atlántida rusa, mientras que yo soy uno de sus habitantes, y me he ido a pique con ella hasta el fondo del océano.

—¡Bah! —respondió Limónov—, pero la guerra también ha hecho salir a algunos a la superficie.

—Sí, es cierto —estuvo conforme Sharogorodski—, al parecer a los fundadores del Komintern no se les ha ocurrido nada mejor que repetir en la hora de la guerra: «Santa tierra rusa» —y sonrió—. Espere, la guerra acabará en victoria y entonces los internacionalistas declararán: «Nuestra Rusia es la madre de todos los pueblos».

Yevguenia Nikoláyevna percibía no sin cierta extrañeza que si aquellos hombres hablaban tan animados, con tanta elocuencia e ingenio, no era sólo porque se alegraban de aquel encuentro sino porque habían descubierto un tema cercano. Comprendía que los dos hombres —uno de ellos muy viejo y el otro bastante entrado en años— eran conscientes de que ella los escuchaba y querían gustarle. Qué extraño. Y no menos raro era que, al mismo tiempo que esto le resultaba indiferente e incluso ridículo, le suscitaba una sensación agradable.

Zhenia los miraba y pensaba: «Comprenderse a uno mismo es imposible… ¿Por qué sufro tanto por mi vida pasada, por qué me da tanta pena Krímov, por qué pienso tan insistentemente en él?».

Y de la misma manera que en un tiempo le habían resultado extraños los alemanes e ingleses adheridos al Komintern de Krímov, ahora escuchaba con tristeza e irritación a Sharogorodski burlándose de los internacionalistas. Aquí tampoco arrojaba luz la teoría de Limónov sobre la avitaminosis. Y es que en estas cosas no hay teorías que valgan.

De repente, le pareció que constantemente pensaba y se inquietaba por Krímov sólo porque añoraba a otro hombre, un hombre en el que, sin embargo, apenas pensaba.

«¿Es posible que de verdad le ame?», se asombró ella.

26

Durante la noche el cielo sobre el Volga se despejó de nubes. Las colinas separadas por barrancos oscuros como boca de lobo flotaban despacio bajo las estrellas.

De vez en cuando una estrella fugaz cruzaba el cielo, y Liudmila Nikoláyevna pedía en voz baja: «Ojalá Tolia esté vivo».

Aquél era su único deseo, no quería nada más del cielo…

En una época, cuando todavía estudiaba en la Facultad de Física y Matemáticas, estuvo trabajando en la realización de cálculos en el Instituto de Astronomía. Allí aprendió que los meteoros llegaban en enjambres a la Tierra en diferentes meses: las Perseidas, las Oriónidas, y también las Gemínidas, las Leónidas. Ya había olvidado qué meteoros llegaban a la Tierra en octubre, en noviembre… Pero ¡ojalá Tolia estuviera vivo!

Víktor le reprochaba su desgana para ayudar a la gente, su falta de amabilidad con sus parientes. Estaba convencido de que si ella hubiera querido, Anna Semiónovna habría vivido con ellos y no se habría quedado en Ucrania.

Cuando el primo de Víktor fue liberado de un campo penitenciario y condenado al exilio, ella se había negado a que pasara la noche en su casa por temor a que el administrador del inmueble se enterara. Sabía que su madre recordaba que Liudmila estaba en Gaspra cuando murió su padre; en lugar de interrumpir sus vacaciones, llegó a Moscú dos días después del entierro.

Su madre a veces le hablaba de Dmitri, horrorizada de lo que le había pasado.

—De pequeño siempre decía la verdad y así fue toda la vida. Y de repente aquella historia de espionaje, un plan para asesinar a Kagánovich y Voroshílov… Una mentira vergonzosa, terrible. ¿A quién le beneficia? ¿Quién quiere destruir a las personas puras, honestas…?

Un día le dijo a su madre:

—No puedes poner la mano en el fuego por Dmitri. A los inocentes no los meten en la cárcel.

Y ahora recordaba la mirada que le había lanzado su madre.

En una ocasión le había dicho a su madre acerca de la mujer de Dmitri:

—Nunca he podido soportar a la mujer de Dmitri, te lo digo con toda franqueza, y ahora la soporto menos todavía.

Y recordaba la respuesta de su madre:

—Pero imagínatelo: una sentencia de diez años de cárcel para una mujer por no denunciar a su marido.

Después se acordó de aquella vez que había llevado a casa un cachorro que había encontrado en la calle, y como Víktor no lo quería, ella le había gritado:

—¡Eres cruel!

Y él le respondió:

—Ay, Liuda, no me importa que seas joven y bella; pero lo que sí me importa es que tengas buen corazón no sólo con los perros y los gatos.

Ahora, sentada en la cubierta, por primera vez no se gustaba a sí misma, recordaba las palabras amargas que le había tocado escuchar en su vida, no deseaba culpar a los otros… Una vez el marido, riendo, le había dicho por teléfono: «Desde que tenemos el cachorro en casa, oigo la voz dulce de mi mujer».

Y un día la madre le había reprochado: «Liuda, cómo puedes rechazar a los mendigos; piénsalo: uno que tiene hambre te pide a ti, que estás saciada».

Pero ella no era avara. Le encantaba tener invitados en casa y sus comidas tenían fama entre sus conocidos.

Sentada de noche en la cubierta, nadie la veía llorar. Sí, era dura, había olvidado todo lo que le habían enseñado, no servía para nada, no podía gustar a nadie, había engordado, el pelo se le había encanecido, tenía la tensión alta, su marido no la amaba; por eso él pensaba que ella era insensible. ¡Pero si al menos Tolia estuviera vivo! Estaba dispuesta a reconocerlo todo, a arrepentirse de todas las faltas que le atribuía su familia con tal que Tolia siguiera con vida.

¿Por qué no hacía otra cosa que pensar en su primer marido? ¿Dónde estaba? ¿Cómo podía encontrarle? ¿Por qué no había escrito a su hermana en Rostov? Ahora era imposible: los alemanes estaban allí. La hermana le habría dado noticias de Tolia.

El ruido de los motores del barco, las vibraciones de la cubierta, el embate del agua, el centelleo de las estrellas en el cielo, todo se confundía y se mezclaba, y Liudmila Nikoláyevna se adormeció.

Ya casi estaba amaneciendo. La niebla flotaba por encima del Volga y parecía que hubiera engullido todo signo de vida. De repente salió el sol, como un estallido de esperanza. El cielo se espejeaba en el agua, la oscura agua otoñal comenzó a palpitar mientras el sol parecía gritar a las olas del río. El talud de la orilla parecía espolvoreado de sal por la escarcha nocturna, y los árboles rojizos destacaban alegremente sobre aquel fondo blanco. Arreció el viento, la niebla se disipó y el mundo alrededor se volvió transparente como el cristal, pero en aquel sol deslumbrante y en el azul del agua y el cielo no había calor.

La tierra era enorme; incluso en el bosque que daba la sensación de no tener límites se veían el principio y el fin, mientras la tierra se desplegaba siempre infinita.

E igual de enorme y eterna, como la Tierra, era la desgracia.

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