Vampiros

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No despertéis a los muertos - Atribuido a JOHANN LUDWIG TIECK

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Luchando con la locura que empezaba a dominarle, y dándole vueltas sin cesar a las espantosas visiones que se presentaban a su mente horrorizada, permanecía inmóvil, tumbado en los rincones más oscuros del bosque, desde que salía el sol hasta que llegaban las sombras del crepúsculo. Pero tan pronto como la luz del día se apagaba a poniente y el bosque se inundaba de negrura impenetrable, el temor a que el sueño le venciera le empujaba a vagar por las montañas. La tormenta jugaba furiosa con las nubes fantásticas, y con las hojas de los árboles que el viento hacía golpetear como si algún espíritu del terror se divirtiese con estas imágenes de la transitoriedad y la desintegración: rugía entre las copas de los robles como profiriendo gritos de furia, mientras su eco cavernoso, rebotando en las laderas distantes, parecía el gemido de un pecador en la agonía o el alarido débil de algún desdichado al caer bajo la mano de su asesino. El búho, también, profería gritos guturales como augurando la devastación de la naturaleza. El viento sacudía los cabellos de Walter, cuyos mechones se agitaban en sus sienes y sus hombros como negras serpientes, mientras cada uno de sus sentidos estaba atento a captar un nuevo horror. En las nubes creía ver las figuras de los asesinados; en el ulular del viento oía sus lamentos y gemidos; en las frías ráfagas sentía el beso de Brunhilda; en el grito de las aves escuchaba la voz de ella; en las hojas descompuestas olía el lecho sepulcral del que la había despertado. «¡Asesino de tu propia descendencia —se recriminaba Walter a sí mismo con una voz que hacía aún más espantosa la noche y el fragor de los elementos—, amante de un vampiro sediento de sangre, libertino que se refocila con la corrupción de la tumba!», mientras, desesperado, se mesaba sus cabellos. Justo en ese momento surgió la luna de detrás de las nubes tempestuosas; y esta visión trajo a su memoria el consejo del brujo, cuando lo vio estremecerse ante la primera aparición de Brunhilda tras despertar de su sueño mortal; a saber: que le buscase cuando fuese la luna llena, en las montañas, en el punto donde se encontraban los tres caminos. No bien irrumpió este destello de esperanza en su mente aturdida, echó a correr hacia el lugar designado.

Al llegar, encontró al anciano sentado sobre una piedra, con la placidez del que disfruta de un día soleado, indiferente a los truenos que rugían a su alrededor.

—Así que has venido —exclamó al ver al jadeante desdichado que, arrojándose a sus pies, gritó en tono angustiado:

—¡Ah, sálvame… socórreme… rescátame del monstruo que siembra la muerte y la desolación a mi alrededor!

—¡Cómo!, ¿no te diste cuenta de cuán saludable era el consejo: «No despiertes a los muertos»?

—¿Por qué hiciste tu advertencia tan misteriosa? ¿Por qué, en vez de eso, no me revelaste al punto todo el horror que aguardaba a mi sacrilega profanación de la sepultura?

—¿Acaso podías tú escuchar otra voz que la de tu pasión desenfrenada? ¿No me tapaba la boca tu ansiosa impaciencia cada vez que quería advertirte?

—Sí, es verdad: tu reproche es justo. Pero de nada sirve ahora. Lo que yo necesito es ayuda inmediata.

—Bien —replicó el anciano—; aún hay un medio de salvarte. Pero está lleno de horror, y requiere toda tu resolución.

—Entonces explica cuál es —dijo—. Porque ¿qué puede haber más espantoso, más horrible, que la desdicha que ahora soporto?

—Sabe, pues —prosiguió el brujo—, que sólo en la noche de luna nueva duerme ella el sueño de los mortales. Entonces la abandona del todo el poder sobrenatural que recibe de la tumba. En ese momento es cuando deberás matarla.

—¡Cómo! ¿Matarla? —repitió Walter.

—Sí —replicó el anciano con serenidad—; le atravesarás el pecho con una daga afilada que yo te daré. Al mismo tiempo, habrás de renunciar a su memoria para siempre, jurando no volver a pensar en ella de manera intencionada. Y si lo hicieras involuntariamente, deberás repetir la maldición.

—¡Horrible! Sin embargo, ¿qué puede haber más horrible que ella misma?

—Entonces, conserva esa resolución hasta el próximo novilunio.

—¡Cómo, tengo que esperar tanto! —exclamó Walter—. ¡Ah, antes de ese plazo, su rabiosa sed de sangre me habrá conducido a la noche de la tumba, o el horror a la noche de la locura!

—No —replicó el brujo—; eso lo puedo evitar —y a continuación le llevó a una caverna de la montaña—. Permanece aquí dos veces siete días —dijo—. Durante ese tiempo, podré protegerte de sus caricias mortales. Aquí encontrarás las provisiones necesarias que vas a necesitar; pero cuida que nada te tiente a abandonar este lugar. Adiós; cuando la luna se renueve, entonces volveré —dicho esto, el brujo trazó un círculo mágico alrededor de la cueva, e inmediatamente desapareció.

Dos veces siete días permaneció Walter en esa soledad, sin otra compañía que su amargo arrepentimiento y sus aterradas obsesiones. El presente era todo miedo y desolación; el futuro mostraba la imagen de una acción horrible que debía llevar a cabo sin remedio, mientras que el pasado se lo envenenaba el recuerdo de su culpa. Si pensaba en su antigua y feliz unión con Brunhilda, surgía ante su imaginación la figura horrenda de ella con los labios goteantes de sangre; si evocaba los días apacibles pasados con Swanhilda, veía su espíritu afligido, con las sombras de sus hijos asesinados. Tales eran los horrores que le acompañaban de día. En cuanto a los de la noche, eran aún más espantosos; porque entonces veía a la propia Brunhilda que, vagando alrededor del círculo mágico que no podía traspasar, le llamaba por su nombre hasta que la caverna resonaba entera con el eco de sus voces estremecedoras. «Walter, amado mío —gritaba—; ¿por qué me huyes? ¿Acaso no eres mío? ¿Mío para siempre… aquí, y en el más allá? ¿Acaso estás pensando matarme? ¡Ah, no cometas ese acto que nos arrojaría a la perdición… a ti lo mismo que a mí.» De este modo le atormentaba su horrible visitante cada noche; y cuando se iba, aún le arrebataba todo descanso.

Al fin llegó la luna nueva, negra como la acción que estaba condenado a cometer. El brujo entró en la caverna.

—Venga —dijo a Walter—, vámonos de aquí; ha llegado la hora.

Y se lo llevó de la cueva a lomos de un corcel negro, cuya visión trajo a Walter el recuerdo de la noche fatal. Entonces refirió al anciano las visitas nocturnas de Brunhilda, y le preguntó ansioso si se cumplirían los temores de perdición eterna que ella le había augurado.

—No pueden los ojos mortales —exclamó el brujo— penetrar los secretos oscuros de otro mundo, ni el abismo profundo que separa la tierra del cielo.

Walter vaciló en montar sobre el corcel.

—Sé decidido —exclamó su compañero—; por esta vez se te concede afrontar la prueba. Si ahora fallas, nada podrá rescatarte de su poder.

—¿Qué puede haber más horrible que ella misma? Estoy decidido —y saltó sobre el caballo, y el brujo montó detrás.

Transportados con la rapidez de la tormenta que barre la llanura, llegaron en breve espacio al castillo de Walter. Todas las puertas se abrieron de golpe a una voz de su compañero; un instante después estaban en la cámara de Brunhilda. Se detuvieron junto a su lecho. Sumida en un sueño sosegado, descansaba con toda la belleza que le era innata, limpio su semblante de toda huella de horror. Parecía tan pura, tan dócil e inocente, que en la memoria de Walter se agolparon las dulces horas de sus caricias como ángeles intercesores suplicando clemencia para ella. La turbada mano de Walter era incapaz de coger la daga que el brujo le presentaba.

—Has de dar el golpe ahora mismo —dijo éste—; si te retrasas una hora tan sólo, al amanecer la tendrás sobre tu pecho, sorbiéndote las gotas vitales del corazón.

—¡Horrible! ¡Horrible! —balbuceó Walter temblando; y apartando la cara, hundió la daga en el pecho de ella a la vez que exclamaba—: ¡Yo te maldigo para siempre! —y brotó fría la sangre, manchándole la mano. Brunhilda abrió los ojos una vez más; lanzó una mirada de indecible horror a su esposo y, con voz cavernosa y agónica, dijo:

—Tú también estás condenado a la perdición.

—Pon ahora la mano sobre su cadáver —dijo el brujo—, y pronuncia el juramento.

Walter hizo lo que se le ordenaba, diciendo:

—Jamás pensaré en ella con amor, jamás la evocaré intencionadamente; y si su imagen acude a mi cerebro, la expulsaré gritándole: maldita seas.

—Ya has cumplido todos los requisitos —declaró el brujo—. Ahora devuélvela a la tierra, de la que no debiste llamarla insensatamente. Y procura recordar tu juramento; porque si lo olvidas una sola vez, regresará, y estarás perdido sin remedio. Adiós… no nos volveremos a ver nunca más —y dichas estas palabras, abandonó el aposento; y Walter huyó también de esta morada de horror, tras dar primero instrucciones para que el cadáver fuese enterrado sin tardanza.

De nuevo descansó la terrible Brunhilda en su sepultura. Pero su imagen acosaba sin tregua el cerebro de Walter, de manera que su existencia era un continuo suplicio, en el que luchaba por expulsar de su memoria los fantasmas horrendos del pasado. Sin embargo, cuanto más grandes eran sus esfuerzos por desterrarlos, más intensos y vividos se volvían; como el noctámbulo que, atraído por un fuego fatuo a una ciénaga o un pantano, se hunde cada vez más en su húmeda sepultura cuanto más se esfuerza en escapar. Su imaginación parecía incapaz de admitir otra imagen que la de Brunhilda: una vez imaginaba que la veía expirar, con la sangre manándole de su hermoso pecho; otra, la hermosa desposada de su juventud le reprochaba haber turbado el sueño de la tumba; y en ambas, se veía obligado a proferir las palabras espantosas: «Yo te maldigo para siempre». Continuamente brotaba de sus labios la terrible imprecación; sin embargo, vivía en el terror incesante de que se le olvidara, o de pensar en ella y no ser capaz de repetirla; y luego, al despertar, de descubrir que estaba en sus brazos. O bien recordaba las palabras de ella al expirar; y espantado ante su terrible significado, imaginaba que se había pronunciado irrevocablemente la sentencia de su perdición. ¿Adónde huir de sí mismo? ¿O cómo borrar de su cerebro estas imágenes y formas espantosas? En el clamor del combate, en el tumulto de la guerra, en su incesante oscilar de la victoria al desastre y del grito de angustia al júbilo de la victoria… en estas cosas esperó hallar al menos el alivio del aturdimiento. Pero también aquí vio frustrada su esperanza. Los dientes gigantescos del recelo atenazaban ahora al que nunca había conocido el miedo: cada gota de sangre que le salpicaba parecía ser de la fría sangre que brotó de la herida de Brunhilda; cada desdichado moribundo que caía junto a él, le parecía que era ella, cuando exclamó en la agonía: «¡Tú también estás condenado a la perdición!»; de manera que el aspecto de la muerte le parecía más aterrador que nada de cuanto le rodeaba, y este terror insuperable le empujaba a abandonar el campo de batalla. Por último, tras vagar sin rumbo durante mucho tiempo, regresó a su castillo. Aquí, todo estaba desierto y silencioso, como si la espada, o una pestilencia aún más mortal, hubiera arrasado la región. Porque los pocos habitantes que aún quedaban, y hasta los criados que en otro tiempo se mostraron más fieles, habían huido ahora de él, como si llevase en la frente el estigma de Caín. Se daba cuenta con horror de que, al haberse unido a los muertos, se había separado de los vivos, quienes no querían tener relación alguna con él. A menudo, cuando se detenía junto a las almenas de su castillo y miraba los campos desiertos, comparaba su actual desolación con el animado movimiento que solían mostrar bajo la estricta pero benévola disciplina de Swanhilda. Ahora se daba cuenta de que sólo ella podía reconciliarle con la vida. Pero ¿podía esperar que le perdonase, y volviese a recibirle aquella a la que tan profundamente había agraviado? Por último, su impaciencia se impuso a su temor: fue en busca de Swanhilda y, con la más intensa contrición, reconoció su complicada culpa. Y abrazado a sus rodillas, le imploró perdón, suplicándole que regresase a su castillo desolado, a fin de hacerlo otra vez morada de la alegría y de la paz. Swanhilda se conmovió al ver a sus pies la pálida figura, apenas una sombra del en otro tiempo gallardo esposo. «La locura —dijo con mansedumbre—, aunque me ha causado mucho dolor, jamás ha hecho nacer en mí el resentimiento ni la cólera. Pero dime, ¿dónde están mis hijos? —durante un rato, el desesperado padre no tuvo fuerzas para contestar a esta pregunta espantosa; por último, tuvo que confesar la horrible verdad—. Entonces nos hemos dividido para siempre», replicó Swanhilda; y todas las lágrimas y súplicas de Walter no le hicieron revocar su sentencia.

Despojado de su última esperanza terrena, privado de su último consuelo, hundido en la más grande desgracia en que un mortal puede caer a este lado de la tumba, Walter emprendió el regreso. Y cabalgaba absorto en lúgubres meditaciones por el bosque vecino a su castillo, cuando el súbito sonido de un cuerno le sacó de su ensimismamiento. Poco después vio aparecer a una dama vestida de negro, montada sobre un corcel del mismo color; su traje era como el de una cazadora; pero en vez de halcón, llevaba en la mano un cuervo, e iba asistida por un alegre tropel de caballeros y damas. Cumplidos los primeros saludos, Walter averiguó que llevaban el mismo camino que él; y cuando supo ella que estaba cerca el castillo de Walter, solicitó alojamiento por una noche, dado que la tarde estaba muy avanzada. De muy buen grado accedió Walter a esta petición, ya que la aparición de la hermosa desconocida le había sorprendido gratamente: tenía un parecido prodigioso con Swanhilda, salvo que su cabello era castaño, y sus ojos oscuros y centelleantes. Agasajó con un suntuoso banquete a sus invitados, cuyas risas y canciones llenaron de animación las salas hasta ahora silenciosas. El banquete se prolongó tres días; y tan estimulante resultó para Walter que parecía haber olvidado todos sus miedos y tristezas. Y no se decidía a despedir a sus visitantes por temor a que, al irse, el castillo pareciera cien veces más desolado que antes, aumentando su pesar en la misma proporción. A ruegos fervientes de él, la desconocida accedió a alargar su estancia siete días, que luego prolongó con otros siete. Sin serle solicitado, asumió la dirección de la casa; y empezó a gobernarla con tanta discreción y alegría como había hecho Swanhilda, de manera que el castillo, que hasta ahora había sido morada de la melancolía y el horror, se convirtió en residencia de la fiesta y el placer; y la aflicción de Walter se disipó por completo en medio de tanto alborozo. Su afecto hacia la hermosa desconocida aumentaba de día en día; incluso la hizo su confidente; y una noche en que paseaban juntos lejos del séquito de ella, le contó su espantosa historia. «Mi querido amigo —replicó la desconocida cuando él hubo acabado de hablar—, mal se acomoda a un hombre de tu discreción afligirse por todo eso. Has despertado a un cadáver del sueño de la sepultura, y has descubierto… lo que era de prever: que los muertos no simpatizan con la vida. Y ahora ¿qué? No quieres cometer ese error por segunda vez. Sin embargo, has matado al ser al que habías llamado de nuevo a la vida; aunque lo has hecho sólo en apariencia: no podías quitarle la vida propiamente, puesto que ninguna tenía. Además, has perdido una esposa y dos hijos; aunque, a tus años, tal pérdida puede repararse fácilmente. Hay bellezas que de grado compartirían tu lecho y te harían padre otra vez. Pero temes la cuenta después: ir, abrir las sepulturas y preguntar a los durmientes si eso les turbará.»

Y así, la desconocida lo exhortaba a menudo a que se alegrase, de manera que, en breve tiempo, su tristeza había desaparecido por completo. Entonces se arriesgó Walter a declararle la pasión que le había inspirado, y ella no le negó su mano. Siete días más tarde, se celebraron las nupcias, y los mismos cimientos del castillo parecieron estremecerse con el tumulto del festín. El vino corría en abundancia; las copas circulaban sin cesar; el desenfreno alcanzaba los últimos extremos, en tanto estallaban sonoras risotadas, rayanas en la locura, entre el séquito numeroso de la desconocida. Por último Walter, enardecido por el vino y el amor, llevó a su desposada a la cámara nupcial. Pero, ¡horror!, apenas la tuvo en sus brazos, la vio transformarse en una serpiente monstruosa que le abrazó con sus anillos horribles, y le estrujó hasta hacerle morir. El fuego comenzó a crepitar en todos los rincones de la alcoba. Pocos minutos después, las llamas envolvieron el castillo, y lo consumieron enteramente. Y mientras los muros se derrumbaban con estrépito tremendo, una voz exclamó muy alto: «¡No despertéis a los muertos!».

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