Una pobre vida

Una pobre vida


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Personaje hiperactivo, bohemio, derrochador, imparable, desmedido, Eduardo Zamacois (1873-1971) fue un prolífico escritor de azarosa vida sentimental (tuvo siempre, simultáneamente, una mujer y dos o tres amantes), que contó con el respaldo popular y el éxito durante toda su carrera literaria, pero al que el reconocimiento de la crítica oficial le fue negado, y que hoy en día —tras un corto periodo de renacimiento en la década de los 60— es uno más de la extensa nómina de ilustres olvidados de nuestra literatura.

Nació en Cuba el 17 de febrero de 1873, en una finca propiedad de sus padres situada cerca de Pinar del Río, siendo hijo único del músico vasco emigrado a la isla caribeña Pantaleón Zamacois, que se ganaba la vida impartiendo clases de piano, y de la cubana Victoria Quintana. Los caracteres de ambos progenitores, casi opuestos entre sí, moldearán el del futuro escritor, lo que más adelante, en sus memorias, le llevaría a afirmar: «Cuando analizo los temperamentos radicalmente enemigos de mis coautores, hallo perfectamente disculpables las contradicciones que bullen en mí».

La escasa descendencia de su progenitor contrasta con la extensa progenie de sus abuelos paternos, pues su padre tuvo veintiún hermanos, la mayoría de los cuales terminarían por elegir —contrariando los deseos del patriarca, que estaba convencido de que «las bellas Artes no dan para comer»— el arte como medio de vida. Así, entre la larga lista de tíos de Eduardo se encuentran actores, pintores, cantantes, historiadores y hasta un artista de circo y un domador de fieras muerto en la India entre las fauces de un tigre de bengala.

Los tres primeros años de vida de Eduardo trascurrieron en Cuba, tras los cuales la familia regresó a Europa, instalándose primero en Bruselas y luego en París, donde permanecerá el muchacho hasta los nueve años, lo que le permitió aprender francés, idioma que llegaría a dominar con soltura. Durante esos años fundamentales para el aprendizaje empieza a despertar su interés por la literatura, algo que su padre estimularía sin ambages.

A los nueve años, en 1883, la familia se traslada de nuevo, esta vez a Sevilla, donde vive hasta que Eduardo cumple los quince, momento en que se instalan en Madrid. Aquellas continuas mudanzas modelaron el carácter de Zamacois, llevándolo a vivir, el resto de su vida, en una especie de permanente inquietud viajera, algo que él llamaría, con humor, «una vida de wagons lits», en referencia a la famosa compañía de trenes de coches-camas.

Acostumbrado a la luz y a los colores saturados de Sevilla, la capital le desagradó, opinión que cambiaría cuando fue descubriendo «el ambiente de la capital, con sus cafés, sus bailes y especialmente con sus librerías de lance». Inicialmente se matriculó en la Universidad Central en la carrera de Filosofía y Letras, acariciando el sueño de ser algún día catedrático y escritor reconocido, aunque solo aguantó un curso. Al siguiente, en un cambio como mínimo llamativo, se matriculó en Medicina, carrera que tampoco llegaría a finalizar aunque cursó tres años en los que el entusiasmo inicial fue enfriándose hasta apagarse. Muchos años después reflexionaría sobre el abandono de esta carrera: «Otra vez en mi condición versátil, curiosa, prevalecía el artista y, arrepentido de mis veleidades, ya solo pensé en ser autor: escribiría novelas, comedias, cuentos, ensayos filosóficos…»

Poco a poco abandonará las aulas y se dedicará de lleno a la literatura, si bien sus primeros escritos —artículos periodísticos fundamentalmente— serán más filosóficos y médicos que literarios. En una revistilla picaresca llamada Demi-Monde gana sus primeras pesetas y durante tres años colabora en ella y en dos publicaciones de corte anticlerical.

Aunque publica un par de textos con anterioridad, no es hasta 1894 que se atreve a dar el paso para adentrarse en las historias de ficción. Lo hace con la novela corta Amar a oscuras, para continuarlo en 1896 con su primera novela Consuelo[1] y que vendrían a suponer su incursión en la novela galante, ese subgénero literario, hijo del folletín, que tomó elementos propios del decadentismo decimonónico y el naturalismo finisecular y que triunfó a lo largo de una treintena de años a caballo de los dos siglos.

En 1895, con solo 22 años, contrae matrimonio con Cándida Díaz, una humilde muchacha de origen andaluz, modistilla de profesión. No lo hace por amor, sino por las presiones de su madre, alarmada al comprobar la evidente predisposición de su hijo hacia la vida bohemia y con la esperanza de que el matrimonio le haga sentar cabeza. Pero tal cosa no sucede: tras el matrimonio, Eduardo no renuncia a las relaciones que mantenía con Matilde Lázaro, que sería fuente de inspiración para su segunda novela, Punto Negro, publicada en 1897. Las infidelidades y las aventuras amorosas con diferentes mujeres, muchas veces con varias simultáneamente, sería una constante en la azarosa vida sentimental de Eduardo Zamacois, algo que formó parte de su modo de vida desde edad muy temprana y que no concluyó hasta edad avanzada.

Su segunda novela tuvo un gran éxito comercial y con el dinero obtenido regresó al París de su niñez y allí llevó una vida bohemia y repleta de aventuras amorosas, donde no tenía cabida el aburrimiento, mientras sobrevivía con estrecheces gracias a los ingresos escasos que le proporcionaba un trabajo de traductor para las editoriales Garnier y Bouret[2]. Ese modo de vida bohemia, salpicada por todo tipo de episodios galantes, sería ya para siempre una constante en su vida adulta.

En 1897, estando él en París, nace su primera hija, Gloria. Al año siguiente regresa a Madrid, donde deja nuevamente embarazada a su esposa Cándida, que a finales de ese año dará a luz a la segunda de sus hijas, Elisa. Tras un nuevo y breve salto a la capital de Francia que tanto le atrae, se establece en Barcelona. Allí, junto con Ramón Sopeña —que actuaría como socio capitalista— publica una revista que conseguiría una relativa aceptación popular denominada ha Vida Galante. Aunque en 1902 Sopeña lo cesa como director de la publicación, continúa colaborando en ella hasta su cierre en 1905. Antes de ello, en la colección Regente, de la misma editorial Sopeña, publica varias de sus novelas, algo de lo que el escritor se arrepentiría más tarde:

Mis doce o quince primeros libros […] fueron escritos a vuela pluma bajo la presión de la Necesidad y vendidos a precios irrisorios a la casa editorial Sopeña, la cual, después de veinte años, continúa publicándolos con los mismos deplorables andrajos literarios con que aparecieron[3].

Una vez desvinculado de Ramón Sopeña —que no de su editorial, que seguía conservando los derechos de varias de sus novelas—, su personalidad inquieta le impulsa a crear, junto a José Carrascal, la editorial Cosmopolis, que supuso un sonoro fracaso, lo que, de rebote, le llevaría a emprender el que sería el mayor éxito empresarial de su vida y uno de los mayores éxitos editoriales de la época, hasta el punto de que surgirían muchos imitadores de su modelo: la revista literaria El Cuento Semanal.

Aunque el primer número de El Cuento Semanal aparecería el viernes 4 de enero de 1907, la idea rondaba la mente de Zamacois desde los tiempos de Sopeña y La Vida Galante. Así, le propuso al editor publicar una revista semanal exclusivamente literaria, cuyo contenido sería una única novela corta o un relato escrito por un autor de renombre, publicada en papel de calidad e ilustrada por dibujantes famosos, al moderado precio de 30 céntimos para que fuese asequible a casi todos los potenciales lectores. El editor rechazó la idea al considerar que una revista de esas características no tendría posibilidades de sobrevivir, dado que la gente común no leía literatura. La misma respuesta obtuvo de otros editores. Pero la casualidad quiso que se cruzase un su vida un hombre que creyó en su proyecto —Antonio Galiardo Armijo, un joven periodista—, el cual, precisamente, acababa de recibir una herencia.

La revista, aparte de resultar un éxito editorial (el primer número se agotó a las pocas horas), contribuyó de manera decisiva al resurgimiento de la novela corta en nuestra literatura, género que no había contado con el favor de los autores ni de los editores desde un par de siglos atrás. Su importancia fue tan grande en la resurrección de este género en nuestro idioma que muchos investigadores de la historia de la literatura española la consideran responsable de ello. Y su éxito editorial sin precedentes fue tan rotundo (de algunos números llegaron a imprimirse hasta 60.000 ejemplares) que no faltaron imitadores que a lo largo de las siguientes décadas y hasta el inicio de la guerra civil, intentaron copiar el modelo[4]. La publicación se convirtió, seguramente sin pretenderlo, en un elemento de renovación cultural de la época. Las razones de su éxito habría que buscarlas no solo en su atractivo formato, su bajo precio y su fácil acceso, ya que se vendía en quioscos, sino también en los argumentos populares de estas novelas, en general poco complicados, con predilección por lo frívolo y lo mundano; sin olvidar, asimismo, los cambios sociales que se habían ido produciendo en el país, tales como la disminución del analfabetismo, el crecimiento demográfico y el incipiente desarrollo de una clase media.

De igual manera la revista supuso un importante escaparate para algunos autores consagrados, que llegaban así a unos lectores que en general no compraban sus libros, y un trampolín para autores noveles que encontraban en sus páginas la oportunidad de iniciar su andadura literaria, algo que era mucho más difícil en el modelo de edición tradicional.

Pero la grata aventura le duró poco a Zamacois, pues menos de año y medio después de la publicación del primer número, su socio, Antonio Galiardo, se suicidó, tras lo cual la viuda presentó contra él una demanda para reclamar la propiedad de la revista. Tras el juicio, el juez falló a favor de la mujer, con lo que apartó al escritor de El Cuento Semanal. Extrañamente, Zamacois no interpuso ningún recurso contra aquel fallo.

Como era de esperar no se quedó parado, y respondió fundando una nueva revista que respondía al mismo modelo que la perdida, a la que tituló Los Contemporáneos. Apareció en 1909 y tuvo la existencia más longeva de todas las que aparecerían siguiendo el modelo original, pues sobrevivió hasta 1926, aunque nunca alcanzó el éxito de El Cuento Semanal que terminaría por desaparecer en 1912.

Su dedicación primero a El Cuento Semanal y luego a Los Contemporáneos hicieron que concentrase su creatividad en el género de la novela corta, por lo que no es hasta 1910 que publica otra novela larga, El otro, que consiguió un gran éxito, hasta el punto de ser llevaba al cine con el propio Zamacois como actor[5], lo que le reportó importantes ingresos, con los que —manirroto como era— decidió costearse su primer viaje a América, en el que visitaría Buenos Aires, Santiago de Chile, Montevideo, Nueva York y Cuba. De regreso a Madrid, Zamacois, olvidando la relación extraconyugal que ha mantenido durante tres años con la actriz Ramona Valdivia, incansable en su búsqueda de la mujer definitiva, entabla relaciones sentimentales con otra, María Torres que permanecería a su lado más de cinco lustros, pero nunca con carácter de pareja exclusiva y excluyente.

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, y en un intento de huir de la rutina en la que había vuelto a caer su vida, se ofrece como reportero de guerra al director de uno de los diarios madrileños con los que colaboraba, La Tribuna. La propuesta fue aceptada y tras recibir una cierta cantidad de dinero (que antes de partir repartió entre su esposa, Cándida, y su amante, María) marchó a París, donde pronto conocería a una actriz, de nombre Bianca Valoris, con la que mantendría una intensa relación que duraría casi una década[6]. Su trabajo como corresponsal le lleva de París a Berna, pero como el dinero prometido por el periódico para el que ejercía la corresponsalía nunca llega, termina por regresar a España, dejando tras sí alguna que otra deuda, ingeniándoselas para escabullirse de los acreedores.

En noviembre de 1916 vuelve a embarcar para América, donde imparte conferencias de gran éxito y lleva a cabo una acción ignominiosa: ocultando que era un hombre casado, contrajo matrimonio en Managua con una engañada joven nicaragüense llamada Tulia Avilés. La boda se celebró en la primavera de 1918 y el matrimonio concluiría poco tiempo después tras una huida vergonzosa del escritor, consciente del delito que había cometido, y un divorcio a distancia tan poco legal como la boda, pero que permitió a la engañada muchacha volver a casarse, esta vez de verdad.

Tras el regreso a España y gracias al dinero obtenido durante la gira americana, hace un viaje de placer por Europa acompañado por Bianca Valoris, que se ha trasladado a vivir a Barcelona, que les lleva a recorrer varias ciudades de Francia, Italia, Austria y Alemania. Pero a su vuelta no permanecerá mucho tiempo en Madrid, pues el deseo de regresar a América le vuelve a acuciar, por lo que nuevamente cruza el Atlántico. Esta vez imparte sus charlas y conferencias en Argentina, Perú, Cuba, Chile y Venezuela. Por si acaso, no pisa Nicaragua, aunque en ninguno de esos países le faltan aventuras galantes, especialmente en Argentina, donde mantiene un apasionado romance con la escritora Irene G. de Huergo.

Su periplo americano se ve truncado por la enfermedad de su padre, lo que le obliga a retornar precipitadamente a España; mas cuando llega a Madrid don Pantaleón ya ha fallecido.

Volverá una vez más a América, pero esta vez lo más importante que de allí se trae es una nueva relación con otra mujer: Matilde, de la cual ya nunca se separará. Cuando regresa con ella a España, se encuentra ante la complicada situación de tener que mantener relaciones simultáneas con cuatro mujeres: su esposa, Cándida; María Torres; la francesa Bianca (que vive en Barcelona); y la nueva, Matilde. Una de ellas, Bianca, terminará por romper la relación al enterarse de la aparición de Matilde, pero Eduardo Zamacois pronto llenará el hueco dejado por la francesa con una muchachita gallega.

Ya no era un muchacho, pero su vida sentimental seguía siendo tan compleja que un conocido suyo de la época escribió en sus memorias:

Nos reuníamos muchas tardes en el Café Regina, que estaba en la calle Alcalá, se traía un trajín tremendo, pues a veces había dejado a una muchacha en un cine y a otra en un teatro y quería complacer a ambas durante parte de la función y además estar con nosotros[7].

Pero lo azaroso de su vida no fue impedimento para que durante aquellos años —en los que debía cuidar de cuatro mujeres, de sus hijos y de su madre— viesen la luz algunas de las mejores obras de su producción literaria. Nos referimos a sus primeras novelas de ambiente social, concretamente al ciclo formado por Las Raíces (1927), Los vivos muertos (1929) y El delito de todos (1933).

En 1933 muere su esposa Cándida y dos años más tarde, en 1935, su madre.

Zamacois era un hombre de ideas republicanas, socialmente comprometido, que consideraba que la literatura debía cumplir una función social, y, consecuente con lo cual, tras el golpe fascista contra la República española y la subsiguiente guerra civil, a pesar de su avanzada edad, marchó al frente, escribiendo una serie de crónicas decididamente en defensa del gobierno legítimo y contra los alzados. En 1938 publica su última novela: El asedio de Madrid, donde describe la dureza de la vida de los habitantes de la ciudad asediada y permanentemente bombardeada por los aviones y cañones fascistas.

La contienda reduce el grupo formado por Zamacois y los suyo, pues María Torres, tras una relación de más de veinte años, lo abandona al estallar la violencia y se marcha con un hermano. Quedan a cargo del escritor su hija Gloria —cuyo matrimonio se había roto tiempo atrás—, su nieto y Matilde, la mujer que seguiría con él hasta el final de su vida.

Como los bombardeos y el desabastecimiento hacen la situación en la capital cada vez más insoportable, intentan ponerse a salvo siguiendo el recorrido que muchos otros hicieron: primero Valencia, a donde se había trasladado el gobierno republicano ante el asedio que sufría Madrid, luego a Barcelona y finalmente, tras ímprobas dificultades, consiguieron pasar la frontera, como tantos otros españoles que huían de las tropas fascistas, y llegar a Francia. Gracias a sus contactos y conocidos, conseguiría pasaportes y dinero que les permitirán llegar a Cuba. En la isla donde nació, contando ya con sesenta y seis años, Zamacois empieza la última etapa de su vida, que no sería breve, aunque sí, como siempre le sucedió, azarosa, en la que, para sobrevivir, escribirá guiones para radionovelas, doblará películas para productoras de Hollywood, trabajará para Reader’s Digest o realizará consultorios sentimentales radiofónicos de gran audiencia. Se moverá de Cuba a México y de México a Nueva York, hasta recalar en el lugar que lo retendrá definitivamente: Buenos Aires. Lo acompañan su hija, su nieto y Matilde. Gloria, la hija, muere en 1946.

En 1953, cuando ya ha cumplido ochenta años, consigue su primer trabajo fijo ajeno al mundo editorial y literario: un puesto de funcionario en un ministerio argentino. No trabaja mucho, según él mismo confesaría, pues de las cinco horas que se ve obligado a pasar en la oficina del ministerio, dedica tres o cuatro a redactar y revisar sus memorias.

Para ese momento, en España es un completo olvidado. Sus obras, todas descatalogadas, no se reeditan. Casi nadie recuerda al prolífico autor de éxito[8], al columnista, al periodista, al viajero inagotable, al pionero y promotor cultural que dio vida a publicaciones que marcaron un antes y un después en el panorama editorial español y que ayudaron a difundir la literatura entre capas sociales que hasta entonces no habían tenido acceso a ella.

La situación cambia temporalmente en la década de los años sesenta: el escritor y crítico literario Federico Sainz de Robles, se interesa por su obra y consigue que algunas de ellas se reediten. En 1963 es invitado por los editores a visitar España. Durante mucho tiempo se niega, pero al final, seis años después de la primera invitación, acepta. Acompañado por su última y definitiva compañera, Matilde, visita Madrid y Barcelona en 1969. Tiene ya 96 años soportados por un cuerpo agostado que aloja una mente lúcida. Terminará por arrepentirse de ese postrer viaje a su país, pues pronto comprende que interesaba más como reliquia del pasado que como escritor. Moriría en Buenos Aires el último día de 1971, a unas semanas de cumplir los 99 años.

El periodista argentino Rodolfo Schelotto, su amigo y albacea, se encargaría de traer sus restos a Madrid, donde recibieron sepultura en febrero de 1972.

Las personas que lo conocieron nos han dejado de él retratos contrapuestos. Así el dramaturgo y escritor peruano-español Felipe Sassone, lo describe en sus memorias como alguien a medio camino entre «poeta modernista del barrio latino parisiense y chulo y organillero de aquellos Madriles de entonces», poseedor de «una sonrisa estereotipada de cuya sinceridad no me hubiera atrevido a responder» y que, a veces, «mostraba en la quietud de su mirar […] un destello de la ferocidad en acecho que tienen las aves de presa»[9]. Tal vez haya que tener en cuenta que Sassone estaba en las antípodas ideológicas de Zamacois: huyó durante la guerra, hizo campaña a favor de los golpistas y regresó para vivir en el nuevo régimen cuando la contienda terminó, todo lo cual no debió facilitar la relación entre ambos. Por el contrario, el que sería su redescubridor en la década de 1960, Federico Sainz de Robles, diría de él:

Era alto, guapo, fuerte, audaz, aleando bien el orgullo señor con el respingo tunante, y el gozo de vivir con el derroche de su vida. […] Cuantos empezamos a escribir entre 1915 y 1920 envidiábamos sinceramente a Eduardo Zamacois: su planta, su desplante, su atuendo, su risa, su garbo, sus novelas, su popularidad, que era de «írsele comiendo las mujeres» a su paso por las calles[10].

La obra de Zamacois

La producción novelística de Zamacois se da entre el año 1894, cuando publica Amar a oscuras, su primera novela corta, y 1938, momento en que aparece su última obra de ficción, El asedio de Madrid. Eso significa que tal producción se llevó a cabo en un periodo temporal que coincidió con los grandes autores del realismo, con la generación del 98 (era casi coetáneo de Azorín y de Baroja), con el modernismo, con la generación del 14 y del 27 y, lógicamente, con otros autores no adscritos a ninguno de estos grupos. Y posiblemente Zamacois fue permeable a todos ellos, lo que, unido a sus grandes dotes como escritor, dio lugar a una obra imposible de encajar en ningún movimiento literario. Sería uno de esos «escritores frontera», como Felipe Trigo o Blasco Ibañez, fundamentales a la hora de entender la evolución posterior de la novela del siglo XIX[11]. Fue, también, un auténtico «obrero de la pluma», un incasable trabajador que, a pesar de su vida bohemia y sus viajes, de su azarosa vida sentimental, se convirtió en uno de los autores más prolíficos de la época, en cuya obra es fácil comprobar un decidido y claro afán por superarse a medida que iba escribiendo. La fama y el éxito comercial que disfrutó a lo largo de su vida, no lo llevó a descuidar la voluntad de dotar de calidad a su obra.

De su extensa producción literaria (más de 120 títulos) destaca, fundamentalmente, la novelística en todas sus variantes. Es cierto que escribió teatro y ensayo, pero el número de estas obras palidecen ante las dedicadas a la narrativa. Era, además, muy crítico con el resultado de su propio trabajo:

Exigente y muy crítico con su obra, someterá esta a una continua revisión. Refunde y corrige todas sus primeras novelas cuando abandona a Sopeña y entra en la editorial Renacimiento; rechaza algunas de sus novelas por haber sido escritas de forma descuidada y con ánimo de lucro. Con frecuencia, veremos que algunas de sus novelas son ampliaciones de relatos breves o incluye algunos de estos como capítulos de novelas largas[12].

El propio Zamacois, en sus memorias, clasificaría su obra en tres momentos:

El primero sería el que él denominó «el pasional» y englobaría las novelas escritas entre 1897 y 1903[13]. Se corresponde, pues con la época en que cultivó la novela galante, erótica y frívola, a la que Cansinos Assens definió como «una novela ligera, llena de chispeante ingenio francés o florentino, con seducciones fáciles, bailes de máscaras, cenas en los reservados y champagne»[14].

A este periodo sucede otro, al que Zamacois denomina de «indecisión o transición», en que el sentimiento amoroso le preocupa menos, y se aventuró en los territorios del misterio y de la ironía[15] Se corresponde con el de los años que van entre 1910 y 1925, la época que coincidió con sus grandes y triunfales viajes a América y, también, con su frustrada corresponsalía de guerra durante la primera contienda mundial. Es una época de transición donde toca temas muy variopintos y poco a poco va acercándose a los temas sociales. No abandona la novela galante, pues sigue cultivando el género para las colecciones que se venden en los quioscos, relegándolo así a las obras menores.

Es el periodo más fértil de la vida literaria del autor.

El último periodo sería el de la novela de contenido social, entre 1927 y 1938, al que el exilio tras la guerra civil puso punto final[16]. En este periodo escribe algunas de las obras consideradas por muchos como lo mejor de su producción: concretamente el inacabado ciclo de Las raíces, un ambicioso ciclo novelesco en el que quería someter a revisión algunos de los principales problemas de la sociedad española del momento, comenzando por la injusticia y la incultura que genera la barbarie, a través de la historia de los diferentes miembros de una familia.

El asedio de Madrid, novela publicada en 1938 fue su última obra, si exceptuamos su libro de memorias, Un hombre que se va, que apareció en 1964. La última de sus novelas cortas se publicaría en 1936. Durante su largo exilio, de Cuba a Argentina pasado por Nueva York y México, su labor como escritor se reduce a colaboraciones periodísticas, a guiones para novelas radiofónicas y a otros trabajos diversos, como ya comentamos más arriba. Pero el fértil escritor, a excepción de sus memorias finales, pareció haber muerto con la guerra.

Una pobre vida

Este texto corresponde a una de las muchas novelas cortas publicadas por Zamacois, la mayor parte de ellas completamente olvidadas. Apareció en una de las colecciones que surgieron tras el éxito de El Cuento Semanal’ concretamente en el número 17, correspondiente al 30 de noviembre de 1924, de la colección La Novela de Noche, de prioridad quincenal, al precio de una peseta, con ilustraciones de Varela de Seijas. Esta colección se diferenciaba de otras del mismo estilo no solo en su periodicidad, sino por una cierta calidad en la edición y por publicar textos de mayor extensión (entre 120 y 150 páginas). Su publicidad aseguraba que era «la colección de novelas galantes más sugestiva y más selecta que se ha editado en España»[17].

Así pues, en esta colección, como una novela galante más, se publicó Una pobre vida. El texto será la primera incursión de Zamacois en un tema tan «candente» entonces como la homosexualidad. No era el primero que lo hacía. Anteriormente, en 1919, el famosísimo autor de frívolas novelas galantes Álvaro Retana —que en muchas de sus obras incluye a personajes homosexuales o, como mínimo, ambiguos—, publica en Madrid una de sus novela más atrevidas, Las «locas» de postín, una obra intrascendente, escrita con la única pretensión de divertir a base de caricaturizar hasta el ridículo a los homosexuales burgueses de su tiempo, tema que conocía bien el autor, ya que él mismo era un notorio «invertido».

En 1924, Augusto D’Halmar, futura gloria de las letras chilenas, entonces residente en España, publica en Madrid la que sería su mejor novela y el mejor texto de literatura homosexual que se escribiría en nuestro idioma en décadas: Pasión y muerte del cura Deusto. La novela, ambientada en Sevilla, narra el amor trágico entre un sacerdote vasco y un hermoso gitanillo que, como no podía ser de otra forma, terminará en tragedia cuando el sacerdote sea incapaz de aceptar los sentimientos que el muchacho despierta en él.

En 1928 el hispano-cubano afincado por entonces en Madrid Alfonso Hernández Catá, publicó la novela El ángel de Sodoma, que narra la historia de José María, el primogénito de una familia aristocrática en decadencia que se ve obligado a tomar las riendas familiares tras la muerte de sus padres. Con tanto amor y dedicación lo hace, que sus hermanas lo llaman «Madrecita». Un día en un circo descubre su deseo homosexual, hasta entonces oculto, en la figura de un atractivo domador. Con ello comienza la tragedia del protagonista. Hoy el texto no puede leerse sin percibirse su gran carga homofóbica, a pesar de que, seguramente, su autor tuvo buenas intenciones. Esta sería la obra que más parecido tiene (salvando las distancias) con la que aquí prologamos.

Así pues, Una pobre vida, de 1924, sería la tercera de las publicadas en nuestro país que centran su trama en un protagonista homosexual masculino[18], aunque las diferencias entre estas cuatro pioneras novelas aquí señaladas son enormes, no solo en cuanto a calidad, sino también en su aproximación al fenómeno homosexual.

Cuando Zamacois la publicó seguramente conocería las dos publicaciones precedentes y, tal vez, buscó un tema poco tratado capaz de atraer a sus potenciales lectores hasta el quiosco. La obra narra el drama íntimo de Ramón, hijo del conde de Zafiro, un casto homosexual con alma de mujer que ya desde niño sufre lo que hoy llamaríamos acoso en el colegio por su delicadeza y feminidad, y que a lo largo de su vida intenta esconder y sobrellevar su «desgracia» en medio de las presiones sociales, ante las que terminará sucumbiendo.

La obra nos presenta al protagonista como un caso de «perversión casta», que el autor aborda casi como un caso clínico, conforme a las teorías médicas que sobre la homosexualidad se imponían entonces. Para ello nos narra la infancia de Ramón y la influencia que la educación recibida de sus padres pudo haber tenido en su «degeneración». Como el lector comprobará, la novelita tiene una especie de curioso final feliz, que sugeriría que el homosexual casto podría tener su oculto lugar en la sociedad sin necesidad de recurrir al suicidio, que era la manera como en la literatura de entonces se hacía purgar, habitualmente su pecado al disidente sexual. A la novela no le falta casi ningún tópico heterosexista, pero aun así, y dado que el autor deja claro que la casta disidencia sexual de Ramón es una desgracia para sí mismo que no significa peligro para el hombre heterosexual, seguramente el lector de entonces llegó a establecer cierta relación de simpatía conmiserativa con el personaje. No se espere encontrar en el texto algún sesgo de mirada homoerótica. Tampoco la descripción de la amistad entre el protagonista y su varonil amigo y defensor en el colegio, permite asociar camaradería con homoerotismo, como era común en la tradición de la primera literatura homosexual anglosajona y francesa[19].

Once años después de su publicación, en 1935, Zamacois volvió a reescribir esta historia en la novela La antorcha apagada, en la que amplía el texto hasta convertirlo en una obra de más de 300 páginas sin añadir casi nada que la enriquezca. Introduce algún acierto argumental, aunque lo que fundamentalmente hace es desarrollar hasta el aburrimiento lo que ya apuntaba en la versión reducida: la teoría freudiana que justificaría que la «tara» del personaje tiene su origen en una madre en exceso protectora y castrante.

A diferencia de La antorcha apagada, que tuvo al menos dos reediciones, una en Argentina (1955) y otra en España (1968)[20], la novela corta Una pobre vida nunca se reeditó desde su publicación en 1924.

Ilustre olvidado

Es posible que la novelesca vida del bohemio y aventurero Eduardo Zamacois haya opacado su ingente obra literaria: más de 120 obras entre novela, novela corta, cuento, ensayo, memorias y libros de viaje; por no hablar de los más de 1200 artículos periodísticos de su autoría. Como ya se ha señalado, conoció el éxito del público a lo largo de toda su carrera, pero nunca obtuvo el reconocimiento de los críticos. Su vida bohemia —que le generó una imagen de «impenitente gozador de la vida», que diría de él Luis S. Granjel—, la ausencia de premios a su obra novelística (uno de los pilares del prestigio de otros escritores de altura), su inquieto carácter que le llevaba a periódicas ausencias de España y su poca propensión al cabildeo en los cenáculos literarios oficiales, mal casaban con la imagen del escritor serio y de prestigio. Su nombre siempre se asoció a la no muy prestigiosa novela galante, aunque lo mejor de su producción quede fuera de ese género en el que, ciertamente, se inició. Posiblemente algo tenga que ver con ello Rafael Cansinos Assens que en su obra La nueva literatura lo clasificó como el más genuino representante entre los autores de novela galante; y para muchos historiadores ahí se quedó, a pesar de que cuando se publicó la obra de Cansinos Assens (1916), Zamacois ya había superado esta etapa y se ocupaba en otros temas:

Pero el cultivador sistemático de este género novelesco [la novela galante], el que afirmó la intención galante en mayor número de obras y fue alma de la más notoria de aquellas revistas galantes que florecieron por la misma época con la lozanía efímera de las bellezas que ilustraban sus páginas, fue Eduardo Zamacois[21].

Ideas similares las repetirían otros autores. Y ahí, en ese cajón tan poco reputado, quedó clasificado, ignorando el valor del resto de su obra. Tal vez, como asegura Gonzalo Santonja, ha sido una cuestión de pereza mental lo que sigue manteniéndolo obstinadamente en un género que practicó solo durante una parte de su vida literaria.

Aun así para Federico Carlos Sainz de Robles, su reivindicador tras los años de olvido que conllevó la guerra civil y el exilio, Zamacois no fue precisamente un autor menor:

Si se me pidiera juicio acerca de los escritores españoles que más han influido, entre 1907 y 1936, sobre las promociones siguientes, afirmaría sin vacilar que Eduardo Zamacois…[22]

Después del tímido resurgir que su obra tuvo en los años sesenta del siglo XX de la mano de Sainz de Robles, el nombre de Eduardo Zamacois volvió a caer en el olvido y ahí sigue, formando parte de la muy extensa lista de ilustres olvidados de nuestra literatura, aunque últimamente parece que el interés por su obra comienza tímidamente a reavivarse tras la reedición de sus memorias por parte de Renacimiento, la publicación de una tesis doctoral sobre su obra y, también, una amplia antología que recoge una muestra bastante representativa de la pluralidad de la obra de este escritor y personaje único[23].

Con el libro que el lector tiene en sus manos Amistades Particulares quiere poner su humilde grano de arena en la recuperación de la obra de Eduardo Zamacois, una figura que, como dice Cordero Gómez, junto a su decidida entrega a sus otras pasiones —las mujeres y los viajes—, también mostró una entrega total a la literatura[24].

Carlos Sanrune.

Madrid, agosto de 2019.

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