Un mundo, una revuelta

Un mundo, una revuelta

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Informe de la tele-reunión del 19 de noviembre de 2019. Traducción: A.V.

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La tele-reunión del martes por la noche, a la que asistieron 16 compañeros, comenzó con el tema de la parábola histórica de la plusvalía, a fin de analizar las determinaciones profundas que se encuentran en la raíz de las protestas y revueltas que se están produciendo en varios países.

Tomemos el caso de FCA (ex Fiat). La empresa emplea a unas 200 mil personas en todo el mundo, produce unos 5 millones de automóviles al año y en 2018 declaró una facturación de 110 mil millones de dólares. Aunque sólo hay una marca que identifica los productos, la mayoría de los componentes que se ensamblan en las plantas son producidos por una red de empresas subcontratadas. Hace algún tiempo la fábrica dejó atrás los muros de la empresa para distribuirse por todo el territorio gracias al sistema logístico; hoy ya no existe la gran fábrica vertical del siglo XX que lo producía todo por sí sola, pues los procesos se han externalizado en su mayoría. Si en Italia, a principios del año dos mil, Fiat contaba con 112 mil empleados, hoy cuenta con sólo 29 mil, incluidos los de Maserati y Ferrari.

Los empleados, de cuya explotación el capitalismo extrae su fluido vital, el plusvalor, resultan cada vez menos necesarios y están siendo sustituidos poco a poco por máquinas. Estamos ante un proceso de devaluación de cada una de las mercancías, proceso que obliga al capitalista, con tal de seguir obteniendo la misma masa de ganancias, a vender cada vez más mercancías aumentando la escala de la producción. Los teléfonos inteligentes, los televisores, los electrodomésticos, etc., cuestan cada vez menos. La altísima productividad lleva, sin embargo, a la erupción volcánica de la producción y al empantanamiento del mercado: una cosa lleva a la otra, pues al no haber límites teóricos a la producción, precisamente por eso la producción provoca el estancamiento del mercado. La absorción de la masa creciente de bienes por parte de los consumidores se hace cada vez más difícil, entre otras cosas porque el aumento de la productividad provoca el crecimiento de la miseria de quienes son expulsados del mundo del trabajo o que nunca entrarán en él. La riqueza total de la sociedad aumenta, pero se concentra en unas pocas manos. Hace unos meses, Il Sole 24 Ore, retomando un informe de Oxfam, publicó el artículo Desigualdades: 26 personas poseen la misma riqueza de 3.800 millones.

El fenómeno de la devaluación de los bienes está, por tanto, estrechamente ligado a las revueltas que están irrumpiendo en la mitad del mundo. La autonomía del capital está en el ADN del capitalismo, que desde sus inicios se caracteriza como producción por la producción (D-M-D'), en un crecimiento como fin en sí mismo que tiene el único propósito de aumentar el valor. La autonomía del capital está bien representada por la masa de derivados financieros en circulación, que supera en 30 veces el PIB mundial. Esta financiarización de la economía no puede durar mucho tiempo.

L'Espresso del 10 de noviembre del año pasado publicó una serie de artículos reunidos bajo el título Humanity in revolt. Los periodistas, frente a manifestaciones simultáneas en diferentes latitudes, se vieron obligados por la evidencia de los hechos a establecer relaciones y concluir que se trata de un único fenómeno mundial: «Los perdedores de la globalización, cansados de ver crecer la brecha entre ricos y pobres, llenan las plazas, desfilan en procesión hacia los palacios del poder, gritan consignas, asustan a los gobernantes que o bien se rinden, o bien toman medidas cuando ya es demasiado tarde.

En Hong Kong la policía irrumpió en el politécnico, donde cientos de jóvenes se encontraban acampando. En los videos grabados antes del desalojo se pueden ver cocinas autogestionadas, lugares utilizados como centros de prensa, equipos de vigilancia y autodefensa, al igual que había ocurrido en los movimientos Occupy Wall Street en 2011, Occupy Gezi en Turquía en 2013 y Umbrella Revolution, también en Hong Kong, en 2014. Las tiendas de campaña también aparecieron hace unos meses en Jartum, Sudán, y hace unas semanas en la plaza Tahrir, Bagdad.

En Irán, la chispa de la revuelta fue el anuncio del aumento del precio de la gasolina. Miles de personas salieron a las calles, quemando los emblemas del régimen y los bancos, saqueando supermercados y chocando violentamente con la policía y la Guardia Islámica. Una de las primeras medidas adoptadas por el régimen fue el bloqueo de Internet. Los periódicos de Medio Oriente apenas informan lo que está pasando en el país, pero se trata de manifestaciones generalizadas que también han provocado una represión generalizada, con más de 150 muertos y miles de heridos. Irán es una bomba social, un país moderno con un proletariado fuerte y combativo y una historia importante desde el punto de vista de la lucha de clases. Bloquear Internet puede ser útil para limitar la propagación de las revueltas, pero al hacerlo, la burguesía corre el riesgo de detener toda la economía.

Ahora bien, puede que una revuelta sea reabsorbida, pero la cuestión de fondo sigue siendo un malestar generalizado que sincroniza a millones de personas y adquiere las características de una guerra civil mundial. Mientras se trate de Haití, Sudán u otros países africanos, los medios de comunicación seguirán prestando poca atención, pero las revueltas están empezando a afectar incluso a las metrópolis occidentales. En primer lugar, París, que el pasado 16 de noviembre volvió a ponerse patas arriba por los enfrentamientos entre la policía y los chalecos amarillos. Probablemente el próximo paso será una revuelta global como la del 15 de octubre de 2011, cuando hubo manifestaciones en más de mil ciudades en todo el mundo. Así como la parábola del plusvalor es irreversible, también lo son el marasmo social y la guerra civil. Una vez que se ha traspasado cierto umbral, los gases lacrimógenos y los balines de goma llevan inevitablemente a los fusiles. Simultáneamente, a nivel mundial está tomando forma un movimiento que ya no es reivindicativo, sino que es algo diferente. El Estado capitalista puede darle su reconocimiento a cualquier fuerza social, incluso haciéndole la guerra con tal de reinsertarla dentro de los límites de la negociación. Lo que nunca podrá reconocer es la antiforma que emerge sin reivindicar nada, que simplemente da vida a una nueva sociedad y que para realizarla lucha contra el viejo mundo.Esta es la fuerza del futuro partido comunidad irreductible a cualquier componenda.

Según Business Insider, la policía ha atacado la Universidad China de Hong Kong, ocupada por los rebeldes, para recuperar el control de la Web: en el campus opera un router por el que pasa el 99% del tráfico de Internet del país. También en Chile la revuelta se desarrolla a través de la red, así como en Líbano y Bolivia. Cuando toda la sociedad, y hasta los sindicatos, se ve involucrada, la huelga general se produce de forma espontánea. Los láseres utilizados en Hong Kong para cegar a los policías son los mismos que utilizan los manifestantes en Chile; las diversas experiencias circulan en línea y se convierten en un patrimonio común. A medida que las condiciones de vida de la población se iban deteriorando sin atenuantes, era inevitable que se llegara a algún tipo de conexión global. Ya lo vimos en 1864 con el nacimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Al final de la tele-reunión, mencionamos los efectos dramáticos y siniestros de la moderna decadencia social: fiebre porcina, colapso de infraestructuras, alimentos adulterados, nocivos y cancerígenos, aumento de los accidentes de trabajo, contaminación industrial, devastación de la naturaleza, urbanismo enfermizo. Cuanto más crece la ganancia, más la sociedad queda sometida al capital y más crece el despilfarro.

Hoy en día también los ecologistas descubren que son anticapitalistas, o al menos así lo creen. El reciente movimiento Extinction Rebellion dice estar luchando por un cambio radical, pero en realidad no hace más que pedir una reforma verde del actual sistema. Los manifestantes de XR aparecen en público usando métodos de desobediencia civil, cuyo éxito se debe en parte a que reciben alicientes de la industria del entretenimiento y de inversionistas y organizaciones privadas. Dicen ser «un grupo de activistas que creen en la eficacia de la no-violencia, en las acciones cotidianas, en la comunicación y en la necesidad de unirse para prosperar. Creemos en la paz, en la ciencia, en el altruismo, en compartir el conocimiento. Tenemos un profundo respeto por el ecosistema en el que vivimos, por eso comprometemos nuestras vidas a difundir un nuevo mensaje de reconciliación, lejos del separatismo y la competencia en que se basa la sociedad moderna. Somos los narradores de un relato más lindo que nos pertenece a todos, actuamos en nombre de la vida.»

En resumen, tan pronto como se echa en falta el oportunismo clásico (estalinismo, para que quede claro), reaparece bajo una nueva versión, esta vez no violenta y ecologista. Dado que hay una relación directa entre el fracaso generalizado del modo de producción actual y el estallido de manifestaciones anticapitalistas, es inevitable que proliferen movimientos que intentan sacar provecho de ello, movimientos a los que debemos criticar con firmeza.