Un continuo peregrinar
El pato despistado
Recorriendo la ciudad de punta a punta para poder asistir-realizar-participar en actividades específicas para personas con discapacidad intelectual.
Una actividad deportiva por allí; un curso por acá; una terapia en no se dónde; el grupo de ocio en la otra punta; el centro escolar a más de una hora de casa; la formación laboral –si la encuentras– en el extrarradio, y del empleo mejor no hablamos.
Todo bendecido con la inclusividad que no falte lejos del barrio; imposible crear un grupo estable de amistades en una continua dispersión de esfuerzos que arrastra a los familiares, agotados en un continuo peregrinar, en su papel de personas de apoyo permanente. ¡Héroes!, dicen algunos sin preguntar.
Pero es inclusivo porque lo pone el alegre folleto que lo vende, y no discrimina a nadie que tenga discapacidad, siempre que tengas el dinero y el tiempo necesarios, claro está. Y siempre que reúnas unas condiciones adecuadas para participar porque, una vez finalizada la enseñanza obligatoria y los sucesivos cursos de sociabilidad y comunicación, si no alcanzas dónde te dicen, si no puedes con tus propias fuerzas, eres un caso perdido demasiado costoso para todo el sistema de beneficencia institucionalizada.
Y a todo esto, ¿dónde están los demás?