Un apellido: necesaria
Malcolm Eupierre OquendoEn las primeras páginas del Diablo Ilustrado encontramos esta cita:
«He aquí uno de esos casos excepcionales en que, por amor, hacen hasta una guerra —y para que no cupieran dudas de su espíritu de paz, le puso un apellido: necesaria».
Estas palabras resumen la esencia de aquella gloriosa gesta independentista que reanudó nuestro pueblo el 24 de febrero del lejano 1895. Una revolución armada que tuvo como organizador y cerebro al más universal de los cubanos, José Martí.

En fecha tan temprana como julio de 1878, el Maestro le profetizaba a su amigo Mercado: «a trabajar para los míos, y a fortificarme para la lucha voy a Cuba. —Me ganará el más impaciente, no el más ardiente. —Y me ganará en tiempo: no en fuerza y en arrojo»¹.
Y así fue.
Cuando ya estaba todo listo para iniciar la contienda, una traición por parte de López de Queralta frustró los preparativos que, con mucho esfuerzo y absoluto secreto, habían realizado los revolucionarios cubanos. Esta delación provocó que fueran decomisados los tres buques que iban a partir hacia la Isla (Lagonda, Amadís y Baracoa). No obstante, este duro golpe levantó los ánimos de los independentistas cubanos y el 29 de enero de 1895, Martí firma la Orden de Alzamiento junto al general Mayía Rodríguez —a nombre de Máximo Gómez —y el comandante Enrique Collazo, de parte de los patriotas en Cuba.
Ya la orden estaba dada. El 24 de febrero de 1895 estalla, nuevamente, la lucha por la independencia.
El Apóstol siempre estuvo consciente de los daños y dificultades que causa una guerra, por lo que durante los últimos meses que pasó en Nueva York, antes de su partida para encontrarse con Máximo Gómez y juntos incorporarse a la lucha en Cuba, tuvo que eludir constantemente a los agentes de inteligencia españoles y a los espías estadounidenses, que lo vigilaban por considerarlo el máximo dirigente de la revolución.
En una de estas ocasiones, Martí se quedó a pasar la noche en casa de su amigo Luis Baralt y este se despertó bien entrada la noche por los suspiros del Apóstol que no lograba atrapar el sueño.
—¿Qué tiene? —Le preguntó Baralt, alarmado, temiendo que Martí se encontrase enfermo.
—¡Ay, las madres! ¡Cuánta sangre y cuántas lágrimas se van a derramar en esta revolución a que voy a lanzar a mi país! —contestó el Apóstol, condoliéndose de los sufrimientos inevitables de la guerra necesaria.²
¡Así de sensible fue nuestro Martí!
¹ José Martí. O. C. tomo 20, p. 52 (El resaltado es mío).
² Carlos Marchante Castellanos. Entre espinas, flores. Anecdotario p. 378.