Twisted love
Capítulo 22
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Alex
No me llevó mucho tiempo reservar el ático y arrastrar a Ava hasta la lujosa suite. Estaba tan excitado que la polla casi me hace un agujero en los pantalones, y las ideas que se me pasaban por la cabeza…
Joder. Iba a destrozarla, pero cualquier atisbo de conciencia que tenía se había esfumado en el momento en que había murmurado esas palabras.
«Puede que me gusten esas cosas».
La sangre me corría deprisa al recordarlas.
«Cariño, no tienes ni idea de dónde te has metido», pensé, cerrando la puerta tras de mí.
Ava se quedó de pie en medio de la habitación, con un vestido sobre el bañador y expresión algo nerviosa. Con sus ojos de cervatillo y sus rasgos inocentes, parecía una virgen esperando su sacrificio.
La polla me palpitó aún más fuerte.
—Quítate la ropa —dije, y mi voz suave sonó como un latigazo en el silencio.
Una parte de mí quería abalanzarse dentro de ella lo más pronto posible, pero la otra quería saborear cada momento.
A pesar de un leve temblor de manos, Ava no dudó. Mantuvo los ojos clavados en los míos mientras se bajaba la cremallera del vestido y la suave tela le caía hasta los tobillos. El bañador vino después, y se lo deslizó centímetro a centímetro hasta que dejó al descubierto su dorada piel desnuda.
La devoré con los ojos, fijándome en cada detalle y reteniéndolo en mi mente. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue de la habitación, y su cuerpo… Dios. Un culo redondo, unas piernas largas, un coño pequeño y precioso y unas tetas firmes, no grandes, pero lo suficiente para abarcarlas con las manos, coronadas con pezones duros y rosados perfectos para chupar y mordisquear.
Su pecho se infló y se llenó de aire, y me miró fijamente con los ojos grandes y oscuros llenos de confianza.
Oh, Rayito. Si tú supieras.
Giré a su alrededor, como un depredador acechando a su presa, tan cerca que podía oler el aroma de su excitación.
Me detuve detrás de ella y presioné mi cuerpo contra el suyo hasta que sintió mi agresiva y durísima erección contra la suave curva de su culo. Estaba como Dios la trajo al mundo y yo completamente vestido, y eso hacía que todo fuera aún más sucio.
Presioné los labios contra su cuello, disfrutando del flujo rápido de su pulso debajo de mi boca.
—¿Quieres que te lo haga, Rayito? —murmuré—. ¿Que te destroce, que te haga pedazos, que te convierta en mi muñequita de follar?
Se le escapó un gemido de la boca y fue a parar directo a mi entrepierna, endureciendo aún más mi polla dolorida.
—S… Sí.
—Qué rápido dices que sí. —Lamí el espacio entre su cuello y su mandíbula. A decir verdad, sí que sabía a miel y a rayos de sol, y me dieron ganas de devorarla. Alimentarme de su luz, consumir cada centímetro de su cuerpo hasta que fuera completamente mío—. Pero ¿sabes lo que significa que yo te lo haga?
Ava negó con la cabeza, con un movimiento pequeño y breve que dejaba a relucir su inocencia e ingenuidad.
No por mucho tiempo. En cuanto la tocara, la ensuciaría. La rompería. Como pasaba cada vez que tocaba algo. Pero sería mía. Y era tan cruel y tan egoísta que me la llevaría conmigo mientras ardía el mundo.
—Significa que eres mía. Tu boca es mía… —Le toqué el labio inferior con el pulgar antes de bajarlo por su pecho y acariciarle los pezones. Gimió—. Tus pechos son míos… —Seguí bajando, ajustando mi posición para poder estrujarle el culo. Fuerte—. Tu culo es mío… —Di la vuelta y le separé los muslos, haciendo resbalar los dedos por todos sus pliegues. Estaba tan mojada que se empaparon en segundos—. Y tu coño es mío. Cada centímetro de tu cuerpo me pertenece, y si alguna vez dejas que te toque cualquier otro hombre… —Mi otra mano se cerró sobre su cuello—. Acabará hecho pedazos, y tú atada a mi cama y follada por todos los agujeros hasta que mi nombre sea el único nombre que recuerdes. ¿Entendido?
Su coño me empapó los dedos.
—Sí.
—Dilo. ¿A quién perteneces?
—A ti —susurró Ava—. Te pertenezco.
—Eso es. —Le retiré los dedos del coño y se los metí en la boca. Asentí mientras chupaba y lamía sus propios jugos sin que se lo pidiera—. ¿Lo saboreas, Rayito? Es a lo que sabe la firma de tu sentencia de muerte. Porque a partir de ahora, me perteneces. Tu cuerpo, tu mente y tu alma.
Otro gemido, ese incluso más ansioso que el último.
La solté.
—Arrodíllate. —Se bajó al suelo, de una manera tan bella que hizo que me doliera el pecho y me palpitara la polla. Le agarré del pelo y tiré de él hasta que me miró a los ojos—. Si es demasiado, me tocas en el muslo. —Cuando asintió, le tiré del pelo más fuerte y ordené—: Abre la boca.
Hice resbalar la punta de mi polla dentro de su boca expectante, empujándola con suavidad hasta que la introduje por completo dentro de su garganta.
—Joder. —La sensación de su boca devorándome era tan placentera que me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, y casi descargo ahí mismo. No me había pasado desde que era un adolescente haciéndolo por primera vez.
Ava me miró, con los ojos humedecidos por mi tamaño y la profundidad con la que se la estaba metiendo, pero no me tocó el muslo, así que me quedé quieto hasta que se ajustó. Después de lo que pareció una eternidad, aunque solo fueron unos segundos, empezó a lamer y a chupar, primero despacio, pero después ajustándose a un ritmo que la hacía mover la cabeza atrás y adelante con entusiasmo.
Tenía la otra mano aferrada a su cabeza, y mis abdominales temblaban del esfuerzo por no correrme en su garganta antes de tiempo.
—Muy bien —gruñí—. Chúpala como una buena putita.
La vibración del gemido resultante me recorrió toda la espina dorsal. Comencé a embestirla, cada vez más rápido, hasta que solo se oía mi respiración quebrada, carne contra carne, y el borboteo dentro de su garganta. Estaba siendo tan intenso que creí que en cualquier momento me pediría parar, pero no lo hizo.
La saqué en el último segundo y me corrí por toda su cara y su pecho, y su piel se llenó de espesos y relucientes chorros blancos. El orgasmo me quemó por dentro, salvaje y excitante, eliminando cualquier duda que quisiera interponerse en su camino, y contemplé cómo mi semen goteaba sobre el mentón de Ava con la mirada posesiva, llena de lujuria.
Un rubor rosado le ascendió a la cara, y su mirada continuó fija en la mía mientras rebañaba con la lengua una gota de semen de la comisura de su boca.
Dios santo.
Había presenciado o participado en los actos sexuales más sucios que se pudieran imaginar, pero creo que aquello era lo más sexi que había visto nunca.
—Túmbate en la cama —ordené, con la voz ronca—. A cuatro patas. Ahora.
Sus manos y rodillas apenas tuvieron tiempo de tocar el colchón antes de que yo me quitara la ropa y me abalanzara sobre ella, separándole los muslos con las manos.
—Estás mojadísima, mi preciosa putita. —Lamí los jugos de su piel, probando el sabor y el aroma femenino que volvía locos a los hombres. Le metí un dedo entre los pliegues húmedos y apretados y fui recompensado con un intenso gemido—. ¿Quieres que te coma este maravilloso coño que tienes?
—Por favor —jadeó Ava, empujándose contra mí—. Lo necesito… Oh, Dios.
Dejó caer la cabeza, y sus gritos quedaron amortiguados por la almohada cuando empecé a recorrer su clítoris con la lengua, alternando entre lametazos largos, lentos y rápidos. Estaba hambriento de ella, de su sabor, de la inocencia que se derrumbaba delante de mí en ese preciso momento. La devoré como si estuviera poseído, la mano metida en su carne, mis dedos dentro de ella hasta que encontré el punto que la hizo cabalgar ante mi cara. Le rocé el clítoris muy suavemente con los dientes y recorrí aquel botón tan sensible con la lengua y entonces explotó, y sus gritos rebotaron por todas las paredes.
—Estás riquísima —gruñí, rebañando cada gota mientras ella temblaba y se retorcía entre mis brazos—. El aperitivo perfecto para esta noche.
Ava volvió la cabeza hacia mí, con la cara roja del orgasmo y los ojos como platos.
—¿Eso era un aperitivo? Creía que… Tú…
—Rayito, este menú tiene doce platos. —Me puse un condón e hice resbalar mi polla, otra vez dura, entre sus pliegues inundados—. Y no hemos hecho más que empezar.
La agarré del cuello y la embestí, y la conversación quedó en pausa, a menos que sus gemidos y mis rugidos cuenten como conversación. Ella era el cielo para mi infierno, lo más cerca que había estado nunca de la salvación, y aun así quería arrastrarla conmigo a las profundidades del Hades. La follé tan duro que tuve miedo de romperla, pero cada vez que bajaba el ritmo, Ava emitía pequeños quejidos que me hacían sonreír con una mezcla de satisfacción y diversión.
Resultó que mi dulce e inocente corderito en realidad era una putita disfrazada, y jamás había estado tan contento de haberme equivocado.
La giré solo para verla romperse otra vez, con los ojos llenos de placer y los suspiros que me suplicaban que le dieran más rápido y más fuerte, hasta que yo también me corrí en un poderoso orgasmo que me partió en dos con la fuerza de un huracán de categoría cinco.
Cuando recuperé el aliento y volví a la realidad, vi que Ava me miraba con una expresión extraña.
—¿Qué pasa, Rayito? —Posé mis labios sobre los suyos, preparándome para el siguiente round. Si iba al infierno por esto, por lo menos quería disfrutar cada segundo.
—Prohibidos los besos y el contacto cara a cara —murmuró—. Esas eran tus normas.
Hice una pausa. Tenía razón. Esas eran mis normas, las que creé después de darme cuenta de que las emociones y el sexo eran cosas distintas y en la cama no había espacio para los sentimientos… Hasta esa noche. Y ni siquiera lo había pensado ni me había dado cuenta hasta que Ava me lo recordó. Había disfrutado el sexo desde atrás más que la media de los hombres, porque implicaba una sensación de olvido que yo prefería; pero a ella sí quería verla. Quería ver cómo reaccionaba a cada cambio y cada movimiento, quería verle la cara cuando se desmoronaba gritando mi nombre.
Y ahí fue cuando me di cuenta de que estaba verdaderamente jodido.
—Tienes razón, cariño —dije, dejando caer la cabeza junto a la suya con un suspiro de resignación. Estaba muy jodido—. Pero las normas no se aplican a ti.