Twisted love

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Capítulo 26

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Ava

—No es seguro.

Bridget levantó su metro setenta y cinco y le lanzó una mirada gélida al hombre de pelo oscuro que la estaba observando amenazadoramente. Le echó un par, teniendo en cuenta que era la princesa y él su guardaespaldas, pero Rhys Larsen no era Booth. Había quedado claro esa semana desde que llegó a Hazelburg para cubrir las funciones de Booth.

Habíamos celebrado una gran fiesta de despedida para Booth en La Cripta y habíamos rezado para que el nuevo guardaespaldas de Bridget fuera tan majo como Booth.

Las plegarias no fueron escuchadas.

Rhys era arisco, seco y arrogante. Sacaba de quicio a Bridget, lo cual era mucho, porque ella nunca perdía los nervios. En los últimos siete días, sin embargo, la había visto a punto de gritar. Me impresionó tanto que estuve a punto de sacar la cámara.

—El Festival de Otoño es una tradición anual —dijo con voz regia—. Llevo asistiendo los últimos tres años y no pienso dejar de hacerlo.

Los ojos grises de Rhys parpadearon. Era un poco más joven que Booth, unos treinta y pocos, y tenía el pelo negro y grueso, los ojos metálicos y una envergadura ancha y musculada que le daba aspecto de torre al lado de la elegancia de Bridget, incluso aunque llevara tacones. Una barba incipiente le cubría el mentón, y una cicatriz pequeña e irregular le atravesaba la ceja izquierda. Sin la cicatriz habría sido increíblemente guapo; con ella seguía siendo increíblemente guapo, pero también peligroso. Más amenazador.

Una buena cualidad para un guardaespaldas, supuse.

—Es una cuestión de control de la multitud. —Su voz retumbó por todo el coche, profunda y autoritaria, incluso para ser el subordinado de Bridget—. Demasiada gente en un espacio demasiado reducido.

Stella, Jules y yo nos quedamos calladas con prudencia mientras Bridget le fulminaba con la mirada.

—Es un evento de la universidad. Obviamente va a haber una multitud, pero nunca antes he tenido ningún problema. La mitad de los de ahí ni siquiera saben quién soy.

—Suficiente con que lo sepa uno —contestó Rhys, monocorde—. Con solo mirarlo ya sé que el festival está a su máxima capacidad.

—Es ridículo. No voy a entrar en zona de guerra, y hay menos gente que en un estadio. Nadie me ha dicho nunca que no pueda ir a un estadio.

—Las medidas de seguridad y disposición de los estadios son…

—Basta. —Bridget levantó la mano—. Me niego a quedarme en casa como una princesa encerrada en una torre en mi último año de universidad. Voy a ir, y tú te puedes quedar en el coche o bien venir conmigo.

Abrió la puerta del coche y salió sin mirar atrás.

Rhys respiró profundo por la nariz, pero salió tras ella inmediatamente, con los ojos acechantes, alerta ante el peligro.

Jules, Stella y yo nos lanzamos detrás.

El Festival de Otoño era uno de los eventos más esperados del año escolar. Los negocios locales montaban estands de productos y alimentos de temporada con descuentos para los alumnos, chocolate caliente y dónuts de sidra de manzana, pasteles de calabaza y sándwiches de carne mechada. Había juegos y actividades clásicas como morder manzanas, lecturas de tarot, y, al ser la universidad, también era una plataforma donde alumnos y exalumnos se reunían para beberse su peso en alcohol.

Rhys tenía razón, había más gente de lo previsto en el festival, pero nada comparado con las fiestas de primavera a las que habíamos ido alguna vez. Entendí su preocupación, pero también estaba de acuerdo con Bridget en que su reacción era un poquito exagerada.

Bridget lo ignoró mientras explorábamos la oferta de comida y actividades. El Festival de Otoño era un liberador de estrés necesario entre los exámenes parciales y los finales, y además nos lo pasábamos genial, la mayor parte del tiempo.

—Me está volviendo loca —dijo Bridget un rato después en voz baja. Sorbió de su chocolate con expresión malhumorada—. Echo de menos a Booth.

Me volví para mirar a Rhys, que nos seguía imperturbable. O no había oído lo que había dicho, o ponía la mejor cara de póker del mundo.

Me apostaba lo segundo. Daba la impresión de que no había mucho, o nada, que Rhys no pudiera ver, oír o notar.

—Es su primera semana. —Stella le hizo una foto a su bebida antes de probarla—. Booth llevaba años contigo. Es normal que Rhys sea sobreprotector. Dale tiempo.

—Ya imagino —suspiró Bridget—. No sé cómo lo hace Nik. Al ser el príncipe heredero tiene el doble de escoltas que yo, es mucho peso sobre los hombros. —Sacudió la cabeza—. Me alegro de ser la segunda en la línea de sucesión.

—¿Se refiere a que no desea reinar, su majestad? —bromeé—. Podría ser usted reina y así salir en los sellos de correos.

Bridget se rio.

—No, gracias. Aunque sea tentador verme la cara en un sello, prefiero tener una pizca de libertad. —Volvió la vista en dirección a Rhys—. A menos que mi guardaespaldas tenga otra idea.

—Es estricto, pero al menos está tremendo —dijo Jules en un susurro—. Sin ofender a Booth, pero… guau. —Se abanicó.

—¿Solo piensas en eso? —preguntó Bridget, dividida entre la risa y la frustración.

Una sombra pasó por la cara de Jules antes de desaparecer.

—La mayor parte del tiempo. Me gusta pensar en cosas bonitas. Hablando de… —Se volvió hacia mí—. ¿Dónde está tu amante bandido?

Puse los ojos en blanco y me ruboricé.

—No lo llames así, y está ocupado dirigiendo una empresa. No tiene tiempo para eventos universitarios.

—¿Estás segura? —Stella señaló con la barbilla a mi espalda.

Me volví y casi se me sale el corazón del pecho cuando vi a Alex de pie detrás de mí. Llevaba un jersey azul de cachemir y vaqueros, que le daban un aspecto sofisticado entre aquella turba de estudiantes borrachos y profesores desaliñados.

No pude evitarlo: corrí y me lancé a sus brazos.

—¡Creía que estabas trabajando!

—He salido pronto. —Me dio un beso en los labios y suspiré de placer—. Echo de menos el Festival de Otoño.

—Ajá. Seguro que eso es lo que echas de menos —se burló Jules.

Mis amigas nos miraban con fascinación, y me di cuenta de que era la primera vez que nos veían juntos como… ¿pareja? No estaba segura de cómo llamar a nuestra relación. «Pareja» sonaba muy mundano, pero imaginaba que éramos eso.

Teníamos citas, hablábamos por las noches y practicábamos el sexo más salvaje y explosivo. Alex Volkov y yo éramos pareja.

Las mariposas de mi estómago revolotearon de entusiasmo.

Alex se quedó con nosotras hasta el final del Festival de Otoño. Rechazó jugar a la mayoría de los juegos, pero lo convencimos para que se hiciera fotos en un decorado de calabazas.

—¿Te das cuenta de que estas fotos son las primeras que nos hacemos los dos juntos? —Agité triunfante las polaroids—. Si no las cuelgas en el salón, me ofenderé.

—No sé. No me pegas con la decoración —dijo con tono aburrido.

Le di un puñetazo en el brazo, ganándome una extraña risa. Stella casi se atraganta con el chocolate caliente de la estupefacción.

Era una tarde perfecta: comida genial, tiempo genial, compañía genial. El único contratiempo ocurrió cuando Alex se cortó con algo en uno de los estands. El corte era tan profundo que la sangre le goteaba por el dedo.

—No pasa nada —dijo—. Solo es un rasguño.

—Estás sangrando. —Puse los brazos en jarra—. Hay que limpiarlo y vendarlo. Vamos. —Mi tono no admitió réplica.

De ninguna forma iba a ir por ahí con el dedo chorreando sangre. ¿Y si se infectaba?

Alex sonrió.

—Sí, señora.

Resoplé al oír su burla (¡estaba sangrando!) y le arrastré a la enfermería del campus, donde una estudiante aburrida nos dio una gasa y una tirita.

Le enjuagué el corte debajo de un grifo del baño y lo limpié con la gasa.

—Estate quieto. —Tiré la gasa a la papelera y abrí la tirita—. Deberías tener más cuidado —refunfuñé—. Tienes suerte de no haberte hecho algo grave. ¿En qué estabas pensando?

Alcé la mirada y vi que Alex me miraba con una sonrisita.

—¿Qué?

—Estás muy guapa cuando te preocupas.

Presioné los labios, tratando de contener la sonrisa.

—No intentes hacerme carantoñas para no meterte en un lío.

—¿Me he metido en un lío? —dijo lentamente. Cerró la puerta del baño con el pie y echó el cerrojo con la mano libre.

Se me aceleró el pulso.

—Sí.

—¿Crees que te hago muchas carantoñas?

Asentí brevemente.

Alex me sentó encima del lavabo.

—Habría que remediar eso, ¿no?

Me mordí el labio mientras me levantaba el vestido hasta el pecho y me besaba los pezones por encima del fino encaje del sujetador.

—Alex, estamos en la enfermería de la universidad —grité, deseando al mismo tiempo que parara y continuara. Todo el mundo estaba en el Festival de Otoño, así que dentro no había mucha gente, pero la recepcionista estaba a unos pocos metros de la puerta y las paredes tenían de todo menos insonorización.

—Ya lo sé. —Me retiró el sujetador con los dientes y centró la atención en mis tetas mientras su mano no vendada buscaba el dulce punto entre mis piernas. Ya estaba empapada para él, y mis jugos me resbalaban por los muslos mientras me volvía loca con la boca y los dedos. Su erección me presionó la pierna, dura y gruesa como una cañería, pero cuando fui a tocarla me quitó la mano.

—Espero que no les tengas cariño a estas bragas —dijo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué…?

El sonido de la tela rasgada respondió a mi pregunta.

La boca de Alex se curvó en una sonrisa pícara al ver mi expresión estupefacta.

—Ya que sabemos que eres una gritona —dijo—, abre la boca.

Dejé de resistirme.

Abrí la boca y me metió las bragas dentro, amortiguando mi gemido. Me estremecí al saborear mi propia excitación.

Estaba temblando, tan cachonda que no podía ver claro. Había algo increíblemente erótico en el hecho de que pudieran pillarnos.

Alex volvió a centrar la atención en mis tetas mientras deslizaba un dedo, luego dos, entre mis pliegues resbaladizos. Mientras me hacía enloquecer lo agarré del pelo, tirando tan fuerte que debió de dolerle, aunque no lo mostró.

Sacó la cabeza de mis tetas y me miró con ojos en llamas.

—Muy bien, Rayito —murmuró, con los músculos tensos mientras me follaba más fuerte con los dedos. Me los metió hasta los nudillos, y el sonido obsceno que hacían al entrar y salir de mi cuerpo empapado creó una sucia sinfonía que aumentó mi excitación. Cabalgué sin pudor sobre su mano, mientras se me caía la baba por las comisuras de la boca y gemía debajo de la improvisada mordaza.

—Córrete para mí como una putita.

Lo hice. Un orgasmo fuerte, rápido e infinito me hizo volar en una explosión de felicidad.

Cuando volví a la tierra, vi que se había desabrochado el pantalón y se la estaba sacudiendo. No tardó mucho en estallar, disparando chorros gruesos y cálidos sobre mis muslos.

—No —dijo cuando me levanté a limpiarme. Me sacó de la boca las bragas desgarradas y se las guardó en el bolsillo, con movimientos precisos—. Quiero que vayas con mi corrida en las piernas para que sepas exactamente quién es tu dueño.

El calor me subió a las mejillas.

—Alex —susurré—, no puedo andar por ahí sin bragas y… y…

—Puedes, y lo vas a hacer. —Sus dedos me rozaron los muslos, donde se estaba empezando a secar el semen—. Cuanto más rápido obedezcas, más rápido podremos irnos a casa, donde podrás ducharte. Con ayuda —añadió con una sonrisa maliciosa.

—Estás loco. —Pero hice lo que me pidió, me bajé mi vestido de jersey y me coloqué el pelo. No pude mirar a los ojos a la recepcionista mientras salíamos. Probablemente se imaginaba lo que habíamos hecho, porque ponerse una tirita no lleva tanto tiempo.

Sentí el viento entre las piernas mientras nos incorporábamos al grupo y di un salto que provocó una sonrisa en Alex y miradas extrañas en los demás.

—¿Estás bien? —preguntó Stella—. Estás toda roja.

—Sí —dije—, es que tengo un poco de fresco. —Mientras las demás se distraían con el concurso de comer tartas, le di una bofetada en el brazo a Alex—. Me las pagarás por esto.

—Lo estoy deseando.

Puse los ojos en blanco, pero no podía enfadarme con él, especialmente porque una parte de mí disfrutaba con la sucia sensación de ir por ahí de esa forma.

—Tengo una pregunta seria —dije mientras dos alumnos mayores destrozaban unas tartas de calabaza—. ¿Qué vas a hacer en Acción de Gracias?

—Me imagino que comer pavo en algún sitio —dijo con indiferencia.

—¿Quieres… venir a mi casa el fin de semana? Ya que tu tío no lo celebra. Sin compromiso —añadí rápidamente.

—Rayito, llevo ocho años pasando Acción de Gracias con tu familia.

—Ya lo sé, pero como Josh no está este año, no quería darlo por hecho. Quiero decir, conocer a mi padre…

Alex se rio y le brillaron los ojos.

—Ya conozco a tu padre.

—Cierto. Pero… —titubeé—. Bueno, da igual. No podemos decirle que estamos saliendo hasta que no se lo digamos a Josh, pero ¿no sería sospechoso si nos vieran llegar juntos? Los padres tienen un detector de mentiras. ¿Y si…?

—Ava. —Me puso las manos en los hombros—. ¿Quieres que pase Acción de Gracias contigo?

Asentí.

—Pues eso haré. No le des más vueltas.

—Dice el campeón en dar vueltas a las cosas —murmuré con una sonrisa.

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