Twisted hate

Twisted hate


Escena extra 2

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Escena extra 2

Jules

—No vamos a colgar esto en casa. —Me crucé de brazos e hice una mueca con los ojos puestos en el horrendo cuadro de color rojo y naranja que llevaba Josh—. El valor de la propiedad se reducirá a cero.

Acabábamos de volver de comprar algunas cosas para arreglar nuestro nuevo hogar y, aunque antes no había conseguido evitar que Josh comprara aquella monstruosidad, tenía la esperanza de conseguir ser algo más... convincente al llegar a casa.

—En primer lugar, es una obra de arte preciosa. —Hizo caso omiso a mi protesta y colgó aquella aberración al lado de un espejo con bordes dorados que teníamos en la pared—. Y, en segundo lugar, estás dramatizando.

—En primer lugar, no, no es una obra de arte preciosa. Y, en segundo lugar, siempre dramatizo. —Entorné los ojos—. Además, ¿qué se supone que representa?

—Una puesta de sol, por supuesto.

De por supuesto, nada. Más bien parecía que a alguien se le hubiese caído un refresco de naranja encima de un lienzo y que se hubiera restregado por él mientras le sangraban, en abundancia, múltiples heridas.

—Bueno, pues es la puesta de sol más fea que he visto en mi vida... ¡Hey! —chillé cuando Josh me agarró y me tiró encima de su hombro. Lo vi todo del revés y la sangre me bajó a la cabeza—. ¡Bájame!

—Nada de bájame hasta que aceptes que este cuadro es una obra de arte.

—Vale, es una obra de arte. Una obra de arte mala.

Una carcajada interrumpió el segundo chillido que solté a modo de protesta cuando Josh me azotó la nalga, advirtiéndome con la suficiente dulzura como para mostrarse travieso pero con la rudeza justa como para que el golpe me escociera.

—Como digas una palabra más, hoy no cenarás pasta —refunfuñó, aunque le noté un hilo juguetón en la voz—. Comerás salmón y ensalada de repollo.

La sonrisa me desapareció inmediatamente y casi me entraron ganas de vomitar con solo pensar en esa combinación de alimentos.

—Ni se te ocurra.

Aquel era uno de los pocos días en que tanto Josh como yo librábamos, así que habíamos organizado una cita casera. Él cocinaría y yo me encargaría de elegir la música y de poner la mesa.

Si alguien me hubiera dicho en la universidad que un día estaría así de ilusionada de tener una cita tan sencilla, me hubiese reído y le habría preguntado qué se había fumado. Yo siempre había dicho que las cosas, cuanto más a lo grande se hicieran, mejor: ir a tomar unas copas y a bailar en el nuevo bar de moda de la ciudad, ir en globo aerostático, hacer un crucero por el río Potomac al atardecer... Ese tipo de cosas eran mi talón de Aquiles.

Sin embargo, a pesar de que Josh y yo ya habíamos hecho todo eso, con él prefería quedarme en casa. No necesitábamos recurrir a ninguna actividad al aire libre para pasárnoslo bien, y me gustaba tener a Josh solo para mí... siempre y cuando no fuera tan cruel como para hacerme comer ensalada de repollo.

—Uy, pues no dudaría, así que pórtate bien. En cuanto a la cena de hoy, tengo la sartén por el mango. —Josh anduvo hacia la cocina y me sentó en la encimera. Nuestra casa contaba con una planta semiabierta, sin paredes que separaran la cocina y el comedor del salón.

Exhalé medio mareada, en parte por el repentino cambio de posición y, en parte, por el embriagante y puro perfume de Josh. Llevábamos saliendo oficialmente casi un año; sin embargo, cada vez que lo veía, las mariposas de mi estómago revoloteaban con el mismo entusiasmo.

Se acomodó entre mis piernas y me abrazó por la cintura.

—¿Qué te parece si hacemos lo siguiente? Nos quedamos el cuadro y, a cambio, te preparo la mejor pasta que hayas comido en toda tu vida.

Arqueé una ceja.

—Te tienes muy creído lo de tus habilidades culinarias, doctor Chen.

Aunque cierto era que cocinaba maravillosamente bien. Me había ahorrado cientos de dólares desde que habíamos empezado a salir porque sus platos eran mejores que la mayoría de los que pudiera pedir en cualquier restaurante.

—Puedo creérmelo. —El hoyuelo de Josh hizo una devastadora aparición—. Bueno, ¿cómo lo ves? ¿Trato hecho?

Miré el cuadro que estaba detrás de Josh durante un largo minuto y finalmente exhalé.

—Vale, pero como la cena no sea espectacularmente increíble, voy a pedir un reembolso y Mr. Puesta de Sol Espantosa irá directo a la basura.

Rio y me dio un pico.

—De acuerdo. Y ahora ve a prepararte mientras yo me pego la currada del siglo en la cocina por ti.

—Eres el rey del drama.

—Dijo la drama queen.

Touché. Sí, yo era la reina del drama, y estaba orgullosa de ello. Era mejor que ser aburrida.

No pude evitar sonreír mientras saltaba de la encimera y me iba hacia la habitación. Josh y yo nos habíamos ido a vivir juntos hacía medio año, justo después de Año Nuevo, pero habíamos estado tan ocupados que a duras penas habíamos tenido la oportunidad de decorar la casa como queríamos.

Hasta hacía un mes, solo teníamos los cuatro muebles principales: el sofá, la cama, la mesa del salón y la mesita de té. A esto, ahora se le sumaban los souvenirs de Nueva Zelanda, entre los cuales había un hermoso reloj de kauri y figuritas de pounamu, que teníamos esparcidos por nuestra casa de dos habitaciones, y las (cuestionables) elecciones estéticas de Josh se mezclaban con las mías en todas las estancias. Su horroroso cuadro de una puesta de sol y mi alfombra peluda de color rosa. Su cabezal de cuero negro y mi cojín decorativo rojo con forma de labios.

Eran elementos que no deberían pegar, pero pegaban. Igual que nosotros.

Mientras Josh preparaba la cena, me metí en la ducha y me arreglé con esmero, como si fuéramos a cenar a un restaurante de cinco estrellas. Que fuéramos a tener una cita en casa no era excusa para no estar espectacularmente radiante.

Cuando hube terminado de arreglarme el pelo, maquillarme y ponerme mi vestido de seda favorito de color verde, el aroma de ajo, tomates y queso se olía por toda la casa y se me hizo la boca agua.

Me dirigí hacia la cocina y me rugieron las tripas. Sin embargo, al ver el salón, me detuve, boquiabierta.

Sin saber muy bien cómo, en el transcurso de dos horas, Josh no solo había acabado de cocinar, sino que también había convertido nuestro salón en una escena que parecía sacada de una película romántica.

Había bajado las luces, de modo que la mayoría de la luz procedía de las velas que había esparcido por toda la sala. Sus llamas le daban un brillo dorado al salón y hacían que aquel espacio habitualmente funcional adoptara un aire acogedor y muchísimo más íntimo. Había puesto un mantel de hilo blanco en la mesa, donde descansaba nuestra vajilla de porcelana —la mejor que teníamos—, una botella de vino tinto y un pequeño centro de rosas naranjas, mis flores favoritas.

Josh estaba de pie al lado de la mesa, sonriendo discretamente. Se había cambiado y, en lugar de la camiseta, llevaba una camisa blanca, una chaqueta, y unos vaqueros oscuros.

—Es la primera cita de verdad que tenemos en un mes, así que he pensado que debería subir un poco el listón. —Me paseó la vista por el cuerpo, de arriba abajo y con tanta lentitud que sentí que una hoguera se iba abriendo paso en mi interior. Las mariposas que vivían en mi estómago retomaron el vuelo, aunque no era algo que les costase demasiado últimamente—. Estás muy guapa, Pelirroja.

Me había quedado demasiado alucinada como para conseguir responder decentemente.

—¿Qué...? ¿Cómo...?

Josh se encogió de hombros.

—No tardo mucho en cocinar y me he colado en nuestra habitación mientras te duchabas para cambiarme. —Se le ensanchó la sonrisa—. Es que tú tardas un montón.

—No es verdad. —Cuarenta y cinco minutos tampoco era tanto. Además, las chicas tenemos que exfoliarnos y arreglarnos bien antes de una cita.

Fui hacia la mesa y pasé la mano por el mantel.

—Pero se suponía que la mesa la tenía que poner yo.

—He pensado que podía hacerlo yo, así podremos pasar a lo bueno enseguida. —Josh apartó la silla y esperó a que me hubiera sentado antes de hacerlo él y acomodarse justo delante de mí—. Ahora ve y dime que no es la mejor pasta que has comido en tu vida.

—Qué engreído. —Enrollé la pasta con el tenedor y me la llevé a la boca para probarla, tal y como él me había pedido. La mezcla de sabores fue como una explosión en mi boca y no pude sino gemir ante tal placer—. Es... —tragué y volví a mirar rápidamente aquel horrible cuadro— está...

—¿Sí? —Josh arqueó una ceja.

—Riquísimo —confesé a regañadientes. No podía mentir. Aquel plato estaba delicioso, pero admitirlo significaba que tendría que vivir con esa feísima representación de una puesta de sol en casa durante Dios sabía cuánto tiempo.

Suspiré y Josh rio.

—No te pongas tan triste, Pelirroja. Todo a su debido tiempo; acabarás cogiéndole cariño a Solecito.

—Dime por favor que no le has puesto Solecito a esta cosa.

—Le pega. —Se le relajó la expresión—. Ahora en serio: me alegro de que hayamos podido organizar todo esto. Te echaba de menos.

Mis mariposas enloquecieron.

—Nos vemos todos los días.

—Ya lo sé.

Le di un sorbo al vino en un intento por deshacerme del nudo que sentía en la garganta. A pesar de llevar un año saliendo con él, todavía me resultaba extraño que Josh me quisiera de aquella forma.

Con todo su corazón, con todas sus fuerzas y de manera incondicional.

La antigua Jules habría dudado repetidamente de esta relación y de los sentimientos de Josh hacia mí; por suerte, ahora ya había superado esas inseguridades... casi del todo. A veces intentaban volver a colarse en mi subconsciente, pero me bastaba con mirar a Josh para vencerlas.

Dejé la copa y me acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja sin apartarle la mirada a Josh.

—Doctor Chen... ¿Quién iba a decir que pudieras ser tan romántico?

—No lo era, hasta que apareciste tú. —Su sonrisa volvió a hacer acto de presencia y creo que se debió a que mis mejillas acababan de teñirse de un tono escarlata—. Pero dejémonos de pasteladas antes de que te explote la cara y me arruine esta espectacular comida.

—Baja de la nube, Chen. En esta mesa solo caben dos personas; tu ego tendrá que buscar otro sitio donde sentarse.

—Perdona, cariño, pero mi ego y yo vamos siempre de la mano. —Josh volvió a llenar las copas—. Bueno, ¿qué tal van los planes para la despedida de soltera? Antes he escrito a Ava y solo hace que hablar de España.

Íbamos a celebrar la despedida de soltera de Ava en Barcelona, en septiembre, antes de que se casara en Vermont en octubre.

—Bien. —Ava se había negado a elegir solo una dama de honor, así que Bridget, Stella y yo nos habíamos repartido la organización de la fiesta, aunque Stella y yo nos ocupábamos un poco más que Bridget, porque esta tenía que gobernar un país y tal—. He encontrado un bar con un rooftop increíble...

Josh y yo hablábamos cada día; por más ocupados que estuviéramos, siempre conseguíamos llamarnos aunque fueran dos minutos o mandarnos algún que otro mensaje entre turnos de hospital y mis largas noches leyendo con detenimiento los casos de Silver & Klein. No obstante, momentos como el de ahora eran los que me daban vida, los ratos en los que podíamos compartir los detalles más pequeños e insignificantes de nuestras vidas —como el nuevo food truck que había visto yo en Farragut Square o el peliculón de los noventa que Josh había descubierto y que veríamos en nuestra próxima noche de cine— y reír o preocuparnos juntos.

Las relaciones se construían a base de pequeños momentos, no con grandes gestos.

Desde que habíamos empezado a salir, Josh y yo habíamos hecho senderismo por la Cordillera Azul, habíamos practicado puenting y paracaidismo en Nueva Zelanda, y habíamos cenado en los mejores restaurantes, pero no necesitábamos nada de eso para ser felices.

Solo nos necesitábamos el uno al otro.

—¿Qué me dices de la cita de hoy? ¿Ha cumplido con tus altas expectativas? —bromeó Josh mientras recogíamos después de haber cenado.

—Un diez, Chen. Bien hecho. —Dejé los platos en el fregadero antes de abrazarlo por el cuello—. Pero se te ha olvidado una cosa.

Josh arrugó la frente.

—¿Qué?

—Una segunda ronda de postres. —Le di un beso y sonreí al verlo respirar profundamente—. ¿Qué te parece si continuamos con la cita en la habitación? Ya fregaremos luego los platos.

Su dulce aunque intensa risa hizo que se me humedeciera el sexo enseguida.

—Me gusta como piensas, Pelirroja.

Tal y como ya suponía, no llegamos a fregar los platos esa noche. Nuestra cita no terminó hasta altas horas de la madrugada, y a mí solo me quedaba una cosa por decir:

Fue la MEJOR cita de la historia.

 

 

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Con mucho amor,

Ana

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