Tus tres superpoderes
TRES SUPERPODERES PARA POTENCIAR TU FELICIDAD » 19. LA LIBERTAD VERDADERA
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LA LIBERTAD VERDADERA
No hay mayor fuerza que la del amor.
UNA LEYENDA DEL
TÍBET
En una ocasión decidí llevar a cabo un retiro de silencio durante siete días a tres mil metros de altura en las Montañas Rocosas de Colorado. Allí conocí una preciosa historia tibetana que relataba el camino sagrado del guerrero de Shambala.
Shambala es un lugar probablemente imaginario que, de haber existido, se encontraría en la cordillera de los Himalayas. Si tenemos en cuenta que esta cordillera mide dos mil seiscientos kilómetros de longitud y se extiende por China, la India, Nepal y Bután, y que, además, tiene trescientos cincuenta kilómetros de anchura y más de cien picos con una altura superior a los siete mil metros, entenderemos fácilmente que el reino de Shambala sería en cualquier caso muy difícil de localizar. De todas maneras, su gran valor es simbólico, ya que representa ese lugar donde las personas son realmente felices y han superado ese condicionamiento mental que nos genera tanto sufrimiento.
Un guerrero de Shambala es alguien dispuesto a utilizar solo dos armas para combatir esa ignorancia que los seres humanos padecemos y que está en la raíz de todo comportamiento violento. Esas dos armas son la sabiduría y la compasión. La sabiduría en la tradición tibetana está representada por una campana y la compasión, por un cetro. La sabiduría tiene una polaridad femenina y la compasión, una polaridad masculina. Todo ser humano tiene ambas polaridades.
Una campana suena porque existe un vacío. Para que nosotros alcancemos la sabiduría tenemos que vaciarnos de
nosotros mismos, de nuestros juicios y de nuestro egocentrismo. Cuando uno se vacía de sí mismo puede prestar atención a las otras personas y comprender su verdadero sentir.
Un guerrero de Shambala utiliza también como arma el cetro de la compasión. Este cetro, representado por un rayo, actúa sobre la otra persona desarmándola. ¿Qué persona no se quedaría un poco «descolocada» si utilizando la ofensa para herir a alguien recibiera por parte de ese mismo ser humano una respuesta respetuosa y una demostración clara de su intención de comprender y ayudar?
La leyenda del reino de Shambala cuenta que el mundo ha llegado a tal punto de potencial destructor que se hace urgente que todos empecemos a orientar nuestra mirada a ese sol de mediodía que representa en la simbología tibetana la posibilidad de un mundo nuevo. En este nuevo mundo, la relación entre los seres humanos es de verdadera hermandad. La leyenda del reino de Shambala nos anima a no tener miedo y a entrar en lugares difíciles con la intención de favorecer una elevación del nivel de conciencia, un auténtico despertar.
UN MOMENTO DE INSPIRACIÓN
Cuando salimos de nuestra ignorancia y alcanzamos ese despertar espiritual al que suele denominarse iluminación, si bien el concepto puede ser un poco confuso, experimentamos lo que es una verdadera libertad interior. La esclavitud que el ego ejercía sobre la mente ha desaparecido y como consecuencia de ello, se produce una marcada transformación. Es a partir de este momento cuando se desarrolla un corazón verdaderamente compasivo capaz de expresar un amor sin igual. Este amor, cuando toca a otras personas, tiene el potencial de sanarlas, desencadenando, además, su propio proceso de transformación. La mente y el alma habitan en nuestro cuerpo estando los tres interconectados y, creando así una unidad indivisible, al menos mientras tengamos esta existencia material. Si juntamos los colores amarillo, magenta y cian, obtendremos un color azul oscuro en el que ya no
podremos distinguir los colores previos. Algo así pasa con la unión entre el cuerpo —amarillo—, la mente —cian— y el alma —magenta—. Por eso, mientras estos tres elementos estén unidos, todo interactúa con todo y por consiguiente también influye en todo.
Si bien es cierto que una mente sometida a las pulsiones del ego puede seguir siendo efectiva en su funcionamiento, estará a la vez generando constantes problemas a nosotros y a los otros. El ego no puede evitar estar obsesionado con la seguridad, el control, el estatus, el reconocimiento y la pertenencia al grupo. Muchas veces, para cubrir esto que tan imperiosamente necesita, hará lo que sea, como sea y donde sea. Por eso, aunque una mente dominada por el ego consigue resultados, lo logra haciendo que paguemos por ello un alto precio. Es importante comprender que la vida tiene un significado mucho más profundo y elevado y que, por supuesto, va más allá de los límites impuestos por el yo, el mí y lo mío.
Cuando una persona crece, evoluciona y madura espiritualmente, este progreso no solo sucede en su alma, sino que también penetra en su mente y en su cuerpo. Ahora, la presencia de esa persona que ha crecido espiritualmente transmite algo renovado y diferente. Su rostro adquiere una nueva expresión, su cuerpo tiene más vitalidad, sus gestos son más impactantes y lo que dice y cómo lo dice nos llega con mucha mayor profundidad. Todo en esa persona ha experimentado un cambio radical, su forma de pensar, su forma de percibir y su forma de actuar, son ahora diferentes. Por eso estos seres humanos tienen tanto magnetismo y se convierten en fuente de inspiración, prosperidad y abundancia para tantos.
La búsqueda espiritual, a pesar de su nombre, más que una búsqueda es un despertar. Este despertar amplía inmediatamente el horizonte de la mente y por eso se puede descubrir un nuevo mundo. Cuando la consciencia penetra en la mente, seguimos viendo la diferencia entre la luz y la oscuridad, lo duro y lo blando, lo correcto y lo incorrecto. Esto es así porque el mundo manifestado, la realidad material, está compuesta por opuestos. No sabríamos distinguir el frío si no conociéramos el calor. El yin y el yang del mundo del Tao lo vemos por doquier. La realidad física emerge de los opuestos.
Sin embargo, una mente penetrada por la luz de la consciencia ve ahora algo más. La mente consciente ve no solo el mundo de la dualidad —blanco y negro—, sino también el mundo de la unidad, de la ausencia de separación, de la interconexión con todo. Ve el mundo que precede a la creación de la materia. Esto causa un curioso efecto, ya que esa persona puede a partir de ese momento tener preferencias, pero no los apegos ni las aversiones propios del ego. En ese momento uno se descubre no solo como actor de una obra de teatro, sino también como espectador y guionista. Por eso puede cambiar el destino de su vida. Ya su percepción no está limitada por las apariencias, porque ahora tiene acceso al mundo real, un mundo que carece de límites. Esa persona deja de estar atrapada por los lamentos del pasado o las preocupaciones del futuro. Ahora vive en un eterno presente, en un aquí y ahora. Esa persona puede disfrutar de amigos, fama y fortuna y, sin embargo, no corre obsesivamente detrás de ellos; de lo contrario no podría experimentar la serenidad y la paz interior de las que disfruta. Porque no vive apegado a sus amigos, a su fama y a su fortuna puede perderlo todo sin hundirse, sin desmoronarse, sin caer en la desesperanza.
Si utilizáramos una analogía con la música podríamos decir que la melodía que es capaz de componer un músico que no ha experimentado este despertar espiritual, estaría compuesta de notas sin espacio entre ellas, sin intervalos. Un músico que ha despertado espiritualmente no solo conoce la importancia de esos elementos que tienen forma y que son las notas musicales, sino que ahora ha comprendido la importancia de ese intervalo entre ellas. Recordemos que un intervalo carece de forma y es solo silencio. Imaginemos la enorme diferencia que va a existir entre ambas melodías cuando se toquen, por ejemplo, con un piano. Recordemos que la principal característica de la consciencia es su capacidad de darse cuenta, de ver con amplitud y profundidad. Si queremos expandir nuestra percepción de la realidad, precisamos madurar en nuestra dimensión espiritual. Esto solo es posible comprenderlo si observamos que la persona que ha despertado espiritualmente no está apegada al mundo sensorial propio de la materia, y por eso está experimentando una dimensión radicalmente diferente
de la vida. Esta paz interior imperturbable que percibe no es efímera, porque está anclada en aquello que por su propia naturaleza es inmutable. No se trata, por tanto, de un proceso en el que uno busca escaparse del mundo, sino de un proceso en el que se descubre que estamos en el mundo sin ser del mundo. Sería algo así como «traer el paraíso a la tierra».
Cuando hablo de espiritualidad no hablo necesariamente de las religiones institucionalizadas, porque como decía Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver,
«tenemos demasiada religión que nos hace odiarnos y nos falta suficiente espiritualidad para amarnos».
Muchas veces la religión mal entendida sirve para separarnos y enfrentarnos, mientras una religión madura y una espiritualidad auténtica, no la ficticia y de postín, sirve para unirnos al no encontrar ninguna división entre nosotros.
No es extraño que el ego se apropie hasta de la religión y la convierta en un sistema para controlar, manipular, dominar. Toda religión sería de un gran valor si la viviéramos más allá de los confines de nuestro ego. El ego nos conduce a la miseria y al sufrimiento, haciéndonos creer, sin embargo, que nos lleva a la felicidad. El despertar espiritual nos permite tomar distancia y descubrir esta trampa tan bien tejida. Recordemos cómo en la Odisea
de Homero los navegantes se estrellaban contra las rocas atraídos por los bellos cantos de las sirenas.
Cuando seguimos la vía espiritual, sin necesidad de abandonar para ello nuestra razón, un camino natural empieza a emerger en forma de llamativas intuiciones, observaciones sorprendentes, encuentros inesperados y la aparición de recursos insospechados. La clave, por tanto, no está en lo que vivimos, sino desde dónde lo vivimos. De hecho, las necesidades para la evolución de las almas están creando constantemente las circunstancias en las que vivimos. Es como si algo nos guiara, como si una brújula interior estuviera marcando el rumbo que hemos de seguir. Este camino es el de menor resistencia porque toda resistencia procede del ego y de su enfrentamiento directo y radical con la vida. El disfrute de seguridad, estatus, pertenencias y relaciones humanas no está enfrentado en absoluto con la vida espiritual. Lo que sí está enfrentado es el apego a esas cosas. Cuando la mente es
penetrada por la consciencia y el ego pasa de piloto a copiloto, podemos seguir teniendo ambición, pero no avaricia. También podemos disfrutar de una buena posición en la vida, pero la utilizamos no para dominar, controlar, manipular, sino para servir.
Si lo que aquí expongo se viera como una paradoja, como algo aparentemente contradictorio, es porque lo estamos analizando desde el intelecto y no desde la inteligencia y la sabiduría que son atributos no del intelecto, sino de la consciencia.
En el mundo material en el que vivimos no podríamos tener la forma que tenemos si tan solo tuviéramos la dimensión espiritual. Por eso necesitamos un cuerpo material y una mente que conecte ambos mundos, el material y el espiritual. Recordemos de nuevo esa conocida expresión: «Somos seres espirituales teniendo una experiencia material». Por alguna razón tenemos que pasar por esta experiencia en el mundo de la materia para que evolucionemos espiritualmente, para que nuestras almas evolucionen, mejoren, maduren hasta alcanzar un despertar de la consciencia aún más profundo. Esa flor tan preciosa que es el loto emerge en aguas sucias y llenas de barro. Todas estas reflexiones en torno a la felicidad las considero necesarias para resaltar que la felicidad no es algo que se alcanza o que se obtiene, sino que es algo que emerge, que se expresa y que se percibe cuando la luz de la consciencia penetra en las mentes y en los cuerpos. Hasta las células de una persona que vive con plena consciencia son felices, aunque pudieran físicamente estar enfermas.
Resumiría lo expuesto diciendo que tenemos la extraordinaria oportunidad de disfrutar de las posibilidades y experiencias que ofrece el mundo de la materia y que hemos de hacerlo desde un nivel elevado de consciencia. Cuando los rayos del sol atraviesan la lluvia, en el cielo emerge un precioso arco iris. Sin lluvia —mundo de la materia— y sin luz —mundo del espíritu— no puede manifestarse el arco iris. Decía Ramana Maharishi que «nuestra realización espiritual es el mayor servicio que podemos hacer a este mundo». Nuestro «lluvioso mundo» necesita de personas que sepan pintar un arco iris en el cielo. Una mente que ha sido iluminada por la consciencia
puede percibir el mundo dualista de la materia y también el mundo indivisible, no dualista y sutil del espíritu. Ambos son parte de una realidad, pero de una realidad ampliada.
Si la mente fuera un ordenador, en una mente iluminada por la consciencia no solo podría descargarse archivos propios de nuestra cultura, sino también archivos procedentes del mundo del espíritu. De aquí emergerían las más profundas intuiciones, revelaciones y creaciones tanto en la ciencia como en el arte.
UNA ESTRATEGIA
Como la felicidad no viene de fuera, sino de dentro, lo primero que hay que hacer es aprender a reconocer todos esos apegos y aversiones propios de los impulsos del ego por conseguir lo que este desea. Solo después, una vez que seamos más conscientes de ello, podremos ir soltando dichos apegos y aversiones.
Dado que el impacto fundamental que tiene el ego sobre la mente es que la desestabiliza y la agita llenándola de contenidos como pueden ser la multitud de pensamientos, imágenes y sentimientos que nos bombardean a todas horas, hemos de aprender a través de la práctica del mindfulness
a calmar dicha mente. Es de esta manera como la consciencia puede reconectar con ella.
Hemos de prestar atención a todas esas influencias del entorno que solidifican y que refuerzan el papel que el ego juega en nuestras vidas. Compararse constantemente con los demás, creerse que los únicos que triunfan en la vida son los que consiguen poder, fama y fortuna es prestarse a jugar bajo las reglas del ego. No se trata de vivir como anacoretas en el desierto alejados de las «tentaciones del mundo» o por lo menos, esta es mi forma de verlo. De lo que se trata es de ser más conscientes de todo, de caer en la cuenta de hacia dónde nos lleva esa corriente en la que parece que solo lo material cuenta. Recordemos que lo que la madurez espiritual nos aporta es una percepción distinta de las cosas, una forma distinta de ver la vida y el mundo. Vivir sumergidos en la ignorancia del más puro y hermético materialismo nos traerá
antes o después sufrimiento, porque seremos incapaces de asumir los cambios y las pérdidas que se producen en una dimensión física en la que el paso del tiempo genera, precisamente, estos cambios y estas pérdidas.
Te invito a buscar cada día ocasiones para que en lugar de preguntarte qué puedo sacar de aquí, te preguntes qué es lo que puedo poner aquí, cómo puedo ayudar. Tu capacidad de discernir te permitirá encontrar oportunidades para aportar valor. Acuérdate que la clave es aprovechar la oportunidad más que escapar de la incomodidad. No me sorprendería que descubrieras que muchas veces lo más necesario, lo que puede ayudar a resolver una situación difícil, no es ni más ciencia ni más tecnología, sino más humanidad. La mayor parte de los problemas a los que nos enfrentamos no son de naturaleza técnica, sino de naturaleza humana.
Observa con interés y curiosidad la reactividad de tu ego en forma de enfado, envidia, avaricia, orgullo, miedo, sensación de impotencia o desesperanza cuando algo amenaza «tu» sensación de seguridad, «tu» estatus o «tu» pertenencia al grupo. Recuerda que quien se está sintiendo amenazado no es tu verdadero ser, tu auténtica identidad, sino tu ego. Por eso sé firme y no te dejes envolver en su juego. Respira hondo y con cada espiración imagina que dejas que se vaya, que se disuelva el enfado, la envidia y todos los otros acompañantes de un ego herido. No pierdas tiempo y energía dándole vueltas al por qué a mí, al qué he hecho yo. Tu intelecto, una vez «magnetizado» por tales sentimientos, no tiene en esos momentos una capacidad adecuada ni para analizar ni para discernir. Deja que el fuego se extinga privándole de ese oxígeno que es tu atención y que lo mantiene vivo. Luego, con más calma, sabrás mucho mejor cómo proceder.
A medida que tu ego pierda solidez, la mente perderá opacidad y, al perderla, la luz de la consciencia podrá penetrar e iluminarla. Entonces la mente podrá ver lo que no se puede ver cuando se está sumido en la oscuridad. Es a esta nueva visión de la realidad a lo que llamamos sabiduría.
Hay un precioso castillo en Montreux, Suiza, llamado el castillo de Chillon. Por dentro es triste, frío y sombrío. Sus pareces son muy gruesas y de piedra. Lord Byron lo visitó y escribió un poema titulado El prisionero de Chillon.
Lo sorprendente para mí no es el castillo, sino dónde está. El castillo está sobre un precioso lago y frente a los majestuosos Alpes suizos. Prisión, lago y castillo forman parte de una única realidad. Sin embargo, si el prisionero de Chillon hubiera sido llevado al castillo con un antifaz cubriendo sus ojos, al abrirlos hubiese sido incapaz de ver la belleza y la inmensidad que le rodeaba. Las gruesas paredes del castillo, aparentemente tan sólidas e impenetrables, representan el ego. El prisionero es nuestra mente que vive atrapada en la tristeza y en la desesperanza, creyendo que el mundo se termina en aquellas paredes. El sol representa la fuente de toda luz verdadera, la consciencia. El lago y las montañas representan la realidad que no podemos contemplar y que está llena de posibilidades, oportunidades y recursos —navegar por el lago, pasear por la montaña—. Si el ego pierde solidez, si las paredes del castillo perdieran solidez y primero se hicieran traslúcidas y después trasparentes, el prisionero podría ver la belleza que le rodeaba. Una vez que se ve, el hechizo se rompe y las paredes se deshacen porque son una pura ilusión.
Cuando la mente se abre a la posibilidad de que haya algo más de lo que vemos y nuestro corazón elige confiar, entonces nuestras manos, nuestra voluntad, empiezan a actuar. A partir de ese momento el ego —las paredes del castillo— comienza a perder solidez y, como la luz de la consciencia es sensible a una decisión tomada en libertad, contribuye de una forma mágica a la disolución del ego. El castillo sigue existiendo, pero ya sus paredes no nos tienen confinados.
Una persona que ha alcanzado la libertad interior tiene no solo la sabiduría propia del que ahora ve con más amplitud y profundidad, sino que, además, se vuelve compasiva porque entiende el sentir y la experiencia vital de quien todavía vive encerrado. Por eso ya no le importa tanto el «qué pasa conmigo», sino el «qué pasa contigo».
Inspirados por la posibilidad de ser internamente libres y de tener una conexión más amplia con la realidad, la persona disciplinada practica el silencio, la contemplación, el agradecimiento y la virtud. Por eso, porque se fía de la vida, no proyecta sus deseos y angustias sobre el futuro. Sabe que la
vida le traerá lo que sea necesario para que su alma siga madurando y ampliando su nivel de consciencia.
La meditación es un excelente ejercicio para soltar, para dejar marchar aquellos pensamientos, imágenes y sentimientos que aparecen en la mente secuestrada por el ego. Aprender a dejarlos marchar es una magnífica práctica para reducir la solidez del ego. No consideremos como genuinamente nuestros unos pensamientos, imágenes y sentimientos que genera eso a lo que denominamos ego. Cuanto más los consideremos nuestros más solidificaremos nuestro ego porque más nos identificaremos con él.
El estrés negativo o distrés que padecemos lo experimentamos en el cuerpo, en la mente y en el alma y, sin embargo, su raíz, el lugar donde se origina, es en nuestro ego, que a la mínima se siente amenazado por todo e incluso por la propia vida. Por eso cada vez que hagas algo para reducir la solidez de tu ego tendrás mucha más tranquilidad y paz interior y conseguirás en todo mejores resultados. Recordemos que cuando uno se siente amenazado se enfoca en protegerse y no en conseguir resultados. Vamos a utilizar una analogía con algo que sucede en el ser humano para entender esto mejor. Las cándidas son unos microorganismos que están presentes en el cuerpo. Cuando su número aumenta más de la cuenta, entonces pueden producir problemas. Las cándidas se vuelven locas por el azúcar. La adicción a los dulces que muchas personas tienen responde no a la llamada de sus células para que le den los nutrientes necesarios, sino al grito desesperado de las cándidas que no pueden vivir sin azúcar. Parece que la necesidad de consumir tanto azúcar es del organismo y, sin embargo, es de algo que está en nuestro organismo. Lo mismo ocurre con el ego y su grito desesperado para que consigamos poder y alcancemos fama y fortuna.
UN ENTRENAMIENTO
Son muchas las estrategias que hemos expuesto en este capítulo y, por eso, lejos de agobiarte con el número, empieza a practicar aquellas que te sean más sencillas, claras y prácticas. A medida que vayas ganando momentums,
seguirás con otras que te resulten ahora un poco más desafiantes. El trabajo interior requiere dedicación, disciplina y práctica durante toda la vida. Nada grande se consigue sin estos tres elementos. Te animo a que cada día des un nuevo paso adelante para reclamar esa libertad interior que te pertenece y de la que tal vez no estés todavía disfrutando.
UN RECONOCIMIENTO
En la casilla de tu manual de entrenamiento en la que pone «Reclamando mi libertad verdadera» pon un tick
(✓) cada vez que hayas practicado cualquiera de las estrategias que he compartido contigo. Cuando hayas logrado hacerlo quince veces, ten un gesto de reconocimiento hacia ti.
El camino de Shambala está lleno de sentido, pero es muy contrario a nuestra forma habitual de pensar y actuar. Por eso tenemos que ser como ese río que baja constantemente de la cordillera del Himalaya, a veces con más agua, otras con menos, pero sin cesar en su movimiento. Es así como el río encuentra su camino, moldeando hasta las piedras más sólidas.