Tus tres superpoderes

Tus tres superpoderes


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EPÍLOGO

Hemos visto a lo largo de estos capítulos la diferencia entre el bienestar subjetivo que colma los sentidos y la felicidad que colma el corazón. También hemos expuesto cómo la mente humana sometida a la tiranía del ego hace una serie de predicciones sobre lo que nos hará felices o desgraciados, y que no son para nada ciertas.

Los datos extraídos del mundo real pocas veces coinciden con las predicciones del mundo mental. Pensamos que cuando consigamos algo que deseamos profundamente, seremos muy felices, y resulta que luego no es así. Pensamos que si nos sucede algo que nos intimida, seremos incapaces de superarlo, y tampoco suele ser así. De hecho, la mente de un gran número de personas tiene tal tendencia a hacer predicciones de tipo negativo que resulta excepcionalmente difícil atreverse a dar nuevos pasos, a salirse de su «cuadrícula mental», de su zona de confort, por las terribles consecuencias que ello podría tener. Asumimos que nuestras percepciones son precisas y rara vez lo son.

Se nos bombardea constantemente con el fin de que sigamos las referencias que la sociedad decide que son las adecuadas. Llegamos a basar nuestra autoestima, el grado en el que nos valoramos, de acuerdo a dichas referencias que lo que de verdad hacen es favorecer la comparación social. Dinero, poder, estatus, fama y relaciones se convierten en algo a lo que casi todo el mundo aspira.

Para mí el problema no está en aspirar a esas cosas que, sin duda, pueden aportar un gran bienestar subjetivo. Para mí el problema surge cuando eso es a lo único a lo que se aspira, convirtiéndose en el norte que orienta por completo nuestras

vidas. Esto se hace especialmente manifiesto en las redes sociales, las cuales pueden llegar a crear, si no se utilizan de una manera equilibrada, una verdadera adicción. Muchos jóvenes y no tan jóvenes aspiran a ser como algunas de esas personas que aparecen en las redes sociales, desplegando todo su poderío económico y la más expresiva de las sonrisas. ¡Ojalá esas personas fueran tan felices como aparentan! Sin embargo, pocas muestran su auténtica cara, el cómo se sienten de verdad. Vivimos en un gran teatro de las apariencias en el que cada uno intenta exponer siempre su mejor versión.

Los psicólogos sociales han hecho un extraordinario trabajo a la hora de desenmascarar estos «juegos de la mente» que nos hacen ver lo que no hay y nos privan de ver lo que en realidad hay. Por consiguiente, los espejismos que proyecta la mente y que nos envuelven pocas veces representan el mundo real. Sin embargo, salvo que seamos conscientes de que es así como opera la mente, tenderemos a dar más credibilidad al espejismo que a la realidad. Filtraremos la información, los datos que no coincidan con nuestro modelo mental para así no poder verlos y seguir viviendo dentro de una ilusión.

No cabe duda de que superar esta marcada tendencia de la mente atrapada en las redes del ego requiere un gran esfuerzo, y esto es algo que pocas personas están dispuestas a hacer porque es algo así como nadar a contracorriente.

Saber valorar todas las cosas que tenemos requiere pararse un poco y plantearse cómo sería nuestra vida si no las tuviéramos. A veces esta es una reflexión imprescindible para saber apreciar un poco más tantas cosas que nos parecen normales como el poder ver, oír, andar, comer, tener con qué vestirse o un techo con el que cubrirnos y que, sin embargo, la gran mayoría de las personas no tienen.

De la valoración brota el agradecimiento. Saber valorar y saber agradecer no solo mejora la sensación subjetiva de bienes­tar, nuestro estado de ánimo, sino también la salud. Es curioso descubrir cómo todo está interconectado siguiendo los caminos más asombrosos. Por ejemplo, las personas que realizan este ejercicio de valoración y gratitud controlan mejor su tensión arterial y las cifras de glucosa en sangre que las que no lo hacen. Además, tienen una mayor tendencia a realizar

ejercicio físico y a mantener su práctica que las que no lo hacen. Por si esto fuera poco, cuando uno valora y agradece lo que tiene, es más difícil que le afecte tanto la comparación social.

A la hora de conseguir objetivos también se ha demostrado que la motivación intrínseca es más potente y sus efectos duran mucho más que la motivación extrínseca. Nos mueve más y nos genera un mayor bienestar hacer algo porque nos gusta, porque nos apasiona y porque somos conscientes de que aprendemos y mejoramos, que el grado de reconocimiento que se nos dé desde el exterior en forma de puntuaciones, alabanzas e incluso dinero. Además, quien se acostumbre a moverse basándose en lo que se le incentive desde fuera, mostrará una mínima motivación si se le deja de incentivar.

Al final el desafío es claro. La experiencia de bienestar y felicidad se producen en la mente cuando:

— Rompemos nuestro aislamiento y buscamos la conexión social. Sonreír, mirar a los ojos, entablar una conversación, no solo nos hace sentirnos bien, sino que, además, mejora nuestra salud.

— Damos más valor a tener experiencias compartidas que a tener objetos.

— Desarrollamos una mentalidad que confía en que a través del esfuerzo, la dedicación y el entusiasmo se puede cambiar, se puede mejorar, se puede evolucionar.

— Aprendemos a compartir y nos importa ayudar a otros en sus luchas y dificultades.

— Reconectamos con nuestra dimensión más profunda a través del silencio y la contemplación.

Ya vimos lo difícil que es separar lo físico, lo mental y lo espiritual. De hecho, no se pueden separar, solo distinguir. Las personas que hacen ejercicio físico, duermen un número adecuado de horas al día —siete u ocho— y cuidan lo que comen no solo tienen más energía y vitalidad, sino que, además, tienen menos estrés, aprenden más deprisa y experimentan un mayor bienestar subjetivo. Por si esto fuera poco también desarrollan una mayor serenidad, equilibrio, paz interior, lo cual hace más

factible que puedan reconectar con su dimensión más profunda, por ejemplo, durante una práctica de mindfulness

.

Las personas que son más agradecidas, que buscan una mayor conexión con otros seres humanos, que se enfocan en aprender, en mejorar y en contribuir, no es que solo mejoren su capacidad cognitiva y su sensación de bienestar, sino que, además, están beneficiando su salud y se encuentran más abiertos a esa reconexión con la dimensión espiritual de la existencia. Aquellas personas que dedican tiempo a prácticas contemplativas —como pueden ser la meditación o pasear por el campo—, no es que solo puedan potenciar su creatividad, su sabiduría y su compasión, sino que, además, van a experimentar una mejora de su capacidad cognitiva, de su sensación subjetiva de bienestar y de su salud.

Cuerpo, mente y espíritu están profundamente interconectados. El mundo de la materia y el disfrute que procede de dicho mundo tiene un impacto en la mente y genera una experiencia a la que llamamos bienestar subjetivo. El mundo del espíritu con el que se conecta a través del silencio, la contemplación, la aceptación, el encuentro con la naturaleza, la valoración de lo que tenemos, la gratitud, la compasión, la oración, el perdón y la contribución al bienestar de otro tiene también un impacto en la mente y genera una experiencia a la que denominamos felicidad. Ambos mundos, ambas dimensiones, la material y la espiritual, se funden en el hombre en la dimensión mental. Es esta la que actúa de puente entre materia y espíritu. Por eso hay que estar atento para no irse a ninguno de los dos extremos, el de un materialismo tan excesivo que solo aspira a poder, fama y fortuna y, el de una espiritualidad que lleva a encerrarse en una especie de burbuja para no «contaminarse» con el mundo material. Si nos abrimos a un universo que es ante todo inteligencia, sabiduría y amor, resultaría contradictorio que nos exigiera llevar una existencia exclusivamente espiritual cuando, sin embargo, vivimos en un mundo material. Yo creo que lo que se nos pide es que sepamos armonizar ambas dimensiones y esta es una gesta que por lo menos nos va a llevar toda una vida.

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