Trono de cristal

Trono de cristal


Capítulo 26

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Capítulo 26

Las puertas de su dormitorio se abrieron de par en par y en un instante, Celaena ya estaba de pie con un candelabro en la mano.

Pero Chaol no le prestó atención al entrar como un vendaval, apretando los dientes. Celaena protestó y se dejó caer de nuevo sobre la cama.

—¿Es que no dormís nunca? —farfulló tapándose con las mantas—. ¿No estuvisteis de celebración hasta las tantas de la madrugada?

Chaol se llevó una mano a la espada, destapó a la muchacha y la sacó de la cama a rastras agarrándola del codo.

—¿Dónde estuviste anoche?

Celaena procuró olvidar el miedo que le atenazaba la garganta. Era imposible que el capitán supiese lo de los pasadizos, así que se limitó a sonreírle.

—Aquí, por supuesto. ¿Acaso no me visitasteis para darme esto?

Desasió su codo y movió los dedos para enseñarle el anillo de amatista.

—Eso fue durante unos minutos. Y ¿el resto de la noche?

Celaena se negó a retroceder mientras él escrutaba su cara, luego sus manos y luego el resto de su cuerpo. Ella hizo lo propio. El capitán llevaba la camisa desabotonada a la altura del cuello y ligeramente arrugada… y su pelo corto estaba despeinado. Fuera lo que fuese lo que lo había llevado hasta allí, era una emergencia.

—¿A qué viene esto? ¿Es que no tenemos una prueba esta mañana?

Celaena se toqueteó las uñas a la espera de que Chaol respondiera.

—Se ha cancelado. Esta mañana hemos encontrado muerto a otro campeón. Xavier…, el ladrón de Melisande.

Celaena levantó los ojos y luego volvió a mirarse las uñas.

—¿Es que creéis que lo he matado yo?

—Espero que no, porque el cadáver estaba medio comido.

—¡Comido! —exclamó Celaena, y arrugó la nariz. Se sentó con las piernas cruzadas sobre la cama y se apoyó en las manos—. Qué truculento. Quizás haya sido Cain; es lo bastante bestia para hacer algo así.

Se le encogió el estómago. Otro campeón asesinado. ¿Tendría algo que ver con el mal que había mencionado Elena? Los asesinatos del Comeojos y de los otros dos campeones no habían sido casualidad, ni una reyerta de borrachos, tal como había determinado la investigación. No, había una pauta.

Chaol resopló.

—Me alegro de que te parezca gracioso el asesinato de un hombre.

Celaena se obligó a sonreírle.

—Cain es el candidato más probable. Vos sois de Anielle: deberíais saber mejor que nadie cómo son los habitantes de las montañas Colmillo Blanco.

Chaol se pasó una mano por su pelo corto.

—No acuses tan alegremente. Aunque Cain sea un bruto, es el campeón del duque Perrington.

—¡Y yo soy la campeona del príncipe heredero! —Se echó el pelo por detrás de un hombro—. Creía que eso significaba que puedo acusar a quien me plazca.

—Dímelo sin rodeos: ¿dónde estuviste anoche?

Celaena se puso recta y lo miró a los ojos.

—Como podrán atestiguar mis guardianes, me he pasado la noche entera aquí. Aunque si el rey quiere interrogarme, siempre puedo decirle que vos también podéis dar fe de que lo que digo es cierto.

Chaol se quedó mirando el anillo y ella ocultó su sonrisa mientras un ligero arrebol asomaba a las mejillas del capitán.

—Seguro que te complace aún más saber que tú y yo no vamos a entrenar hoy.

Celaena sonrió al oírlo y suspiró teatralmente mientras volvía a colarse bajo las mantas y se acurrucaba contra las almohadas.

—Me complace enormemente —tiró de las mantas hasta que le llegaron a la barbilla y le hizo ojitos—. Y ahora, fuera. Voy a celebrarlo durmiendo cinco horas más.

Era mentira, pero él se lo creyó.

Celaena cerró los ojos antes de poder ver cómo Chaol la fulminaba con la mirada, y sonrió para sí al oírlo salir de la habitación. Solo se incorporó cuando oyó el portazo.

¿Se habían comido al campeón?

La última noche en su sueño… No, no había sido un sueño. Había sido real. Los alaridos de todas aquellas criaturas… ¿Una de ellas habría matado a Xavier? Pero estaban en la tumba; no había modo de que se hubiesen colado en los corredores del castillo sin que nadie las hubiera visto. Algunas alimañas debían de haber encontrado el cadáver antes que los guardias. Unas alimañas muy, muy hambrientas.

Volvió a estremecerse y salió de debajo de las mantas. Necesitaba fabricarse unas cuantas armas más y encontrar el modo de reforzar las cerraduras de puertas y ventanas.

Mientras preparaba sus defensas no dejaba de asegurarse que no había nada de lo que preocuparse. Pero con unas cuantas horas de libertad por delante, cargó con todas las que pudo, cerró con llave la puerta de su habitación y se coló en la tumba.

Celaena recorrió la tumba entera gruñendo para sus adentros. Allí no había nada que explicase las razones de Elena ni cuál era la fuente de aquel misterioso mal. Absolutamente nada.

Durante el día, en la tumba entraba un rayo de sol que hacía que todas las motas de polvo que ella removía se arremolinasen como copos de nieve. ¿Cómo era posible que hubiese luz a aquella profundidad por debajo del castillo? Celaena se paró bajo la rejilla del techo y contempló la luz que se colaba por ella.

Los lados del hueco brillaron: estaban recubiertos de oro pulido. Mucho oro, puesto que reflejaban los rayos del sol hasta allí abajo.

Celaena se paseó entre los dos sarcófagos. Aunque llevaba encima tres de sus armas improvisadas, no encontró ni rastro de la criatura que había estado gruñendo y chillando la noche anterior. Y tampoco halló ni rastro de Elena.

La asesina se detuvo junto al sarcófago de Elena. La joya azul incrustada en su corona de piedra emitió una pulsación bajo la tenue luz del sol.

—¿Cuál fue tu intención al decirme que hiciese esas cosas? —musitó en voz alta, y su voz rebotó en las paredes, llenas de intrincados grabados—. Llevas mil años muerta. ¿Por qué sigues preocupándote por Erilea?

Y ¿por qué no se lo pedía a Dorian, o a Chaol, o a Nehemia, o a alguna otra persona?

Celaena pasó un dedo por la respingona nariz de la reina.

—Cualquiera habría pensado que tendrías mejores cosas que hacer en la otra vida.

Aunque intentó sonreír, su voz sonó más baja de lo que hubiese querido.

Debía irse; aun con la puerta de su habitación cerrada con llave, alguien iría a buscarla antes o después. Y dudaba mucho que nadie la creyese si decía que la primera reina de Adarlan le había encargado una misión muy importante. De hecho, hizo una mueca al comprender que tendría suerte si no la acusaban de traición y de usar la magia. Eso le garantizaría volver a Endovier, desde luego.

Después de recorrer la tumba por última vez, Celaena se marchó. Allí no había nada que pudiese resultarle de utilidad. Además, si Elena estaba tan interesada en que se convirtiese en la campeona del rey, no podía pasarse todo el tiempo persiguiendo aquel mal que acechaba en el castillo. Seguramente aquello haría que empeorasen sus posibilidades de ganar. Celaena subió los escalones a toda prisa mientras su antorcha proyectaba extrañas sombras en las paredes. Si aquel mal era tan amenazador como Elena lo pintaba, ¿cómo iba a poder derrotarlo ella?

No es que la idea de algo malvado que morase en el castillo le diese miedo.

No. No era eso. Celaena resopló. Se concentraría en convertirse en la campeona del rey. Y entonces, si ganaba, intentaría encontrar aquel mal.

Quizá.

Una hora después, flanqueada por guardias, Celaena mantuvo la cabeza bien alta mientras recorrían los pasillos en dirección a la biblioteca. Sonrió abiertamente a los jóvenes caballeros con los que se cruzaron… y sonrió con suficiencia a las cortesanas que pasaban revista a su vestido rosa y blanco. No le extrañaba: el vestido era espectacular. Y con él puesto, ella tenía una pinta espectacular. Hasta Ress, uno de los guardias más guapos de los que había apostados junto a la puerta de sus aposentos, se lo había dicho. Naturalmente, no le había resultado demasiado difícil convencerlo para que la acompañase a la biblioteca.

Celaena sonrió para sus adentros al saludar con la cabeza a un noble, que arqueó las cejas al verla. La asesina reparó en que estaba palidísimo cuando abrió la boca para decir algo, pero Celaena siguió andando por el pasillo y apretó el paso al oír voces de hombres discutiendo que rebotaban en las piedras según se acercaban a un recodo.

Celaena se apresuró y no prestó atención al chasquido de la lengua que emitió Ress cuando dobló la esquina. Conocía aquel olor demasiado bien. El penetrante olor de la sangre y el hedor de la carne en descomposición.

Pero no se esperaba ver lo que vio. «Medio comido» era una manera agradable de describir lo que quedaba del delgado cuerpo de Xavier.

Uno de sus escoltas maldijo entre dientes, y Ress se acercó más a ella, le apoyó una mano en la espalda ligeramente y la conminó a que no se parase. Ninguno de los hombres allí reunidos la miró mientras pasaba junto a la escena y lograba ver mejor el cadáver.

La cavidad torácica de Xavier estaba abierta en dos y le habían extraído los órganos vitales. A menos que alguien los hubiese retirado al encontrar el cadáver, no había ni rastro de ellos. Y su larga cara, desprovista de carne, seguía contraída en un grito silencioso.

Aquel asesinato no había sido fortuito. Xavier tenía un agujero en lo alto de la cabeza y Celaena alcanzó a ver que también le habían extraído el cerebro. Por los manchurrones de sangre de la pared parecía que alguien había estado escribiendo algo y luego lo había borrado. Pero aún podía verse parte de lo que habían escrito. Celaena intentó no quedarse boquiabierta al verlo. Marcas del Wyrd. Tres marcas del Wyrd que formaban un arco que en algún momento debía de haber sido un círculo junto al cadáver.

—Santos dioses —murmuró uno de los guardias mientras desaparecían entre el gentío presente en la escena del crimen.

No le extrañaba que Chaol estuviese tan desencajado aquella misma mañana. Celaena estiró la espalda. Y ¿el capitán pensaba que aquello lo había hecho ella? Qué necio. Si hubiese querido eliminar a sus competidores uno por uno, lo habría hecho de un modo rápido y limpio: un cuello rebanado, un cuchillo en el corazón, una copa de vino envenenado. Aquello era de mal gusto. Y extraño, ya que las marcas del Wyrd lo convertían en algo más que un brutal asesinato. Algo ritual, quizá.

Alguien se aproximaba de frente. Era Tumba, el asesino sanguinario, que contemplaba el cadáver a distancia. Su mirada, oscura e inmóvil como una charca, se cruzó con la de Celaena. Ella hizo caso omiso de sus dientes podridos y señaló con un movimiento de la cabeza los restos de Xavier.

—Una pena —dijo sin que pareciese que lo lamentaba demasiado.

Tumba se rio entre dientes y se metió los nudosos dedos en los bolsillos de sus pantalones, sucios y gastados. ¿Es que su patrocinador no se molestaba en vestirlo adecuadamente? Obviamente, no, teniendo en cuenta que su patrocinador era lo bastante asqueroso y estúpido para elegirlo a él como campeón.

—Qué lástima —contestó Tumba encogiéndose de hombros al cruzarse con ella.

Ella asintió con laconismo y, a su pesar, mantuvo la boca cerrada mientras seguía andando por el pasillo. Ahora solo quedaban dieciséis: dieciséis campeones, y cuatro de ellos debían enfrentarse en un duelo. El torneo se estaba poniendo difícil. Debería haberle dado las gracias al dios macabro que había decidido poner fin a la vida de Xavier, pero por algún motivo no podía.

Dorian blandió la espada y soltó un gruñido cuando Chaol desvió el golpe fácilmente. Le dolían los músculos después de haberse pasado varias semanas sin practicar, y le faltaba el aliento al tirarle una estocada tras otra.

—Este es el resultado de un comportamiento ocioso —bromeó Chaol haciéndose a un lado para que Dorian trastabillase al intentar embestirlo. Recordaba un tiempo en el que ambos habían demostrado las mismas habilidades…, aunque eso había sido hacía mucho. Aunque seguía disfrutando de la lucha con la espada, Dorian había acabado prefiriendo los libros.

—He tenido reuniones y cosas importantes que leer —dijo Dorian jadeando, y arremetió contra el capitán.

Chaol esquivó el golpe, amagó y le tiró una estocada tan fuerte que Dorian tuvo que dar un paso atrás. El capitán se animó.

—Reuniones que habéis aprovechado como excusa para discutir con el duque Perrington —Dorian blandió la espada y Chaol se puso a la defensiva—. O a lo mejor es que estáis demasiado ocupado visitando los aposentos de Sardothien en plena noche —las gotas de sudor perlaban la frente de Chaol—. ¿Cuánto tiempo lleváis haciéndolo?

Dorian soltó un gruñido cuando Chaol pasó al ataque, y cedió terreno, un paso tras otro, con los muslos doloridos.

—No es lo que estáis pensando —dijo entre dientes—. No paso las noches con ella. Aparte de anoche, solo la he visitado una vez, y se comportó de un modo algo menos que acogedor, no os preocupéis.

—Al menos uno de los dos tiene algo de sentido común —Chaol asestaba cada golpe con tanta precisión que Dorian no pudo por menos de admirarlo—. Porque está claro que vos habéis perdido el juicio.

—Y ¿qué me decís de vos? —preguntó Dorian—. ¿Queréis que hable de cómo aparecisteis en sus aposentos anoche…, la misma noche en la que murió otro campeón?

Dorian fintó, pero Chaol no cayó en la trampa, sino que le asestó un golpe tan fuerte que el príncipe retrocedió tambaleándose, intentando no caerse. Dorian hizo una mueca al ver la ira que bullía en los ojos de Chaol.

—Está bien, ese ha sido un golpe bajo —reconoció levantando la espada para desviar otro golpe—. Pero aun así quiero una respuesta.

—Quizá no la tenga. Como vos habéis dicho, no es lo que estáis pensando —Chaol lo fulminó con la mirada, pero antes de que Dorian pudiese discutirlo, su amigo cambió de tema radicalmente—. ¿Qué tal los asuntos de la corte? —preguntó respirando con dificultad. Dorian entornó los ojos. Por eso estaba allí. Si tenía que pasar un momento más sentado mientras su madre recibía a la corte, iba a volverse loco—. ¿Tan terrible es?

—Callaos —le espetó Dorian, y entrechocó su espada con la de Chaol.

—Hoy ha debido de ser excepcionalmente horrible para vos. Me juego algo a que todas las damas os suplicaban que las protegieseis del asesino que anda suelto dentro del castillo.

Chaol sonrió con malicia, pero su mirada no lo reflejó. Tomarse tiempo para entrenar con él habiendo un cadáver fresco en el castillo era un sacrificio que a Dorian le había sorprendido que Chaol hubiese estado dispuesto a hacer; Dorian sabía lo importante que era su puesto para su amigo.

Dorian se quedó quieto de repente y estiró la espalda. Chaol debería estar haciendo cosas más importantes.

—Basta —dijo envainando su estoque. Chaol hizo lo propio.

Salieron de la sala de entrenamiento en silencio.

—¿Habéis tenido noticias de vuestro padre? —preguntó Chaol en un tono de voz que daba a entender que sabía que algo andaba mal—. Me pregunto adónde habrá ido.

Dorian soltó un largo suspiro para poner fin a sus jadeos.

—No, no tengo la menor idea. Recuerdo que cuando éramos niños, él ya se marchaba así, sin más, pero hacía años que no sucedía. Seguro que está haciendo algo especialmente desagradable.

—Cuidado con lo que decís, Dorian.

—O ¿qué? ¿Me encerraréis en las mazmorras? —No quería hablarle de mala manera, pero apenas había dormido la noche anterior, y la circunstancia de que un campeón apareciese muerto no había hecho que le mejorase el humor. Como Chaol no se molestó en contestar, Dorian preguntó—: ¿Creéis que alguien quiere matar a todos los campeones?

—Quizá. Puedo entender que alguien quiera acabar con la competencia, pero hacerlo de un modo tan brutal… Espero que no se convierta en una pauta de comportamiento.

A Dorian se le heló la sangre.

—¿Creéis que intentarán matar a Celaena?

—He apostado a unos cuantos guardias más alrededor de sus dependencias.

—¿Para protegerla o para evitar que salga?

Se quedaron parados en el cruce de pasillos donde se separarían para dirigirse cada uno a sus aposentos.

—¿Cuál es la diferencia? —preguntó Chaol en voz baja—. De todos modos, no os importa. La visitaréis independientemente de lo que os diga, y los guardias no os lo impedirán porque sois el príncipe.

Había un trasfondo tan derrotista y tan amargo en las palabras del capitán que Dorian, durante un instante, se sintió mal. Debía mantenerse apartado de Celaena: Chaol ya tenía suficientes motivos de preocupación. Pero entonces pensó en la lista que había confeccionado su madre y decidió que él también tenía más que suficientes.

—Tengo que echarle otro vistazo al cadáver de Xavier. Os veré esta noche en el salón para cenar —dijo Chaol, y echó a andar hacia sus aposentos.

Dorian se quedó mirándolo. El camino de vuelta hasta su torre se le hizo sorprendentemente largo. Abrió la puerta de madera que daba a sus dependencias y se desvistió de camino al cuarto de baño. Tenía toda la torre para sí, aunque sus aposentos solo ocupaban el piso de arriba. Le servían para refugiarse de todo el mundo, pero aquel día se le antojaron vacíos.

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