Tres meses
Capítulo 22
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Capítulo 22
Unos meses más tarde
Abrí la puerta de casa con una gran sonrisita orgullosa. Tenía los papeles bajo el brazo.
—¡Jen! —canturreé alegremente, cerrando detrás de mí.
No obtuve respuesta, aunque la música que salía de la sala que había al fondo del pasillo dejaba bastante claro que seguramente no me había oído.
—Miiiiicheeeeeleeeee —sonreí maliciosamente—. Cariiiiiiiiñooooooo...
—¿Qué? —preguntó Mike desde el sofá.
Le puse mala cara al instante.
—¿Te parece que a ti te llamaría cariño?
—No sé, a lo menor te has levantado de buen humor.
—¿Qué haces aquí, Mike? Tienes tu propia casa aquí al lado.
—¡Pero me había quedado sin chocolate!
—¡¿Has tocado mi choc...?!
—¿Qué pasa? —preguntó Jen, asomándose por la puerta del final del pasillo.
Dejé de fulminar a mi hermano con la mirada por un momento para centrarme en ella y dedicarle una sonrisita maliciosa.
—¿A que no adivinas que he hecho? —le pregunté, acercándome a ella.
—Algo malo —dedujo Mike.
—Pues no —le puse mala cara otra vez—. Y vete de aquí, este es un momento familiar muy bonito.
—Soy tu hermano —me frunció el ceño, ofendido—, ¡formo parte del núcleo familiar!
De todos modos, sabía que en cinco minutos volvería a marcharse.
Jen y yo habíamos decidido regalarle la casa de invitados de nuestro nuevo hogar, la casa del lago —sí, al final se la compré a mi madre—. Y la verdad es que su casita estaba muy bien. Era de un solo piso, pero tenía dos habitaciones completas, un salón, un cuarto de baño y una cocina. Ah, y un garaje pequeño. Y estaba al otro lado de nuestro patio trasero. No podía pedir más.
Nosotros, por nuestra parte, hacía ya cuatro meses que vivíamos en la casa del lago. Y básicamente nos habíamos dedicado —o más bien Jen, porque yo era horrible en ese aspecto— a convertirla en un sitio que pareciera un hogar y no un lugar de vacaciones.
Lo primero había sido quitar las cosas de mi padre, cosa que había sido idea de Jen y que yo había agradecido inmensamente. Dejamos, eso sí, las pinturas de mi madre. E incluso algunas pocas cosas que mi abuela se había dejado por aquí.
Lo segundo había sido deshacernos de uno de los salones porque, según Jen, ¿quién demonios necesita dos salones?
Y había surgido mi oportunidad de oro para convertirlo en... ¡mi sala de cine!
Sí, básicamente tenía dos sofás y una pantalla gigante para ver películas.
Y no, no me arrepentía de nada.
Como yo había decidido usar una de las salas para algo mío, Jen había decidido hacer lo mismo y eligió la última habitación del pasillo de la planta baja, la que antes solía ser un despacho bastante vacío, y la había convertido en su propio estudio para pintar. Tenía un montón de lienzos, pinturas, caballetes y pinceles por todos lados. Y siempre olía a pintura, por mucho que abriera las ventanas.
Bueno, ahora no, porque por el embarazo le habían recomendado no usar del tipo con la que pudiera inhalar solventes de pintura, pero usaba lápices de colores igual.
No habíamos hecho gran cosa en el piso de arriba, aunque Jen había sugerido que igual deberíamos empezar a escoger una habitación para el pequeño monstruíto que le crecía en las entrañas y que ya había hecho que su vientre creciera bastante.
—¿Cuál te gusta más? —me había preguntado hacía un mes.
Yo, que me paseaba con ella por el piso de arriba, me quedé mirando las tres habitaciones restantes. Nosotros nos habíamos quedado con la grande.
—Esa tiene dos ventanas que dan al patio trasero —comenté—. Y esa de ahí tiene un cuarto de baño propio, no tendría que compartirlo con nadie.
—¿Y la del fondo?
—La del fondo... —puse una mueca—. Es la que solía usar yo.
—¿No quieres compartirla? —bromeó, divertida.
—Sí, pero está muy lejos. ¿Y si se pone a llorar? ¿Y si...?
—Entonces, esta es la elegida —señaló la que había justo al lado de la nuestra—. Así podremos escuchar sus llantos en estéreo.
En conclusión, que habíamos quitado casi todos los muebles que había ahí —seamos sinceros, eran horribles— y habíamos decidido comprar otros nuevos un poco más modernos. Y una cuna. Y juguetes. Y...
Bueno, los bebés conllevaban muchas cosas, sí.
Menos mal que Naya y Will me echaban una mano cuando Jen no miraba. Me daban mil consejos y luego podía hacerme el listo delante de ella.
Por sus sonrisitas divertidas, yo diría que sabía que los consejos no eran míos, pero al menos no decía nada para que no me sintiera mal.
—Bueno —Jen, que seguía asomada en su estudio—, ¿qué has hecho?
Ah, sí. Vuelta a la realidad.
Agité el papelito que tenía en la mano y lo dejé en la mesa del salón alegremente, haciendo que Jen se acercara y lo mirara con curiosidad.
—¿Debería estar asustada? —preguntó, enarcando una ceja mientras lo recogía.
—No lo creo, no.
Ella leyó rápidamente y Mike asomó la mirada por encima de su móvil, escuchando a escondidas.
—¿Qué...? —empezó Jen, medio pasmada, mirándome—. ¡Será una broma!
—¡Claro que no lo es!
—P-pero... ¡Jack!
—¡Te dije que lo haría!
—¿El qué? —preguntó Mike, que ya no disimulaba y escuchaba atentamente.
—¡Ha comprado una sala de cine! —chilló Jen, señalándome.
Sonreí ampliamente, esperando mis aclamados vítores, pero ambos se limitaron a mirarme fijamente.
—¿Qué? —puse una mueca, decepcionado.
—Ni siquiera sabía que se podía hacer eso —murmuró Jen, releyendo el papel como si fuera a descubrir algo nuevo en él.
—Bueno, admito que quería comprarle el cine, como te dije que haría —le hice una reverencia, a lo que sonrió—, pero el dueño prácticamente me ha mandado a la mierda. Era más fácil lo de la sala.
—¿Y ya nadie puede ir ahí... solo por ti? —Mike entrecerró los ojos.
—¡Claro que pueden ir! —sonreí—. Solo le he puesto un nombre a la sala. Y, si quiero, puedo reservarla para ver películas nosotros solos.
Jen había levantado la cabeza a medida que iba hablando, y vi que su mirada se volvía afilada y desconfiada.
—Espera... ¿le has puesto nombre a la sala?
Ajá, por fin llegábamos a la mejor parte.
—Sí —sonreí como un niño bueno.
—Jack —dijo lentamente, señalándome—, como le hayas puesto Mushu...
Dejó que la frase flotara entre nosotros, esperando que yo lo negara, y vi que su cara entera se volvía roja cuando se dio cuenta de que no iba a hacerlo.
—¡JACK!
—¡Es un buen nombre! —me defendí.
—¡No lo es!
—¡Es mi sala, le pongo el nombre que quiero!
—¿Y no podía ser otro? ¡Creo que habría preferido incluso Michelle!
—Si quieres, puedo ir a cambiarlo por Mich...
—¡No! —me detuvo enseguida, suspirando—. Déjalo. Maldito apodo. ¿Por qué demonios te conté que me llamaban así?
—Porque el destino quería que yo te llamara así.
Me entrecerró los ojos y pasó por mi lado para sentarse en el sofá junto a Mike. Últimamente, se sentaba continuamente porque decía que estaba muy cansada y no dejaba de protestar porque se le habían hinchado los tobillos.
Yo no veía tanta diferencia, pero cuando intenté decírselo no me hizo mucho caso.
—Bueno —murmuró Mike, escondiendo su móvil y mirando a Jen—, al menos, sabes que durante vuestro maravilloso matrimonio no os aburriréis.
Sí, esa era otra cosa. Todavía teníamos la boda pendiente.
Aunque la verdad es que ese tema había quedado bastante aparcado con lo del bebé y la casa. Y ya teníamos bastante claro cómo sería, así que era un dolor de cabeza menos.
—Eso seguro —Jen sonrió—. A ver si el de aquí dentro tiene un sentido de humor mejor que el de su querido papi.
—¿Qué insinúas? —me ofendí.
—Que espero que sea más gracioso que tú —me provocó.
Oye, ¡yo era gracioso! ¡No podía negarme eso!
Ejem...
¡Tu opinión no cuenta, eres una conciencia estúpida!
¡Oye!
—Yo soy gracioso —protesté—. Y además tengo estilo. Llevo sudaderas de Tarantino. ¿Tú qué llevas? ¿Eh?
—A un bebé en el vientre, ¿te parece poco?
Mike sonrió una risita.
—Oye —dijo, sin embargo, poniéndose serio—, ¿cómo vais a llamarlo?
—Todavía no sabemos si será niño o niña —le recordé.
—Lo sabremos esta tarde —añadió Jen, pasándose una mano por el vientre abultado.
—Bueno... yo solo digo... que si es un niño, ¡Mike parece un gran nombre!
—No —le aseguré.
—¡Podría ser el pequeño Mickey!
—¿Como Mickey Mouse? —Jen puso una mueca.
—Y si luego tenéis una niña, le ponéis Minnie. ¡Serían una parejita perfecta!
—E incestuosa, sí —puse los ojos en blanco.
Mike me miró como si no hubiera llegado él solito a esa conclusión.
—Oh, entonces no. Qué mal rollo.
—Y ya tenemos nombres —añadió Jen—. Si es un niño, Jay. Si es una niña, Ellie.
—Perfecto, mi nombre seguirá siendo el mejor —Mike sonrió ampliamente y volvió a centrarse en su móvil.
Estaba a punto de decirle que no, pero Jen me pellizcó disimuladamente y opté por callarme y dejar que Mike siguiera sonriendo como un idiota.
***
—Ah, mira —me dijo Jen mientras buscaba un sitio donde aparcar—, Sue me ha mandado una foto.
—¿De qué?
Me dedicó una miradita de ¿en serio? a lo que yo intenté pensar a toda velocidad lo que fuera que me había dicho que estaba haciendo Sue.
—Ah, sí, de... —improvisé a toda velocidad— su... ejem... ¿nueva... casa?
Entrecerró los ojos.
Vale, respuesta incorrecta.
—¡Jack, nunca me escuchas!
—¡Es que me dices muchas cosas, no puedo acordarme de todas!
—¡Yo me acuerdo de todo lo que me dices tú!
—¿En serio? ¿Qué te dije que tenía que hacer Will mañana?
—Llevar a Naya y Jane a ver a su madre.
Mierda, se acordaba.
—¿Y qué te dije que mi madre tenía que...?
—Inaugurar una galería de arte —me puso mala cara—. ¡Yo sí me acuerdo!
¿Por qué demonios se acordaba tan bien? ¡Si no me acordaba ni yo!
—Bueno —concluí—, ¿y de qué es la foto de Sue?
—Está de viaje por Islandia —giró el móvil hacia mí cuando aparqué. Era una foto de Sue en una de esas playas de arena negra—. Dice que se lo está pasando muy bien, que nos vendrá a ver en cuanto pueda.
—Es decir, que vendrá a veros a ti y a Mike —deduje, enarcando una ceja.
—Somos el equipo de la droga —se defendió Jen.
¿Que eran... el qué?
Bueno... prefería no saberlo.
Nos hicieron esperar muy poco rato antes de entrar en la sala en la que siempre hacían las ecografías a Jen. La ayudé a tumbarse sobre la camilla y ella se levantó la camiseta para que el señor de siempre le pudiera poner un gel incoloro sobre el estómago.
—Bueno —le dijo educadamente, como siempre que íbamos—, ¿cómo has estado estas dos semanas? ¿Algún problema?
Y Jen se puso a parlotearle sobre lo duro que era estar embarazada mientras yo me limitaba a estar de pie a su lado, mirando la maquinita con mis nervios creciendo. ¿Por qué estaba tan nervioso? Solo íbamos a saber si era niño o niña. No era para tanto.
—¿Tenéis alguna preferencia? —preguntó el hombre con curiosidad, mientras pasaba la máquina por el estómago de Jen y los tres mirábamos la pantallita.
Jen y yo intercambiamos una mirada rápida.
—Mientras esté sano, no hay preferencia —concluyó Jen.
—Tenemos nombres pensados para ambos casos —murmuré yo.
El hombre sonrió y movió la máquina por encima del estómago de Jen antes de esbozar una sonrisa alegre.
—Ah, aquí está. ¿Queréis apostar u os lo digo directamente?
Oh, apostar. Eso era divertido.
—Diez dólares a que es una niña —le dije a Jen en voz baja.
—Cincuenta dólares a que es un niño —ella enarcó una ceja.
—Muy bien —le estreché la mano—. Reto aceptado.
El hombre empezó a reírse y terminó de colocar la maquinita antes de girarse hacia mí.
—Espero que tenga esos cincuenta dólares, señor Ross. Es un niño.
Un rato más tarde, ya en casa, al cerrar la puerta... por algún motivo, solté un suspiro de alivio.
Jen me miró, divertida.
—¿Qué?
—Sinceramente, prefiero un niño —confesé.
—¡Jack!
—¡Es verdad! No entiendo a las niñas. Nunca he convivido con una. A no ser que Naya cuente, claro.
—Has convivido con Jane —me recordó.
Oh, sí, el pequeño diablillo.
Will y Naya ahora lo estaban pasando peor que nunca porque habían entrado en la fase de crecer dientes de Jane, lo que implicaba que se pasaba el día entero intentando morder cosas.
A Naya, por ejemplo.
—Bueno —levanté las manos en señal de rendición—, el pequeño Jay Jay ya ve la luz al final de túnel. Me pregunto si será igual de insoportable que nosotros.
Jen sonrió y se dio la vuelta para subir las escaleras. Últimamente, prefería pasarse todas las horas que podía del día con ropa más cómoda que la que usaba para ir por la calle. Yo aproveché para ir a darme una ducha rápida. Estaba muy contento con la noticia, como si hasta ahora no hubiera sido consciente de que iba a tener un hijo.
¡Un hijo! En realidad, seguía dando miedo, pero al menos tenía a Jen, que... bueno, aunque ella no lo creyera, se le daban muy bien los niños. Había visto cómo la adoraba Jane.
Cuando salí del cuarto de baño envolviéndome la cintura con una toalla, me la encontré apoyada en la puerta de la futura habitación de Jay. Se estaba mordiendo el labio inferior con aire pensativo.
De hecho, estaba tan pensativa que ni siquiera se dio cuenta de que me había acercado hasta que la rodeé con un brazo por la cintura.
—¿Qué te pasa?
—Nada —mintió descaradamente.
Enarqué una ceja y ella suspiró.
—Es que... no quiero deprimirte con mis problemas.
—Jen, escucho los problemas de Mike cada día, ¿te crees que protestaré por los tuyos?
Sonrió un poco y se giró hacia mí.
—Mira, sé que es muy pronto para hablar de esto... prontísimo... —empezó, dubitativa—, pero creo que solo quiero tener a Jay. No... no le hacen falta hermanitos.
Vale, no me esperaba tener esta conversación.
—¿A qué viene eso? —pregunté, confuso.
—No lo sé, lo he estado pensado.
—La semana pasada me dijiste que no te gustaría tener solo un hijo porque podría sentirse solo.
Ella volvió a morderse el labio inferior y a echar una ojeada a la habitación. Me dio la sensación de que necesitaba un momento, así que dejé que el silencio se mantuviera hasta que ella se dio la vuelta hacia mí de nuevo.
—Es que... —suspiró—, no quiero que se sienta como yo me siento... algunas veces... con mi familia.
No dije nada, dejando que continuara.
—No es que me traten mal —añadió, dudando—. Pero... a veces... me hacen sentir muy insegura.
—¿Te refieres a los gemelos?
—Mi madre también puede ser un poco... —se detuvo antes de decir la palabra y sacudió la cabeza—. Y mi padre pasaba bastante de nosotros. No es que fueran malos, pero... no lo sé. Me hacen sentir muy insegura. No quiero que Jay se sienta así.
Me pasé una mano por la nuca, pensativo.
Hacía tiempo que no me gustaba demasiado cómo se comportaba Jen alrededor de su familia, y ella tenía razón: no es que la tratasen exageradamente mal, pero muchas veces no sabían medir el límite de sus bromas.
Además, no dejaban de repetirme que era difícil de aguantar. ¡Yo estaba encantado con ella! ¡Era el único ser humano del mundo que me aguantaba a mí!
—Tú no eres tu madre —le aseguré—, y yo no soy tu padre. Y, aunque tuviéramos más hijos, cosa que ya pensaremos a su debido tiempo, no tienen por qué ser como tus hermanos.
Ella asintió con la cabeza, pero seguía pareciendo dubitativa.
—Además —enarqué una ceja, sonriendo—, ¿te crees que yo dejaría que mi descendencia se juntara con alguien como yo?
—¿Qué tienes de malo? —protestó.
—Bueno, soy un pesado. Encantador, lo reconozco, pero un pesado.
—Ay, Jack... —puso los ojos en blanco, divertida—. Creo que cualquier hijo que podamos tener tendrá la capacidad de saber si alguien le conviene o no él solito.
Puse una mueca.
—Bueno, eso está por ver —protesté.
—Te lo dirá Jay cuando crezca, no te preocupes —me dio una palmadita en el pecho.
Torcí el gesto mientras ella sonreía ampliamente, ahora más animada. Jen era muy fácil de animar. Con una broma era suficiente.
Me miró de arriba a abajo y sonrió al ver que solo llevaba una toalla.
—Espero que cuando el niño crezca y se traiga a sus amigos no te pasees solo con toallas por aquí.
—¿Ahora me dirás que no te gusta que me pasee solo con una toalla? Porque no me lo voy a creer.
—Pues no me gusta —su sonrisita se volvió maliciosa, y yo abrí mucho los ojos cuando metió un dedo en el nudo de la toalla para deshacerse de ella—. Sí, creo que así me gusta más.
—Jennifer Michelle —fingí escandalizarme—, ¿acabas de desnudarme?
—Pues sí, ¿a qué esperas para desnudarme tú a mí?
Sonreí, encantado, y me adelanté para empezar a deshacerle botones de la blusa.
***
Dos meses antes de la boda
Jen estaba tumbada en el patio de atrás hablando con Naya. Las dos estaban en las tumbonas, protegidas del sol. Yo estaba con Will dentro de la casa, sujetando a Jane.
Jane, por su parte, intentaba morderme el hombro cada vez que me despistaba.
—¡Jane! —Will le frunció el ceño, y la niña dio un respingo—. ¡Deja de morder a la gente!
Jane le dedicó una mirada de rencor antes de mirar a su alrededor, claramente aburrida, buscando otra cosa que morder.
Qué encanto de niña.
—Hace mucho que no veo a Mike —comentó Will mientras sacaba la comida del horno.
Estaba claro que tenía que hacerlo él, porque a mí no me podían dejar a cargo de comida sin peligro de incendiar la cocina, Naya igual y Jen... bueno, ella había estado todo el día diciendo que le dolía todo, así que prefería no cocinar por hoy.
Le dediqué una miradita de preocupación. Ella seguía tumbada con los ojos cerrados mientras Naya hablaba con ella.
—Ahora está cantando con otra banda —le dije, encogiéndome de hombros—. Se llaman... Brainstorm, creo.
—Ah, sí. Los conozco. Naya y yo fuimos a un concierto suyo hace dos años. Pero todavía estaban el antiguo cantante y el antiguo guitarrista.
La verdad es que las cosas a Mike le habían ido bien. Había conseguido superar las pruebas para ser el cantante de ese grupo —se ve que eran bastante conocidos— y había ganado bastante dinero, porque había visto cómo cambiaba su coche y la decoración de su casa a una mucho más cara.
Eso sí, no pasaba mucho por casa. Y, cuando lo hacía, solía preferir estar con nosotros durante un buen rato. Y nosotros tampoco teníamos ningún problema con ello.
Tanto Jen como yo sabíamos que a Mike no le gustaba pasar mucho tiempo solo.
Además, ahora que ganaba dinero se pasaba el día comprándole cosas a Jay y a Jane. Yo ya le había dicho que no hacían falta tantos juguetes, pero le daba igual. Prácticamente podíamos llenar una habitación con los juguetes que había regalado a ambos.
—Me alegro por él —añadió Will, revisando la comida con los ojos—. Y también me alegro de que no escuchara a tu padre y siguiera trabajando en lo que quería.
—No estaría en ese grupo si lo hubiera escuchado —murmuré.
—Probablemente trabajaría en una oficina porque tu padre le habría obligado a hacerlo.
—No me imagino a Mike en una oficina —le aseguré, divertido.
—Yo tampoco. Terminaría incendiándola o algo así.
—¿Y Sue? —pregunté—. ¿No estaba de viaje por no sé dónde?
—Naya me dijo que empezó a salir con una chica escocesa y ahora está pasando unas semanas con ella.
Sí, seguro que Jen también me lo había dicho, solo que no lo recordaba.
—¿A cuántos sitios ha viajado estos meses? —pregunté con una mueca.
—No lo sé, a unos cuantos —Will sonrió—. Creo que es psicóloga a distancia o algo así. Por eso puede viajar donde quiere.
Bueno, estaba claro que cada uno estaba haciendo lo que quería con su vida. Me alegraba por ellos.
—Esto ya está —añadió Will—, ve a avisar a Naya y Jen.
—Sí, jefe.
Me di la vuelta con Jane en brazos, que intentó morderme en cuanto su padre se dio la vuelta.
Le puse mala cara. Ella me la puso peor.
Justo cuando iba a abrir la puerta del patio trasero, ésta se abrió de golpe y los dos dimos un respingo mirando a Naya, que estaba prácticamente lívida.
—¿Qué...? —empecé.
—Ross, creo que Jenna tiene algún problema con el embarazo —me dijo rápidamente.
Durante un momento, tanto Jane como yo nos quedamos mirándola fijamente, como si se hubiera vuelto loca.
—¿Eh? —pregunté al final, perdido.
—¡Que dice que se encuentra mal!
Silencio.
—¿Eh? —repetí como un idiota.
—¡Reaccioooonaaaaa! —ella me sacudió, como si me hubiera quedado en otro planeta.
Me giré automáticamente hacia Jen, que estaba sentada en la tumbona. Tenía una mano en su estómago y los ojos cerrados con fuerza.
—P-pero... no...
—¡Will! —Naya optó por la mejor opción al ver que yo no reaccionaba—, ¡ven aquí, necesitamos ayuda!
Yo todavía estaba medio atontado cuando Naya apareció y sujetó a Jane por mí, prácticamente empujándome hacia Jen para que reaccionara. Y por fin lo conseguí.
—¿Qué pasa? —pregunté como un idiota.
—Me duele —me dijo con una mueca que casi hizo que me doliera a mí—. Me duele muchísimo.
Menos mal que Will me puso una mano en el hombro y me dijo algo de ir al hospital, porque yo seguía sin reaccionar.
Jen hizo un verdadero esfuerzo en el coche por fingir que no le dolía nada, pero podía ver cómo apretaba la mano en su rodilla, como presionaba las piernas una contra la otra, como su pecho subía y bajaba rápidamente, cómo cerraba los ojos con fuerza...
Yo no sabía qué hacer, así que me limité a cogerle la mano y dejar que me la apretara tanto como quisiera.
Ya en el hospital, una enfermera nos atendió enseguida cuando vio el vientre hinchado de Jen. Le expliqué lo que había pasado a toda velocidad y vi cómo intercambiaba una mirada con otra, que fue la que nos dijo que la acompañáramos hacia...
Bueno, no llegó a decirlo, porque escuché que Jen ahogaba un grito y, al darme la vuelta, vi que un líquido transparente le resbalaba entre las piernas.
Oh, no.
¡Apenas había pasado ocho meses! ¿Cómo...?
Ella me miró con el terror grabado en los ojos y la enfermera vino prácticamente volando con una silla de ruedas en la que la obligó a sentarse. Will y Naya se quedaron abajo con Jane mientras yo las seguía, notando que me zumbaban los oídos. ¿Por qué las enfermeras parecían tan tensas?
Bueno, al menos Jen parecía haberse calmado. Ahora estaba apoyada en la silla de ruedas con los ojos entreabiertos y una mano en el estómago.
Los siguientes minutos pasaron a toda velocidad para mí. Apenas los noté. Solo vi que hacían preguntas a Jen que ella respondía, algunas veces me las hacían a mí, otras veces ella cerraba los ojos por el dolor, y otras pocas los médicos le hacían pruebas.
Al final, creo que los dos ya sabíamos lo que estaba pasando cuando entró un médico con una pequeña sonrisa comprensiva.
—Bueno, parece que ese bebé tiene muchas ganas de salir —bromeó, y te aseguro que nadie empezó a reírse.
Ni siquiera Jen para ser educada.
Ella ahora estaba en una camilla. Tenía el pelo pegado a la frente por una pequeña capa de sudor frío.
—Vas a tener un parto prematuro, Jennifer —le dijo con toda la calma posible dada la situación—. Lo normal es que el parto empiece entre las treinta y ocho y las cuarenta semanas, y el tuyo se ha adelantado un poco a las treinta y cinco.
Sinceramente, yo ni siquiera había contemplado esa posibilidad. ¿Qué pasaba con eso? ¿Era malo? ¿Horrible? ¿Podía pasarle algo al bebé o...?
—No tiene por qué haber complicaciones —añadió enseguida—. Vamos a ingresarte en esta habitación y estaremos pendientes de ti en el tiempo que tardes en dilatar. Para ser primeriza, estás siendo muy rápida. En unas cuatro horas quizá podamos empezar a contemplar la posibilidad de...
Y yo ya me perdí a partir de ahí.
Miré a Jen, que escuchaba muy atenta y muy pálida a ese hombre mientras me apretaba la mano con fuerza. Seguro que ella se había enterado de todo. Seguro que ella sabía mantener la calma. ¡Y era ella la que estaba de parto!
Cuando nos dejó solos, echó la cabeza hacia atrás y puso una mueca.
—Nadie me dijo que esto fuera a doler tanto —me aseguró en voz baja.
—Ojalá pudiera hacer algo —murmuré, impotente.
—Dime que todo saldrá bien aunque no sea cierto —suplicó.
Tragué saliva y asentí fervientemente, intentando convencerme a mí mismo tanto como a ella.
—Todo va a salir bien, Jen. Ya lo verás. Y si algo sale mal le daremos un puñetazo al doctor, no pasa nada.
Y ella, en medio del caos, al menos me dedicó una pequeña sonrisa.
Las siguientes horas se hicieron... eternas. Prácticamente venía un enfermero a ver a Jen cada cinco minutos, y ella tenía momentos en los que las contracciones le dolían tanto que no podía ni respirar y otros en los que estaba perfectamente. Eso sí, los momentos de dolor eran cada vez más seguidos. Y mi mano era muy consciente de ello, porque cada vez la apretaba como si la vida dependiera de ello.
Pero también noté que estaba preocupada, como yo. Y eso que ninguno de los dos dijo nada sobre lo que nos habían dicho. Era como si no nos atreviéramos.
Por fin, lo que pareció una eternidad después, nos acompañaron a la sala de partos y me obligaron a ponerme un traje quirúrgico, a lavarme las manos... yo estaba como flotando. Solo quería estar con Jen. Y me dejaron estar con ella casi al instante. Ella hiperventilaba cuando me agarró la mano con fuerza y me dedicó una mirada significativa.
Vale, quería que la confortara.
Así que, aunque probablemente estaba tan aterrado como ella, empecé a asegurarle que todo iría bien, que pronto estrenaríamos la habitación de Jay Jay, que seguro que Will, Naya y Jane nos maldecían en la sala de espera porque no se habrían movido...
Al menos, conseguí distraerla por un rato, hasta que tuvo que empezar a empujar.
Fueron los minutos más confusos y aterradores de mi vida.
Podía ver la cara de los médicos, la tensión del ambiente. Estaban preocupados. Y solo hacían que mi preocupación se multiplicara, aunque no dejaba de decirle a Jen lo bien que iban a ir las cosas y lo maravillosa que estaba siendo.
Y, cuando nació el niño... hubo silencio.
Lo que más había leído es que era importante que el bebé llorara, aunque en algunos casos era normal que no lo hiciera y no pasaba nada, pero lo mejor era que llorara.
Pero... ¿por qué no lloraba Jay Jay?
Ellos dijeron algo en voz baja mientras yo acariciaba la mano de Jen con el pulgar, tragando saliva con fuerza.
Y, entonces, empecé a escuchar un llanto agudo y algo suave que hizo que casi todos los que estábamos en la sala soltáramos un suspiro de alivio.
Bueno, todos menos Jen, que estaba llorando en una mezcla de alivio, agotamiento y ansiedad. Le dieron al niño tras decirle algo que ni siquiera entendí, solo podía mirar al bebe pequeñito, de piel enrojecida, que lloraba con la cara un poco hinchada y una mata de pelo castaño ligeramente aplastada.
Curiosamente a mí, que nunca había apreciado demasiado a los bebés, que nunca me habían gustado, que siempre los había encontrado bastante feos... me pareció el niño más precioso que había visto en mi vida.
Jen me dio algo que no entendí. Me zumbaban los oídos. Y también le dijo algo al niño en voz baja, como si no creyera que eso estuviera pasando.
Como en otra galaxia, me lo tendió y yo me di cuenta, en ese preciso momento, que nunca había sujetado a un bebé tan pequeño.
Es decir, la primera vez que había sostenido a Jane ya tenía unos cuantos meses.
¡Mierda! ¿Cómo demonios se sostenía un bebé recién...?
La verdad es que no tuve tiempo para pensarlo. Jen me lo puso encima y fue como si me saliera natural. Miré al niño, perplejo, sin poder creerme que esa cosita pequeña fuera mi hijo, y noté la mano de Jen acariciándome la mejilla. Supongo que me dijo algo, pero yo ni siquiera me enteré.
Creo que todavía no había reaccionado cuando me hicieron sujetar al niño mientras le hacían pruebas, le ponían una inyección en la pierna, lo lavaban, lo revisaban y, finalmente, lo vestían.
No dejaron de repetirnos lo sano que estaba, como si hubieran esperado algo peor, supongo que por el parto prematuro. Pero Jay parecía bastante feliz.
Es decir... no hacía gran cosa, pero se lo veía bien.
Solo estaba removiéndose encima de mí con una manita agarrando mi dedo.
Después de eso nos dejaron ver a Jen otra vez, pero pronto se llevaron al niño a la incubadora y a mí me llevaron a hablar con una enfermera a la que tuve que decirle el nombre de Jay. Ella me sonrió y me indicó que entrara en una habitación.
Pareció pasar una eternidad hasta que por fin subieron a Jen con el bebé. Ella parecía tan fresca como una rosa, cosa que era sorprendente después de todo lo que habíamos pasado esa tarde. Jay simplemente dormitaba ignorándonos.
En cuanto nos dejaron solos, yo me llevé las manos a la cabeza.
—Mierda, ¡hemos tenido un hijo!
Jen empezó a reírse a carcajadas.
—Gracias por destacarlo, Jackie, si no llegas a hacerlo, creo que ni me habría dado cuenta.
***
No nos dejaron volver a casa al cabo de dos días, y, entre mi familia y la de Jen, para entonces Jay Jay ya había visto más de diez caras asomándose a su cuna del hospital.
Seguro que tenía ya tenía un trauma, el pobre.
Llegar a casa fue... casi un alivio. Había estado durmiendo en un sillón de hospital durante esos dos días porque no quería dejar a Jen sola, y ella me había dicho mil veces que fuera a casa, aunque no le había hecho caso. El dolor de espalda eran las consecuencias, pero había valido la pena.
Jen llevaba a Jay en brazos cuando les abrí la puerta con la bolsa colgando del hombro. La dejé en el suelo y solté un suspiro, ganándome una miradita divertida de Jen.
—Bueno... pues aquí estamos —concluyó.
—Sí, parecía que nunca iban a dejarnos volver. Nos tenían retenidos —dramaticé.
Ella sonrió y se dejó caer en el sofá. Jay la miraba con curiosidad, apretando la manita entorno a un mechón de pelo.
De hecho, siempre se quedaba mirándola medio embobado.
No podía culparlo, yo también lo hacía.
—Me han dicho que hay que darles de comer prácticamente cada tres horas —murmuró Jen con una mueca—. Creo que me voy a quedar sin pezones.
—Solo tú puedes hacer que la palabra pezones suene no-sexual.
Sonrió y pareció que iba a decir algo, pero se vio interrumpida cuando ambos vimos de reojo que se acercaban dos personas por el patio trasero, desde la casa de Mike. Eran él y Sue.
Sue nos había dicho que vendría en cuanto le dijimos que ya había nacido Jay Jay, pero no pensé que fuera en serio. No me esperaba que fuera a subirse a un avión en cuanto pudiera solo para estar con nosotros, la verdad.
Sin embargo, la sonrisa de oreja a oreja que dibujó al ver a Jay Jay fue la sonrisa más abierta que había visto alguna vez en ella.
—Dios mío, qué pequeñito es —murmuró fascinada cuando Jen dejó que lo sujetara.
—Es lo que tienen los bebés, que son pequeños —Mike enarcó una ceja.
Él ya había venido en cuanto había podido, pero se notaba que estaba entusiasmado con eso de ser tío.
—Gracias por el dato, idiota —Sue puso los ojos en blanco.
—Nada de palabrotas delante del niño —advirtió Jen.
—Idiota no entra en la categoría de palabrota —protestó Mike—. Es como caca, culo, pedo, pis...
Sonreí cuando vi que Jen le ponía mala cara.
Mientras tanto, Sue dejaba que Jay le rodeara un dedo con la manita, sonriendo.
—Parece que tenemos un nuevo integrante para el equipo de la droga —dijo alegremente.
Mike aplaudió, entusiasmado, pero Jen puso una mueca de horror.
—¿Qué? ¡No!
—¿Cómo que no? —protestó Mike—. ¿No quieres que se una a nuestro selecto grupo?
—¡Es un bebé, claro que no quiero que esté en un equipo de droga!
—Pues qué aburrida —protestó Sue.
Ella y Mike intercambiaron una miradita maliciosa.
—Podemos esperar a que tenga dieciocho años —sugirió Sue.
—¡Y haremos una ceremonia de admisión fumando un porro! —dijo Mike alegremente.
—¡Que no! —chilló Jen.
Sacudí la cabeza, sonriendo.
Esa noche, cuando por fin conseguimos que Jay se durmiera en la cuna, hice un ademán de ir a la habitación, pero me detuve cuando vi que Jen se quedaba mirándolo unos segundos de más.
—¿Qué? —pregunté.
Ella me dedicó una sonrisita.
—Jack, he cambiado de opinión.
—¿Sobre qué?
—Sobre... tener más hijos —sonrió—. Quiero tener dos más.
¿Después de lo que había pasado esos dos días con ese señorito malvado que ahora dormía tranquilamente en la cuna?
Bueno, hora de ir a desmayarse.