Tres meses
Capítulo 4
Página 8 de 35
Capítulo 4
Miré a Will y Naya besándose como si no hubiera un mañana... y solo pude formular una pregunta:
—¿Dónde está Jen?
Naya se separó y me dedicó una mirada de advertencia.
—Déjala en paz —me advirtió.
—¿Eh? —me hice el ofendido.
—Ya me has oído, Ross. Estoy harta de que me espantes a las amistades. Ya lo hiciste con Lana.
Y dale con Lana. ¿Desde cuándo a nadie le importaba que se hubiera ido? ¡Ni siquiera habían hablado de ella en meses!
—Naya... —intentó decirle Will.
—No, cariño, sabes que es verdad.
—No, no lo es —aclaró Will—. Creo que esta vez no lo es.
Hubo un momento de silencio. Naya me miró fijamente y yo me revolví, incómodo.
—Oh —dijo, de repente, y su mirada se iluminó—. ¿En serio? Nunca creí que... bueno... oh, ¡me encanta! ¡Voy a mandarle un mensaje y a...!
Se detuvo cuando su móvil vibró y sonrió ampliamente.
—¿A que no adivinas quién me ha preguntado qué estoy haciendo porque está aburrida, Ross?
—Dile que voy a buscarla —murmuré, poniéndome de pie.
Llegué a la residencia poco más tarde y bastante más emocionado de lo que quería creer. Admito que me sorprendió un poco ver a Jen hablando con Chrissy.
Además, cuando se apoyaba en el mostrador se le levantaba el jersey y tenía una vista panorámica de su culo perfecto. Me deleité un momento antes de acercarme.
—...conciencia porque duermas en la calle —estaba murmurando Chris.
Fruncí el ceño. ¿Dormir en la calle? ¿Quién? ¿Jen? ¿Teniendo yo esa cama tan grande?
Sí, claro.
Y, entonces, ella pronunció las palabras mágicas para darme una excusa para tocarla.
—No te imaginas lo que necesito un abrazo ahora mismo.
Vi que Chris hacía un ademán de abrazarla y aceleré el paso. De eso nada. Ese abrazo era mío.
Noté que se tensaba cuando la rodeé con los brazos por la cintura y le puse una mano en el estómago. Estaba más duro de lo que habría imaginado. ¿Hacía ejercicio?
No me importaría mirar una sesión.
Jen levantó la cabeza, sorprendida, y su pelo me rozó la mandíbula. Se quedó mirándome con los muy abiertos.
—¿Y por qué no me lo pides a mí? —miré a Chris porque mirarla a ella me estaba empezando a poner un poco nervioso—. Hola, Chrissy.
Él dijo algo, pero yo estaba a millas de escucharlo cuando noté que Jen ponía una de sus manos sobre la mía. Mi brazo entero se tensó, pero ella ni siquiera se dio cuenta. ¿Cómo podía no notar ciertas cosas cuando era tan estúpidamente obvias?
—Vale, Chrissy —le dije al ver que había terminado, mirándola solo a ella—. Bueno, ¿de qué hablabais? ¿De los condones con sabor a mora?
Lo malo fue que Jen se separó un poco. Lo bueno fue que sonrió, sacudiendo la cabeza.
—¡Eso son secretos de la residencia! —me increpó Chrissy.
—No puedes pretender dar condones de sabores por el campus sin que se entere todo el mundo.
Además, yo ya había probado todos los sabores.
Aunque volver a probarlos con Jen no era un problema, la verdad.
—Eres un chismoso —me dijo Chris, enfadado—. Hablábamos de los problemas financieros de Jennifer.
Mi pensamiento se desvió por un momento de todos los escenarios que envolvían a Jen y a esos condones para mirarla, sorprendido. Sus mejillas se habían teñido de un rojo intenso.
—Gracias por la discreción, Chis.
—Ups. Hablábamos de Candy Crush.
—Muy hábil...
La miré un momento más y vi que ella se ponía todavía más roja al notarlo. ¿Por qué le incomodaba hablar de eso conmigo? ¿Era por mí? ¿No tenía la suficiente confianza conmigo? Eso me irritó un poco más de lo que debería.
—¿Estás mal de dinero?
Al notar que las vibraciones calientes de su cara podían derretirme el brazo, decidí soltarla —muy a mi pesar— para que no se sintiera tan incómoda. Ella se colocó el mechón de pelo de siempre, aclarándose la garganta.
—No. Bueno... sí, pero no pasa...
—¿No puedes pagar el mes? ¿Es eso?
Por el amor de Dios, yo le pagaría diez años si hacía falta solo para no volver a ver esa cara.
—Eso es privado —ella miró a Chris, que se hacía el distraído.
Puse los ojos en blanco. Mierda, quería que confiara en mí. Me acerqué un paso a ella, que me miró a través de las pestañas.
—Vamos, responde.
Ella dudó por un momento antes de asentir lentamente con la cabeza.
—Sí. Así que si sabes de alguien que busque trabajadores de... algo... lo que sea, sería útil.
Sabía que podía ir al tablón de anuncios y encontraría diez trabajos distintos. Pero no quería que tuviera que trabajar sin ser necesario.
Así que me la jugué. Todo o nada.
Por favor, que salga bien.
—No, no conozco a nadie.
Casi me dolió a mi cuando vi su decepción. ¿Qué demonios me pasaba?
—Vaya —murmuró.
Por favor, que salga bien. Por favor.
Creo que nunca me había puesto tan nervioso. Y era por una estupidez.
—Pero tengo algo mejor. Podrías venirte a vivir con nosotros.
La palabra conmigo estuvo a punto de salir de mis labios, pero me contuve a tiempo. Era demasiado pronto. Con el tiempo ya la usaría.
Su cara fue de confusión absoluta, claro, lo que aumentó mis nervios.
Pero, ¿cuándo demonios me había puesto yo nervioso por última vez? ¿A los catorce años?
—¿Eh? —musitó finalmente.
—¡Claro! Si ya eres parte de nuestro selecto grupo de amigos.
—Nos conocemos desde hace un mes, Ross.
¿Por qué pronunciaba tan bien mi nombre? ¿Por qué sonaba mejor cuando lo decía ella? Igual debería centrarme en la conversación.
—Pero si ya prácticamente vives ahí con nosotros —conmigo—. Solo es cuestión de transportar tus cosas —a mi habitación, preferiblemente.
En realidad, estaba dispuesto a dormir en el sofá si hacía falta.
—Pero... —dudó, confusa—, te estoy diciendo que no tengo dinero.
Casi me reí.
—Pero es temporal, ¿no? Cuando estés mejor financieramente, vuelves aquí.
O no.
Ella esbozó media sonrisa incómoda.
—¿Y, mientras, cómo te pago? ¿Con amor?
Por favor y gracias.
La idea me devolvió a mi imaginación jugando con Jen y esos condones. Estuve a punto de babear como un idiota.
—Es una opción a la que no me negaré.
Ella se puso roja, claro, y tuve que contener una sonrisa orgullosa.
—Lo digo en serio —murmuró—. No sé cómo pagarte.
—¿Y cuándo te he dicho yo que tuvieras que pagarme nada? —fruncí el ceño.
—No puedo meterme en vuestra casa así... porque sí —masculló—. Will y Sue podrían enfadarse.
Pues que les den.
Pero sabía que esa respuesta no la convencería. Y quería convencerla, no asustarla.
—Will no se enfadaría nunca contigo. Además, probablemente Naya venga más para verte y esté más contento. No será muy agradable para los demás por los gritos, pero estoy dispuesto a sacrificarme.
Y a producir nuestros propios gritos, con un poco de suerte.
—¿Y Sue? —preguntó, un poco asustada.
Así que era eso lo que la asustaba. Maldita Sue.
—Sue nos detesta a todos, ¿qué más da lo que piense? Si lo raro es que todavía no nos haya matado mientras dormíamos.
Esbozó una pequeña sonrisa, pero se borró demasiado rápido para mi gusto.
—No sé qué decirte, Ross..
—Entonces, di que sí.
A todo.
Y Chris mencionó algo de dos meses. Era un poco corto para mi gusto, pero para empezar no quería pedir mucho más.
—Pero... —ella clavó sus ojos en mí—. ¿Dónde dormiría yo?
—Conmigo, obviamente.
Las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas. Vi que sus ojos se abrían más de la cuenta y que Chris casi moría atragantado. Mierda, no podía ser un cerdo con ella. Tenía que contenerme más. Pero no podía. Estaba demasiado emocionado con la perspectiva de compartir cama con ella.
—Oye, que soy inofensivo —dije enseguida—. No te haré nada.
—Me lo imaginaba —murmuró, aunque vi que su pulso latía a toda velocidad en su cuello.
Eso me gustó más de lo que me hubiera imaginado. Y no pude contenerme.
—A no ser que me lo pidas, claro.
Su mirada fue casi desafiante.
—No te lo pediré.
Acepto el reto.
—Eso está por ver.
Me miró durante unos segundos más de la cuenta y casi sentí que se formaba una atmósfera completamente paralela a los demás a nuestro alrededor. Sin embargo, el idiota de Chris tuvo que interrumpir en ese momento.
—Ejem. Todavía tienes que firmar, Jennifer.
Mientras ella firmaba, noté que me miraba de reojo y le fruncí el ceño. El pequeño Chrissy quería hablar conmigo. Era tan obvio como su hermana.
Pero tendría que esperar, porque yo tenía que transportar a cierta señorita a mi casa.
Y pasamos un rato más en recepción antes de que la convenciera de ir a por sus cosas. Me sorprendió un poco que se creyera que la casa de Will. Si ella supiera... pero tampoco le di mucha importancia. Al contrario. En ese momento era difícil cabrearme.
Sentarme en su cama y ver cómo iba de un lado a otro tirando sus cosas en la maleta que tenía delante me gustó bastante más de lo que debería. Además, cada vez que se agachaba el jersey le caía un poco por el hombro y veía los pequeños lunares que tenía en él, justo antes de que volviera a colocarlo, resoplando.
Había querido ayudarla varias veces, pero todas ellas se había puesto nerviosa. Así que solo disfrutaba de las vistas.
—¿Por qué tienes tantas cosas? —pregunté, intentando picarla un poco—. Si siempre vas con lo mismo.
Tuvo el efecto deseado. Clavó los ojos en mí a través del espejo. Luego se repasó a sí misma. Yo hice lo mismo.
—Eso no es cierto —me dijo, ofendida.
—No me malinterpretes, me encanta lo que llevas siempre. Ojalá ni siquiera lo llevaras.
Se puso roja instantáneamente y me lanzó lo que tenía en la mano. Esos pantalones tan perfectos. Casi los abracé, riendo, cuando me puso mala cara y siguió colocando cosas.
—Hoy te has levantado inspirado, ¿no?
—Yo siempre estoy inspirado —murmuré, mirándole el culo de nuevo cuando se dio la vuelta. ¿Cómo podía ser tan perfecto?—. Pero lo disimulo.
Si supiera lo cierto que era eso, se asustaría.
Ella me miró de nuevo con mala cara y yo coloqué mejor lo que había lanzado de malas maneras.
—¿Y cómo es que no tienes dinero? —pregunté, mirándola.
Ella suspiró, doblando una camiseta y dándome la espalda. No quería incomodarla, pero a la vez tenía demasiada curiosidad.
—Mis padres se lo han dejado todo a mis hermanos mayores. Creen que es mejor invertir en un taller de coches que en mis estudios.
Yo te dejaría todo mi dinero si me lo pidieras.
Me imaginé la cara de horror del imbécil de mi padre si pudiera escuchar mis pensamientos y esbocé una sonrisa divertida.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Cuatro.
Levanté las cejas, sorprendido, y ella me dedicó una sonrisa alegre que me guardé en la retina.
—Todos mayores que yo —aclaró.
Me habló de sus hermanos y yo solo pude mirarla fijamente mientras lo hacía. Me estaba idiotizando por esa chica y seguía sin entender muy bien el por qué.
—A mí me parece interesante —murmuré cuando me dijo que no lo era.
—Sí, es fascinante...
—Lo es.
Entonces, capté algo por el rabillo del ojo. Unas bragas viejas que tenía tiradas por la maleta. Las levanté, curioso.
—Preciosas.
Ella se apresuró a arrancármelas y tirarlas a la maleta, abochornada. Sonreí ampliamente.
—No toques mi ropa interior —me señaló.
—Vale, sargento.
Seguro que incluso esas bragas le quedaban geniales. Y ella avergonzándose. Puse los ojos en blanco.
Estaba demasiado contento para disimularlo. Iba a dormir con ella. Joder, por fin. ¡Un mes entero esperando!
En el coche no podía dejar de parlotear como un idiota.
—Will estará muy contento cuando te vea. Y Naya también.
—Naya va a estar sola en su habitación. No creo que eso la haga muy contenta.
—Prácticamente vive con nosotros. Os veréis más así.
Noté que me miraba fijamente y me esforcé en ocultar mi sonrisa de imbécil.
—¿Por qué estás tan contento con la situación, Ross? —preguntó, curiosa.
Mierda, disimula.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Por ti. En mi cama.
—¿Escuchamos música? —subí el volumen sin esperar respuesta.
No podía más. En el ascensor, ella parecía un poco nerviosa, pero me miró y me dedicó una sonrisa pequeña que me llegó más hondo de lo que quise admitir en ese momento. No pude contenerme al llegar y le pasé por delante, entrando al salón.
—¡Me he ido con las manos vacías y vuelvo con una nueva inquilina!
Y ya es mi favorita.
—Hola —murmuró Jen a mi lado.
Will, Sue y Naya nos miraban fijamente, sin saber qué decir.
—¿Qué está pasando? —preguntó Will, mirándome fijamente.
Entendí la pregunta no formulada enseguida, pero fue Jen quien respondió. Y, para mi sorpresa, con más emoción de la que había mostrado hasta ahora.
—Vengo a vivir aquí.
Vi cómo la mandíbula de Naya casi rozó el suelo.
—¡¿Qué?!
Le pasé un brazo por encima de los hombros a Jen, que sonrió, divertida.
—Hemos decidido llevar nuestra relación un paso más allá. Os pedimos un poco de privacidad y respeto en estos momentos de felicidad.
—¡¿QUÉ?!
—Que no es verdad, Naya —Jen me empujó para deshacerse de mi abrazo mientras yo me reía abiertamente—. Voy a pasar una temporada aquí si no os importa.
Miré a Sue al instante mientras Will respondía. Ella suspiró, como si me estuviera haciendo el favor de la vida.
—¿Sabes cocinar? —le preguntó a Jen.
—Un poco, sí.
—¡Por fin alguien que sabe cocinar! —exclamó Will.
Eso me ofendió. Mucho. ¿Y yo qué?
—¡Mi chili es perfecto!
—Si supieras hacer algo más, ya sería genial —me dijo Naya.
Me daba igual lo que dijeran. Creo que nunca me había dado tan igual nada.
La acompañé a la habitación y fui a por pizzas con la felicidad de un niño pequeño.
Justo estaba subiendo cuando noté que me vibraba el móvil. Era el pequeño Chrissy.
—¡Chrissy! —lo saludé, de buen humor.
—Vale, ¿qué estás tramando?
Me detuve antes de abrir la puerta, sorprendido.
—¿Yo?
—Sí, tú. Le he dicho a Jenna que me pagara los dos meses de habitación para que pudiera quedarse en ella y no venir a tu casa.
—Bueno, pero ahora está en mi casita, ¿qué más da?
—Pero podría quedarse aquí.
—Peeeeero... ella no ha pensado en eso.
—¿No ves que no tiene sentido? Pagará dos meses para nada.
—Oh, vamos, Chrissy. Los dos sabemos que hay más habitaciones libres en la residencia. Si no le cobras nada a Jen no tienen por qué ocupar la suya. Y todos seremos felices en nuestra triste realidad.
Hubo un momento de silencio.
—¿A qué viene tanta insistencia en que venga a tu casa, Ross? Creo que tiene novio.
Sonreí ampliamente.
—¿Por qué lo diced como si tuviera intenciones ocultas?
—Porque las tien...
—Buenas noches, Chrissy. Sueña con los angelitos. O conmigo. Es lo mismo.
—¡Oye, espe...!
Y colgué. Adiós, Chrissy.
Will se reía disimuladamente de mí mientras cenábamos y yo no podía dejar de mirar el pijama de Jen, que eran unos pantalones cortos de algodón, mi sudadera de Pulp Fiction, unas gafas grandes y esos calcetines de colores junto con las pantuflas de perrito.
Admito que quizá lo que más miré fueron esos pantaloncitos cortos. ¿Cómo podían sentarle tan bien? ¿Podía ponérselos cada día? ¿Sería raro pedírselo?
La oportunidad perfecta llegó cuando Will y Naya se fueron a dormir. Miré a Jen de reojo. Ella parecía nerviosa y sonreí disimuladamente. Me gustaba que se pusiera nerviosa por mí. Me sentía como si el juego estuviera más igualado.
Ella se encerró en el cuarto de baño y yo me puse el pijama, impaciente. Quería que viniera ya. Quería volver a ver esos pantaloncitos cortos y esa sonrisa avergonzada.
Y, de pronto, volvió. Parecía un poco más calmada, pero le temblaban las manos. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y ya no pude aguantarme callado más tiempo.
—¿Qué lado prefieres? —pregunté.
—¿Eh?
—En la cama, Jen. ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Debajo?
O encima. Por favor, que sea encima.
—Me da igual —murmuró, avergonzada.
Vale, eso no iba a ser tan fácil como creía.
—Pues me pido la derecha.
Me tiré en la cama y la miré fijamente mientras daba la vuelta para quedarse en el lado opuesto. Observé cada movimiento cuando se desató el pelo y cayó por encima de sus hombros y parte de su espalda, cómo se lo colocó con los dedos, cómo se quitó las gafas y cómo se pasó las manos por los ojos.
Estaba medio embobado cuando me miró.
—Si quieres hacer algo ilegal, este es tu momento. No veo nada.
Sonreí.
—Lo tendré en cuenta para el futuro.
Joder si lo tendría en cuenta.
Estiré el brazo para apagar la luz y me observó un momento más antes de girarse hasta quedar boca arriba. Vi que tragaba saliva mirando el techo y llegué a la conclusión de que eso sería todo lo que haríamos esa noche.
Y estaba extrañamente satisfecho con ello.
—Buenas noches, Jen.
—Buenas noches, Ross.
***
Por mucho que intenté dormirme, era incapaz porque era demasiado consciente de que la tenía a menos de un metro de distancia.
Me pasé las manos por la cara, frustrado, y la miré por enésima vez en la noche.
En sueños, había girado la cabeza hacía mí, aunque seguía estando boca arriba y podía ver su pecho subiendo y bajando pausadamente. Tenía el pelo desparramado por su almohada y los labios entreabiertos. Y, curiosamente, me dio la sensación de que podría estar mirándola dormir por toda mi maldita vida. Vale, ¿cuándo me había vuelto yo tan cursi?
Pero tenía que hacer algo. No podía, simplemente, no dormir.
Tras evaluar mis opciones, decidí que lo mejor era irme al sofá. Al menos por una noche. Ya volvería a la cama antes de que ella se despertara para que no sospechara nada. Esto era demasiado para mí. No podía seguir así de tranquilo.
Hice un ademán de quitarme la sábana de encima y fue entonces cuando escuché su voz.
—Ross...
Mierda, ya la había despertado.
Me giré hacia ella, pero fruncí el ceño cuando vi que... no, seguía dormida.
Pero había dicho mi nombre.
¿O lo había imaginad...?
Corté el hilo de mis pensamientos cuando estiró el brazo y me agarró la muñeca con fuerza. Parpadeé, sorprendido, cuando tiró de mí hacia ella. La tentación de hacerlo fue grande. Muy grande. Demasiado grande. Pero me contuve porque estaba dormida. No era tan cerdo.
Solo tenía que esperar a que lo hiciera estando despierta. Entonces ya me dejaría llevar, encantado.
Ella murmuró algo que no comprendí y sus dedos se apretaron en mi muñeca, así que volví a tumbarme, mirándola. Estaba teniendo un sueño, eso seguro. La única pregunta era sobre qué era ese sueño.
Quizá era una pesadilla. Ella frunció el ceño y volvió a tirar de mí, entreabriendo los labios. Yo me quedé mirando su boca por un momento, olvidando completamente el mundo que me rodeaba.
Y, entonces, pese a que lo dijo en voz muy baja, volvió a decir mi nombre.
Y esta vez estaba seguro.
No me siento orgulloso de cómo me aleteó el pecho nada más oírlo. Esbocé una sonrisita malvada y me arrastré un poco más cerca con tal de adivinar de qué era el sueño, pero ella murmuraba cosas sin sentido y me apretaba el brazo y la muñeca, acariciándome.
Bueno, no era desagradable.
Ya casi me estaba acostumbrando cuando, de repente, soltó mi brazo y se dio la vuelta, dándome la espalda y suspirando antes de seguir durmiendo.
Puse una mueca disgustada.
Supuse que nunca sabría qué había soñado y por qué me incluía. Pero, al menos, después de eso conseguí dormirme.
***
Me encantaba que viviera en el piso.
Y lo decía en serio. Tan en serio que daba miedo.
Bueno, quizá lo había expresado mal.
Lo que me encantaba era que viviera conmigo. Que durmiera conmigo. Que me dejara llevarla y traerla a la facultad. Me encantaba todo lo que la relacionaba conmigo.
Y no solo eso. También me encantaban los pequeños detalles que había ido descubriendo sobre ella durante el tiempo que había pasado en el piso.
Hablaba en sueños. Bueno, más bien solo murmuraba cosas sin sentido la mayor parte del tiempo. Pero en algunos momentos decía cosas que podía entender. Y te aseguro que eran interesantes.
No soportaba meterse en la cama con el armario abierto. No podía entenderlo y casi me había matado cuando me había burlado de ella, así que yo también había cogido el vicio de asegurarme de que el armario estaba cerrado cada vez que iba a la cama. Ella me sonreía ampliamente cuando lo veía, así que tampoco era muy molesto.
Algo que no me gustaba tanto era que me obligara a hacer la cama. No recordaba haberla hecho en mi vida —algunas veces Sue se encargaba por mí—. Yo prefería simplemente lanzar sábanas limpias e irme a dormir. Pero no. Jen necesitaba que estuviera hecha, y me tocaba ocuparme de eso día sí y día no.
Está claro que Will se burlaba de mí cada vez que me veía resoplando e intentando quitar todas las arrugas molestas.
También me había fijado —y eso me encantaba— en que le gustaba que la tocara. No de forma pervertida —ya me gustaría a mí—, sino de forma casual. Siempre que le tocaba el hombro, la espalda... y todo lo que pudiera sin parecer un acosador, me dedicaba una sonrisita malvada y se marchaba, a lo que yo, claro, le miraba el culo y soltaba un suspiro.
En esas ocasiones, solía ser Sue la que se burlaba de mí y me decía algo como límpiate las babas.
Había otros detalles. Como que le encantaba la asquerosa pizza barbacoa, que la comida tailandesa no le gustaba demasiado, que las películas de Naya le parecían aburridas, que no soportaba que le remarcara lo mucho que me encantaban sus gafas —ella las odiaba—, que le encantaba que le dejara ropa para dormir —y te aseguro que yo estaba encantado con ello— y que cada noche me pedía que fuéramos a ver películas a la habitación
Y, claro, yo estaba encantado. Me colocaba con el portátil en el regazo y ella se acercaba, apoyando su cabeza en mi hombro. Solo eso me gustaba más de lo que querría admitir.
Pero todo tuvo que cambiar... con la maldita llegada de Lana.
Hacía días que me evitaba y yo quería matar a alguien. Además, una noche ni siquiera había cenado en casa y me había dicho que había estado con un amigo. No dije nada, claro, pero por dentro ya había hecho tres perfiles psicológicos a ese "amigo" idiota y lo estaba rastreando para poder ver cómo era. Y romperle la nariz, ya de paso.
Los celos eran algo nuevo para mí, pero ya sabía que los odiaba. Profundamente. Me entraban ganas de darme con la cabeza en una pared cada vez que me la imaginaba cenando y riendo con otro. Con el imbécil de su novio, por ejemplo. Pobre chico. No lo había visto en mi vida, pero lo odiaba.
Todo eso fue medianamente sostenible hasta el día en que abrí la puerta de casa y escuché su risa. La risa de Jen. Estuve a punto de sonreír, pero me detuve al darme cuenta de que era... diferente. Fruncí el ceño y entré en el salón.
Por un momento, me quedé pasmado al ver que Mike y Sue se reían a carcajadas en el sofá, mientras que Jen estaba sentada al revés con la cabeza colgando en uno de los sillones.
¿Qué demonios?
—¿Qué está pasando aquí?
Mi mirada fue directa a Mike y a sus malditos ojos rojos. Él contuvo una risotada mientras hacía lo que podía por abrir una cerveza. Iba a tragársela entera si había hecho algo a Jen.
—No sé... de... eh... qué... estás hablando.
Hizo una pausa cada vez que intentó abrir la cerveza y eso solo empeoró mi poca paciencia, así que se la quité de un manotazo y la dejé en la mesita.
No quería esa mierda. Drogas no. No aquí. Me traía demasiados malos recuerdos. Y no quería que Jen se enterara de esa parte de mí. Jamás.
—¿Quién te crees que eres para entrar droga en mi casa?
—¿Droga? ¿Qué droga?
Escuché risitas y vi que Jen y Sue se reían disimuladamente. O eso creían, porque eran bastante obvias.
—¿Te crees que no sé a qué huele la marihuana? —le espeté a Mike.
—También es mi casa —me recordó Sue, señalándome—. Y la de Jenna.
—Eso, eso —dijo la aludida.
Y solo por su voz ya supe lo fumada que estaba. Me entraron ganas de matar a Mike que se pasaron un poco cuando me quedé mirándola y a ella se le encendieron las mejillas.
—¿Has drogado a Jenna? —le pregunté al idiota de mi hermano, acercándome a ella.
—Lo hemos hecho juntos —dijo Sue entre dientes—. Somos un equipo de la droga.
Durante el breve momento en que le dediqué una mirada asesina, escuché un estruendo a mi lado y vi, alarmado, que Jen estaba desparramada en el suelo con el jersey lleno de cerveza. Se estaba riendo a carcajadas, igual que los otros dos idiotas.
Malhumorado, le quité la cerveza y la aparté de ella.
—Mierda, mira cómo te has puesto —mascullé, ofreciéndole la mano.
Ella intentó agarrármela y no pudo, así que le sujeté el brazo para ayudarla a sentarse. Estaba despeinada, roja y le brillaban los ojos. Incluso así era la chica más perfecta que había visto en mi vida.
Pero ahora no podía pensar en eso. Miré a Mike.
—Y tú ya puedes dejar de reírte. Cuando se te pase el subidón, ya hablaremos.
Jen me dedicó una sonrisita parecida a las que me dedicaba cuando la rozaba "sin querer", así que tuve que poner mucho empeño para ignorarla cuando me ofreció ambas manos. La sujeté de los brazos y la puse de pie. Olía a cerveza.
—Vamos, no seas tan amargado —me dijo, divertida, cuando estuvo justo delante de mí.
—Sí, vamos, tenemos algo guardado para ti —escuché decir a Sue.
Me giré hacia ella con la misma mirada que le había echado si hubiera querido matarla. No iba a volver a esa mierda en mi vida. Y menos ahora, que seguía sujetando los brazos de Jen porque ella se tambaleaba peligrosamente.
Escuché que Mike decía que se la quedaría, pero solo pude centrarme en el destrozo de jersey que era ahora lo que Jen llevaba puesto. Y en que se estaba pegando a su piel. Tragué saliva, pero no pude apartar la mirada. Al menos, no hasta que ella chasqueó los dedos en mi cara.
—Oye, oye. Que soy una chica con pareja, descarado.
Esperemos que no por mucho tiempo.
Se señaló los ojos con dos dedos.
—Tengo los ojos aquí arriba.
Apreté la mandíbula. No me gustaba que hablara del imbécil de su novio. Ya me había dado cuenta de que no la trataba ni la mitad de bien de lo que se merecía. De hecho, dudaba que alguna vez conociera a alguien que lo hiciera. ¿Por qué demonios estaba con él? ¿Por qué demonios hablaba de él? ¿No veía que me ponía de mal humor?
—Esto no es divertido, Jen —le dije.
Ella empezó a reírse, sujetándose de mis hombros.
—Yo creo que sí.
Ignoré a las dos hienas fumadas riendo a mis espaldas y me centré en sus manos en mis hombros.
—Vamos, tienes que quitarte eso —le dije, señalando el jersey con la cabeza.
Hice un ademán de tirar de ella hacia la habitación, pero me sorprendió notar que no se movía en absoluto.
—No quiero. Estoy aquí con mis amigos.
Oh, vamos...
—Yo también soy tu amigo y te digo que tienes que cambiarte eso.
Y, de pronto, la estridente voz del idiota de Mike resonó en el salón.
—Tú quieres verle las tetas.
—Ross quiere verle las tetas a Jenna —chilló Sue.
Y así empezaron pese a que quise interrumpirlos. Miré a Jenna, irritado, y vi que ella me dedicaba una sonrisita perversa.
A ver... mentira no era. Quería verle las tetas. Y bastantes cosas más. Pero ese no era el momento, así que perdí la poca paciencia que me quedaba.
—Se acabó, ven aquí.
Me agaché y la agarré de los muslos con un brazo, subiendo su peso a mi hombro. Subí un poco más la mano de lo estrictamente necesario, es verdad, pero tampoco se quejó cuando empecé a ir a la habitación con las risas de los dos idiotas de fondo.
—¡Bájame de aquí! —me espetó, dándome con la mano en la espalda—. Que tengo vértigo...
Puse los ojos en blanco.
—Has perdido los derechos a quejarte cuando te has fumado esa mierda.
Y no quiero soltarte el culo tan pronto.
—Mis derechos a quejarme siguen latentes. Este es un país libre, Ross, no intentes coartar mi libertad, porque...
Pareció desorientarse un poco cuando la dejé en el suelo, frotándome con su cuerpo lo máximo posible. Miró a su alrededor, sujetándose de mi brazo.
—He perdido el hilo de lo que decía —parpadeó en mi dirección.
—Qué pena —enarqué una ceja.
—¿Sabes? Si hubieras venido antes, ahora estarías tan contento como nosotros. Y no tan... amargado. Pareces Sue.
Si ella supiera la cantidad de veces que yo me había puesto "contento" en mi vida... y de lo poco que me había servido.
—Intentaré ignorar eso.
Hice un ademán de apartarme, pero me sujetó del brazo otra vez y la miré.
—Oye, Ross, deberías disfrutar un poco más de la vida, que tienes un montón de años por delante.
Esa conversación era muy interesante, pero yo solo quería que se le pasara el subidón para poder volver a hablar con ella en modo normal.
—¿Llevas algo debajo? —le pregunté.
—A no ser que te atropelle un camión, en cuyo caso...
—¿Sí o no? —insistí.
—Este jersey es barato, Ross. Si no me pongo algo debajo, pica.
Tranquila, yo te rasco todo lo necesario.
Mi conciencia debería calmarse un poco y recordar que era una chica fumada.
Tragué saliva e intenté centrarme en la tarea y no en ella en sí, agarrando el borde del jersey.
—Levanta los brazos.
—Sí, capitán.
Empezó a reírse, pero lo lo hizo.
—Ríete si quieres, pero levántalos.
Estuve a punto de perder la perspectiva de la vida cuando dejó de reír y me miró fijamente con una sonrisa que no me había mostrado hasta ese instante. Pero fue corta, porque levantó los brazos y yo me apresuré a quitarle el jersey para escapar de esa situación en cuanto antes.
No era la situación en la que me imaginado a mí mismo desnudándola, la verdad.
Me quedé mirando la diminuta camiseta de tirantes que llevaba puesta. La sangre empezó a correr por mis venas a mayor temperatura. Nunca la había visto con ropa tan ajustada. Mierda. Tenía que calmarme.
Ella se frotó el brazo y siguió mirándome de esa forma. Aparté la mirada y solté todo el aire de mis pulmones.
—Que hace frío —protestó ella mientras yo intentaba pensar en cosas feas para poder seguir con esa conversación—. Todavía es invierno.
—Me he dado cuenta —murmuré, malhumorado—, gracias por avisar.
—¿Por qué siempre eres taaaaaan sarcástico?
Miré su jersey. No quería mirarla a ella. La escuché reír mientras repasaba la mancha con los ojos.
—Mañana esto no te hará tanta gracia.
Lancé el jersey en el cesto. Ella me sonreía, divertida, así que decidí no bajar la vista más allá de su barbilla. Tenía que centrarme.
Sin embargo, me quedé paralizado cuando dio un paso hacia mí y me puso una mano en las costillas, sonriendo un poco.
—Oye, yo me he quitado la camiseta. Lo justo es que tú te quites algo también.
Mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo. Podía sentir cada dedo de su mano en mis costillas. Tuve que tragar saliva antes de hablar, todavía perplejo.
—¿Eh?
—Igualdad de condiciones —añadió, acercándose un poco más.
No. Eso no estaba bien. Ella no estaba en posesión de todas sus facultades. Aparté la mirada y respiré hondo antes de dar un paso atrás. Tuve que contenerme para no volver a acercarme cuando me puso un mohín triste.
—¿Cuánto has fumado, Jen?
—Bastante. Pero es verdad. Me siento vulnerable.
Por favor, que no siguiera hablando.
Que hablara de cualquier otra cosa. De cualquiera.
—¿Era tu primera vez?
—No, no soy virgen —frunció el ceño perfecto.
—N-no... ¿qué?
Mierda, ese tema otra vez no.
—¡Me has preguntado tú! —me dijo, indignada—. ¿Qué te crees que he hecho hasta ahora con mi novio? ¿Jugar al ajedrez?
¡No quería saber lo que hacía con el idiota de su novio, quería que lo hiciera conmigo!
—¡Decía fumando!
—Ah, sí. Eso sí. Por un momento, pensaba que te habías vuelto un pervertido, Ross.
Sacudí la cabeza. No me había vuelto un pervertido, simplemente lo había sido siempre.
—Aunque a veces haces comentarios de pervertido, ¿eh? —me clavó un dedo en el pecho y me entraron ganas de tirar de ella hacia mí—. Como el de la toalla del otro día.
Oh, la toalla...
Bendita toalla.
La había visto salir del cuarto de baño solo con ella. Y nunca me había alegrado tanto de ver a una persona solo con toalla en toda mi vida.
—Son de pervertido entrañable.
—No lo niego, pero son de pervertido.
Me hubiera gustado alargar eso, pero tenía que centrarme. Y ella tenía que ponerse algo encima antes de que yo perdiera la cabeza.
—¿Qué quieres ponerte? Es tarde. Puedo sacarte el pijama.
—Mi pijama es horrible —masculló.
Dudaba que algo que se pusiera lo fuera, pero no discutí.
—Podrías usar mi ropa, como siempre. Aunque esta semana no lo has hecho.
Y yo había sido demasiado consciente de ello. Últimamente, solo me gustaban mis cosas cuando las usaba ella.
—Es que es muy cómoda —me dijo, acercándose a la cama.
Me aclaré la garganta, incómodo, cuando vi que sus pechos rebotaban al dejarse caer en ella. Vale, era un maldito pervertido.
—¿Y por qué has dejado de usarla?
—Porque era un poco incómodo pasearme con tu ropa estando enfadados, ¿no?
La miré, confuso.
—Yo no estoy enfadado contigo. No podría.
Joder, claro que no podría. Una sonrisa de esas y hacía que se me olvidara el maldito mundo entero. Iba a volverme loco.
—Eres tú la que se porta de forma extraña desde hace unos días.
—Porque yo sí estoy enfadada, Ross.
—¿Y se puede saber por qué?
Se dejó caer en la cama y me acerqué a ella. Me miró con una pequeña sonrisita.
—¿Por qué he tardado tanto en descubrir la marihuana?
Así que ya empezábamos a evitar preguntas...
—Porque es una droga y ni siquiera deberías haberla probado. Ya hablaré con Mike.
—Mike es un buen chico. No como tú.
Eso me cabreó casi al instante. Que me compararan con Mike ya era molesto, pero que lo hiciera ella era jodidamente horrible. Especialmente cuando yo era quien salía perdiendo.
—¿Mike te parece un buen chico? —pregunté un poco más agresivamente de lo que pretendía.
Y, para mi sorpresa, todo ese cabreo desapareció momentáneamente cuando se inclinó hacia delante y me sujetó la mano. Contuve la respiración como un idiota cuando me miró a través de las pestañas, apretándomela.
—Vamos. No seas tan tremendista. Era broma.
No supe qué decir. Su mano en la mía era tan agradable que no sabía cómo describirlo. La miré fijamente y noté que ella me acariciaba con el pulgar. Tuve que centrarme para volver a mirarla. Después de todo, seguía hablando conmigo.
—¿Por qué te cae tan mal? —preguntó, curiosa, ladeando la cabeza.
Oh, no quería contarle eso. Solo quería contarle lo bueno. Y que no se fuera corriendo. Que se quedara ahí, justo donde estaba, sujetándome la mano.
—Es complicado.
Y el hechizo se rompió cuando soltó mi mano, suspirando.
—Da igual. No es mi problema. Lo entiendo.
Mierda, no. No quería que pensara eso. Pero tampoco quería decírselo. ¿Por qué tenía que ser tan complicado todo?
—No es eso. Pero... ya te lo contaré en otro momento.
Se pasó la mano por la cara y, por un breve momento, deseé que esa mano fuera la mía. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos un momento.
—Oye, Ross... —murmuró, y sonaba mareada.
Como se sintiera mal por culpa del imbécil de Mike, iba a matarlo.
Me agaché enseguida delante de ella y le quité la mano de delante de la cara. Ella parpadeó en mi dirección.
—¿No estás bien? —le pregunté.
—¿Eh? —pareció un poco sorprendida—. Sí. Estoy bien. Más relajada que nunca.
Dejé caer las manos a ambos lados de su cuerpo con tal de no tocarla. Y eso que las ganas eran grandes. Inmensas.
—¿Y qué quieres? —pregunté.
Ella seguía mirándome fijamente y yo estaba intentando centrarme. No era una buena combinación. Cuando se inclinó un poco hacia mí, me aclaré la garganta.
—¿Y bien...?
—Tienes los ojos muy bonitos.
¿Qué?
Bueno, si yo le dijera todo lo que era bonito en ella...
No supe qué decirle, y mucho menos cuando apoyó una mano perezosamente en mi hombro. Podía sentir sus dedos rozándome el cuello. Eso hizo que me quedara en blanco por un momento.
—Más que Monty —añadió—. Él los tiene marrón caca.
No pude evitar sonreír. Por fin era mejor que el idiota ese en algo.
—Gracias, supongo.
—Pero no quería decirte eso.
—¿Y qué querías decirme, entonces?
—¿Sabes qué...? ¿Alguna vez has soñado algo... que no deberías estar soñando?
¿Me estaba hablando de la pesadilla del otro día? Me encogí de hombros y sus dedos volvieron a rozarme el cuello. Deseé que eso no me afectara tanto como lo hizo.
—¿Has soñado que matabas a alguien?
—No exactamente —murmuró, apartando la mirada.
—¿Entonces?
Pareció que iba a decir algo, pero fingió un bostezo descaradamente y no pude hacer otra cosa que sonreír.
—Tengo sueño —me dijo.
La miré y suspiré. Supuse que jamás sabría qué quería decirme y decidí dejarlo pasar.
La observé un momento de más y no pude evitarlo. Le rocé la rodilla con la mano y, cuando vi que no se apartaba, le di un ligero apretón. Su sonrisa hizo que la mía se formara al instante.
—Vamos, te daré ropa.
Aunque, claro, lo que de verdad quería era quitársela.
Pero eso ya lo dejaríamos para otro día.