Tres meses
Capítulo 6
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Capítulo 6
No me sorprendió que Jen no estuviera cuando abrí los ojos. Siempre salía a dar brincos por las mañanas, cosa que no terminaba de entender. Con lo cómodo que era quedarse en la cama...
Me froté los ojos y estuve a punto de salir de la habitación directamente, pero me detuve justo a tiempo para recoger unos pantalones de algodón y ponérmelos. Hubiera sido gracioso salir sin nada puesto. Sonreí ampliamente y crucé el pasillo. Will, Sue y Naya ya merodeaban por la cocina.
—Buenos días —los saludé alegremente.
Los tres se quedaron mirándome fijamente, confusos.
—¿Por qué estás de tan buen humor por la mañana? —preguntó Naya, entrecerrando los ojos.
—¿Por qué no? Hoy hace un día precioso y soleado. Incluso Sue me parece preciosa.
Ella me puso una mueca, pero dejó de hacerlo cuando le sujeté la cara y le di un beso sonoro en la mejilla. Se apartó de un salto, asqueada y frotándose la mejilla, mientras yo me reía a carcajadas.
—¡Qué asco! ¡Como vuelvas a hacer eso, te clavo la cuchara en un ojo!
La ignoré completamente y rodeé la barra para sentarme en uno de los taburetes. Sue comentó algo sobre no tener un desayuno decente y tanto ella como Naya se pusieron a rebuscar en los armarios. Las observé distraídamente hasta que noté que Will se detenía a mi lado, mirándome fijamente. Dejé de sonreír.
—¿Qué? —pregunté, confuso.
—Nada.
—¿Nada?
—Solo te analizo.
—¿Y qué analizas, exactamente?
No respondió por unos instantes. Entonces, se cruzó de brazos.
—Supongo que no sabrás por qué Sue me ha gritado que no vuelva a echar un polvo en el cuarto de baño en medio de la noche, ¿no?
Me llevé una mano al corazón al instante.
—¿Yo? ¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
—Creo que lo sabes muy bien.
—No tengo ni la más remota idea, querido Will. Pero hacer eso en un piso compartido es una verdadera falta de respeto. Debería darte vergüenza.
Él abrió la boca para decir algo, pero se calló cuando vio que Naya cruzaba el pasillo, enfadada. Sue sonreía malévolamente.
—¿Qué le has dicho ahora? —le preguntó Will, frunciendo el ceño, antes de seguirla.
Sue y yo nos quedamos en silencio unos segundos en la cocina. Ella estaba de brazos cruzados. Al parecer, no había encontrado nada para desayunar.
—¿Te puedes creer que echaron un polvo en el cuarto de baño? —me preguntó, irritada—. Voy a tener que desinfectarlo durante una hora.
—Qué poco respeto. Me parece indignante.
—¡Lo sé! —espetó, echando una ojeada frustrada al pasillo.
Justo mientras bostezaba ruidosamente, escuché la puerta abrirse. Miré a Jen al instante, que se había acercado con unas bolsas de comida. Pero no me centré en eso, sino en las mallas y el sujetador deportivo y ajustadito. Mhm...
¿Por qué había tardado tanto en pedirle que viniera a vivir conmigo?
***
—Jackie, te he dicho esa —mamá me miró con confusión—. ¿Por qué estás tan distraído hoy? ¿Qué te pasa?
Dejé la caja donde la había encontrado y fui a por la otra. ¿Cómo podía pesar tanto un maldito cuadro? Resoplé y lo dejé en la sala principal mientras ella me seguía.
—Nada —respondí—. ¿No eres rica? ¿Por qué no contratas a alguien para que haga estas cosas por ti?
—Porque así puedo verte un rato.
—Pues qué ilusión lo de transportar cajas. ¿Qué plan divertido y emocionante tenemos mañana? ¿Organizar una mudanza?
—No me cambies de tema. Te he preguntado algo. Si tienes un problema, puedes hablarlo conmigo. Lo sabes, ¿no?
—No es nada —repetí.
—¿Ha pasado algo con Will?
—¿Por qué no dejamos de fingir que por primera vez en tu vida te interesa en lo más mínimo lo que me pase, mamá?
Dejé la caja en el suelo y me sacudí el polvo de las manos. Al levantar la mirada, vi que ella se había quedado mirándome con expresión dolida. Cerré un momento los ojos, frustrado conmigo mismo.
—Lo siento, no quería decir eso.
—No pasa nada, sé que no querías decirlo.
Pero me estaba mirando fijamente, esperando que siguiera. Solté un suspiro y me coloqué el cuello de la camiseta, nervioso.
—Es que... mhm... hay una chica que...
—Espera, ¿una chica? —se quedó pasmada al instante—. ¿Una novia?
Ojalá.
Espera, ¿de dónde demonios había salido eso?
—No —murmuré.
Ella me detuvo por el brazo cuando hice un ademán de entrar otra vez en el almacén.
—¿Qué? —la miré.
—Vamos, no me dejes así. ¿Qué pasa con esa chica?
—¿Por qué estás tan emocionada? Ni siquiera la conoces. Podría ser una asesina en serie.
—Jackie, cielo, es la primera vez en tu vida que me hablas de una chica.
Cómo odié que eso fuera verdad. ¿Qué me pasaba? Normalmente era genial escondiendo lo que pensaba delante de todo el mundo.
—Conociste a Lana —murmuré.
—No la conocí. A Naya se le escapó un día que tenías novia y hasta ahí llegó mi gran conocimiento sobre tu vida amorosa.
—Créeme, prefieres no saber nada sobre mi vida amorosa.
—Bueno, ¿vas a contarme algo de esa chica?
Me soltó el brazo al ver que no iba a moverme y yo me quedé ahí de pie, incómodo. ¿Por qué había dicho nada sobre el tema?
—No hay mucho que contar —dije, al final—. Es... mi compañera de piso.
—¿Sí? —vale, verla tan ilusionada casi hizo que me fuera corriendo—. ¿Cómo es?
—Está buenísi...
—Su personalidad —puso los ojos en blanco.
Sonreí, divertido.
—Es... —busqué la palabra adecuada para definirla y me sorprendí a mí mismo sin ser capaz de encontrar nada malo—. Es... dulce.
¿Dulce? ¿Desde cuando usaba yo esa palabra tan estúpida para referirme a alguien?
—Dulce —mamá intentaba no sonreír con todas sus fuerzas.
—Sí. Es... —sacudo la cabeza—. Nada.
—No, dímelo.
—Es muy cursi.
—Jackie, dímelo.
Suspiré sin mirarla.
—Es... demasiado perfecta... como para estar relacionada conmigo.
No me podía creer que hubiera dicho eso en voz alta. Me sentía ridículo y, a la vez, como si me hubiera quitado un peso de encima. Era una mezcla extraña.
Por suerte, mamá acudió al rescate y no prolongó el silencio.
—¿Cómo se llama?
—Jen. Es decir... Jennifer.
—Oh —sonrió, entusiasmada—. ¿Ya la has besado?
Joder, sí. Y por todas partes.
Vale, eso mi madre no necesitaba saberlo.
—No te hagas ilusiones. Tiene novio.
De pronto, todo su entusiasmo desapareció y puso una mueca de disgusto.
—Oh, vaya...
—Y la trata fatal —añadí en voz baja, más para mí mismo que para ella—. No se la merece.
—¿Y tú sí?
Noté que cada fibra de mi cuerpo se tensaba al escuchar la voz de mi padre. Levanté la cabeza y me lo encontré acercándose con las manos metidas en sus pantalones grises caros. ¿Qué demonios hacía aquí? Mamá también se tensó enseguida.
—Jack —lo saludó, intentando ocultar su incomodidad—, ya te dije que no necesitaba más ayuda, ¿qué...?
—Tenía una reunión cerca de aquí y he decidido pasarme a verte —replicó papá—. No me esperaba encontrarte aquí, Jack.
Y ya estaba ahí. Esa forma asquerosamente despectiva de decir mi nombre. Por eso lo había evitado toda mi vida. Hacía que me hirviera la sangre.
Él me miró como si esperara una respuesta, pero me negué a dársela. No iba a discutir con él. Y menos sobre algo relacionado con Jen.
—¿De qué hablabais? —preguntó, ajustándose las gafas con un dedo—. He oído un nombre, pero no me resulta familiar. Jennifer, creo.
Escucharle a él decir su nombre hizo que se me revolviera el estómago.
—De nada que te importe —espeté.
Sonrió brevemente.
—Entonces, he acertado. ¿Quién es? ¿Una chica de esas que te buscas por las noches en los bares?
Mamá suspiró y negó con la cabeza. Ya conocía demasiado bien esas discusiones.
—Sí, es exactamente eso.
No quería que mi padre supiera nada de Jennifer. Nunca. Era demasiado asqueroso. Y ella no se merecía conocer a alguien así.
—¿Por qué a mí no quieres decirme la verdad, Jack? —preguntó, mirándome con esa pequeña sonrisa que siempre me apetecía golpear—. A tu madre se la estabas diciendo.
—No estábamos hablando de nada —aclaró mamá.
—Hoy estáis muy mentirosos —papá sacudió la cabeza—. Pero no hace falta que me lo digáis. Conociendo a tu hijo pequeño, Mary, lo más seguro es que esa chica desaparezca de su vida dentro de poco, en cuanto lo conoxzca de verdad.
Mamá cerró los ojos un momento mientras yo intentaba no girarme y ponerme a gritar con todas mis fuerzas.
—¿Por quién será esta vez? —preguntó mi padre, acercándose a mí—. ¿Por tu hermano? ¿Por otro chico? Estoy deseando descubrirlo.
No iba a golpearlo. No iba a golpear a mi padre. Ni siquiera por eso. No iba a caer tan bajo.
Eché una ojeada a mi madre casi como si esperara que dijera algo en mi defensa. Lo que fuera. Pero está claro que no lo hizo. Solo apartó la mirada, incómoda, como había hecho durante toda mi vida con esa clase de actitudes de mi padre. No sé ni por qué me molestaba en esperar ayuda de donde sabía que no iba a encontrarla.
Así que hice lo más prudente que podía hacer; me marché.
No quería volver a casa. Estaba de muy mal humor y lo último que me apetecía era pagarlo con alguien que no tuviera la culpa de nada. Así que fui al sitio de hamburguesas al que mi abuela me llevaba cuando era pequeño y me pedí una de las más grasientas. Me la comí en silencio mientras veía las noticias en la pequeña televisión que había en un rincón del local.
Ya casi se me había pasado el enfado cuando llegué a casa, pero seguía teniendo esa tensión en los hombros que solo se me instalaba cuando pasaba el rato con mi padre. Era como si cada vez que yo diera dos pasos al frente, él me hiciera retroceder veinte de un empujón.
Todo el mundo estaba durmiendo. Me detuve en el pasillo y apoyé la frente en la puerta, respirando hondo antes de entrar.
Jen estaba ya acurrucada en la cama, durmiendo. Me quedé mirándola un momento y me pregunté si mi padre tendría razón. Si alguna vez ella y yo llegáramos a estar juntos... ¿me haría lo mismo que las demás?
Mi primer instinto fue un no rotundo, pero también había confiado en las otras dos en su momento. Especialmente en la primera. Y recordaba perfectamente cómo habíamos terminado.
Intenté no pensar en ello. No éramos nada. Ni siquiera habíamos llegado a hablar de lo que había pasado entre nosotros. Ella tenía novio. Y yo seguía sin ser el tipo de persona capaz de comprometerse con una relación sin desconfiar de ella.
Y aunque la tuviera... ¿y si mi padre tenía razón y el problema era yo y no esas chicas?
No quería pensar en eso, pero no podía evitarlo.
Saqué mi pijama y me cambié rápidamente. En cuanto me estuve cambiando de pantalones, escuché que ella se removía. Mierda, ahora no. No quería hablar con nadie. Me sentía horrible. Solo quería meterme en la cama.
—¿Ross?
Cerré los ojos un momento antes de mirarla. Estaba medio dormida y despeinada, frotándose los ojos. Lo más tierno que había visto en mi vida.
—¿Te he despertado? —intenté sonar lo más natural posible—. Lo siento, he intentado no hacer ruido.
Ella me observó por unos segundos.
—¿Dónde estabas?
Oh, no, Jen. Por favor, no.
—Mira a quién le ha nacido la curiosidad —forcé una sonrisa—. Asuntos familiares.
Tan jodidos como de costumbre.
Sentí que una incomodidad algo desconocida se instalaba en mi estómago cuando siguió mirándome fijamente.
—¿Está todo bien?
No sé si me gustaba que fuera capaz de saber cuando algo no iba bien en mi vida. Preferí no pensar en ello. No quería más preocupaciones. No esa noche.
—¿Cuándo no lo ha estado? —murmuré—. Duérmete, anda.
Me dio la sensación de que ella quería decirme algo más, pero aparté la mirada cuando sus ojos empezaron a cerrarse. Estuve unos segundos mirando el cabecero de la cama con los labios apretados antes de meterme a su lado, dándole la espalda. Suspiré pesadamente y me quedé mirando la cómoda. No podía dormirme.
Y, justo cuando casi se me había olvidado que estaba ahí, noté una mano pequeña entre mis omóplatos. La cicatriz me lanzó un pequeño latigazo de dolor, como si pudiera sentir las yemas de sus dedos incluso por encima de la camiseta.
—Sea lo que sea, seguro que se arreglará —escuché que murmuraba.
Me quedé muy quieto cuando noté que me acariciaba la espalda con la punta de los dedos. Especialmente al notar que se acercaba a mí, apoyando la frente en mi espalda. No me di la vuelta, pero sentí que la tensión de mis hombros se relajaba.
Y, al cabo de un rato, conseguí quedarme dormido.
***
Las buenas noticias eran que mi madre y Jen se llevaban de maravilla.
Las malas noticias era que se llevaban de maravilla... a costa de reírse de mí.
Pero bueno, tampoco podía quejarme. Era la primera vez en mi vida que presentaba una chica a mi madre. Y había sido por mi maldito cumpleaños.
Qué bien hubiera ido todo... de no ser porque el idiota de su novio había estado llamándola toda la noche.
En cuanto vi su cara en la pantalla, fue como una bofetada de realidad. Me había dado cuenta de que cuando Jen se ponía cariñosa conmigo, tenía una estúpida tendencia a olvidarme de que no éramos nada. Absolutamente nada.
Y eso me jodía. Oh, me jodía mucho.
Había estado de muy mal humor durante toda la mañana del día siguiente, pero por la tarde había dejado de estarlo para pasar a estar solo frustrado. ¿Qué derecho tenía yo a enfadarme con Jen? Ella había sido honesta conmigo. Quería a alguien con quien pasarlo bien, no a otra pareja. Ella ya tenía pareja. Y no era yo. Nunca sería yo.
Tenía que pedirle perdón. No se merecía estar incómoda por mi culpa.
Acababa de llegar de clases y estaba sentado en el sofá, suspirando y pensando en eso. Naya y Will se morreaban en el otro sofá, ajenos a mi presencia.
¿Por qué no podía yo hacer eso con Jen?
Los miré con envidia poco sana durante unos segundos, hasta que mi móvil empezó a sonar. Mi madre. La que faltaba.
—¿Qué? —pregunté.
Ella se quedó en silencio un momento.
—Hola a ti también, hijo mío —ironizó.
—¿Qué? —repetí.
—Soy tu madre, así que háblame bien —exigió esa vez.
Suspiré pesadamente.
—Lo siento —accedí—. Hola, mamá. ¿Necesitas algo?
—Gracias, Jackie. Verás, hay lasaña para cenar, pero como estoy sola he pensado que igual querrías venir.
Bueno, la lasaña nunca había sido algo a lo que pudiera decir que no.
—Suena bien.
—Pero ven con tus amigos —añadió rápidamente.
—¿Con mis amigos? —entrecerré los ojos.
—¿Por qué no invitas a Jennifer? —preguntó alegremente.
Puse los ojos en blanco. La parejita había dejado de besarse para mirarme con curiosidad.
—No creo que sea un buen momento —murmuré.
—¿Por qué? ¿Os habéis peleado?
—Algo así. No creo que deba hablarle ahora de...
—Escúchame bien —el tono firme de mi madre hizo que me callara al instante, sorprendido—. Me gustó esa chica para ti. Me gustó muchísimo. Y está claro que ella siente algo por ti. Solo necesité ver la forma con la que te miraba. Por no hablar de la forma en que la miras tú, que no sabes disimular. Así que déjate de tonterías y haz las paces con ella.
Me quedé callado, perplejo.
—¡Os espero en una hora! —añadió alegremente antes de colgar.
Mantuve el móvil en mi oreja por unos segundos como un idiota antes de mirar a Will y Naya.
—¿Queréis comer lasaña en casa de mi madre? —pregunté.
—¡Lasaña! —Naya se puso de pie de un salto—. ¡Voy a ponerme algo decente!
Will suspiró.
—Creo que puedes ir a buscar a Jenna, va a tardar un rato —me aseguró antes de seguirla.
Me quedé en silencio unos segundos en el salón sin saber qué hacer hasta que volví a mirar mi móvil. Hora de llamar a cierta señorita de culo perfecto.
—¿Ross? —murmuró nada más descolgar.
—¿Tienes algo que hacer esta noche?
¿Tenía que ir a ver al amigo ese con el que había cenado alguna vez? Porque lo detestaba y ni siquiera sabía quién era.
—Eh... no.
Sonreí ampliamente.
—¿Por qué? —añadió.
—Mi madre nos ha invitado a cenar. Will y Naya vienen. ¿Te vienes?
De pronto, me apetecía que viniera. Me apetecía mucho.
—¿Esta noche? —preguntó, sorprendida.
—Sí. Si quieres, puedo pasarte a buscar a la facultad.
Esperé. Y... esperé más. Y ella no dijo nada. Fruncí el ceño.
—¿Jen?
—Sí, estoy aquí.
Oh, no. Ese tono tenso no me gustó. Me removí, incómodo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Yo... pensé que estabas enfadado conmigo.
Casi empecé a reírme a carcajadas. No, no estaba enfadado con ella. Estaba enfadado conmigo mismo. Dudaba seriamente que pudiera llegar a enfadarme de verdad con ella.
—No estoy enfadado —le aseguré en voz baja.
Escuché que se aclaraba la garganta.
—Además... voy hecha un desastre —murmuró.
Oh, eso también lo dudaba seriamente.
—Vamos a casa de mis padres, no a un banquete real.
—Bueno, pues... no lo sé...
—Debería advertirte que mi madre es más pesada incluso que Naya cuando quiere algo.
No bromeaba. Lo era. Y lo sería especialmente con Jen, porque se había quedado encantada con ella.
Aunque no podía culparla, yo también me había quedado encantado con ella.
—Yo que tú iría —añadí al ver que no respondía.
—Vale —accedió al final, y yo sonreí—. Entonces, iré. ¿A qué hora...?
—Genial. Voy a buscarte.
No mucho más tarde, detuve el coche delante de su edificio y ella subió a mi lado, colocándose el mechón de siempre. No pude evitarlo y me quedé embobado un momento, mirándola.
—¿Qué? —me preguntó con sorprendente inseguridad.
Dios mío, esa chica necesitaba un espejo urgentemente.
—Y dices que vas hecha un desastre —murmuré.
Will y Naya fueron sorprendentemente puntuales y no tardamos mucho en llegar a casa de mis padres. Y yo estaba sorprendentemente nervioso. Miré a Jen de reojo cuando abrí la puerta del garaje y dejé que los demás pasaran.
Bueno, hora de suplicar que mi madre no le preguntara nada inapropiado.
—¿Hooolaaaa? —me adelanté asomándome en la cocina, donde mi madre me sonrió.
Aunque su mirada se clavó enseguida en Jen, claro. Me hubiera extrañado que no fuera así.
—Hola, queridos. Hace frío, id a sentaros al salón. Esto ya está hecho.
Y no lo había hecho ella —era tan pésima cocinando como yo— lo había comprado. Pero omitió ese detalle, claro.
—¿Es lasaña? —Naya sonrió ampliamente.
—Tienes buen olfato —mamá negó con la cabeza—. Venga, marchaos. Mi marido y mi hijo más desastroso no tardarán en venir.
Estuve a punto de ir con los demás, pero me detuve en seco.
¿Acababa de decir marido?
—¿Papá está aquí?
Mamá suspiró y me dedicó una mirada que supuse que fue para intentar que no me enfadara.
—Ha llegado hace una hora por sorpresa, cariño.
Eso no era verdad. Ella había hablado conmigo media hora antes. ¿Era una maldita encerrona? Apreté los labios en su dirección. Seguro que papá la había convencido para poder conocer a Jen.
Volvimos al salón y yo no pude relajarme. Ese imbécil estaría aquí. Prefería incluso a Mike.
Quizá deberíamos irnos antes de que...
—¿Puedo preguntarte algo muy obvio?
Levanté la cabeza hacia Jen, que me miraba fijamente. Enarqué una ceja.
—Sorpréndeme.
Ella suspiró.
—¿Por qué vives en ese piso teniendo esta casa?
Porque no podía soportar seguir viviendo bajo el mismo techo que mi padre. Y porque ese piso me encantaba.
Y porque en ese piso tenía a cierta señorita durmiendo conmigo cada noche, también.
—Me gusta ese piso.
—Pero... ¡aquí tienes todo esto!
—Y ahí te tengo a ti.
Oh, mierda.
Mierda, ¿de dónde había salido eso? Carraspeé ruidosamente cuando Jen abrió la boca, sorprendida. ¡Mierda! ¿Por qué tenía que mirarme fijamente? ¡Si lo hacía, no podía centrarme y controlar lo que decía!
Cuando la puerta principal se abrió y se cerró dejando paso a Mike, fue la primera vez en mi vida que me alegré de verlo.
—Hola a todos. Ya ha llegado la fiesta.
Naya puso mala cara.
—Era todo demasiado bonito.
Intenté no estamparle un cojín en la cara a Mike cuando se sentó entre Jen y yo descaradamente, mirándola con una sonrisa.
—¿El otro sofá no era suficiente para ti solo? —pregunté de mala gana.
Intenté apartarlo mientras hablaba con Jen, pero no hubo manera. Menudo idiota.
Además, dejé de hacerlo en cuanto escuché los pasos en la escalera. Aparté la mirada sin necesidad de comprobar que era mi padre y clavé los ojos en la chimenea.
—Hola, chicos —escuché que decía.
Hubo algunos murmullos de saludos de los demás. No de mí.
—Papá —le dijo Mike.
Por supuesto, papá no respondió. Y seguro que le echó una ojeada de desprecio. Cerré los ojos un breve momento antes de girarme hacia Mike, cuya sonrisa había desaparecido casi imperceptiblemente. Ni siquiera él se merecía que lo ignorara de esa forma. Él captó mi mirada y ambos nos giramos hacia delante, incómodos.
Al menos, me pude sentar con Jen a la hora de cenar.
Y la verdad es que la cosa fue incómoda, pero no tanto como esperaba. De hecho, hubiera ido de maravilla de no ser porque el imbécil de mi padre empezó a centrar en Jen toda su amargura.
No sé cuántas preguntas le había hecho —y cuántas veces ella había enrojecido antes de responder— cuando decidí que no podía tolerarlo más.
—Es una cena —espeté—. ¿Por qué tienes que convertirlo todo en un interrogatorio?
Él ni siquiera despegó los ojos de Jen.
—Si no te importa, hijo, estoy preguntando a mi invitada. ¿Y tú trabajas, Jennifer?
—No...
—¿Y vives con mi hijo en su piso?
—Bueno, sí, pero... pero es temp...
—¿Pagas un alquiler?
—Jack —fue una de las pocas veces que mi madre intervino.
Pero no sirvió de nada. Y mi enfado estaba empezando a crecer. Mucho.
—Era solo curiosidad —replicó él tranquilamente—. ¿Pagas un alquiler, Jennifer?
—Yo... —ella agachó la cabeza— no.
Verla así y saber que era por mi culpa, porque yo la había traído aquí, estaba haciendo que tuviera ganas de estamparle algo en la cara a mi padre. Lo miré fijamente y él me devolvió la mirada, dedicándome una pequeña sonrisa condescendiente que conocía muy bien.
—William —miró a Will con esa misma sonrisa—. Tú vives con mi hijo, ¿no?
Will estaba echándome una ojeada, tenso. Asintió una vez con la cabeza.
—¿Y pagas el alquiler de la habitación?
Él no dijo nada, claro, pero mi padre ya sabía que lo hacía. Sonrió todavía más, mirando a Jen.
—Ya veo.
—Te recuerdo que es mi piso —espeté—. Por lo tanto, lo que haga o no con él, es mi problema. No tuyo.
—Creo que tengo derecho a saber lo que pasa en la vida de mi hijo para poder aconsejarle. ¿Y por qué no pagas el alquiler, Jennifer?
Oh, que dejara de mirarla así o esto iba a acabar muy mal.
—Yo... eh... —Jen seguía con la cabeza agachada—. Es temporal, solo son...
—Los alquileres suelen ser temporales. Por eso se llaman así.
Hice un ademán de levantarme y mamá me detuvo al instante.
—Jack, ya basta —insistió, mirándolo.
—Solo quiero saber por qué esta chica —señaló a Jen de una forma que no me gustó nada— puede vivir gratis en casa de mi hijo mientras que los demás tienen que pagar su alquiler.
—No es tu problema —le dije, casi gritando.
—¿Qué haces exactamente para mi hijo para poder vivir gratis, Jennifer?
Jen levantó la cabeza de golpe, enrojeciendo. Y eso fue todo lo que aguanté.
—Se acabó —necesitaba salir de ahí o iba a matarlo. Y prefería centrarme en consolar a Jen que en él—. Vámonos, Jen.
Will también se levantó, al igual que Naya.
—No seas infantil —masculló mi padre.
Cerré los ojos un breve instante y miré a Will, que me entendió al instante. Él y Naya se acercaron a Jen y los tres se marcharon. En cuanto escuché que empezaban a recorrer el pasillo, no pude evitarlo y me giré en redondo hacia mi padre.
—Eres un imbécil —le espeté—. No se merecía que la humillaras de esa forma solo para sentirte mejor contigo mismo.
—¿Mejor conmigo mismo? —soltó una risa irónica—. Por favor, solo intento ayudarte.
—¡Tú no me has ayudado en tu maldita vida, no finjas que lo haces ahora!
—¿Es que no ves cómo es esa chica?
—¡Lo veo perfectamente, por eso sé que no se merecía que le presentara a un imbécil como tú!
—Ten cuidado, hijo. A mí no me insultes.
—Pues ya lo he hecho dos veces. ¿Qué vas a hacer? ¿Darme un puñetazo o empujarme contra una mesa de cristal?
Él hizo una pausa, borrando por fin su sonrisa condescendiente y adoptando la expresión que más le representaba; la amargura. Mamá y Mike no decían absolutamente nada, como de costumbre.
—Solo intento ayudarte —repitió papá, esta vez muy serio—. ¿No lo ves? Familia pobre, sin trabajo, sin expectativas... lo que quiere esa chica es tu dinero.
—¿Ahora te preocupa mi dinero? ¿O el tuyo?
—Cuando yo me muera, será tuyo.
—¿Te crees que quiero algo tuyo? Te recomiendo que lo dones a alguien que no sea yo, porque me desharé de todo lo que me des.
—Eres un desagradecido.
—Prefiero ser un desagradecido que un maltratador de mierda.
Me di la vuelta y salí de la cocina, hecho una furia. Ni siquiera miré a nadie cuando me senté bruscamente en el asiento del conductor. Dios, solo quería irme de ahí. Maldita sea. ¿Por qué había decidido venir? ¿Cuándo me había pasado algo bueno en esa casa?
Ya casi había arrancado cuando Mike apareció y terminó en la parte de atrás. Me daba igual. Apreté la palanca de cambios y salí del garaje, maldiciendo mentalmente tanto a mi padre a mi madre. Al primero por ser un imbécil. Y a la segunda por dejarle serlo.
Y, de pronto, noté una mano pequeña sobre la mía. Me giré, confuso, y vi que Jen me estaba mirando, algo preocupada. ¿Qué pasaba? Miré hacia delante y me tensé al ver que iba a toda velocidad. Mierda. Quité el pie del acelerador al instante y noté que se me relajaban un poco los hombros. Ella volvió a quitar la mano.
Al llegar, fui directo a mi habitación. Solo quería que acabara ese maldito día. Jen no tardó en seguirme. Escuché que se ponía su extraño pijama mientras yo estaba sentado en la cama, mirándome las manos. Escuché la televisión y me acordé de que Mike estaba en el sofá. Suspiré.
—No sé si debería dejar que se quedara —murmuré.
Jen se aclaró la garganta tras unos segundos.
—¿No tiene casa? —preguntó suavemente.
—Sí. Pero lo han echado.
Ya era la cuarta casa de la que lo echaban. ¿Es que no aprendía, el muy idiota?
—¿Por qué?
—No lo sé. Siempre son cosas distintas. Prefiero no preguntar. Antes se quedaba en casa de mis padres, pero ahora... quiere pasar ahí el menor tiempo posible. Y lo entiendo.
Lo entendía perfectamente. Ni siquiera Mike, que era feliz con cualquier tontería, era capaz de vivir ahí.
—Si no hubieras dejado que se quedara, quizá ahora estaría en la calle.
Puse los ojos en blanco y me metí en la cama con ella.
—Igual debería dormir alguna vez en la calle. Eso haría que viera la realidad de una vez.
Me quedé mirando el techo mientras ella se quitaba las lentillas y se acomodaba. Y solo con la forma en que lo hizo, supe que algo no iba bien.
Como fuera lo que creía que era...
—No sé en qué estás pensando —murmuré—. Pero ya puedes olvidarlo.
—No estaba pensando nada —mintió descaradamente.
Oh, vamos, Jen. Aprende a mentir.
—No tiene derecho a opinar sobre esta casa —la miré—. Es mía. No suya. Ni siquiera la ha pisado en su vida.
Ella pareció algo incómoda mientras se miraba las manos.
—No es eso, Ross...
—¿Y qué es?
—Dentro de dos días hará un mes que estoy aquí.
Respiré hondo para no enfadarme. ¿En serio había dejado que el imbécil se metiera en su cabeza?
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Quizá... quizá tu padre no estuviera tan equivocado.
Y empezó a poner excusas, y yo no pude escucharla porque estaba empezando a hartarme de esa noche. ¿Por qué tenía que decírmelo ahora? ¿No podía esperar un día, al menos?
Además, ¿por qué insistía tanto en irse a su residencia? Apreté los labios, molesto.
—¿Por qué quieres irte? —pregunté directamente.
Ella suspiró.
—No es que quiera irme.
—Pues eso me parece a mí. Cada vez que menciono el tema de la casa, dices que quieres irte.
Jen me dedicó una mirada de soslayo.
—Estás enfadado por lo de antes y lo estás pa...
—Sí, estoy enfadado por lo de antes. Joder, menuda noche.
Me puse de pie. Necesitaba estar solo. Urgentemente.
—¿Dónde vas? —escuché que murmuraba mientras yo recogía la chaqueta.
No respondí. No quería enfadarme con ella. Bueno, no quería enfadarme, en general. Pero entre todos lo estaban consiguiendo.
—¡Ross! —insistió.
Vale, se acabó.
—¡Voy a tomar el maldito aire al balcón! —me giré hacia ella—. Y a fumar. Y a estar solo. Y si tan mal estás aquí, conmigo, entonces... haz lo que quieras. Estoy harto de decirte que quiero que te quedes. Y me da igual tu dinero, joder. Ya no sé cómo decírtelo. ¿De verdad te crees que quiero que te quedes para ganar dinero?
—No, yo no...
—No quiero tu dinero. Te quiero a ti viviendo aquí conmigo. Y con Will. Y con Sue. Y sé que tú también quieres vivir aquí, pero intentas convencerte a ti misma de lo contrario.
Porque lo había visto. A ella le gustaba vivir aquí. Le gustaba mirar películas conmigo, bromear con Will y que cenáramos todos juntos.
¡Si incluso se llevaba bien con la loca de Sue! ¿Cuánta gente podía decir eso?
—Yo no intento convencerme de nada —masculló.
Intenté no suspirar con todas mis fuerzas, pero no lo conseguí.
—¿Cuántas veces tengo que decirte lo mal que mientes para que dejes de hacerlo?
—¡No estoy mintiendo!
—Entonces, ¿qué demonios quieres? —solté la chaqueta, frustrado—. ¿Quieres quedarte? ¿Quieres irte? ¿Qué quieres? Porque intento entenderte, pero me lo pones muy difícil.
La miré fijamente, pero ella no dijo nada en lo que pareció una eternidad.
—No lo sé —murmuró finalmente.
Me pasé las manos por la cara, irritado.
—¿Por qué sigues escuchando a gente como mi padre en lugar de escucharme a mí? No me importa lo que diga. Y a ti tampoco debería importarte.
Esto no estaría pasando si no hubiera sido tan idiota como para llevarla a esa maldita casa. ¿Cómo había estado tan ciego?
—Pero... —ella me miró de reojo— me importa.
—Pues no debería.
Intenté calmarme durante unos segundos, respirando hondo.
—Todo lo que dice y todo lo que hace... —negué con la cabeza— siempre lo hace para joder a los demás. Por eso quería que fueras a mi casa un día en que él no estuviera. Sabía que lo jodería todo. Como siempre.
Miré los estúpidos trofeos de mi estantería y apreté los labios. Tenía que deshacerme de esa mierda.
—No hables así... —Jen apretó un poco los labios.
¿Cómo podía encontrar algo defendible incluso en mi padre? ¿Cómo podía ser tan buena incluso con alguien que la había tratado de esa forma?
—Tú no lo conoces, Jen.
—Quizá no, pero es tu padre.
Estuve a punto de reírme, pero me limité a sonreír sin ganas.
—No ha sido mi padre en mucho tiempo.
Cuando vi que no tenía nada más que decir, me giré hacia el balcón. Casi al instante escuché que se removía en la cama.
—Ross, no puedes irte cada vez que tengamos un problema.
Creo que lo que más me irritó de eso fue que tenía razón.
—Claro que puedo —mascullé.
—Ross...
Volví a recoger la chaqueta y me la puse. Necesitaba salir de ahí.
—Ross, venga ya...
No. Me aseguré de que tenía el tabaco en el bolsillo y me acerqué al balcón, malhumorado. Sin embargo, apenas había tocado la puerta cuando escuché una palabra que, sinceramente, no me esperaba que ella usara.
—¡Jack!
Me detuve, sorprendido, y me giré hacia ella. Parecía algo sorprendida, también.
¿Por qué me había llamado por mi nombre? Lo odiaba. Se lo había dicho. Solo lo utilizaba mi padre. Y siempre en tono despectivo. Y, también siempre, conseguía ponerme de muy mal humor cada vez que lo pronunciaba con ese tono despectivo.
Y, sin embargo, no me sentí de mal humor cuando Jen me llamó así. Ni siquiera estaba irritado. Solo... no sabía cómo reaccionar. Solo podía mirarla fijamente.
—No quiero irme —dijo en voz baja—. Me lo paso bien aquí contigo y con los demás... pero sigo sintiendo que te debo algo.
Quizá no había usado las palabras que yo habría querido oír, porque lo que yo quería oír era un quiero quedarme contigo.
Pero eso no pasaría nunca. Tenía que ser realista.
—No me debes nada —repetí, cansado.
Ella frunció el ceño de repente.
—¿Por qué haces esto por mí?
—¿Qué?
—¿Por qué lo haces? No lo entiendo.
Y yo tampoco, Jen.
O quizá lo entendía demasiado bien.
—Porque... quiero hacerlo —murmuré.
Dios, solo quería irme a dormir de una vez.
—¿De verdad quieres seguir discutiendo esto?
—No.
—Bien. Porque yo he tenido bastantes discusiones por un día.
—Pues vuelve a la cama.
Música para mis oídos.
Me libré de la chaqueta, aliviado, y me metí en la cama de nuevo. Estaba exhausto. Y, aunque me hubiera gustado atraerla para dormir pegados el uno al otro, me dio la sensación de que esa noche no iba a ser posible.
—Buenas noches, Jen.
—Buenas noches, Jack.