Tres meses

Tres meses


Capítulo 8

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Capítulo 8

 

Abrí lentamente los ojos cuando noté una mano pequeña sacudiéndome el hombro con suavidad. No necesité levantar la mirada para saber quién era.

—Jack —murmuró Jen.

Cinco minutitos más...

Debió ver mis intenciones, porque esta vez fue algo más brusca al moverme el hombro.

—Vas a llegar tarde a clase.

—Qué pena.

Me acomodé mejor sobre su almohada. La única parte buena de que dejara la cama antes que yo era que podía robársela. Olía a ella. Escuché que se reía, divertida. 

—¿Me vas a obligar a sacar mis armas pesadas? —preguntó.

—No me voy a mover.

Pensé que iba a volver a intentar sacudirme el hombro, pero en lugar de eso rodeó la cama y fue directa a por las cortinas. En cuanto me dio la luz del sol en la cara, fruncí el ceño.

Vale, seamos sinceros, si eso lo hubiera hecho alguien que no fuera Jen... le habría lanzado algún objeto punzante a la cabeza.

Ella me miraba con los puños en las caderas como si esperara que me levantara. Y yo solo quería quedarme en la cama. Me recordó al instituto y a mi madre. Sí, ya era un vago por aquel entonces.

—Ugh —murmuré, frotándome la cara—. Me recuerdas a mi madre.

—Despierta —ella se acercó—. Ya.

—Despierta. Ya —la imité, divertido.

Esbocé una sonrisita malvada cuando me volví a tumbar boca abajo, rodeando su almohada con los brazos. Noté que el colchón se hundía a medida que ella llegaba encima de mí. En cuanto noté que se pegaba a mi espalda, me entraron ganas de darme la vuelta y faltar a clase por algo mucho mejor que dormir.

Jen me rodeó el cuello con los brazos y se asomó por encima de mi hombro para mirarme.

—Vamos, levántate o llegarás tarde.

—Si no voy, no puedo llegar tarde.

—Venga, deja de ser un niño —noté sus labios en el hombro. Igual si me hacía el idiota por un rato conseguiría robarle otros cuantos besos de esos—. Tienes responsabilidades.

—¿No has dicho que soy un niño? Los niños no tienen responsabilidades.

El plan funcionó. Sonreí de lado cuando noté que me pasaba la punta de la nariz por detrás de la oreja. 

Dos más de esas y nos encerramos aquí toda la mañana.

—Así no vas a conseguir precisamente que me levante, Jen.

La miré por encima del hombro. Parecía divertida, pero no con el tipo de diversión que terminaba con nosotros dos desnudos —mi favorita, por cierto—, sino con la sonrisita de voy a provocarte porque sabes que puedo hacerlo. Y, por algún extraño motivo —igual me había vuelto masoquista sin saberlo—, me encantaba que lo hiciera.

—Tienes que ir a clase —me dijo, confirmando mis sospechas.

—Ahora mismo quiero quedarme a hacer algo más productivo contigo toda la mañana.

Casi solté un gruñido de frustración cuando se incorporó y se sentó sobre mí. Lástima. Ya no podía sentir sus tetas en la espalda. Había sido agradable.

—Jack, levanta, vamos.

—Hazme eso de la nariz cinco minutos más y me lo pienso.

Ella intentó estar enfadada —lo intentó de verdad—, pero no le salió. Todavía sonreía.

—¿Tengo que ir a buscar un jarro de agua fría? —preguntó, cruzándose de brazos.

Vale, hora de asumir que no iba a tener mi mañana ocupada con ella. El día empezaba mal.

Ella me lanzó unos pantalones para que no fuera desnudo por la vida y le sonreí de lado al ponérmelos. Después, la seguí hacia la cocina. Todos estaban ya ahí desayunando. Bostecé y me senté junto al idiota de mi hermano.

—Oye, ¿y por qué a mí me despertáis con ruido? —protestó él—. Yo también quiero que me despierten cariñosamente.

Jen sonrió y negó con la cabeza mientras robaba comida del plato de Will. Se situó a mi lado. Todavía llevaba la ropa de deporte y, por consiguiente, esos pantalones tan maravillosos que se le ajustaban tan bien. Por no hablar del sujetador deportivo.

—Pues búscate novia —murmuré, mirándola.

—Si tuviera novia, no estaría aquí.

Sue miró al cielo al instante.

—Por favor, dale una novia. Es todo lo que pido.

Sue, Will y yo empezamos a reírnos cruelmente de él. Jen no. Ella no era así. Ella solo le pasó un brazo por encima de los hombros y le dio un ligero apretón. Dejé de reír para poner mala cara cuando Mike me sacó la lengua disimuladamente y se pegó a ella, encantado.

Idiota con suerte.

Bueno, en realidad era mi novia, así que el idiota con suerte era yo.

Je, je, je. Eso ya me ponía de mejor humor.

—A mí no me molestas —le aseguró Jen.

Mike se pegó a ella como una garrapata. Me entraron ganas de tirarle la estúpida tostada a la cara. Para contenerme, le di un mordisco.

—Gracias, cuñada. Eres la mejor de esta casa con diferencia. No como esos amargados.

—Vaya, gracias —Will le sonrió irónicamente.

—Es la única que se acuerda de mí. No hace ruido al pasar por el salón, me guarda la comida y me pregunta cómo estoy. ¿A qué te caigo bien?

Acababa de morder mi tostada otra vez, pero dejé de masticar cuando vi que la garrapata idiota rodeaba a Jen con los brazos y, sin siquiera dudarlo, le metía la cara entre las tetas. 

¡Esa cara tenía que ser la mía, no la suya! 

La tostada se me atragantó y empecé a toser.

—Eres demasiado buena para mi hermano —escuché que seguía parloteando mientras yo hacía esfuerzos por no morir ahogado y que eso fuera lo último que viera—. Pero aquí estoy yo para cuando te canses.

En cuanto conseguí respirar de nuevo, enganché a Jen del brazo y la atraje hacia mí. Ella se estaba riendo cuando se quedo de pie entre mis piernas y yo señalé a Mike con mala cara.

—Vuelve a hacer eso y duermes en la calle.

—¡Solo era un abrazo!

Rodeé a Jen con los brazos como un crío. Ella negó con la cabeza y siguió comiendo, ignorando nuestra discusión.

—Y una mierda —solté.

Cuando Jen no miró, Mike fingió que tenía unas tetas delante y que metía la cara entre ellas. Apreté los labios. Realmente sabía como irritarme.

—Si somos casi iguales, Jenna —canturreó—, ¿qué más te da un hermano que otro?

Sus días en esta casa se acortaban a cada palabrita que salía de su boca.

—Mike, honestamente —lo miré—, aprecias un poco tu vida, ¿verdad?

Porque empezaba a peligrar.

—Chicos —Will nos dedicó una mirada algo severa—. Jenna es una persona, no una consola. Calmaos.

—Gracias —le dijo ella.

Vale, igual me estaba pasando. Quité los brazos de su alrededor, malhumorado, pero Jen me sonrió y apoyó ese culo tan perfecto en mi regazo, dándome un beso en la comisura de los labios antes de seguir comiendo.

Miré a Mike con una sonrisita de triunfo. Él se cruzó de brazos.

—Y repito —masculló—, solo era un abrazo inocente.

—Si tenías la cara entre sus tetas —Sue negó con la cabeza, riendo.

—Bueno, es que tiene las tetas muy...

Ya no pude evitarlo, lo siento. Tuve que lanzarle la tostada a la cara.

Al menos, conseguí que se callara por un rato.

***

—Últimamente compras muchas pizzas barbacoa, ¿no?

Miré al chico que estaba tras el mostrador de la pizzería. Debía tener quince años —ni siquiera estaba seguro de que fuera legal trabajar a esa edad—. Tenía la cara alargada y llena de granos. Y una mueca de aburrimiento y asco. 

Me encantaba que la gente estuviera siempre tan alegre a mi alrededor.

—¿Es que llevas el recuento? —enarqué una ceja.

—No, pero me acuerdo de las caras de los que vienen a menudo —murmuró, dándome el cambio.

—Es que a mi novia le gusta esa pizza —me encogí de hombros.

—Yo la odio.

—Y yo.

Pero a Jen le encantaba. No había quien la entendiera.

Después de esa magnífica conversación con el chico de los granos, fui directo al piso. Sue y Will parecieron encantados cuando dejé las pizzas sobre la mesita de café. Sue ni siquiera preguntó antes de robar un trozo y empezar a zampar.

—¿Jen se está duchando? —pregunté, cogiendo un trozo.

Me detuve, confuso, cuando Will pareció incómodo. Más confuso estuve todavía cuando Sue soltó una risa ahogada.

—Creo que está enrollándose con el parásito arriba.

La miré durante unos segundos en los que dejé de estar confuso para estar molesto.

—No tiene gracia —espeté.

—Ross... eh... —Will pareció incómodo de nuevo—. Es verdad que está arriba con Mike. Le ha dicho que quería hablar con él a solas.

Mi cerebro tardó en procesar esa información, y no me gustó la conclusión a la que llegó. No me gustó en absoluto. Me puse de pie y fui a las escaleras de incendios. Una parte de mí no quería subirlas.

Pero Jen nunca me haría lo que estaba pensando. Nunca. Confiaba en ella. En quien no confiaba era en el idiota. Ya había visto demasiadas veces eso de hacerse la víctima con mis parejas para terminar haciendo de todo a mis espaldas. Jen era demasiado buena para verlo, pero yo lo conocía. Y por mucho que quería confiar ciegamente en ella, tenía un malestar en el cuerpo que no podría quitarme hasta que la viera.

En cuanto llegué al final de las escaleras, me quedé helado.

Estaban los dos ahí de pie, sosteniéndose una mano. Jen estaba inclinada hacia él y, por el peor segundo de mi vida, pensé que se estaban besando. Se me detuvo el corazón.

Pero no, solo estaban hablando. Sentí que volvía a respirar, pero no me había calmado del todo cuando encontré mis cuerdas vocales.

—¿Qué hacéis?

Jen soltó  la mano de Mike como si la hubiera quemado y me miró con la boca entreabierta. 

—Solo charlábamos —dijo ella enseguida.

Me centré en Mike. Casi me esperaba una sonrisa engreída. Me habría preocupado menos que esa expresión tensa.

¿Qué había hecho?

No quería enfadarme antes de tiempo, pero... ¿qué demonios había hecho?

—¿Charlar? —repetí—. ¿De qué?

Ellos intercambiaron una mirada casi de complicidad. Apreté los dientes.

—Hermanito —Mike se giró hacia mí—, no es...

Creo que fue esa primera palabra la que más me cabreó.

—No me llames hermanito —espeté bruscamente—. Y no estaba hablando contigo.

Y Mike se calló. Eso sí que era anormal. 

Una parte de mí sabía que no habían hecho nada malo, pero estaban nerviosos, por lo que solo me quedaba preguntarme de qué demonios estaban hablando antes de que llegara.

—Jack —Jen dio unos cuantos pasos hacia mí—, no es lo que parece.

—¿Y qué es?

Me arrepentí al instante del tono que había usado para dirigirme a ella. Se detuvo de golpe, casi asustada. Maldije para mis adentros.

—Estábamos hablando, ya te lo he dicho.

Al menos, volvió a acercarse a mí. Esta vez no dije nada y ella me tomó la mano. Como siempre que lo hacía, se me pasó casi todo el enfado, pero seguía sin entender por qué tenía que hablar con Mike ahí arriba conociéndolo.

—Solo quería preguntarle algo a tu hermano —me dijo en voz baja.

¿Y por qué a él?

—¿Y por qué no podías preguntármelo a mí? —mascullé, enfurruñado.

Jen lo pensó un momento antes de mirar a Mike. Él captó lo que intentaba decirle y se marchó sin decir nada más. Lo seguí con la mirada. Jen suspiró en cuanto desapareció y volví a centrarme en ella.

—No me gusta que estés a solas con él —mascullé con toda mi sinceridad.

—Mike no es tan mal chico —me dijo casi como una reprimenda.

En ese momento, me daba igual. Solo podía recordar a las otras dos chicas. Y cómo habían dicho exactamente lo mismo antes de terminar con él. 

No podría soportar eso con Jen. Ni siquiera era capaz de imaginarlo.

—No con él —le dije en voz baja—. No con él, por favor.

Había sonado tan patético que Jen cambió su expresión totalmente. Asintió con la cabeza y me sujetó la cara con las dos manos para darme un beso en los labios. Casi consiguió que se me olvidara lo de antes. Casi.

—¿De qué hablabais?

Ella finalmente pareció acceder a decirme la verdad.

—Mis padres quieren que vayas a cenar a mi casa en Navidad.

Un momento, ¿qué? ¿Era eso?

Se me fue todo el enfado de golpe y esbocé una gran sonrisa. ¡Mis suegros querían conocerme!

—¿En serio?

—¿Te apetece? —pareció insegura.

No pasaba nada, yo ya tenía seguridad de sobra para los dos.

—Claro que me apetece.

Jen sonrió y bajó las manos de mis mejillas a mis hombros. Yo la rodeé con los brazos por la cintura. Estaba a punto de inclinarme hacia delante para besarla, pero algo en su expresión hizo que me detuviera.

—Solo... hay un pequeño detalle —añadió en voz baja, acariciándome los hombros con los pulgares.

Oh, oh. 

Jen no solía ser tan cariñosa fuera de la habitación. Si lo era, solía ser porque tenía que decirme algo que sabía que no me gustaría.

—¿Qué detalle?

—Bueno...

Lo pensó un momento.

—También quieren conocer a tu familia —por fin me miró.

Noté que mi sonrisa se evaporaba al instante. Ella intentó sonreír, pero no funcionó. No con eso.

—¿A mis padres?

—Sí. ¿No te apetece?

—Sabes que eso no me apetece, Jen.

—Jack...

—Solo mi madre.

No iba a dejar que mi padre se metiera en esa parte de mi vida para arruinarla, como hacía con todo. Porque, si le dejaba, lo arruinaría de una forma u otra. Estaba seguro de ello.

—Es tu padre —insistió ella.

Casi me reí. ¿Mi padre? ¿Cuándo había sido la última vez que se había comportado como un padre? O, mejor dicho, ¿alguna vez lo había hecho? Porque por mucho que intentaba rememorar buenos momentos con él, solo me venían a la cabeza insultos, golpes y gritos.

—Tú no sabes nada de él —intenté apartarme, pero me sujetó—. No quiero que lo conozcan.

No quería que pensaran que yo era remotamente parecido a él. O, mejor dicho, no quería que me relacionaran con una persona así.

Aunque el muy imbécil supiera aparentar ser una buena persona cuando le interesaba, claro.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero que se piensen que soy igual de imbécil que él.

Para una vez que quería caerle bien a alguien, no iba a presentarles a mi padre. Tendría el efecto contrario.

—Tu padre puede caerte mal, Jack, pero sigue siendo una persona formal que se disculpó conmigo y trató de hacerme sentir cómoda en tu casa.

Sonreí irónicamente.

—Sí, sobretodo cuando insinuó que...

—Eso ya está olvidado.

No. Eso no. Escuchaba siempre a Jen y en la gran y aplastante mayoría de veces tenía la razón, pero no en eso. Negué con la cabeza.

—No pienso disculparme con él.

—¿Por la discusión?

Todavía recordaba la casa del lago. Y cómo le había advertido que no se volviera a quedar a solas con mi novia. Y cómo había insinuado que sería ella que me dejaría solo a mí. Había perdido la cabeza y me había puesto a gritarle pese a que no quería que Jen presenciara eso. Ojalá no lo hubiera hecho, pero la verdad es que se lo merecía.

—Por nada —concluí—. No pienso disculparme. No con él.

—¿Y si él se disculpa contigo?

¿Que él se disculpara? ¿Conmigo? Casi me reí.

—¿Qué? —me limité a preguntar, cansado.

—Podría hablar con él.

Me tensé al instante.

—No.

Ella se echó un poco hacia atrás, sorprendida.

—¿No?

Solo la imagen de ella estando a solas con ese desgraciado hizo que se me revolviera el estómago. No. No quería pensar en eso.

—No quiero que hables con él a solas. Nunca. Si lo haces, te juro que no volveré a dirigirle la palabra.

Y no era una forma de hablar.

—Jack... —Jen no pareció entenderme. Mejor.

—Lo digo en serio —le sujeté la cara con las manos, seguía pareciendo sorprendida—. No a solas. Nunca.

—¿Por qué no?

Ya estaba otra vez. Solo quería saber por qué nos llevábamos tan mal, ¿verdad?

—Porque no —corté la conversación.

—Si no quieres que haga algo, creo que es justo...

—No empieces con eso —me separé un poco—. Estoy harto de hablar de ese gilipollas.

¿Por qué no podíamos bajar al piso y cenar en paz? ¿Por qué tenía que seguir insistiendo en un tema que sabía que no me gustaba?

—Vale —insistió—. Solo quiero entender el por qué...

Otra vez no.

—¿Por qué necesitas saberlo? —me irrité—. Sabes que puedes preguntarme lo que sea y te lo diré. Todo menos eso. Y sigues insistiendo en él porque... un momento, ¿de eso hablabas con Mike?

Pues claro que era eso. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Por eso Mike estaba tan nervioso. Maldita sea. 

Cuando intentó sujetarme de la mano, me aparté de ella.

—¿Eso le preguntabas? ¿Qué te ha dicho?

Bajó la mirada, enfurruñada. Vale, no le había dicho nada. Menos mal.

—Nada —confirmó mis sospechas.

—Bien.

Y, para mi sorpresa, ella se cruzó de brazos y me miró, enfadada.

—¿Qué te pasa últimamente?

Vale... ¿de qué estábamos hablando ahora? ¿No se suponía que el enfadado tenía que ser yo?

—¿Qué?

—Hay algo, ¿no?

Casi como si mi conciencia quisiera recordarme que sí, la imagen de la carta de aceptación de la escuela de Francia me vino a la mente.

Me había llegado justo antes de que ella se fuera a casa de sus padres y había estado a punto de decírselo esa noche, pero no había sido capaz. No quería arruinarle un viaje que supuestamente tenía que ser feliz. Y la cosa se había alargado... hasta el punto en que no estaba seguro de si decírselo.

Después de todo, ¿realmente quería ir a esa escuela? Si decía que no, no tenía ningún sentido contárselo a Jen.

—No hay nada —mentí, y me desprecié a mí mismo por hacerlo. No me gustaba mentir a Jen.

—Sí, hay algo —insistió—. Estás tan... irritado. Te enfadas por cualquier cosa.

—Igual es que los demás os habéis aliado para sacar los pocos temas que me enfadan y...

—No —ella negó con la cabeza, muy segura—. Hay algo más.

¿En qué momento había empezado a conocerme tan bien?

—No hay nada —repetí.

—No me mientas, Jack.

Y no quería mentirle, pero... una parte de mí no podía contárselo.

—No quiero seguir con esta conversación.

Ella se acercó a mí, enfadada.

—¿Por qué me dejas siempre con la conversación a medias?

—¿Por qué no puedes respetar que no quiera decirte algo?

—¿Por qué demonios no puedes decírmelo?

Porque la conocía. Y me diría que me fuera. Y, si no me iba, se sentiría horrible, como si fuera culpa suya. Solo quería ahorrarle todo eso.

Y en cuanto a lo de mi padre... bueno, eso no iba a contárselo nunca. No era de esa clase de cosas que quisieras ir contando por ahí.

—¡Porque no estoy preparado para hacerlo! ¿Tanto te cuesta entenderlo? Intento decirte todo, pero necesito mi tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Suspiré pesadamente.

—Déjalo.

—¿He hecho algo?

La pregunta y el tono que usó para hacerla me pillaron por sorpresa. Me giré hacia ella y vi que tenía una mueca triste. Casi me golpeé a mí mismo por idiota.

—¿Qué? —negué con la cabeza enseguida—. No, Jen.

—Sí. Es algo conmigo. Siempre te enfadas hablando conmigo.

—No es verdad.

Sí lo era, pero era por mi culpa, no por la suya.

—Sí lo es. Cada vez que te enfadas, te marchas o empiezas a intentar cambiar de tema. Pero solo te enfadas cuando estás hablando conmigo.

No sabía qué decirle. Solo se me ocurrió una tontería.

—Lo siento —murmuré.

—No lo sientas. Solo dime qué estoy haciendo mal.

—No es por ti... solo...

Me pasé una mano por la cara, frustrado. ¿Por qué teníamos que seguir con esa conversación?

—Vamos a cenar, por favor —le supliqué con la mirada.

Le ofrecí una mano, pero ya sabía que no la aceptaría incluso antes de hacerlo.

—No vas a decírmelo, ¿verdad? —murmuró.

No pude responder. Sabía que no le gustaría nada que pudiera decirle a partir de eso.

—Bien —concluyó—. Como quieras.

—Jen...

—Déjalo.

Pasó por mi lado y fue a las escaleras. Cuando me di la vuelta, incluso con la situación de mierda en la que me había metido yo solito... no pude evitar mirarle el culo.

Pervertido de corazón y no de ocasión.

Cuando cruzamos el salón, fue más que obvio que habíamos discutido. Jen ni siquiera se detuvo, pero noté que los demás nos miraban en silencio. Me metí en la habitación con ella y cerré a mi espalda, pero no me atreví a acercarme demasiado. 

La miré mientras ella recogía su pijama, repartido por toda la habitación. La noche anterior se lo había quitado y tirado por todas partes. Creo que incluso voló mi despertador.

Fue una buena noche.

—No quiero que te sientas mal por esto —le dije.

—Si no quieres que me sienta mal, dímelo.

En parte, tenía razón. Yo siempre le exigía que me lo dijera todo. Incluso sin darme cuenta de que lo hacía. No podía evitarlo. Y cuando ella quería saber algo de mí, me cerraba completamente.

Pero... seguía sin querer hablar de ello. Al menos, hasta que hubiera tomado una decisión.

—Jen...

Ella se giró hacia mí y me callé. Nunca la había visto tan enfadada conmigo. Intenté dar un paso hacia ella, pero me detuve en cuanto habló.

—Si no te importa —señaló la puerta—, quiero cambiarme de ropa.

—Vamos, no seas así.

—Y no tengo hambre. Puedes regalarle mi parte a quien quieras. O tirarla a la basura. No creo que me digas lo que harás con ella.

Oh, venga ya.

—¿No puedes olvidarte del tema?

Claro que no podía. Qué pregunta más tonta.

—¿Puedes dejarme sola?

No me quedó más remedio que hacerlo. No tenía sentido seguir insistiendo. Al menos, quizá se le pasara parte del enfado si la dejaba sola para pensar en ello.

Volví al salón. Los demás me miraron en silencio cuando me dejé caer en el sofá. Me quedé mirando la pizza barbacoa. Apenas la habían tocado para guardársela a Jen porque siempre les amenazaba con que no traería más si se la robaban. Apreté los labios.

—¿Necesitas algo? —me preguntó Will.

Saber qué decirle para que deje de estar enfadada conmigo.

—No.

—Está enfadada, ¿eh? —me dijo Sue, que seguía comiendo tranquilamente.

Mike se mantenía al margen, en silencio. Muy buena decisión.

—¿Cómo lo has adivinado? —ironicé.

—¿Y qué vas a hacer para arreglarlo? —me preguntó ella, curiosa—. Porque supongo que eres consciente de que echar un polvo no va a arreglar esto.

—Pues acabas de arruinar mi único plan.

—Qué poca comprensión femenina tienes...

—Yo no soy una chica y tampoco me gusta arreglar las cosas con sexo —protestó Will.

—Silencio —Sue lo señaló, pensativa—. ¿Qué haces tú para que Naya te perdone cuando eres un capullo?

Will la miró, ofendido.

—¿Yo? Tiendo a no ser un capullo, la verdad.

—Oh, vamos, ya me entiendes. ¿Qué haces para arreglarlo?

—Pues... con Naya es fácil. Solo tengo que regalarle algo. Preferiblemente zapatos. Se le pasa rápido.

—Eso no funcionará con Jen —murmuré.

—Pues no —Sue mordisqueó su pizza, pensando—. ¿Y qué le gusta a tu querida novia?

—Mirar películas, correr, comer, dormir, echar polv...

—Ya está —Sue me señaló con una sonrisita de triunfo—. Cocínale algo. Tú eres un desastre cocinando. Seguro que si te ve intentándolo por ella, se le pasa.

—Si me meto en esa cocina, voy a terminar incendiando el piso.

—¿Prefieres un piso menos o una novia menos?

Vale. Tocaba cocinar.

—Ya me lo parecía —concluyó Sue.

La miré, extrañado por la conversación que estábamos manteniendo.

—¿En qué momento has empezado a preocuparte tú por mis problemas de pareja?

—Ah, bueno, me sigue dando bastante igual, la verdad.

—¿Y por qué me ayudas?

—Porque Jenna me cae bien.

No sé si estuve más sorprendido porque alguien le cayera bien u ofendido por lo que implicaba eso.

—Espera —fruncí el ceño—, ¿y yo no?

—No.

Y siguió comiendo, tan tranquila.

Bueno, en esa casa nunca faltaría sinceridad, eso seguro.

No tardé en volver a la habitación, y la verdad es que estaba nervioso. Últimamente me ponía nervioso constantemente por Jen. En cuanto abrí, supe que seguía enfadada. Tampoco me sorprendió mucho.

—¿Estás enfadada conmigo? —pregunté de todas formas.

No respondió, claro.

—¿Quieres que vaya a dormir al sofá?

—Haz lo que quieras —murmuró.

—Lo que quiero es dormir contigo.

Suspiré y fui a cambiarme de ropa. Dudé un instante antes de meterme en la cama a su lado. Seguía dándome la espalda. Y nunca había tenido tantas ganas de pegarla a mí. Intenté contenerme, pero al final no pude resistirme y traté de acariciarle el brazo. Apenas la había rozado cuando se apartó de mí como si quemara.

—Vamos —murmuré—, no me hagas esto. Quiero abrazarte.

No podía soportar irme a dormir sin que hubiéramos arreglado eso. Me pasé una mano por el pelo, frustrado. Tenía que hacer algo.

Lo único que se me ocurrió fue tirar de su brazo para acercarla. La dejé boca arriba y me coloqué parcialmente encima de ella, apoyado en un codo. Jen me miró un momento antes de bajar los ojos a sus manos.

—No quiero que estés enfadada conmigo.

Intenté acariciarle la mandíbula. Quería besarla. ¿Por qué tenía tantas ganas de besarla cuando se enfadaba conmigo?

Traté de resistirme porque sabía que me llevaría una bofetada si me lanzaba a besarla ahora mismo, pero no podía evitarlo. Me incliné hacia delante. Jen no me miró, pero su cuerpo siempre respondía automáticamente por ella. Vi que se le entreabrían los labios.

—¿Puedo besarte? —pregunté aunque ya sabía la respuesta.

Lo intenté igual, pero justo cuando iba a besarla ella se giró un poco y mis labios chocaron con la comisura de los suyos. Apoyé la frente en su mejilla, intentando no maldecir con todas mis fuerzas.

—Joder, Jen...

Ella me apartó por los hombros y me dejé caer en el colchón.

—Si te sientes incómodo durmiendo así, puedo ir yo al sofá —me dijo.

Yo nunca me sentiría incómodo con ella durmiendo ahí, pero no parecía entenderlo.

—No me siento incómodo. Yo sí quiero dormir contigo. Pero no así.

Jen dudó durante unas milésimas de segundos, pero enseguida volvió a darme la espalda.

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

Ella apagó la luz. No me quedó más remedio que rendirme y dormir sin abrazarla.

***

Ya estaba despierto cuando Jen se estiró al otro lado de la cama, pero fingí que no me daba cuenta. Ella se puso la ropa de deporte y se marchó sin hacer un solo ruido. En cuanto escuché la puerta principal cerrándose, empecé la operación reconciliación forzosa.

Me puse de pie y fui directo a la habitación de Will. Él estaba roncando contra su almohada cuando me agaché a su lado y le pinché la mejilla con un dedo.

—Will —susurré.

Roncó con más fuerza.

Volví a pincharle la mejilla.

—Wiiiiiiill.

Ni caso.

—Willy Willy... Willy Wonka... venga, despierta, necesito ayuda.

Seguía sin despertarse. Pues nada. Tocaba olvidarse de ser suave.

—¡WILL!

Él dio un respingo, asustado, y casi se chocó con la cabeza contra el cabecero de su cama. Se giró hacia mí con los ojos muy abiertos y una mano en el corazón.

—Pero ¿a ti qué te pasa?

—Buenos días —sonreí como un angelito.

—¡¿Buenos días?! ¿Cómo se te ocurre despertarme así?

—Es que no tengo mucho tiempo y no me hacías caso. Oye, necesito que me hagas un favor.

—¿Ahora? ¿Qué...?

—¿Cómo se hacen las tortitas?

Will todavía parecía medio dormido. Arrugó la nariz, confuso.

—¿Tortitas?

—Sí, tortitas. ¿Cómo demonios se hacen?

—¿Para qué quieres saber eso?

—Jen me dijo que cuando era pequeña su padre les hacía tortitas a ella y a sus quinientos hermanos y le encantaban. Estoy intentando ser un buen novio. ¿Cómo se hacen?

—¿Y yo qué sé? Huevos, harina... todo eso, supongo. Búscalo por Internet.

—Vaya amigo estás hecho...

—¡Tú acabas de despertarme con un grito!

—Y ha sido para nada, porque me has servido de muy poco, ¡mal amigo!

Ignoré su expresión de indignación y fui a la cocina buscando la estúpida receta con el móvil. En cuanto me puse a cocinar, supe que eso no iba a terminar bien.

Especialmente por el delantal de florecillas, que era el único que había encontrado por ahí.

Para empezar, no sabía dónde estaba nada. Menos mal que Sue y Mike babeaban desde la barra y Sue iba indicándome dónde estaba cada cosa. Ni siquiera sabía que tuviéramos sartenes, la verdad. Nunca entraba en la cocina. Qué desastre.

En cuanto empecé a remover esa masa rara, una nube de harina me dio en la cara y me puse a toser. Sue, Mike y Will —ya se había despertado— soltaron risitas divertidas. No sonrieron tanto cuando amenacé con tirárselo todo a la cabeza.

Al menos, la parte de la sartén se me dio un poco mejor. Se trataba de que nada se quemara, ¿no? ¿Y por qué demonios se me rompían las malditas tortitas todo el rato? Solté una maldición y seguí intentándolo. Ya llevaba unas cuantas más o menos aceptables cuando Mike volvió a suspirar sonoramente.

—¿Falta mucho? Tengo hambre.

—Cállate —espeté.

—Yo también tengo hambre —añadió Sue.

—Tú también cállate.

Como no se callaran y me dejaran concentrarme en esas malditas tortitas del demonio, iba a matar a alg...

—¿Qué hacéis?

Casi me salió una tortita volando cuando escuché la voz de Jen. 

Me giré hacia ella con la sartén en la mano y una gran sonrisa

—Buenos días, ¿quieres tortitas?

Oh, mierda, me estaba quemando.

Solté la sartén bruscamente en la encimera y no sé cómo me las apañé para añadir la última tortita al plato. Me metí el dedo quemado en la boca y le ofrecí el plato con la otra mano a Jen, que parecía perpleja.

—¿Ella sí y nosotros no? —protestó Sue.

Le dediqué una mirada que perfectamente la habría matado de haber sido posible. Ella resopló.

Jen finalmente aceptó el plato y sentí que la esperanza volvía a mí cuando las comisuras de sus labios se curvaron un poco hacia arriba.

Se sentó entre los dos pesados —Will había tenido el detalle de apartarse— y miró su plato con ganas. Igual que las dos aves carroñeras que tenía al lado.

—¿Nos das un poco? —Mike sonrió.

—O a mí —sugirió Sue.

—Yo soy más amigo tuyo que ella.

—No es cierto. Vive conmigo. Somos más...

Perdí la paciencia.

—Es suyo. Dejad de molestar, pesados.

Por fin Jen lo probó. La miré, cauteloso. 

Solo me faltaba envenenarla sin querer para ser oficialmente el peor novio de la historia...

—¿Qué? —preguntó al darse cuenta de que todos la mirábamos.

—¿Saben... bien? —pregunté yo.

Asintió con la cabeza alegremente y casi sentí que el alma volvía a mi cuerpo.

—Menos mal —casi lancé la sartén al otro lado de la cocina, cansado.

No iba a volver a cocinar en mi vida.

Hasta que vuelvas a joderla, claro.

Me acerqué a Jen, nervioso. Ella me miró sin dejar de comer.

—¿Has dormido bien? —pregunté.

Porque yo había dormido fatal. Había tenido ganas de girarme y abrazarla cincuenta veces. No sabía cómo me había contenido.

Ella asintió con la cabeza, aunque no parecía muy segura. Tragué saliva.

—¿Estás...? ¿Estamos bien?

—No lo sé, ¿vas a decirme algo?

Vale, eso era un no.

—Jen...

—Entonces, no.

Bueno, estaba claro que ese no era el camino a la felicidad. Decidí cambiar un poco la dirección de la operación reconciliación forzosa.

—¿Puedo llevarte a clase? Solo tienes una, ¿no?

—Me gusta el metro.

—Podemos hacer algo, entonces.

—Tengo planes.

Escuché las risitas de Sue y Mike, que se apagaron en cuanto los miré fijamente.

Estaba claro que no había mucho más que hacer. Al menos, lo había intentado. Ahora solo tenía que afinar un poco el plan. Decidí ir al cuarto de baño, frustrado, y quitarme toda la mierda de harina y azúcar de encima.

Ya volvería a intentarlo por la tarde.

Y sin ninguna maldita cocina, eso seguro.

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