Tokio Blues
Elena de Troya sin H
A ritmos de Norwegian Wood, la famosa canción de Los Beatles, Haruki Murakami nos narra en Tokio Blues una historia triangular cuyos vértices tienen nombre: Toru Watanabe, Naoko y Midori, tres personajes que coinciden en el Tokio de los años 60, al que Toru nos traslada en un relato introspectivo que nos lleva a su juventud, cuando es un estudiante de literatura con una gran predilección por los clásicos estadounidenses y por autores de habla inglesa de la talla de Dickens. Sin embargo, estos libros no llenan el vacío existencial que arrastra consigo desde que su mejor amigo se suicidara.
Kizuki tenía una novia, Naoko, a quien conocía desde los tres años. Eran uña y carne. Así que no es de extrañar que, tras la muerte de su novio, Naoko comience a experimentar estados depresivos que, con el tiempo, dan paso a alucinaciones auditivas. Ante su enfermedad, ingresa voluntariamente en un hospital psiquiátrico donde comparte habitación con Reiko, una entrañable antigua pianista.
Durante el tiempo que Toru espera pacientemente la mejoría de Naoko, a la que ya conocía por Kizuki, el contacto entre ambos se mantiene por cartas. En ellas se percibe la evolución de lo que empieza como una amistad colateral, a raíz del suicidio de Kizuki, y acaba siendo algo más, al menos, para Toru. Ahora, tras echar la vista atrás, no tiene claro si Naoko le llegó a amar o si vio en él a alguien con quien cubrir el hueco vacío que le dejó Kizuki.
Justo cuando Toru se debate entre su amor por Naoko y la lealtad a su mejor y difunto amigo, irrumpe en su vida Midori, una estudiante que vive con su hermana encima de la librería familiar. Ella sí está dispuesta a cargar con el peso que Toru lleva a sus espaldas desde la muerte de Kizuki: una carga que Naoko no puede ayudar a aliviar, al acarrear ella también este mismo peso.
Las incertidumbres, los miedos, las preocupaciones juveniles, la sexualidad apasionada de los años de estudiante, el suicidio, la muerte (tanto la que se elige, como la que no), el desengaño amoroso y, en definitiva, la inocencia que se pierde como precio a pagar a cambio de madurar, son algunos de los temas universales que copan las páginas de Tokio Blues. Es una novela en la que la historia parte de una sencilla premisa: todos los acontecimientos son reflexiones que la canción “Norwegian Wood” despiertan en la congestionada mente y en el sensible corazón de un Toru Watanabe adulto, que se nos presenta aún marcado por la sombra de Kizuki, Naoko, Midori y la alegría de la inolvidable Reiko.
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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.
Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!
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