Terminal
Primera parte. Consecuencias » Capítulo 3
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—Sí, amigo mío, eres huésped de uno de los más sofisticados e impresionantes submarinos nucleares de la clase A de Estados Unidos —dijo detrás de él una voz arisca, arrastrando las palabras.

—No hay mucho movimiento esta noche, ¿verdad? —preguntó Eddie.
—No. Ni dentro ni fuera —respondió el hombre de la mira telescópica sin levantar la vista.
Se habían establecido varios puestos de observación en los edificios que rodeaban la periferia de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno, la instalación estatal frecuentemente denominada la «Rosquilla» debido a la estructura circular que tanto recordaba a una rosquilla y en ese momento Eddie estaba inspeccionándolos todos. Aquél en concreto había sido establecido en el ático de una casa abandonada en la que se había eliminado parte del tejado a fin de conseguir una vista despejada de la instalación oficial, situada a varios cientos de metros de distancia y una de las pocas que los styx no se habían molestado todavía en inutilizar. Y aquel puesto de observación tenía las característica de todos los demás: integrado por uno de los ex Limitadores de Eddie y un miembro de la Vieja Guardia, entre los dos llevaban a cabo la vigilancia las veinticuatro horas del día.
Después de acercarse a la abertura hecha en el tejado, Eddie escudriñó las luces de la Rosquilla. Aunque Londres parecía estar recibiendo el peso de los ataques de los styx, sospechaba que no era más que cuestión de tiempo el que hicieran algo respecto de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno, ya que seguía operativa. La amenaza, cuando llegara, provendría del exterior y no del personal de la propia instalación, porque desde el instante en que los primeros informes de Parry alertaron de que la Luz Oscura afectaba a miembros del ejército, el director de la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno había tomado la precaución de activar las medidas de clausura del centro. Parry y el director se conocían desde hacía décadas, así que el último no había tenido ninguna duda de que se trataba de algo que debía tomarse en serio. Dobló el personal en todos los puntos de acceso a la Rosquilla, estableció un perímetro militar extra alrededor de las instalaciones y, lo que era crucial, había puesto en marcha la utilización de los Purgadores en todo el personal entrante antes de que la mayoría de los demás emplazamientos sensibles hubieran hecho lo propio.
Y ahora, mientras el miembro de la Vieja Guardia inspeccionaba la carretera de acceso con sus binoculares, con una taza de humeante sopa de su termo al alcance de la mano, Eddie le miró insistentemente por última vez.
El Limitador, sentado en un rincón del ático, salió de su estado como de trance al oír la voz de Eddie.
—Voy a inspeccionar el siguiente puesto —dijo, echándole un vistazo a su reloj antes de dirigirse a las escaleras que bajaban desde el ático.
Cuando su pie encontró el primer escalón, le dio pena que aquellos dos hombres formaran parte de una cacería que les costaría la vida. Su emplazamiento había sido entregado en bandeja a los styx, y ambos iban a ser sacrificados para mantener las apariencias, aunque la cara de Eddie —tan inexpresiva como siempre— no reveló nada.
—Gracias a los dos —dijo cuando empezó a desaparecer de la vista.