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Segunda parte. La torre » Capítulo 4
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El nativo rebotaba en el asiento al lado de Jürgen, que conducía el semioruga neogermano por la jungla a considerable velocidad. Era un pesado vehículo del ejército de dieciocho toneladas decomisado en un recinto militar de la ciudad y al que la combinación de ruedas y oruga hacía ideal para la pista de la selva, a la sazón convertida en un torrente de barro por un monzón reciente.
En la parte de atrás del vehículo había numerosas cajas de aparatos que los hermanos neogermanos habían reunido apresuradamente para la expedición. A pesar de ello, seguía quedando espacio de sobra para que Will y Elliott estuvieran a sus anchas.
Sentados uno enfrente del otro en los bancos laterales, Will llamó la atención de la chica.
—Lo está haciendo de nuevo —dijo moviendo los labios sin emitir ningún sonido, mientras señalaba al nativo en el asiento delantero.
Les había llevado algún tiempo acostumbrarse al nuevo aspecto del indígena. En ese momento parecía muy cambiado, vestido con un pantalón de peto azul, un sombrero militar de camuflaje y unas gafas de sol envolventes, todo muy necesario para protegerle del sol desde que había perdido su extraordinaria capa epidérmica.
Pero no era ésa la razón de que Will le estuviera señalando. Como había hecho desde el primer instante en que Elliott le había hablado en styx, el nativo no paraba de echarle miradas furtivas, como si no pudiera apartar la mirada de ella. Y cada vez que la muchacha le devolvía una de esas miradas, él apartaba los ojos.
Entonces volvió a hacerlo otra vez, mirándola por encima del hombro. Y, como siempre, cuando ella se disponía a saludarle, el nativo giró rápidamente la cabeza hacia el parabrisas una vez más. Ni una sola vez su mirada se había cruzado con la de Elliott.
Will se inclinó hacia ella y le hizo un gesto para que se acercara y así pudiera oírle por encima del ruido del motor.
—Reconoce que aquí nuestro nativo está completamente colado por ti —señaló con malicia.
Elliott sacudió la cabeza.
—No seas cretino, Will.
Éste estaba sonriendo con ganas.
—Deberíamos ponerle un nombre a tu nuevo ligue. No podemos seguir llamándole «el nativo».
Elliott no le siguió la broma cuando expresó en voz alta lo que estaba pensando.
—No, tengo la sensación de que me tiene como miedo… por algún motivo —comentó.
—¡Ya sé! ¡Tronco! —prorrumpió Will de repente—. Sí, así es como deberíamos llamarle, Tronco… ¿Lo pillas?
Elliott soltó un gruñido.
—Eso es tan malo como los horribles chistes de Drake —dijo, sonriendo con tristeza—. Nunca pensé que los echaría tanto de menos.
—Y si a Tronco le vuelven a crecer las hojas, podemos cambiarle el nombre por el de Russell —añadió Will, pero ya sin entusiasmo, porque al igual que Elliott estaba pensando en su amigo Drake y las escasas probabilidades de que hubiera sobrevivido a la explosión nuclear.
Pero lo que Elliott había dicho de Tronco, como acababa de ser bautizado, tenía visos de verosimilitud. Parecía completamente intimidado por ella y, aunque había vuelto a mirar los fugaces árboles a través de sus gafas de sol mientras seguían avanzando por la espesa selva, sí que parecía estar exclusivamente interesado en ella. Durante las primeras veinticuatro horas después de haber recuperado el conocimiento, Tronco había intentado repetidamente postrarse a los pies de Elliott. Y lo único que dijo en todo momento fueron las mismas palabras: «Han regresado».
La revelación de que Elliott era medio styx —o medio invasora, como insistían en decirlo ellos— había cogido por sorpresa a los dos hermanos neogermanos, puesto que ni Will ni Elliott le habían dado importancia a dicho parentesco al resumirle a Jürgen la serie de acontecimientos que había conducido a la liberación del virus en el mundo interior. Pero los hermanos parecieron aceptarlo después de hablar más detenidamente del asunto con Elliott, y en cualquier caso, al empezar el segundo día, la fiebre de Tronco había remitido por completo. Dejó entonces de balbucir su mantra en styx; de hecho, se calló como una tumba y se volvió muy retraído.
El diagnóstico de Werner era que Tronco padecía una conmoción a causa de su repentina transformación física. En un intento de ayudarle a readaptarse, Jürgen había pasado algún tiempo con el nativo en su habitación tratando de comunicarse con él como había hecho anteriormente, utilizando la técnica de los jeroglíficos pintados a mano. Al menos, quería hacerle comprender que era inmune al virus y que podía abandonar la sala de cuarentena cuando quisiera.
Acto seguido, habían puesto el asunto a prueba. Después de tantas semanas enjaulados allí dentro, fue todo un acontecimiento cuando los hermanos neogermanos, junto con Karl y Tronco, pasaron en fila india por las áreas de descontaminación sin los trajes puestos. Nadie habló cuando salieron del sombrío interior del hospital y traspusieron la entrada principal seguidos por Will y Elliott. Las lluvias habían llegado y lavado buena parte de las cenizas, así que las calles parecían más limpias que antes. Era casi como si la ciudad hubiera recobrado la normalidad, salvo que el montículo de huesos calcinados permanecía como testimonio del terrible impacto de la epidemia.
Cuando se pararon bajo el sol deslumbrante, se miraron unos a otros. Entonces Werner abrió los brazos como un cantante de ópera que se dispusiera a atacar una canción y tomó una gran bocanada de aire. Lo contuvo durante varios segundos, como si lo estuviera saboreando, y a continuación lo exhaló de forma lenta y melodramática por la nariz. Lo único que habían conocido durante tantas semanas los neogermanos y el nativo había sido la atmósfera perfectamente filtrada de la sala de cuarentena, pero en ese momento eran libres de ir a cualquier sitio de la ciudad que se les antojara.
—Bueno, hasta el momento muy bien. Todavía no siento ningún síntoma —proclamó finalmente Werner, que se echó a reír—. Estoy de broma. Las pruebas demostraron que la vacuna es efectiva. ¡Estaremos a salvo!
Jürgen también se estaba riendo y abrazaba a su hijo; sólo Tronco permanecía quieto mientras ladeaba la cara para que su nueva piel absorbiera los rayos de sol.
Jürgen se volvió hacia Will y Elliott.
—De no ser por vosotros, puede que jamás hubiéramos visto este día. Era sólo cuestión de tiempo que se agotara la reserva de energía, y entonces nos habríamos quedado desprotegidos.
—No tiene importancia —respondió Will, disfrutando del momento con ellos—. Y ahora voy a saquear la confitería. ¿Alguien está interesado?
Al oír aquello, los ojos de Karl se iluminaron.
Habían regresado a la sala de cuarentena ya entrada la noche con un cargamento de bolsas de comida fruto de sus correrías. Ahora que estaban vacunados, no tenían que preocuparse de esterilizar nada. Jürgen había preparado una cena para celebrar la libertad recién hallada, y estaban todos sentados en torno a la mesa sintiéndose muy satisfechos cuando, sin previo aviso, Tronco empezó a parlotear a toda prisa en styx, como si por fin hubiera asimilado que estaba a salvo de la epidemia.
—No le pillo nada —dijo Elliott, que se esforzaba al máximo en comprender lo que estaba diciendo—. Pero creo que habla de su pueblo… Cree que pueden seguir vivos en… No reconozco la palabra, pero puede que se refiera a las pirámides. En lo profundo de ellas.
—¿Es posible eso? ¿Después de tanto tiempo? —le preguntó Jürgen a su hermano.
—Todo es posible —respondió Werner—. Tú mismo dijiste que vivían encerrados en las pirámides durante meses seguidos. Es posible que supieran que pasaba algo cuando la fauna de la selva empezó a morir y se enclaustraran a tiempo. —Miró a Tronco, que seguía farfullando—. Todo depende de la circulación del aire en el interior de las pirámides. Me parece sumamente improbable, pero… —dijo, dejando que sus palabras se apagaran.
Jürgen sopesó la cuestión un instante.
—No podemos ignorar sin más lo que nos está diciendo. Si podemos salvar a más nativos, tenemos que actuar, y actuar rápidamente.
Will y Karl estaban disfrutando de los pirulís Kriesel que habían expoliado ese día cuando la mirada del primero se cruzó con la de Elliott. Según parecía, todavía no iban a recuperar su sencillo estilo de vida de antaño en las pirámides.
Y en ese momento se encontraban en el semioruga, embarcados en una misión de rescate de más nativos cuando no tenían ni idea de si alguno habría sobrevivido tanto tiempo.
—Aquí es donde termina el sendero principal. Seguiremos a pie —dijo Jürgen cuando detuvo el semioruga en un claro que a todas luces ofrecía espacio para girar el vehículo. Después de apagar el motor y bajarse de un salto al suelo, echó un rápido vistazo en la dirección por la que habían venido.
—Bueno, ¿y ahora qué hacemos? ¿Esperar a que Werner y Karl nos den alcance? —preguntó Elliott.
—No, sigamos sin ellos —respondió Jürgen mientras rodeaba la parte posterior del semioruga y abría la puerta trasera—. Tardarán un rato en llegar aquí, y me llamarán por radio cuando estén cerca. Mientras, podemos empezar a trasladar parte del equipamiento a la pirámide —dijo.
Jürgen, Will y Elliott cogieron cada uno una caja de considerable tamaño de la parte posterior del vehículo. El hecho de que la gravedad fuera menor que en la Superficie les permitía levantar bastante más peso del que hubieran podido en el exterior. Se colocaron las cajas en equilibro sobre las cabezas y Tronco los condujo en procesión mientras se internaban en la densa vegetación. Nadie esperaba realmente que el nativo transportara algo, pero al menos utilizaba su conocimiento de la selva para guiarlos siguiendo las huellas de los animales, de manera que no se vieran obligados a abrirse una senda a machetazos.
Tenían que recorrer una distancia considerable, y Tronco parecía tan decidido a llegar a la pirámide que no paraba de apretar el paso. Y cada vez que lo hacía, Jürgen le instaba a reducir la marcha. Por último, salieron de la línea de árboles y allí estaba la pirámide. Todavía mojada por el reciente diluvio, el sol se reflejaba en las gotas de agua que la cubrían y las hacía brillar como miles de diamantes diminutos.
—No hay nada como llegar al hogar —dijo Will con un resoplido. Se asomó un poco más con cuidado para poder ver la plataforma que él y Elliott habían construido en las ramas del árbol cercano, y sintió más de una punzada de arrepentimiento. Lo que en realidad estaba pensando era: «Para empezar, ojalá no la hubiéramos abandonado jamás».
Aunque se habían salvado unas vidas de resultas de su expedición de saqueo a la metrópolis, una parte de él se lamentaba por haberse dejado convencer por Elliott. En su fuero interno no le gustaba admitir que había algo de cierto en lo que ella había dicho sobre que se estaba haciendo mayor y acomodaticio. Reconocía que era una persona diferente; había perdido parte de su afición por la aventura. Tal vez la guerra constante contra los styx había acabado por quitársela a golpes, pero en ese mismo instante, lo único que deseaba era volver de nuevo a su sencilla vida en la selva con Elliott y sin ninguna interferencia externa de los neogermanos ni del balbuceante nativo.
—El hogar —repitió Will, cuando se dio cuenta del significado de la palabra y de lo feliz que había sido allí con Elliott. Con el pasadizo de los Antiguos y la sima cegados, ni él ni la muchacha albergaban serias esperanzas de que alguna vez fueran a regresar de nuevo al mundo exterior. Aquel lugar, con su plataforma en el árbol al lado de la pirámide, y aquel mundo en el centro del mundo se habían convertido en el mejor hogar que Will hubiera conocido en su corta existencia. Y entonces, cuando le pareció que todo se estaba acercando al final por culpa de aquellas nuevas personas que había ahora en sus vidas, el corazón se le empezó a acelerar con una especie de pánico.
Se había ganado pasar aquel tiempo con ella. Había aportado su granito de arena a la lucha contra los styx, y ahora quería dejar todo eso atrás. Se sentía tan lejos de su madre, a la sazón en la Colonia, y de su amigo Chester. Y en cuanto a Parry y Eddie, por supuesto que andaba preocupado por cómo les iría en su búsqueda de la segunda mujer styx. Pero no podía evitar sentir que todo aquello ya no era su guerra.
—¡Hola! ¡Te estoy hablando a ti! —gritó Elliott, sacando a Will de sus pensamientos—. ¿Nos acompañas hoy?
—Sí, lo siento… Estaba distraído. —Sonrió y echó a correr para alcanzarles a ella y a Jürgen.
Todavía con las cajas a cuestas, ascendieron por el lateral de la pirámide. Se pararon poco antes de pisar la lisa plataforma en la que culminaba, y en su lugar siguieron el saliente que rodeaba la grada inmediatamente inferior, hasta que Tronco les indicó que se detuvieran.
—Henos aquí de nuevo —dijo Will, examinando el lugar exacto donde él y el doctor Burrows cayeron rodando cuando los styx habían rodeado la pirámide en un intento de capturarlos—. Ahí hay una entrada —añadió para ayudar a Jürgen.
—Sí, estamos informados de eso —respondió el neogermano mientras todos depositaban las cajas en el suelo—. Los invasores no llegaron muy lejos, ¿verdad? —observó cuando empezó a inspeccionar los daños causados por los styx al intentar abrir un acceso al interior de la pirámide utilizando explosivos—. Interesante… —comentó, pasando la mano sobre lo que quedaba de las piedras talladas, y luego sobre la mampostería que había quedado al descubierto y cuyo color era considerablemente más oscuro—. ¿Aprecias la diferencia entre los dos materiales?
Aunque las piedras del revestimiento exterior habían sido voladas, la estructura de apoyo no parecía presentar ninguna marca en absoluto.
—Sí, parece como si… como si la mampostería fuera nueva —admitió Will—. Y los explosivos de los styx arrancaron lo que mi padre llamaba las «piedras movibles», pero allí siguen ésas para mostrar dónde estaban. —Estaba señalando una hilera de diez cuadrados que destacaban sobre la, por lo demás, uniforme superficie.
Tronco soltó lo que podría haber sido una palabrota styx, aunque gran parte de ese idioma sonaba exactamente igual.
—Will, quiere que te apartes —le tradujo Elliott.
—Muy bien —replicó el chico, molesto por la brusquedad del nativo.
No obstante, se hizo a un lado para dejar pasar a Tronco, que se dirigió directamente a los cuadrados. Al llegar a ellos, se puso de puntillas y empezó a tocarlos uno tras otro.
—Mi padre y yo pensamos que tenía que haber una combinación para entrar. Nos tiramos una eternidad empujando los bloques hacia dentro y sacándolos hacia fuera utilizando diferentes secuencias, para intentar abrir una brecha —explicó Will mientras observaba a Tronco, que seguía tocando los cuadrados a una velocidad de vértigo—. Pero no sé qué es lo que cree que está haciendo.
—También está probando diferentes secuencias —comentó Jürgen, observando embelesado al nativo—. Pero no se trata de nada que pueda influir en una combinación mecánica. Debe ser sencillamente algún tipo de ritual previo a la apertura de la puerta.
—¿Así que usted nunca ha visto el interior? —le preguntó rápidamente Will.
Jürgen negó con la cabeza.
—Jamás. Y los nativos tenían buen cuidado de no dejarnos observarles cuando hacían esto —replicó.
Tronco había terminado sin duda la larguísima serie. Cuando se apartó rápidamente de un salto, se oyó un sonido chirriante.
—¡Atrás! —avisó Will. Por nada del mundo iba a dejarse sorprender una vez más.
La pared debajo de los cuadrados y una parte del saliente que estaba delante de donde Will y los otros estaban parados parecían haber desaparecido de buenas a primeras, dejando a la vista un tramo de escalones de piedra de poca altura que conducían a las profundidades de la pirámide.
Jürgen estaba estupefacto.
—No lo entiendo. ¿La mampostería desapareció sin más? —preguntó.
—Yo tampoco lo entiendo —dijo Elliott, igual de perpleja.
Todos se quedaron donde estaban excepto Will, que se había adelantado hasta el borde de la abertura y miraba hacia abajo para escudriñar el interior.
—Así que fue aquí por donde caí… aquel día —dijo en voz baja.
Tronco pronunció unas cuantas palabras y desapareció de sopetón por los polvorientos escalones, que empezó a bajar a toda prisa.
—Ha dicho que le sigamos —tradujo Elliott.
—¡Espera! —gritó Jürgen—. Dile que no se precipite, ¿te importa? Si entramos a ciegas, estaremos llevando el virus directamente con nosotros.
Elliott llamó a Tronco, que se detuvo un momento en los escalones mientras contestaba rápidamente.
—Dice que lo que queremos está más adentro —tradujo la muchacha.
—Entonces, ¿deberíamos llevar el equipo con nosotros y establecernos en el interior? —sugirió Will.
Jürgen consideró la situación.
—Supongo que no tenemos elección. No sabemos lo cerca que están los demás indígenas —dijo con un encogimiento de hombros—. En cuanto los localicemos, podemos levantar la tienda de descontaminación y tratar de realizar alguna esterilización básica. Y si eso no es factible, tendremos que administrar la vacuna y esperar lo mejor.
—Entonces, vamos —dijo Will, y Jürgen se sacó una linterna del bolsillo y la encendió para que al menos tuvieran alguna idea de en dónde ponían los pies. Los tres cogieron sus cajas y empezaron a bajar los escalones hacia la tenebrosa oscuridad.
—Aquí es donde acabamos mi padre y yo —explicó Will cuando llegaron al final de los escalones y se encontraron en una superficie nivelada, un espacio cerrado donde sus pisadas resonaban por todas partes. El chico no pudo evitar acordarse de las contradictorias emociones que había experimentado la última vez que había caído rodando hasta aquella misma cámara con su padre. El espanto por estar siendo perseguidos por los Limitadores se había transformado en alborozo al darse cuenta de que por algún milagro él y el doctor Burrows se encontraban de pronto fuera de su alcance, aunque el entusiasmo fue efímero cuando descubrieron que estaban rodeados por los nada amistosos nativos.
Entonces Will se acordó de lo que el doctor Burrows había descubierto allí.
—Mirad el suelo —les indicó a los otros. Jürgen dirigió la linterna hacia donde señalaba el muchacho.
—Un mural —dijo Elliott—. ¿O sólo se le llama así cuando está pintado en un muro?
Will sonrió.
—Entonces quizá sea un suelal. —Se volvió hacia el neogermano—. En realidad está tallado en las baldosas, y luego pintado. Mi padre pensaba que los personas encargadas de construir las pirámides, los Antiguos, como los llamaba, tenían rutas comerciales por todos los continentes. Así es como pudieron elaborar este mapa.
Jürgen avanzó cautelosamente siguiendo los perfiles de los continentes tallados sobre el suelo de piedra, como si le preocupara que pudiera estropearlos por pisarlos.
—Sí, pero esto debe de datar de hace varios miles de años… y está todo perfectamente proporcionado. Así que ¿cómo es posible que dispusieran de los medios para confeccionar un mapa con este grado de detalle o precisión? —preguntó.
Cuando Tronco reapareció sin previo aviso con una tea encendida, la cámara se llenó de luz.
—Y tenéis que ver esto —dijo Will, ahora que las llamas iluminaban el resto del espacio. Llevó a Elliott y Jürgen hasta donde había sido pintada la procesión de las grandes figuras en la pared, el rey y la reina con sus mejores galas y adornados con joyas de oro parecidas a las que podrían haber llevado los gobernantes egipcios.
—A mi padre esto le parecía asombroso —siguió Will, acordándose del doctor Burrows encendiendo una cerilla tras otras mientras estudiaba todas las figuras.
—Aquí vuelve a aparecer ese símbolo del colgante de Tam —dijo Elliott al localizar las tres líneas convergentes en la corona del rey, y más tarde en la coraza de un guerrero—. Está por todas partes.
Will estaba a punto de responderle, cuando Tronco empezó a parlotear rápidamente en styx.
—Quiere que le acompañemos —comentó Elliott.
Llevando las cajas consigo, siguieron al nativo hasta el extremo de la cámara y salieron a un rellano donde se les ofreció a la vista otra escalera.
—Esperaba que los demás nativos estuvieran más abajo dentro de la pirámide, no ahí arriba —masculló Jürgen mientras Tronco los hacía subir un tramo tras otro.
—La última vez fue ahí adonde nos llevaron —comentó Will—. A las mismísimas entrañas de la pirámide.
Cuando llegaron a otro rellano, Tronco hizo que se alejaran de la escalera y los introdujo en una cámara circular de techo bajo y aproximadamente nueve metros de diámetro. El nativo empezó a gesticular hacia un punto en el muro curvilíneo situado justamente enfrente de la entrada. Como no parecía haber otra forma de entrar o salir de la cámara, los tres dejaron las cajas junto a la entrada.
—Si el resto de los nativos están a ese otro lado, éste sería un lugar ideal para la descontaminación —dijo Jürgen. Tras abrir la parte superior de una de las cajas, empezó a sacar varios de los recipientes verdes que contenían el agente esterilizante—. En el peor de los casos, aquí dentro tengo ya preparadas algunas jeringas con la vacuna —dijo, al tiempo que sacaba un pequeño maletín.
Tronco estaba parloteando como un loco, intentando desesperadamente que le hicieran caso.
—¿Qué es lo que quiere que veamos allí? —preguntó Will cuando la luz de la antorcha del nativo cayó sobre algo que tenía delante.
Al acercarse, descubrieron una pequeña repisa que sobresalía de la pared a la altura de la cintura. Encajado en ella y formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, había un panel negro, que Will empezó a tocar.
—¿Para qué narices sirve esto? —preguntó.
—Dímelo tú. ¿Qué estás mirando? —preguntó el neogermano mientras vaciaba apresuradamente otra de las cajas y dejaba su contenido en el suelo, el cual empezó a organizar para poder montar la tienda de descontaminación.
—Bueno, parece cristal…, un cristal negro… o alguna clase de mineral perfectamente pulido. Lleva tallado el símbolo de los Antiguos, pero los bordes son rugosos, son como unas gubias —explicó Will mientras examinaba el símbolo de tres puntas con los dedos—. Si esto es lo mismo que los cuadrados del exterior y abre una entrada, Tronco tiene que enseñarnos a activarlo.
—¿Quién es Tronco? —preguntó Jürgen, aunque en lo que andaba ocupado era en levantar la tienda. Para entonces el nativo había empezado a caminar con impaciencia de un lado a otro cerca del muro, todavía hablando rápidamente—. Entonces, ¿tenemos definitivamente una vía de entrada? —preguntó Jürgen desde el otro lado en el momento justo en que Elliott, al evitar a Tronco cuando pasó como una bala por su lado, perdió el equilibrio. La chica extendió una mano para apoyarse en el lateral de la cámara y no caerse.
Unos impulsos luminosos de color azul recorrieron varios metros alrededor del lugar donde había entrado en contacto con la pared, dejando a la vista una intrincada red de líneas y círculos.
—¡Caray! —gritó Will.
Todos estaban demasiado asustados para hablar, así que el único sonido audible en la cámara era el chisporroteo de la antorcha de Tronco mientras se consumía.
—Decidme que no me lo he imaginado —dijo Will en un susurro, casi sin atreverse a respirar.
Jürgen dejó caer la estaca de aluminio de la tienda que acababa de ensamblar, se acercó a toda prisa y dirigió el haz de su linterna a lo largo de la pared al lado de Elliott.
—No, yo también lo he visto —confirmó el neogermano, y estiró lentamente la mano para tocar la pared.
Will ya estaba dándole golpecitos a uno de los grandes bloques de sillería que tenía a su lado.
—Fuera lo que fuese, ha desaparecido. Y la verdad, no lo entiendo. ¡Esto no es más que piedra!
—Entonces, ¿de dónde salieron esas luces? —preguntó Elliott, todavía completamente sumida en la confusión.
—Eran más como unas chispas —sugirió Jürgen, inclinándose para examinar la base del muro—. Y estoy de acuerdo contigo, Will. No hay duda de que esto es piedra. —Apartó la mano y restregó el polvo entre los dedos—. Aunque el fenómeno que acabamos de presenciar se pudiera explicar por alguna especie de descarga electrostática, ¿cómo iba a conducir eso la mampostería de esta manera? He visto… formas… dibujos.
Will se acercó un poco más a la pequeña repisa.
—Puede que esto tenga algo que ver con ello. —Estaba haciendo presión sobre el panel para ver si podía moverlo en alguna dirección, cuando Tronco empezó a hablar con gran nerviosismo.
—¿De qué está parloteando ahora? —le preguntó Will a Elliott.
—No le entiendo. Habla demasiado deprisa —respondió ella. Suspendió la mano sobre el brillante panel—. Enséñame cómo funciona esto. ¿Abre una puerta? —le dijo al nativo en styx.
Por primera vez, Tronco pareció mirarla directamente a los ojos.
Antes de que Elliott supiera qué estaba sucediendo, la agarró por la muñeca y la obligó a bajar la mano sobre el panel, embutiéndole los dedos en el símbolo de tres puntas.
Se produjo un fogonazo tan intenso como el de la llama de una soldadora. Elliott salió despedida de espaldas contra el suelo de la cámara, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¡No! —gritó Will, que se precipitó a su lado y la ayudó a incorporarse—. ¿Te encuentras bien?
Ella cerró el puño y abrió la mano de nuevo extendiendo los dedos.
—Muy bien. No duele nada —respondió sorprendida—. Pero ha sido realmente extraño.
Will estaba furioso.
—¡Qué estás diciendo! —Giró en redondo para enfrentarse al nativo—. ¿Qué puñe…?
El suelo de la cámara tembló.
Jürgen se acuclilló, pensando que habría más temblores.
—Un terremoto —dijo—. Son muy habituales en esta parte de…
Pero no era un terremoto, y cuando lo supo, su voz se fue apagando.
Con el aullido del aire al desplazarse, el techo que tenían encima desapareció y la luz del sol los inundó. Protegiéndose los ojos del resplandor, Will tuvo una vista directa del cielo despejado.
—¿Qué? —exclamó, con un grito ahogado.
Antes de que ninguno se enterara, los muros a ambos lados del panel se desintegraron. Lo raro fue que el único sonido era el que hizo la ráfaga de viento que los envolvió. Sus ojos no habían tenido tiempo de acostumbrarse del todo a la luz pero, por lo que pudieron ver, una especie de ola gigante se alejaba de ellos y de la pirámide a una velocidad de varios nudos. Una ola de piedras y polvo que se extendió entre los gigantescos árboles de la selva barriéndolo todo a su paso.
Acompañado de Karl, que sujetaba cuidadosamente en su regazo un estuche lleno de jeringas complementarias con la vacuna recién preparada, Werner había estado conduciendo el pequeño Kübelwagen por el camino de la selva.
Pero cuando Karl señaló apremiantemente algo, Werner empezó a frenar.
El niño había descubierto que el cielo por encima de los árboles se había llenado de pronto de pájaros, como si todos hubieran levantado el vuelo al mismo tiempo. Grandes bandadas de aves giraban y se entremezclaban a gran velocidad. Y mientras los observaba, las bandadas se dispersaron para formar otra cosa; eso ya no eran pájaros, sino una diversidad de proyectiles de diferentes tamaños, con perfiles duros e irregulares. Gracias a que Karl había sido tan rápido en advertir que estaba sucediendo algo extraordinario, a Werner no le pilló totalmente por sorpresa cuando un trozo considerable de sillería cayó vertiginosamente y se estrelló contra el capó, provocando que el vehículo rebotara sobre los amortiguadores.
Acababa de detener completamente el Kübelwagen cuando el fragmento de una raíz de árbol golpeó el parabrisas y lo hizo añicos. Como el bombardeo continuara cual inusitada granizada, Werner le gritó a Kark que saliera. Entonces protegió al niño con su cuerpo mientras los dos se agachaban contra el lateral del vehículo.
Sin proferir una sola palabra, Will, Elliott y Jürgen echaron a andar juntos arrastrando los pies, hasta más allá del lugar donde el muro de la cámara se levantaba inicialmente.
—¿Qué es esto? Hace un momento estábamos dentro, y al siguiente aparecemos aquí fuera —dijo Will, sin saber todavía qué decir ante el repentino giro de los acontecimientos.
—Increíble —repetía Jürgen una y otra vez, después de que se acercaran al borde de la pirámide y se quedaran mirando las gradas de debajo.
—Tiene un aspecto completamente diferente. Todas las piedras talladas han desaparecido —señaló Will—. Es como si estuvieran ocultas por una capa de piedra. —Tenía razón; el aspecto de la pirámide se había transformado en cuestión de sólo unos segundos, y la infraestructura estaba ahora completamente a la vista.
—Increíble —volvió a decir Jürgen en un tono de voz extrañamente lacónico.
Los tres se sentían bastante paralizados, porque a pesar de sus esfuerzos seguían sin encontrar una explicación para lo que acababan de vivir.
—Pero ¿cómo es posible que sigamos aquí… y vivos? —prorrumpió Elliott—. ¿Por qué no hemos salido volando de la pirámide también?
Ni Will ni Jürgen le respondieron; su vista estaba todavía acostumbrándose a la luz del sol, pese a lo cual pudieron entrever por primera vez otra cosa que los sumió en la confusión. A medida que el velo de polvo se alejaba, vieron que la selva había sido pelada, como si una plaga de langostas lo hubiera devorado todo a su paso. Pero ni siquiera se veía un árbol arrancado de raíz, sino sencillamente una hectárea tras otra de tierra pelada con algún tramo de vegetación ocasional aquí y allá.
—La selva ha desaparecido sin más —dijo Will. Se protegió los ojos con la mano, afanándose en escudriñar el horizonte—. ¿Lo veis? No hay más que un espacio vacío hasta las demás pirámides.
Elliott soltó una extraña carcajada cuando reclamó la atención de Will para que mirase la zona que tenían debajo, el suelo removido que rodeaba la base de la pirámide.
—Ahí es donde estaba nuestro campamento.
Jürgen meneaba la cabeza.
—Nada de esto tiene la menor lógica. Es como si hubiera habido una explosión. Pero ¿por qué no sentimos ni oímos na…? —Se calló cuando su walkie-talkie chisporroteó y la voz angustiada de su hermano surgió por el transmisor. Jürgen escuchó durante un instante, y entonces masculló: «Ah, gracias a Dios». Miró rápidamente a Will y a Elliott para decirles lo que acababa de oír—. Karl y Werner fueron bombardeados por los escombros cuando estaban dentro del vehículo, pero ambos están a salvo. —Volvió a hablar por la radio—. Werner, por lo que sabemos, parece haberse originado aquí, pero…
La radio crepitó y se oyó decir a Werner: «Hola, hola, ¿estás ahí?», pero Jürgen estaba sosteniendo el aparato lejos de su oreja.
Igual que Will y Elliott, estaba mirando fijamente a lo lejos, al punto de intersección de las tres pirámdes.
Al lugar donde algo estaba provocando que el suelo y la corteza fueran arrojadas contra el cielo en un enorme surtidor.
Entonces una descomunal construcción en forma de aguja brotó súbitamente del mismo suelo y se fue proyectando cada vez más hacia arriba con un estruendo sordo.
—Justamente cuando pensaba que era imposible que esto pudiera ser más extraño —masculló Will.
El suelo y las rocas se derramaron desde el pináculo de la construcción cuando ésta alcanzó su altura máxima, varias veces la de la pirámide en la que los tres se encontraban.
—¿Una torre? —murmuró Elliott.
—Werner…, esto… volveré a contactar contigo —dijo Jürgen hablándole a la radio en un murmullo—. No, yo te llamaré. Tú y Karl quedaos exactamente donde estáis ahora hasta que os llame. —La voz angustiada de Werner siguió oyéndose por la radio cuando Jürgen la apagó sin más preámbulos.

—¿Dónde está el nativo? —preguntó Elliott al darse cuenta de que no estaba con ellos.
—Por allí va —respondió Will cuando localizó la solitaria figura que avanzaba resueltamente por la tierra pelada en dirección a la torre—. Creo que tenemos que ir tras nuestro amigo Tronco y obligarle a que nos dé algunas respuestas. —Entrecerrando los ojos hacia la lejana torre, se rió entre dientes—. Además, ¡tenemos que mirar eso más de cerca!

Parry fue el primero en ser escoltado a través de la esclusa, seguido de Chester. Una vez dentro, se les hizo atravesar el puente, donde el chico se dedicó a observar los diferentes terminales controlados por la tripulación. Algunos de los hombres levantaron la vista de sus paneles de instrumentos para mirarlos con curiosidad tanto a él como a Parry, aunque fugazmente, como si no tuvieran que mostrar demasiado interés. Chester estaba mareado; le habían sacado a la fuerza de una pequeña granja del siglo XVII, que dependía para su electricidad de un generador situado en un cobertizo, para llevarle a un submarino nuclear de última generación lleno hasta los topes de aparatos electrónicos. Y que pertenecía a la principal superpotencia mundial, nada menos.
Le parecía todo bastante irreal, como si estuviera en una película. Salvo que en una película uno no se hacía idea de lo asquerosamente mal que olía allí dentro, con tantos hombres metidos en un espacio cerrado. Aquello le recordó un verano en que él y sus padres habían cogido un vuelo de larga distancia para volver a casa de sus vacaciones.
Dos personas vestidas con trajes azul marino aparecieron sin previo aviso.
—Seguridad Nacional —declaró la mujer joven, mostrándole fugazmente una placa a Parry.
—Miren al pajarito —dijo el hombre que la acompañaba cuando apuntó por turnos con un artilugio a Chester y a Parry.
—Reconocimiento facial. Se están asegurando de que seamos quienes somos —le dijo Parry al muchacho, cuando el hombre escudriñó una pantalla en el reverso del artilugio y se volvió hacia su compañera.
—Positivo en ambos casos.
—¿Yo también? —le preguntó Chester a Parry—. Pero ¿cómo saben quién soy yo?
Parry estaba a punto de responder cuando la mujer levantó algo en el aire. Chester lo reconoció inmediatamente.
—¡Es uno de los de Danf…! —empezó a exclamar, aunque logró contenerse antes de pronunciar el nombre del hombre que más despreciaba en el mundo—. Es un Purgador —se apresuró a rectificar.
—Sí. Nada como que tu propia tecnología se vuelva en tu contra, ¿no te parece? —dijo Parry.
—Por favor, no hablen. Concéntrense en este punto de aquí —soltó la mujer, señalando con el dedo los pequeños objetivos situados en lo alto del pequeño cilindro.
—Perdone —masculló Chester mientras la mujer dirigía primero el haz púrpura a sus ojos y luego a los de Parry.
—No han sido sometidos a la Oscura Luz —confirmó la mujer, que pasó a teclear el resultado en su agenda electrónica.
—En realidad es Luz Oscura —comentó Chester levantando la voz antes de saber lo que estaba diciendo.
La mujer le lanzó un mirada gélida en el momento en que otro hombre se acercaba a ellos.
—Comandante —le dijo a Parry. Por su edad e insignia, Chester adivinó quién era antes de que el hombre les estrechara las manos a ambos.
—Me alegro de verle, capitán —replicó Parry.
—Y yo a usted. Me disculpo por una bienvenida tan poco hospitalaria. Espero que nuestro comando de marines no fuera demasiado violento con ustedes —respondió el capitán—. Tal y como están las cosas, estos procedimientos son ahora una práctica habitual antes de permitir subir a bordo a cualquiera. Ni siquiera los miembros de mi tripulación están eximidos cuando regresan de tierra.
—Me parece perfecto —dijo Parry—. Lo último que uno quiere es un terrorista suicida en un espacio cerrado como éste.
Era evidente que el hombre de la Seguridad Nacional estaba preocupado, porque no dejaba de mirar constantemente su reloj.
—Según parece, caballeros, tienen que ir a algún sitio —comentó el capitán.
—Así es, el canal de comunicaciones está conectado, comandante —terció el hombre del traje azul.
Uno de los marines se quedó detrás mientras el resto de la escolta se retiraba. A Parry le devolvieron los teléfonos vía satélite y el bastón de paseo antes de que él y Chester fueran conducidos desde el puente a través de varias secciones del submarino. El hombre del traje azul de la Seguridad Nacional los condujo a un camarote sorprendentemente pequeño, el cual tenía una mesa en el centro sobre la que se habían colocado en fila tres pantallas, con una especie de cámara instalada en lo alto de la del centro. Parry le dijo a Chester que ocupara un lugar en la mesa mientras él permanecía de pie, hablándole en murmullos al del traje azul.
Sin la menor idea de por qué estaba allí ni de lo que iba a pasar, el chico se recostó en la silla y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Se puso a mirar las pantallas de una en una, las cuales mostraban todas el escudo de la Marina de Estados Unidos sobre un fondo azul.
Tomó aire y le echó un vistazo al marine parado junto a la puerta del camarote, que sujetaba su fusil de asalto en posición de preparado.
—Un a erre dieciséis —comentó Chester en voz alta, al reconocer el arma por uno de sus videojuegos. El marine se limitó a mirarle ceñudo, así que el chico apartó la mirada rápidamente, asintiendo con la cabeza para sí y mascullando—. Sí, un a erre dieciséis.
En un altavoz situado en alguna parte de la pieza repicó una señal acústica, y Parry y el del traje azul se apresuraron a ocupar sus sitios en la mesa al lado de Chester.
Las pantallas estaban en blanco salvo por las palabras «Estado de transmisión» y un contador que iba marcando los segundos. Cuando la cuenta atrás llegó a cero, el título cambió al de «codificado nivel uno», tras lo cual hubo un momento de interferencias digitales mientras unos bloques aleatorios de colores parpadeaban sobre los monitores. Finalmente, la imagen se estabilizó y mostró un escenario muy parecido al del camarote de Chester: una mesa o tablero con tres sillas colocadas a lo ancho. Un hombre que sujetaba varias carpetas con documentos se movió por ella hasta hacerse visible.
—Bob Harper —dijo Parry—. ¡Lo que me alegra volver a verte después de tanto tiempo, viejo crápula!
Cuando el hombre se inclinó hacia la cámara montada encima de la pantalla del centro, Chester vio que era calvo y que llevaba unas gafas de montura metálica.
—Lo mismo te digo, Parry —respondió Bob, pero no tan cariñosamente como el muchacho había esperado, dado que se suponía que eran buenos amigos. Pero Chester se dio cuenta de que Bob tenía otras cosas en la cabeza cuando abrió una de las carpetas y extrajo varios documentos, los cuales colocó minuciosamente sobre el tablero de la mesa.
Entonces levantó la vista de nuevo.
—Muy bien, ya estoy listo. Y muy buenas tardes a todos —anunció, esta vez con más entusiasmo. Miró con los ojos entornados al del traje azul, sentado a la derecha de Parry, y luego a Chester.
—Y tú debes de ser… esto… Chester Rause.
—Rawls —le corrigió Parry—. ¿Cómo están los chicos, Bob?
Se produjo un leve desfase temporal entre la imagen y el sonido, lo que supuso que los labios de Bob dejaran de moverse, pero sus palabras siguieron transmitiéndose.
—Bien, gracias. Con uno en el MIT y el otro ejerciendo de abogado en Wall Street, ya les he dicho que pueden mantener a su viejo cuando por fin cuelgue las espuelas. Y ya sabes que Debbie te habría enviado un cariñoso saludo si hubiera podido decirle que íbamos a hablar. La próxima vez que estés a este lado del charco, tienes que quedarte de nuevo con nosotros, Parry. —Bob se frotó la barbilla con aire preocupado—. Una vez que haya acabado todo esto.
—Dalo por hecho —dijo Parry.
Nadie habló durante un instante mientras Bob le echaba un vistazo a sus documentos.
—Aquí en Washington tenemos un día gélido, aunque soleado. ¿Qué tiempo hace donde estás?
—Ah, aparte de que aquí es noche cerrada, ¿de verdad tienes que preguntarlo, Bob? Esto es Inglaterra; inevitablemente lloverá antes de que amanezca —respondió secamente Parry.
Pero Bob no estaba escuchando. Por el ruido de fondo, Chester se dio cuenta de que había entrado más gente en la habitación. Un hombre fornido, más joven que Bob y con un traje gris marengo, apareció en el monitor. Inspeccionó las pantallas y la mesa para asegurarse de que todo estuviera como debía, y se quitó de en medio para permitir que otra persona ocupara la silla del centro.
Chester se quedó boquiabierto, y los ojos casi se le salen de las órbitas.
Bien cierto era que durante el año anterior había pasado mucho tiempo bajo tierra, pero habría sido imposible que no reconociera al hombre que apareció en la pantalla que tenía delante.
Una de las personas vivas más famosas del planeta, y sin duda la más poderosa.
—¿Ése es…? —intentó preguntar, pero de su garganta no salió ningún otro sonido.
Le lanzó una mirada a Parry, que le respondió con un rápido gesto de la cabeza.
—Buenos días, caballeros —les saludó el presidente de Estados Unidos mientras examinaba una de las notas informativas de Bob que tenía sobre la mesa. Cuando por fin levantó la vista, recorrió con la mirada al del traje azul y a Parry, y la posó sobre Chester.
—Hola —dijo el presidente.