Terminal

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Segunda parte. La torre » Capítulo 11

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11

En los dos días que llevaban en la granja, Chester, Martha y Stephanie ya habían establecido una rutina, aunque era bastante extraña. Martha y Stephanie rara vez se relacionaban entre ellas, mientras que Chester era presa de una inquietud e incomodidad increíbles que le hacían ir de aquí para allá por la casa como un oso con una resaca descomunal. Cuando no estaba en su habitación —el dormitorio principal, que Martha había insistido en que ocupara, mientras que Stephanie había sido relegada a lo que debió de haber sido una de las angostas habitaciones de los niños—, salía a dar largos paseos.

Stephanie le observaba siempre que se iba de la granja sin decirle nada a nadie y se alejaba por los campos. Y Martha solía salir corriendo detrás del chico en un intento de acompañarle fuera a donde fuese. Pero ella nunca iba lejos, porque como sus piernas eran cortas le resultaba difícil mantener el paso.

Y siempre que estaban en la misma habitación, Chester y Stephanie mantenían en todo momento las distancias. Incluso cuando Martha estaba lo bastante lejos para no oír, él nunca parecía estar de humor para hablar.

Pero Stephanie ya no soportaba el silencio ni un minuto más. Fue al comienzo del tercer día y acababan de terminar el desayuno, que no había resultado muy apetitoso porque una vez más se habían visto obligados a tomarse los cereales con agua, ya que era imposible obtener una gota de leche. Martha acababa de salir al patio para arrojar los cuencos sucios cuando Stephanie decidió hablar a Chester.

—Sigues tremendamente afectado, ¿no es así? —le dijo en voz baja.

—Bueno, sólo un poquito —respondió él. Con gesto amargo, cogió cuidadosamente un copo de maíz empapado que le había caído en la camisa y lo arrojó por ahí con un capirotazo.

—Lo lamento. No pretendo saber cómo te sientes. —Lo dijo sinceramene, porque la última noticia que el Viejo Wilkie había recibido era que los padres y hermanos de Stephanie habían conseguido huir al extranjero y estaban a salvo. Chester lo había perdido todo—. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte.

—No puedes hacer nada, pero de todas formas, gracias —replicó él, y movió la cabeza con una sacudida cuando oyeron el estrépito de la vajilla al hacerse añicos en los adoquines del patio—. ¿Sabes?, si Parry se hubiera sincerado conmigo sobre eso en cuanto lo averiguó, puede que ahora me sintiera de otra manera. Pero ya es imposible que le perdone.

—¿Y no has pensado que a lo mejor fuera a contártelo después de aquella reunión a la que asististe? —sugirió Stephanie.

—Bueno, pero no lo hizo, ¿no? —le espetó Chester—. Y si lo hubiera hecho, entonces habría sido sólo porque el presidente de Estados Unidos metió la pata —puntualizó con un furioso gruñido—. No, no puedo pasar por alto el hecho de que mi madre y mi padre muriesen porque ese asqueroso de Danforth pusiera en marcha un plan estúpido y delirante por su cuenta. Suponiendo que ése sea realmente el caso.

—Pero Parry dijo que no sabía que Danforth iba a hacerlo. ¿No le crees? —preguntó Stephanie.

—¿Quién sabe con esta gente? Estos tipos del ejército tienen tanta prisa por salvar vidas que de paso acaban matando a todo el mundo —dijo Chester—. Daños colaterales e imperativo militar práctico, muchacho —añadió, moviendo la cabeza con altivez y haciendo una parodia aceptable de Parry, acento escocés incluido—. Drake podía ser un poco así con demasiada frecuencia, pero con Will y Elliott la cosa era diferente; siempre jugábamos limpio los unos con los otros. Jamás nos habríamos engañado de esta manera. ¡Jamás!

—Yo tampoco te engañaría nunca, Chester —dijo Stephanie, pero él pareció no haberlo escuchado, ya que había empezado a alterarse.

—Vaya, ¿por qué el maldito Danforth no podía haberse limitado a «fingir» ante los styx que nos había hecho la jugarreta? No tenía que llegar hasta el final. —Se había levantado de un salto y caminaba frenéticamente de un lado a otro por la habitación—. ¡No estoy tan seguro de que realmente no disfrutara matando a mis padres! ¡Asqueroso hijo de puta! —soltó.

Chester era tan corpulento como un hombre adulto y su violencia lo hacía muy intimidatorio. Stephanie empezó a pensar que no había sido una idea tan buena tratar de hablar con él.

El chico se paró de pronto y dijo:

—Bastardo sanguinario y asesino —y soltando una palabrota le lanzó una patada a una de las sillas que rodeaban la mesa. Una sonrisa inquietante se extendió por su rostro cuando una pata del mueble se desprendió y repiqueteó sobre el suelo de baldosas. Y entonces sí que la tomó en serio con la silla, a la que pateó y golpeó una y otra vez hasta que en el sitio no quedaron más que astillas de madera. Jadeando a causa del esfuerzo, gritó—: ¿Y qué puñetas sigo haciendo aquí, en esta maldita cloaca?

Martha había entrado en la casa y miraba la silla destrozada. Chester no la saludó cuando pasó junto a ella y la hizo a un lado dándole un empujón para salir al pasillo. Allí agarró un par de guantes y un sombrero de detrás de la puerta delantera y salió de la casa hecho una furia.

—¿A qué ha venido todo esto? —exigió saber Martha mirando a Stephanie con cara de pocos amigos—. Espero que no le hayas hecho enfadar.

—De verdad que no sé qué fue lo que le hizo estallar. Yo no dije ni una palabra. De pronto se puso a hablar de sus padres y de Danforth, y… —la muchacha no terminó porque Martha se acercó a toda prisa a la ventana.

—Pero ¿por qué no me habla a mí de eso? —se quejó.

Regresó bien entrada la noche después de muchas horas de ausencia, justo a la hora de cenar. Tenía una expresión perdida en el rostro, y ni Martha ni Stephanie se atrevieron a hablarle cuando ocupó su sitio a la mesa. Por el olor era fácil adivinar lo que iban a comer, que era lo que comían siempre: cordero estofado. Martha abrió la puerta con el codo cuando entró llevando el condumio, que dejó caer torpemente sobre la mesa con un ruido sordo delante de Chester.

Mientras la mujer ocupaba su sitio habitual, el chico se quedó mirando fijamente su comida.

—Esto…, Martha —dijo.

—¿Sí, cariño?

Utilizando las dos manos Chester levantó su cuenco de plástico, como invitándola a hacer algún comentario. En el exterior de la escudilla estaba escrita la palabra «PERRO» en letras tan grandes como inconfundibles, y aunque debió ser una vez de un color rojo bastante llamativo, ahora el plástico estaba tan gastado que el color se había apagado y los bordes del recipiente estaban carcomidos. En comparación, Stephanie no había salido demasiado mal parada con el tazón desportillado de melamina que le había tocado en suerte.

—Empieza a escasear la vajilla. En los armarios no queda mucho —dijo Martha a modo de explicación al tiempo que hundía la cuchara en su recipiente, que era un maltrecho plato de porcelana que probablemente también hubiera sido utilizado por las mascotas de los dueños.

Chester había vuelto a depositar cuidadosamente su escudilla de perro en la mesa.

—No lo soporto más —dijo con voz ronca.

—¿El qué?, ¿mi estofado? —preguntó la mujer.

—No, no, sentirme así —masculló él. Tenía la cabeza agachada, así que Stephanie no podía estar segura de si estaba llorando o no, aunque le pareció ver que una lágrima caía en la escudilla de su amigo.

—¡Ay, mi pobre y adorable niño! —Martha se acercó corriendo hasta él y le abrazó con fuerza—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué puedo hacer para que te encuentres mejor?

Stephanie sabía lo profunda que había sido la depresión de Chester en las semanas pasadas en la casa de campo, pero aquella muestra de vulnerabilidad la asustó; estaba más perturbado y frágil de lo que ella había imaginado.

—Dime qué puedo hacer —le preguntó Martha, casi en tono de súplica. La mujer también tenía los ojos arrasados en lágrimas.

Chester inhaló por la nariz.

—Me dijiste que tus relámpagos pueden encontrar a quien quieras, ¿no?

—Sí, es verdad —contestó Martha—. Pueden hacerlo. Igual que siempre podrían conducirme hasta ti, fueras donde fueses. Si tienes algo que contenga un rastro del olor, mis hadas buscarán y buscarán a cientos y cientos de kilómetros incluso, y no se detendrán hasta conseguir su objetivo.

—El Purgador —masculló Chester. Apenas se oyó lo que dijo.

—¿Qué has dicho, cariño? —preguntó la mujer.

Los hombros de Chester se agitaron con un sollozo.

—Tengo uno de sus Purgadores en mi Bergen. Tendrá su olor.

—Sea lo que sea eso, estoy segura de que mis hadas pueden utilizarlo —corroboró Martha—. Las enviaré a buscar.

Stephanie tenía meridianamente claro que la mujer no comprendía el verdadero alcance de lo que le estaba pidiendo Chester, pero en ese preciso instante estaba dispuesta a acceder a lo que fuera con tal de aliviar el dolor del muchacho.

—Gracias —dijo él con voz ronca. Martha seguía abrazándole, y él le puso la mano en el antebrazo y le dio un apretón en correspondencia. Cuando levantó la cabeza, Stephanie vio sus ojos brillantes por las lágrimas. También se percató de la fuerza con que apretaba la mandíbula. Chester miró fijamente a Martha a los ojos.

—Necesito encontrarlo. ¿De verdad puedes ayudarme a encontrar…, a encontrar a Danforth? ¿Harás eso por mí?

—Sabes que lo haré —respondió Martha con las lágrimas cayéndole por la cara—. Sólo tienes que pedirlo —dijo, repitiendo estas palabras una y otra vez.

 

 

Durante las siguientes veinticuatro horas el contingente neogermano revoloteó en torno a Elliott, como si estuvieran esperando que volviera a realizar para ellos otro de sus milagros.

No fue así, y evidentemente se habían cansado de esperar cuando, de buenas a primeras, Werner proclamó que todos ellos deberían de regresar a la ciudad para abastecerse de provisiones y reunir algún equipo que necesitaban. Era cierto que la comida empezaba a escasear, aunque la prioridad de Jürgen era sin duda alguna la investigación: estaba empleándose a fondo, ya que planeaba una evaluación científica exhaustiva de la torre y la pirámide, así como una expedición a las otras dos pirámides para valorar los cambios acaecidos allí.

Will no tomó parte en las conversaciones, aunque escuchó con interés mientras Werner y Jürgen lanzaban ideas sobre las maneras en que podrían utilizar el equipo sísmico en la torre para detectar hasta las vibraciones más insignificantes, en el caso de que hubiera algo mecánico en funcionamiento. También le dieron vueltas a la posibilidad de utilizar una máquina portátil de rayos X en las paredes y a cómo podrían medir el nivel de cualquier actividad eléctrica en la torre.

El último asunto del orden del día de los hermanos fue el de filmar un testimonio de las «vistas del espacio», como las denominaban, la próxima vez que Elliott manipulara la ménsula. Fue entonces cuando Will captó el sentimiento de decepción que emanaba de los dos neogermanos a causa de que ella no revelara más cosas de los secretos de la torre, si es que en efecto había alguno. Una vez más, la chica se había vuelto más y más taciturna y poco comunicativa, y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, aunque los hermanos eran incapaces de intentar forzarla a hacer algo que no quería hacer.

Pero cuando Werner propuso que todos se preparasen para regresar a la ciudad, la reacción de Elliott fue negarse rotundamente. Empezó negando con la cabeza, diciendo que no iría, y cuando Werner intentó convencerla, empezó a gritar, manifestando que era absolutamente imposible que fuera a abandonar la torre. El nativo, que estaba sentado a su lado, fue adoptando una posición corporal cada vez más beligerante, como si estuviera dispuesto a enfrentarse a cualquiera que intentara intimidar a Elliott.

Werner no perdió la calma, aunque se negó a admitir un no por respuesta, diciendo que ni siquiera él estaba preparado para abandonar a Tronco.

—¿Y si lo que hemos descubierto aquí es un arma? —planteó—. Tenemos la responsabilidad, todos nosotros, de garantizar que no sea mal utilizada, en especial por el nativo, que puede que sepa más de lo que nos ha dicho.

Elliott se negaba a tomar parte en nada de eso, y se limitó a meterse dentro de su saco de dormir y a estirarlo hasta cubrirse la cabeza. Entonces Werner le pidió a Will que intentara razonar con ella, pero su amiga tampoco habló con él. Y cuando el muchacho levantó la voz a causa de la irritación porque ella seguía escondiéndose, el nativo se acercó y montó guardia junto a Elliott arrebujada en el saco de dormir.

—Tronco, ¿qué crees que estás haciendo? ¡No metas tu condenada nariz en esto! —le vociferó Will.

Como fuera que el nativo se negó categóricamente a moverse, el mal genio del chico se desató.

—¡Esto no tiene nada que ver contigo! —le gritó—. Vamos, evapórate, cerebro de corcho.

El nativo farfulló algo en respuesta con expresión antipática.

—No deberías insultar a Tronco. Entiende más de lo que crees —le dijo Elliott a Will, amortiguada su voz por el saco de dormir.

—Ah —replicó éste, sintiéndose bastante insignificante.

Como ella volvió a su mutismo y Will sabía que no iban a llegar a ninguna parte, le hizo una contraoferta a Werner. Le sugirió que él se quedaría para cuidar de Elliott y de paso vigilar a Tronco. Había suficiente comida para sacar del apuro a tres personas durante varios días, y le prometió que les mantendría al corriente regularmente por radio y les llamaría en cuanto sucediera algo fuera de lo normal.

Aparte de secuestrar a Elliott y obligarla a acompañarlos, Werner no tenía más alternativa que aceptar aquella sugerencia. En consecuencia, al cabo de una hora, él, Jürgen y Karl estaban preparados y echaron a andar en grupo por las llanuras peladas en dirección al vehículo semioruga.

Fueron unos días de soledad para Will después de que se hubieron ido, porque si Elliott no estaba dormida, rehuía cualquier contacto con él y se dedicaba a deambular sin rumbo por la torre. Pero ni una sola vez puso un pie fuera, como si no pudiera soportar abandonar aquel lugar, aunque alguna que otra vez Will la pilló merodeando por la entrada. En esos momentos, había parecido estar mirando fijamente los campos de tierra calcinada, como esperando a que apareciera alguien en el horizonte.

La constante reticencia de su amiga a no querer saber mucho de él hizo que Will se preguntara sobre lo que había cambiado tan radicalmente en su amistad. No se engañaba en cuanto a que la vida despreocupada que tanto había significado para él en las semanas posteriores a la explosión se había ido para siempre. Cuando la viga de tracción, como Jürgen la había bautizado, había pelado la vieja pirámide, también había eliminado cualquier rastro de la plataforma del árbol cercano que había sido el hogar de ambos. Para Will aquel campamento tenía un valor emblemático, porque sabía que no podrían recuperar de nuevo aquellos días felices, y menos aún con los neogermanos y el siempre vigilante nativo de público.

Dejó escapar un largo suspiro. Su vida estaba marcada por una fatalidad ineludible, como si una fuerza superior estuviera decidida a desbaratarla en cuanto encontraba algo que se pareciera a la felicidad y la satisfacción. «Pero ¿por qué tenía que ser así? ¿Por qué las cosas buenas no duraban nunca mucho tiempo?»

Y en ese momento, tumbado en su saco de dormir en la entrada de la cámara de la torre, miraba fijamente las paredes con pesimismo, y también las columnas gemelas que albergaban los ascensores. Una parte de él deseaba no haber regresado nunca a la pirámide ni haber encontrado la torre, mientras que otra se moría de curiosidad por saber quién la había construido y cuál era su verdadera finalidad. El interior tenía un algo sumamente contemporáneo e increíblemente moderno, aunque la construcción no tenía nada de eso, porque había permanecido oculta en ese mundo tal vez desde tiempo inmemorial.

Como para reforzar esta idea, el murmullo sordo y repetitivo del nativo, como una especie de ensalmo religioso transmitido a través de los siglos, llegó flotando por el aire hasta Will. Tronco había encendido un fuego justo en el exterior de la entrada, donde estaba cocinando algunas larvas que había estado buscando en los nuevos campos, y de vez en cuando el viento empujaba el humo dentro de la torre.

—Esto no tiene remedio. No puedo dormir —declaró Will, y echó una mirada hacia donde estaba acurrucada su amiga. Como fuera que Tronco andaba ocupado con su comida, el chico salió silenciosamente de su saco y fue a sentarse cerca de Elliott.

—No sé cuál es el problema, pero al menos me gustaría que me hablaras y me permitieras enterarme de lo que está pasando. —La voz de Will se convirtió en un graznido a causa de la emoción que le embargaba, y tuvo que tragar saliva varias veces para poder continuar—. ¿Sabes?, nunca me he sentido tan solo. No tengo a nadie más. Mi madre está a casi dos mil kilómetros, mi padre ha muerto, y todos los demás, Chester y… —No se le ocurrió nadie más a quien añadir a la lista, así que siguió adelante—. Bueno, no hay nadie. Nadie, excepto tú. Así que, por favor, dime qué es lo que pasa, porque…

Un gritó lejano resonó en la torre.

—¿Qué? —dijo Will, de pronto muy preocupado, porque la voz le había parecido la de Elliott. Se inclinó y empujó el saco de dormir; algo tintineó en su interior. Fuera lo que fuese que la chica hubiera metido dentro, era duro y no se parecía en nada a un cuerpo humano.

El nativo también había oído el grito; abandonó su comida y entró, dirigiéndose directamente a las escaleras.

—¡Maldita sea! —exclamó Will, mientras cogía su cazadora y su Sten. Estaba furioso consigo mismo porque debía de haberse quedado adormilado el tiempo suficiente para que Elliott les engañara a él y a Tronco. Aunque eran igual de responsables, pagó su enfado con el nativo.

—¡Tronco, eres un idiota! ¿Cómo permitiste que nos engañara? —le soltó autoritariamente.

Sabedor de que el ascensor no funcionaría para él, se lanzó escalera arriba con Tronco pisándole los talones.

—¡Elliott! —gritó cuando llegó al primer descansillo.

Ella no respondió, pero a través de la puerta en arco la vio de pie muy quieta. Estaba mirando fijamente un punto en concreto de la pared exterior, sin pestañear.

—¿Por qué gritaste? ¿Y por qué has subido aquí sola? —le preguntó cuando llegó a su lado. En cuanto pudo verle la cara, se alarmó por el cambio que había experimentado Elliott: la suya era una expresión de tormento y angustia, y debajo de los ojos tenía unas sombras oscuras como cardenales. Will bajó la voz cuando volvió a hablarle.

—Elliott, necesito saber qué te está pasando. Ambos acordamos que íbamos a permanecer juntos porque no sabíamos…

—Algo está mal —le interrumpió ella.

—¿Dónde?, ¿aquí? —Will se dirigió a la pared que ella seguía mirando y le echó un vistazo por encima. Allí no parecía haber nada diferente, así que regresó junto a ella—. ¿A qué te refieres? ¿Qué está mal? ¿Por qué has subido aquí a escondidas? —le preguntó con amabilidad, intentando cogerle la mano.

Elliott se apartó de él y se dirigió a la más próxima de las cuatro ménsulas que rodeaban el hueco central.

—Hace mucho tiempo —empezó a decir ella—, se llevaron algo de aquí.

—¿Te refieres al siguiente nivel? —preguntó Will, señalando la planta de arriba al acordarse de lo que ella le había dicho allí.

Elliott asintió lentamente.

—Nunca tenía que haber estado fuera mucho tiempo, pero ocurrió algo, y se perdió. Tengo que colocarlo de nuevo en su sitio. Está en el lugar equivocado. Todos estamos en el lugar equivocado.

Will se frotó la barbilla sin saber muy bien cuánto se atrevería a preguntarle en su estado actual. Ya no parecía ser ella misma, era como si estuviera atrapada en una terrible pesadilla y no pudiera despertarse. Pero tenía que averiguar de qué estaba hablando Elliott, qué era lo que la inquietaba de aquella manera.

—De acuerdo, hay algo que no está en el lugar que debe, pero ¿cómo lo vamos a arreglar?

Elliott apoyó la mano en el borde de la ménsula, y siguió hablando como si no hubiera oído la pregunta.

—Tengo que encontrarlo. —Miró a Will—. Y tengo que traerlo de vuelta.

Su amigo se encogió de hombros.

—Muy bien. Lo haremos juntos. ¿Dónde está? ¿En algún lugar cercano?

Sin ni siquiera mirar lo que estaba haciendo, Elliott extendió la mano y rozó la parte superior de la ménsula. De la pared que estaba detrás de Will salió una ráfaga de luz que se convirtió en un brillante cuadrado plateado.

El chico necesitó un par de segundos para recuperarse de la sorpresa.

—¿Qué es eso? No es otra vista aérea. ¿Qué es lo que has hecho?

—Esto me acercará adonde está el objeto. —Aunque Elliott había apartado la mano de la ménsula, el gran cuadrado plateado permaneció—. Voy a la Superficie a encontrarlo.

Cuando Will asimiló lo que acababa de decirle, meneó la cabeza.

—¿Quieres decir que hay una manera de llegar a la Superficie?

Elliott se limitó a mirarle sin expresión, así que Will empezó a dirigirse hacia el parpadeante cuadrado. Medía algo más de sesenta centímetros cuadrados, y aunque la superficie parecía estar cambiando permanentemente, los bordes no variaban en absoluto.

—No te acerques demasiado —le advirtió Elliott.

La figura parecía ligeramente reflectante; Will pudo verse a sí mismo y a Elliott en su interior.

—Espejo, espejito —masculló, embobado por el cuadrado. Se obligó a concentrarse en lo que debería estar haciendo—. Bueno, veamos, ¿esta cosa nos transporta mágicamente a algún sitio?

—Sí —respondió Elliott.

Will se quedó pensativo un instante.

—De acuerdo, pongámoslo a prueba, ¿vale? —sugirió con cierta aprensión. Rebuscó en su cazadora hasta que encontró algo con una masa adecuada—. Nunca me perdonaría por esto —dijo, sosteniendo en el aire la vieja brújula de latón del doctor Burrows.

Will se preparó y lanzó la brújula dentro del cuadrado de plata, y cuando estaba aproximadamente a unos treinta centímetros de la superficie del cuadrado, su trayectoria se vio totalmente alterada, como si algo la hubiera golpeado. La brújula fue atraída a tal velocidad al interior del cuadrado que en el tiempo que Will tardó en pestañear sencillamente se esfumó. Y no se oyó ningún sonido que sugiriese que hubiera golpeado contra alguna clase de superficie, tal como la pared que había detrás, o se hubiera caído al suelo.

—¡Dios mío! —susurró Will—. ¡Visto y no visto!

Se volvió hacia Elliott. Los ojos de su amiga estaban resplandecientes y la expresión de tormento casi había desaparecido.

—¿Significa eso que me acompañarás? Por favor, ¿lo harás? —suplicó la chica.

Will tomó aire.

—¿De verdad me estás diciendo que si nos metemos en ese cuadrado nos encontraremos inmediatamente en Londres? —preguntó Will—. ¿Es ahí adónde acaba de irse la brújula de mi padre como por arte de magia?

—Así es —le confirmó ella—. Y no es magia.

—¿Estás completamente segura de que será Londres? ¿Y no el espacio exterior o cualquier otro lugar?

—Será Londres… sin ninguna duda. Ahí es donde tengo que ir.

Will tomó aire mientras se devanaba la sesera pensando en todas las posibilidades.

—Así que si estás en lo cierto, y no nos evaporaremos o algo parecido, puedo acompañarte y ayudarte y también podré averiguar qué está sucediendo allí fuera, en la Superficie, ¿no es así? —Se echó a reír ante la inverosimilitud de todo aquello—. ¿Y saldremos los dos de este mundo?

Ella asintió con la cabeza.

Pero Will se había acordado de algo.

—No podemos ir. Y tú tampoco puedes ir por ningún motivo… a causa del virus. Viajaría con nosotros. ¡Y mataríamos a todo el mundo!

—Tengo que… —empezó a decir Elliott.

Will se mostró inflexible.

—No, no puedes. Recuerda lo que dijo Werner: el virus está por todas partes aquí abajo porque los pájaros lo están propagando. —En ese momento, su mirada se posó en el nativo. Will levantó el dedo en el aire, de forma muy parecida a como solía hacer su padre cuando tenía una idea genial—. Espera un momento…, tengo una idea.

—¿De verdad?

—¡Sí, soy el hombre! —proclamó Will, sacando pecho y pavoneándose de aquí para allá en una especie de danza de la victoria de tan satisfecho que se sentía consigo mismo.

La expresión era completamente desconocida para Elliott.

—¿Que eres el hombre? ¿Qué hombre?

—Sí, yo soy. ¡Yo soy el hombre! —repitió Will con una gran sonrisa en los labios—. Lo que tenemos que hacer es enviar a Tronco a la pirámide para que nos traiga el equipo de descontaminación que llevamos allí, ya sabes, cuando a Jürgen le preocupaba que nos topáramos con un montón de colegas de Tronco y les contagiáramos la enfermedad.

—Y lo instalamos delante de eso —dijo Elliott, señalando el cuadrado plateado cuando lo entendió.

—Eso es, y nos aseguramos de tomar todas las precauciones habidas y por haber antes de meternos en tu espejo. Y haces entender a Tronco que no tiene que moverse de aquí ni intentar seguirnos. —A Will le seguía pareciendo todo aquello un poco difícil de creer—. Y si este cuadrado es lo que realmente crees que es, puedo estar en casa como en lo que tardo en chasquear los dedos. Y puedo estar allí para ayudar a Chester y Parry y…

—Estoy convencida de que podemos ayudarles de verdad, si no es demasiado tarde —dijo Elliott—. Porque lo que tengo que hacer está relacionado con mi sangre, con la sangre de mi padre. No sé cómo, pero sé que esto está relacionado con los styx. —Hizo una pausa antes de añadir—: Y con la Fase.

Will se limitó a asentir con la cabeza.

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