Terminal

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Cuarta parte. Pandemónium » Capítulo 23

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Pasó una semana, y luego otra, y la torre no dejaba que Elliott saliera al exterior. Aunque existía el riesgo de que los Limitadores pudieran seguir vivos y estuvieran acechándola, intentaba abrir la puerta todos los días, pero hasta el momento sus esfuerzos habían resultado baldíos.

Y dentro de la torre no había muchas cosas que pudiera hacer funcionar, excepción hecha del ascensor. Incluso había probado a activar el transportador del penúltimo piso, pensando que a lo mejor podía regresar a la Superficie. Estaba sumamente preocupada por Will, y no tenía manera de averiguar si había sobrevivido a la fecundación de Hermione. Pero por otro lado, por más que se esforzaba, las superficies de la ménsula se habían quedado grises e inertes, sin el menor rastro de las luces azules. Y el artilugio de visión remota no le respondía en absoluto.

Desesperada, también probó todo lo que se le ocurrió para extraer de nuevo el cetro, pero el pedestal no cedió.

Elliott supuso que la torre, y todo aquello de lo que formara parte, estaba siguiendo alguna especie de programa que restringía lo que se podía hacer dentro, aunque no tenía manera de saber por cuánto tiempo. Era como si el programa, una vez iniciado, tuviera que llegar hasta el final.

Y mientras mataba las horas en la torre, se preguntaba qué habría sido de los neogermanos y el nativo. Tal vez, cuando los styx habían empezado a materializarse de la nada, hubieran salido huyendo todos. No se imaginaba a Tronco alejándose demasiado de la torre en ausencia de ella, así que supuso que los Limitadores debían de haberle capturado muy pronto.

Y los tres neogermanos quizá ni siquiera hubieran estado cerca de la torre cuando empezó la afluencia masiva de styx; quizá se habían mantenido a distancia, a salvo en su ciudad. Sin embargo, ésta habría sido la primera visita obligada de los Limitadores, así que no daba ni cinco centavos por su suerte a menos que hubieran saltado a un bote y huido a unos de los remotos puestos de avanzada de los que había oído hablar a los neogermanos.

Entonces empezó a considerar la torre como una cosa viva, y un sexto sentido le decía que en el interior de la construcción se estaban desarrollando ciertos procesos. Pero que ésta poseyera efectivamente alguna especie de conciencia la llevaba a preguntarse si tendría alguna consideración por ella, porque podría haber muerto fácilmente de hambre o de sed si no hubiera sido por las provisiones abandonadas por los neogermanos en la cámara de entrada. Elliott bajaba allí durante el día, encendía un fuego y se preparaba la comida, aunque hay que decir que jamás tenía mucha hambre. Quizá, se planteaba, fuera ésa la razón de que la torre percibiera que podía mantenerla allí encerrada bajo llave. ¿Quizá porque en realidad no necesitaría ningún sustento mientras estuviera entre sus muros?

Y entonces, un día, al presionar con la mano el muro junto a la puerta, la torre la liberó súbitamente.

El panel se abrió deslizándose, y Elliott salió a los verdes prados donde las hierbas y retoños ya llegaban a la altura de las rodillas. No se había aventurado muy lejos cuando se encontró con el cuerpo de un Limitador, y por poco lo pisa donde estaba tendido entre la reciente vegetación. Aunque el Limitador ya había sido destrozado por las aves, yacía con el fusil a un lado, como si hubiera estado esperando para tenderle una emboscada.

Siguió caminando por los prados, consciente de que podía tropezarse con el cuerpo de su padre.

Y allí, en aquellos prados feraces, se sintió terriblemente sola, prisionera en el centro de la Tierra, con las bandadas de pájaros como única compañía.

Como sus únicos compañeros de viaje.

Porque Elliott sabía muy bien que el planeta estaba regresando a casa. Había utilizado la palabra «retirada», y eso era lo que estaba pasando; tras no conseguir llegar a su destino, la nave se estaba retirando hacia su lugar legítimo. Regresaba al hogar.

Pero dónde estuviera aquel hogar, y qué clase de seres estarían allí para recibirla cuando llegaran, era algo que no era capaz siquiera de empezar a imaginar.

Pero ya no tenía ninguna otra alternativa.

Ella —y el mundo— iban de camino.

 

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