Teoría King Kong
Durmiendo con el enemigo
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DURMIENDO CON EL ENEMIGO
Hacer lo que no debe hacerse: pedir dinero por lo que debe seguir siendo gratuito. La decisión no pertenece a la mujer adulta, el colectivo impone sus leyes. Las prostitutas forman el único proletariado cuya condición conmueve tanto a la burguesía. Hasta el punto de que a menudo, mujeres a las que nunca les ha faltado de nada están convencidas de esta evidencia: eso no hay que legalizarlo. El tipo de trabajos que las mujeres no pudientes ejercen, los salarios miserables a cambio de los cuales venden su tiempo, eso no le interesa a nadie. Es el destino de las mujeres que han nacido pobres al que nos acostumbramos sin problema. Ninguna legislación prohíbe dormir en la calle a los cuarenta años. Convertirse en vagabundo es una degradación tolerable. El trabajo es otra. Pero la venta del sexo, eso le concierne a todo el mundo, y las mujeres «respetables» tienen algo que decir al respecto. Durante los últimos diez años me he encontrado bastantes veces en un bonito salón, en compañía de mujeres mantenidas a través de un contrato matrimonial, a menudo mujeres divorciadas que han obtenido una pensión vitalicia digna de ese nombre y que, sin dudarlo un solo segundo, me explican que la prostitución es algo intrínsecamente denigrante para las mujeres. Ellas saben intuitivamente que ese trabajo es más degradante que cualquier otro. De forma intrínseca. No en circunstancias particulares, sino en sí mismo. La afirmación es categórica, pocas veces matizada, como por ejemplo: «si las chicas no dan su consentimiento», o «cuando ellas no cobran ni un céntimo por su trabajo», o «cuando se les obliga a ir a trabajar fuera, a la periferia de las ciudades». Como si no hubiera ninguna diferencia a priori entre putas de lujo, ocasionales, de la calle, viejas, jóvenes, virtuosas, dóminas, yonquis o madres de familia. Intercambiar un servicio sexual por dinero, incluso en buenas condiciones, incluso voluntariamente, es un ataque a la dignidad de la mujer. He aquí la prueba: si pudieran elegir, las prostitutas dejarían de hacerlo. Hace falta retórica… como si la chica que hace la depilación en Yves Rocher extendiera la cera o limpiara los poros de la nariz por pura vocación estética. La mayoría de la gente que trabaja dejaría de hacerlo si pudiera, ¡menudo chiste! Lo que no impide que, en ciertos ambientes, se nos repita sin fin que la cuestión no es sacar la prostitución de la periferia de las ciudades donde las prostitutas están expuestas a todo tipo de agresiones (condiciones en las que vender pan, por ejemplo, sería un deporte de alto riesgo), ni obtener el marco legal que reclaman las trabajadoras sexuales, sino prohibir la prostitución. Resulta difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan del destino de las putas, es que en el fondo tienen miedo de la competencia: desleal, demasiado oportuna y directa. Si la prostituta ejerce su negocio en condiciones decentes, similares a la esteticien o la psiquiatra, si libera su actividad de todas las presiones legales que se ejercen actualmente sobre ella, entonces, la posición de la mujer casada se vuelve de repente menos interesante. Porque si se banaliza el contrato de la prostitución, el contrato matrimonial aparece de modo más claro como lo que es: un intercambio en el que la mujer se compromete a efectuar un cierto número de tareas ingratas asegurando así el confort del hombre por una tarifa sin competencia alguna. Especialmente las tareas sexuales.
Ya he dicho públicamente y en varias ocasiones, en distintas entrevistas, que me prostituí de forma ocasional durante dos años. Cuando escribí este libro, me estancaba siempre al llegar a este capítulo. No me lo esperaba. Se mezclan varias reticencias. Contar mi experiencia resulta difícil. Buscarme clientes en su momento, fue mucho menos difícil.
En 1991, el minitel[3] me da por primera vez la idea de prostituirme. Todos los medios de comunicación modernos sirven primero al mercado del sexo. El minitel, este anticipo de internet, hizo posible que toda una generación de chicas se prostituyera en condiciones ideales de anonimato, elección de cliente, discusión del precio y autonomía. Aquellos que querían pagar por el sexo y aquellas que querían venderlo podían entrar en contacto fácilmente, ponerse de acuerdo sobre las modalidades de este intercambio. La posibilidad de pagar los hoteles con tarjeta de crédito hacía todavía más fácil que el negocio se llevara a cabo: las habitaciones estaban limpias, el precio era moderado, no nos cruzábamos con nadie en la entrada. El primer trabajo que encontré por minitel, en 1989, consistía en vigilar un servidor. Se me pagaba para desconectar a todos los participantes que utilizaban un lenguaje racista o antisemita, pero también a los pedófilos y finalmente, a las prostitutas. Así se aseguraban que este útil no serviría a aquellas mujeres que querían disponer libremente de sus cuerpos para ganar dinero, ni a los hombres que podían pagar y deseaban solicitar claramente lo que buscaban, sin pasar por los subterfugios para obtenerlo. Porque la prostitución no debe banalizarse, ni ejercerse en condiciones confortables.
Corría 1991, la primera guerra del Golfo, retransmitida por la televisión, misiles Scud sobre Bagdad, un disco de Noir Désir en rotación intensa, «Aux Sombres Héros», eliminan al Profesor Griff de Public Enemy, Neneh Cherry lleva mallas ajustadas y zapatillas de deporte enormes. Yo me visto del modo más unisex posible, es decir, más bien como un chico. No llevo maquillaje, ni un corte de pelo identificable, ni joyas, ni zapatos de chica. Los atributos femeninos clásicos no me conciernen. Tengo otras cosas en la cabeza.
Trabajo en un supermercado, en el revelado de fotos en una hora. Tengo 22 años. No tengo en principio el perfil de alguien que va a tomar el camino del sex-business. En todo caso, no tengo realmente el look. Además, dos años antes, cuando era vigilante en la red minitel, y veía a «hombres generosos» proponer mil francos[4] por un polvo me parecía una trampa: les proponían pagar un precio tan caro para poder atraerlas hasta sus casas y hacerles toda un serie de horrores antes de arrojarlas desnudas y ensangrentadas en la fosa más próxima. Lectura de Ellroy, algunas películas, la cultura dominante acaba consiguiendo pasar su mensaje: desconfiad, chicas, nos gustáis mucho cuando sois cadáveres. A la larga, yo había terminado convenciéndome de que los hombres pagaban efectivamente mil francos por cita, había deducido que las tías en cuestión debían ser extraordinarias megabombas sexuales.
Odiaba trabajar. Me deprimía la cantidad de tiempo que dejaba en ello, lo poco que ganaba y la facilidad con la que me gastaba el dinero. Miraba a las mujeres más mayores que yo, trabajando toda una vida de ese modo para ganar poco más que el sueldo mínimo y para que, cuando tuvieran cincuenta años, les echara la bronca el jefe de sección porque iban demasiadas veces a mear. Mes tras mes, comprendía con detalle lo que quería decir llevar una vida de trabajadora honrada. Y no veía escapatoria posible. Ya en esa época, había que contentarse con tener un trabajo. Pero yo nunca he sido razonable y me costaba conformarme.
En el ordenador en el que facturaba las tiradas de fotos se podía ir al minitel y me conectaba a menudo para discutir con un amante rubio. Un chico de París, que trabajaba como «animadora» en un servidor. Yo estaba acostumbrada a hablar por el minitel y, de paso, charlar con mucha gente. Una vez tuve una conversación más excitante que las demás con un señor convincente. Mi primera cita fue con él. Me acuerdo de su voz, cálida y excitante, pensaba que tenía ganas de ver cómo era, que lo hubiera hecho gratis, que me enloquecía a lo bestia. Finalmente, no fui a la cita. Me había preparado, estaba cerca, pero me rajé en el último momento. Demasiado miedo. Demasiado lejos de mí. No en mi vida. Las chicas que «lo hacían» habían recibido seguramente algún tipo de consigna particular, un mensaje llegado desde otra dimensión. Pensaba que hacer la calle no podía improvisarse, que debía haber una iniciación precisa cuyo protocolo me era desconocido. Pero el afán de lucro, mezclado con la curiosidad, con el imperativo de encontrar una manera de que me echaran del supermercado, además de las ganas de aprender algo importante… Me di de nuevo cita, unos días más tarde, con otro hombre, ese precisamente no muy sexy. Simplemente un cliente, uno de verdad.
La primera vez que salgo en minifalda con tacones altos. La revolución depende de unos cuantos accesorios. Después, la única sensación comparable será mi primer paso por la televisión, en Canal Plus, cuando estrenamos la película Fóllame. Tú no has cambiado en nada, pero algo fuera de ti se ha desplazado y ya nada es como antes. Ni las mujeres ni los hombres. Sin que estés segura de que te guste o no ese cambio, de comprender todas sus consecuencias. Cuando las norteamericanas hablan de sus experiencias como «trabajadoras sexuales» les gusta emplear el término «enpowerment» y empoderamiento, un subidón de poder. Me gustó inmediatamente el impacto que causaba en la población masculina, el carácter exagerado, casi teatral, el cambio notable de estatus. Yo que hasta entonces era una tía casi transparente, pelo corto y zapatillas sucias, me había convertido bruscamente en una criatura de vicio. La gran clase. Parecía Wonder Woman que da vueltas en una cabina de teléfono para acabar saliendo convertida en superheroína; todo esto era divertido. Pero en seguida también sentí miedo precisamente de esa importancia, que iba más allá de mi comprensión y de mi control. El efecto que todo ello causaba en muchos hombres era casi hipnótico. Entrar en una tienda, en el metro, cruzar la calle, sentarse en un bar. Por todos lados, atraer las miradas de los hambrientos, estar increíblemente presente. Depositaria de un tesoro furiosamente deseado, mi entrepierna, mis pechos, cobraban una importancia extrema. Esto no causaba ese efecto únicamente en los obsesos. Una mujer con estilo de puta le interesa a casi todo el mundo. Me había convertido en un juguete gigante. En todo caso, lo que estaba claro es que yo podía hacer ese trabajo. Finalmente, no era necesario ser una megabomba sexual, ni conocer secretos técnicos inimaginables para convertirse en una mujer fatal… bastaba con jugar el juego. El juego de la feminidad. Y nadie podía decirte «cuidado, es una impostora», porque no lo era, no más que cualquier otra. Al principio ese proceso me fascinó. A mí que siempre me habían dado igual esas cosas de chicas, me volví una apasionada de los tacones de aguja, de la lencería fina y de los trajes de falda y chaqueta. Me acuerdo de mi propia perplejidad, los primeros meses, cuando me veía reflejada en los cristales de los escaparates. Es verdad que esa no era simplemente yo, esa gran puta de piernas alargadas por los tacones altos. La chica tímida, rellenita, masculina, desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Incluso aquello que había de masculino en mí, como mi manera de avanzar superrápida y con seguridad, se convertía, una vez que me había puesto el uniforme, en atributo de hiperfeminidad. Al principio, eso me gustó, convertirme en esa otra chica. Era como hacer un viaje, sin cambiar de sitio, pero entrando en otra dimensión, inmediatamente, desde el momento en que llevaba el disfraz de la hiperfeminidad puesto: un cambio de autoafirmación, como cuando te metes una raya de coca. Después, como la coca, se volvió más difícil de gestionar.
Entretanto, me había armado de coraje, había conseguido mi primer cliente a domicilio, un buen hombre, un sesentón, que fumaba cigarrillos negros uno tras otro y hablaba mucho durante el sexo. Parecía solo y a mí me resultaba sorprendentemente amable. No sé si tengo pinta de torpe o de dulce o, al contrario, soy demasiado imponente, o si simplemente he tenido buena suerte, pero esta tendencia se confirmó después: los clientes fueron más bien cariñosos conmigo, atentos, tiernos.
Mucho más que en la vida real, de hecho. Si mi memoria es buena, y creo que lo es, lo que era difícil de soportar no era su agresividad o su desprecio, ni nada de lo que querían, sino más bien su soledad, su tristeza, sus pieles blancas, su timidez desamparada, los fallos que dejaban al descubierto, sin maquillaje, su fragilidad expuesta. Su vejez, sus ganas de carne fresca contra sus cuerpos de viejo. Sus tripas cerveceras, sus pollas pequeñas, sus culos caídos o sus dientes amarillentos. Era su fragilidad lo que hacía que fuera complicado. Aquellos a los que podía odiar o despreciar eran los únicos, finalmente, con los que era posible hacerlo permaneciendo bien cerrada. Ganar un máximo de pasta, en un mínimo de tiempo, y después no pensar en ello. Pero, en mi corta experiencia, los clientes estaban llenos de humanidad, de fragilidad, de angustia. Y eso, después, se te queda pegado como un remordimiento.
En ese momento, desde un punto de vista físico, tocar la piel del otro, poner mi piel a su disposición, abrir mis piernas, mi vientre, todo mi cuerpo al olor del extranjero, superar el asco corporal no representaba un problema para mí. Era una cuestión de caridad, incluso teniendo precio. Resultaba evidente que para el cliente era importante que yo no me mostrara asqueada por sus gustos, o sorprendida por sus defectos físicos, que finalmente, valía la pena fingir.
Descubrir un mundo completamente nuevo en el que el dinero cambia de valor. El mundo de las mujeres que juegan el juego. Lo mismo que se gana en cuarenta horas de curro ingrato se te ofrece por menos de un par. Evidentemente, hay que contar el tiempo de la preparación, la depilación, el tinte, la manicura, el maquillaje, los gastos en ropa, medias, lencería, en complementos de vinilo. Pero, aun así, las condiciones de trabajo seguían siendo un lujo. A los hombres que se lo pueden permitir les gusta pagarse mujeres. He llegado a esa conclusión. A algunos les gusta frecuentar putas según un ritual estricto, dinero en efectivo en mano y escenario exacto de la relación previamente acordado. Otros prefieren que aquello se parezca más a una relación. Lo llaman libertinaje, te piden que les traigas facturas o que les digas qué quieres que te regalen en concreto. Una manera de jugar a papá, de hecho.
«Subrayemos que se define a aquellas o aquellos que piden dinero a cambio de servicios sexuales por su actividad como “prostitutas”, un estatuto ilegítimo o ilegal, mientras que aquellos que pagan por el sexo son raramente diferenciados de la población masculina en general», escribe Gail Pheterson en El prisma de la prostitución. Decir que «te has hecho un cliente» te sitúa al margen y te somete a los fantasmas más diversos. Nada anodino. Decir que te vas de putas, es distinto. Eso no hace de un hombre un hombre aparte, no marca su sexualidad, no le predefine de ningún modo. Se piensa que los clientes de las prostitutas constituyen una población variada, tanto por sus motivos como por sus modos de actuar, su categoría social, racial, su edad o su cultura. Sin embargo, las mujeres que realizan ese trabajo son inmediatamente estigmatizadas, pertenecen a una categoría única: las víctimas. En Francia, la mayoría de ellas se niega a hablar públicamente con el rostro al descubierto, porque saben que ese trabajo no debe asumirse. Hay que guardar silencio. Siempre la misma maquinaria. Se exige de ellas que estén sucias, mancilladas. Y si no dicen lo que hay que decir, si no se quejan del daño que les han hecho, si no cuentan cómo las han forzado, entonces lo pagan caro. No nos da miedo que no sobrevivan, al contrario, lo que nos da miedo es que digan que ese trabajo no es tan aterrador como parece. Y no solo porque todo trabajo es degradante, difícil, duro. Sino porque muchos hombres nunca son tan amables como cuando están con una puta.
Creo que conocí unos cincuenta y tantos clientes distintos en dos años. Cada vez que necesitaba dinero en efectivo, me conectaba por minitel, en un servidor de Lyon. En diez minutos de conexión, anotaba varios números de teléfono de hombres y buscaba una cita para ese mismo día. A menudo eran tipos que estaban de viaje de negocios. En Lyon había más clientes que chicas, lo que hacía más fácil la selección y el trabajo más agradable. Hablando con los que «venían» más a menudo, me decían que encontraban bastante rápidamente lo que buscaban. Si los clientes eran numerosos y estaban satisfechos es que también éramos muchas las que proponíamos nuestros servicios. La prostitución ocasional no tiene nada de extraordinario. Lo único excepcional en mi caso es que yo hablo de ello. Este trabajo, que puede practicarse en secreto total, no es más que un curro bien pagado, para una mujer poco o nada cualificada.
Cuando trabajaba en los salones de masaje «erótico» y en algunos peep-shows de París, tenía tiempo de discutir con otras chicas entre dos clientes. Conocí a chicas muy distintas, las más inesperadas según la conciencia colectiva para «ese tipo de trabajo». La primera vez que trabajé en un salón de masajes, venía de un ambiente de extrema izquierda en el que había escuchado decir, convencida, que las chicas que se prostituyen son víctimas, inconscientes o manipuladas, que en todo caso no tenían elección. La realidad sobre el terreno era muy distinta. La chica que me abrió la puerta era una negraza asombrosa, una de las chicas más guapas que he visto de cerca. Difícil de compadecerla o de tener piedad de una criatura así. Después nos conocimos bien: era algo más joven que yo, estaba mejor integrada socialmente, había trabajado varios años como esteticien, estaba comprometida con un chico que la adoraba y tenía mucho humor y muy buen gusto para la música. A mí me parecía sólida, trabajadora, decidida. Lúcida y con las cosas claras comparada conmigo o con las otras chicas que yo conocía. Nada que ver con la imagen de las profesionales del sexo que yo tenía. Muy solicitada, ganaba una fortuna cada día, dinero en efectivo que ella ahorraba concienzudamente. Al mismo tiempo que yo llegó al salón una chica pequeña, morena, que volvía de Yugoslavia, donde había trabajado en el ámbito humanitario. Tenía un diploma de la escuela de comercio, pero se había encontrado confundida al buscar un «curro» normal. Y había intentado entrar en un salón por azar. Le decía a su novio que era secretaria en una gran empresa. No pensaba hacer ese trabajo por mucho tiempo. Hablábamos muchísimo sobre la extrañeza de ese tipo de trabajo que nos fascinaba por igual.
El único punto en común que he podido encontrar entre todas las chicas con las que me he cruzado es, evidentemente, la falta de dinero, pero sobre todo el hecho de que ellas no hablaban de lo que hacían. Secretos de mujeres. Ni a los amigos, ni a la familia, ni a los novios, ni a los maridos. Creo que la mayoría de ellas han hecho lo mismo que yo: han trabajado en esto algún tiempo, algunas veces, y después se han dedicado a otras cosas completamente distintas.
A la gente le gusta poner cara de incrédula cuando les dices que has trabajado como puta, lo mismo que ocurre con la violación: pura hipocresía. Si se pudiera realizar una encuesta, nos asombraríamos de la cantidad de chicas que han vendido sexo a un desconocido. Hipócritamente, porque en nuestra cultura, el límite entre la seducción y la prostitución es borroso, aunque en el fondo todo el mundo sea consciente de ello.
Durante todo el primer año, realmente me gustó ese trabajo. Porque se hacía más dinero fácil que en otros sitios, pero también porque me permitió experimentar casi todo lo que me intrigaba, me excitaba, me perturbaba o me fascinaba sin hacerme demasiadas preguntas y evitando toda consideración moral. Además de otras muchas cosas que yo no hubiera pensado espontáneamente y que no me habrían gustado que me pidieran en la intimidad, aunque fue interesante hacerlas una vez. Solo comprendí el confort de mi posición después de haberlo dejado, cuando, después de convertirme en Virginie Despentes, me pasé por un club de intercambio de parejas. Entonces me di cuenta de que era mucho más fácil hacerlo como puta que acompañar a un cliente. Sin comerse la cabeza: vengo aquí porque es mi trabajo, hago lo que no debe hacerse, me pagan por ello. Es punk-rock. Sin el dinero como motivo, todo se complicaba: ¿venía para acompañar a un productor, o solamente por mi propio placer? ¿Las cosas que hacía allí las hacía porque estaba demasiado borracha o porque verdaderamente me excitaban? ¿Tenía el coraje al menos de saber cómo me sentía el día después? Benévola y lúdica, mi sexualidad me parecía entonces mucho más confusa. Soy una chica, así que el territorio del sexo fuera de la pareja no me pertenece. La prostitución ocasional, con la posibilidad de elegir los clientes y los tipos de escenario, es también para una mujer una manera de echar un vistazo al lado del sexo sin sentimientos, de experimentar, sin tener que pretender que lo hace por puro placer y sin esperar beneficios sociales colaterales. Cuando se trabaja como puta, se sabe a lo que se viene, por cuánto, y mejor si además te lo pasas bien o si satisfaces tu curiosidad. Cuando se es una mujer libre, la cosa es mucho más complicada, en definitiva, menos ligera.
Al principio, todo el mundo me felicitaba y se alegraba tanto de mi éxito que era fácil apreciar mi nuevo trabajo. Una chica que se feminiza, eso sí que causa emoción. Así son las cosas. Pocos son los que se preguntaban qué me ocurría. Ya lo he dicho antes, «el disfraz de mujer» nunca me había interesado. Pero llevarlo me permitió comprender dos o tres cosas importantes sobre los hombres. Cuando no te lo esperas, el efecto que producen los objetos fetiche —el liguero, los tacones de aguja, los sujetadores que realzan el pecho o el carmín— es un chiste. Hacemos como si no lo supiéramos cuando compadecemos a las mujeres-objeto, las bimbos de pechos remodelados, todas las zorras anoréxicas y reconstruidas que salen en la tele. Pero la fragilidad está sobre todo del lado de los hombres. Como si nadie les hubiera avisado de que Papá Noel no vendrá: les basta con ver una chaqueta roja para correr con la lista de regalos que querrían ver junto a su chimenea. Me hace gracia, desde entonces, escuchar cómo los hombres disertan sobre la estupidez de las mujeres que adoran el poder, el dinero o la fama: como si adorar un liguero fuera menos estúpido…
En mi caso, la prostitución ha sido una etapa crucial de reconstrucción después de la violación. Una empresa de indemnización, billete a billete, de lo que me había sido robado por la fuerza. Aquello que yo podía vender a cada cliente, lo había guardado intacto. Si yo lo vendía diez veces seguidas, quería decir que aquello no se desgastaba con el uso. Este sexo solo me pertenecía a mí, no perdía su valor a medida que se usaba, e incluso podía ser rentable. De nuevo, me encontraba en una situación de ultrafeminidad, pero esta vez yo sacaba un beneficio neto.
Lo que resulta difícil, incluso hoy, no es el haberlo hecho. Recordar mi pasado para escribir este capítulo me confronta con buenos recuerdos. El subidón de adrenalina antes de llamar a una puerta, y subidones todavía más fuertes antes de empezar una sesión. Me gustaría decir otra cosa visto que no me hace falta añadir mucho del lado de lo cutre, pero desde un punto de vista sexual, en general, fue muy excitante. Ser puta era a menudo lo más, el deseo resultaba gratificante. Aquellas fueron también mis primeras salidas de compras, con mi propio dinero, en efectivo, como nunca antes hubiera soñado tenerlo y poder fundirlo en un solo día. Además, esta experiencia, al presentarme a los hombres bajo un ángulo más infantil, frágil y vulnerable, los volvió más simpáticos, menos impresionantes, más amables. Y finalmente, más accesibles. Descubrí una receta para atraer más atención de la que yo podía gestionar. Eso ha disminuido mi agresividad contra ellos, más de lo que nunca hubiera imaginado. Una agresividad que, a diferencia de lo que se cree, nunca ha sido muy elevada. Lo que me da rabia no es lo que los hombres hacen o son, sino lo que quieren impedirme que haga o lo que quieren obligarme a hacer.
Lo que resulta difícil es hablar de ello. Lo que eso provocaría en la cabeza de la gente, con la que luego me encontraría. La condescendencia, el desprecio, la proximidad, las conclusiones fuera de lugar.
Cuando llegué a París, la práctica se complicó. Muchas más chicas, muchas más blancas, chicas del Este, muy guapas, muchos más clientes peligrosos. Los servidores de minitel estaban vigilados y era difícil elegir como antes. No conocía bien los barrios a los que iba. Y cuando quería pasarme a trabajar en el masaje o en el striptease, para entrar en una estructura, los porcentajes eran ridículos, los locales demasiado pequeños y la oferta siempre superior a la demanda, lo que hacía que el ambiente entre las chicas fuera un espanto. Además, yo ya no estaba sola, así que empezaron las mentiras y la sensación de traer mi mierda a casa. Pérdida de equilibrio.
Es difícil dejarlo. Volver a trabajos pagados normalmente, en los que se te trata normalmente, como un empleado.
Levantarse por las mañanas, dar todo tu tiempo. De todos modos, yo echaba solicitudes por todos lados, pero no encontraba trabajo. Tuve que esperar a conocer a alguien que a su vez conocía a alguien que trabajaba en Virgin para poder empezar a ser dependienta durante unos meses. Trabajar por el sueldo mínimo se había vuelto una especie de lujo. El mercado se había endurecido y entretanto, yo me había hecho mayor y tenía lagunas sospechosas en mi CV. La readaptación no era evidente. El único trabajo estable que encontré consistía en hacer reseñas de películas X para un editor de revistas porno. Y eso no daba para pagar un alquiler en París. Cuidé niños, cosa que al menos era divertida, pero eso tampoco daba para vivir en la capital.
Durante cierto tiempo estuve así, volviendo y dejándolo, hasta que me convertí en Virginie Despentes. Siempre me ha impresionado la similitud entre la parte promocional de mi trabajo de escritora mediatizada y el acto de prostituirse. Con la diferencia de que cuando dices «soy puta», tienes a todos los salvadores de tu parte, mientras que cuando dices «salgo en la tele» lo único que encuentras son envidiosos. Pero el sentimiento de no poseerse a sí misma por completo, de vender lo íntimo, de mostrar lo privado, es exactamente el mismo.
Aún no veo bien la diferencia entre la prostitución y el trabajo asalariado legal, entre la prostitución y la seducción femenina, entre el sexo pagado y el sexo interesado, entre lo que conocí durante aquellos años y lo que he visto después. Lo que las mujeres hacen con su cuerpo, desde el momento en que hay hombres que tienen pasta y poder alrededor, me parece todo bastante parecido al final. Entre la feminidad tal y como se nos vende en las revistas y la de la puta, se me escapa siempre el matiz de diferencia. Porque aunque algunas no digan claramente cuáles son sus honorarios, tengo la impresión de haber conocido a muchas putas. Muchas mujeres a las que el sexo no les interesa pero que saben sacar beneficios de él. Que se acuestan con hombres viejos, feos, muermos, idiotas hasta la depresión, pero socialmente poderosos. Que se casan con ellos y que luchan por sacar un máximo de dinero en el momento del divorcio. Que les parece normal que una mujer sea una mantenida, que se la lleve de viaje, que se la mime. Que incluso piensan que eso es un éxito. Es triste escuchar a algunas mujeres hablar del amor como de un contrato económico implícito. Que esperan que los hombres paguen por acostarse con ellas. Eso me parece lo más cutre, en su caso, que renuncien a toda independencia —al menos la puta, una vez que ha satisfecho a su cliente, puede largarse tranquila— y en el caso de los hombres, que solo puedan acceder a la sexualidad si tienen un modo de apoquinar. Es mi lado clase media: hay evidencias que no puedo digerir y respecto a las cuales me falta sutileza. Pero si tuviera que dar consejo a una chavalita, le diría que hiciera las cosas sin tapujos, que guardara su independencia, y que si quiere, saque provecho de sus encantos en lugar de casarse, encerrarse, parir y dejar que un tipo al que ella no soporta y que no la lleva de viaje le ponga un cerrojo.
A los hombres les gusta pensar que lo que las mujeres prefieren es seducirles y hacerles enloquecer. Pura proyección homosexual: si fueran de sexo femenino, lo que les gustaría a ellos es excitar a otros hombres. Vale, es verdad, es agradable hacerles perder la cabeza a base de escotes y de carmín. Hay a quien le gusta llevar un disfraz de Mickey para distraer a los niños, pero hay quien prefiere otra cosa. Por ejemplo, hay quien prefiere no trabajar en Disney. Seducir está al alcance de muchas jóvenes, siempre que acepten jugar el juego, porque de lo que se trata es de reconfortar a los hombres sobre su virilidad, jugando el juego de la feminidad. Sacar un beneficio personal exige un perfil preciso, cualidades poco frecuentes. Todas no venimos de las clases sociales superiores, a todas no nos han entrenado para sacar el máximo de dinero de los hombres. Y, además, algunas preferimos el dinero que ganamos nosotras mismas. A diferencia de la idea que se hacen muchos hombres, no todas las mujeres tienen alma de cortesanas. A algunas, por ejemplo, les gusta el poder directo, el que permite llegar donde quieres sin necesidad de sonreír a tres fulanos esperando que les contraten como esto, o les confíen aquello. El poder que te permite ser desagradable, exigir, ser cortante. Y ese poder no es más vulgar cuando una mujer lo ejerce que cuando lo hace un hombre. Se supone que, a causa de nuestro sexo, nosotras debemos renunciar a este tipo de placer. Eso es mucho pedir. No nos encontramos con muchas Sharon Stone en la vida. Hay más bellezas pasadas de coca, idiotas con vestidos bonitos. A los hombres les gustan las chicas guapas, cortejarlas y fanfarronear cuando se llevan una al huerto. Pero lo que más les gusta en realidad es ver cómo se la pegan mientras simulan compadecerlas o se alegran directamente. La prueba es su tosca alegría cuando ven envejecer a aquellas mujeres que no han podido obtener o a las que les hicieron sufrir. ¿Acaso hay algo más rápido y previsible que la caída de una mujer que ha sido guapa? No es necesario tener mucha paciencia para obtener venganza.
«Lo que resulta inaceptable no es que se gratifique materialmente a una mujer a cambio de satisfacer el deseo de un hombre, sino que se pida esa gratificación de forma explícita», escribe Pheterson.
Como el trabajo doméstico y la educación de los niños, el servicio sexual debe ser gratuito. El dinero es la independencia. Lo que ataca la moral en la práctica del sexo pagado no es el hecho de que la mujer no encuentre placer, sino que se aleje del hogar y que gane su propia independencia. La puta es la «criatura del asfalto», la que se apropia de la ciudad. Trabaja fuera de la domesticidad y de la maternidad, fuera de la célula familiar. Los hombres no necesitan mentirle, ni ella necesita engañarlos, más bien ella se puede convertir en su cómplice. Tradicionalmente, las mujeres y los hombres no están hechos para comprenderse, entenderse y ser sinceros entre sí. Claramente, esta posibilidad da miedo.
Los medios de comunicación franceses, los artículos, los documentales y los reportajes de radio se centran siempre en las formas más sórdidas de la prostitución, como la de calle en la que se explota a las mujeres sin papeles. Por su dimensión espectacular evidente: un poco de injusticia medieval en nuestras carreteras siempre produce buenas imágenes. Nos gusta contar historias de mujeres maltratadas que cuentan a las otras que se han librado por los pelos de lo peor. Además resulta más fácil, porque los y las que trabajan en el exterior no pueden mentir acerca de su actividad, como lo hacen los que la practican a través de internet. Buscamos lo más sórdido y lo encontramos sin mucha dificultad porque esa es precisamente la prostitución que no puede sustraerse a la mirada pública. Chicas ilegales, que trabajan sin dar su consentimiento, que hacen clientes en cadena, domesticadas por la violación, drogadas, retratos de chicas perdidas. Cuanto más cutre, mejor y más fuerte se siente un hombre en comparación. Cuanto más sórdido, más emancipado se siente el pueblo francés. Así, a partir de imágenes inaceptables de un tipo de prostitución practicada en condiciones asquerosas, se acaban extrayendo conclusiones sobre el mercado del sexo en su conjunto. Es tan pertinente como hablar del trabajo textil mostrando únicamente imágenes de niños sin contrato en sótanos. No importa, lo que cuenta es poder transmitir una única idea: ninguna mujer debe sacar beneficios de sus servicios sexuales fuera del matrimonio. En ningún caso ella es lo suficientemente adulta como para negociar con sus encantos. Prefiere forzosamente tener un trabajo honesto. Honesto según las instancias morales. Un trabajo no degradante. Porque el sexo para las mujeres, sin amor, es siempre degradante.
Esta imagen precisa de la prostituta, que nos gusta tanto exhibir, una mujer privada de todos sus derechos, de su autonomía, de su poder de decisión, sirve varias funciones. Principalmente mostrar a los hombres que quieren hacérselo con una puta lo bajo que deberán caer para conseguirlo. De este modo, también se les arrastra a ellos hasta la célula familiar: todo el mundo a casa. Es también una manera de recordarles que su sexualidad es monstruosa, que crea víctimas y destruye vidas. Porque la sexualidad masculina debe seguir siendo criminal, peligrosa, asocial y amenazadora. Esto no es una verdad en sí, es una construcción cultural. Cuando impedimos que las putas trabajen en condiciones decentes, atacamos directamente a las mujeres, pero también buscamos controlar la sexualidad de los hombres. Echar un polvo cuando tienen ganas no debe ser algo agradable y fácil. Su sexualidad debe seguir siendo un problema. De nuevo, doble imposición: en la ciudad todas las imágenes invitan al deseo, pero el alivio debe seguir siendo problemático, cargado de culpa.
La decisión política que consiste en hacer de las prostitutas víctimas también cumple una función: marcar el deseo masculino, encerrarlo en la infamia. Que se corran pagando, si quieren, pero que para hacerlo tengan que meterse en el fango, la vergüenza y la miseria. El pacto de la prostitución «yo te pago y tú me satisfaces» es la base de la relación heterosexual. Hacernos creer que ese contrato es extraño a nuestra cultura es pura hipocresía. Al contrario, la relación entre el cliente varón heterosexual y la puta es un contrato entre los sexos sano y claro. Por eso, es necesario complicarlo de manera artificial.
Cuando las leyes Sarkozy sacan a las prostitutas de la calle fuera de la ciudad, obligándolas a trabajar en los bosques, del otro lado de las autopistas, a merced de los caprichos de los policías y los clientes (el símbolo del bosque es interesante: la sexualidad debe salir físicamente del dominio de lo visible, de lo consciente, de lo iluminado), no se trata de una decisión política que proteja la moral. La cuestión no es solamente evitar que esta población pobre esté a la vista de los ciudadanos del centro de las ciudades, los más ricos de entre nosotros. A través del cuerpo de la mujer, definitivamente un instrumento esencial en la elaboración política de la mística de la masculinidad, el gobierno decide deportar fuera de la ciudad el deseo bestial de los hombres. Si las putas se instalaban hasta ahora sin problema en los barrios favorecidos, es porque los clientes estaban allí, y se paraban para que les hicieran una mamada rápida antes de volver a sus casas.
En su libro, Pheterson cita a Freud: «la corriente tierna y la corriente sensual solo se han fusionado como es necesario en un pequeño grupo de seres civilizados; los hombres se sienten casi siempre limitados en el ejercicio de su actividad sexual por respeto a las mujeres y solo desarrollan su plena potencia sexual cuando se encuentran en presencia de un objeto sexual despreciado, una cuestión fundada también sobre el hecho de que existen en sus deseos sexuales componentes perversos que no se permiten satisfacer con una mujer a la que respetan».
La dicotomía madre-puta está dibujada artificialmente sobre el cuerpo de las mujeres, un poco como el mapa de África: sin tener en cuenta las realidades del terreno, sino únicamente los intereses de los colonizadores. Esta separación no procede de un proceso «natural», sino de una voluntad política. Se condena a las mujeres a estar escindidas en dos opciones incompatibles. Al mismo tiempo, se encierra a los hombres en otra dicotomía: lo que se la pone dura debe ser problemático. Sobre todo, que no haya reconciliación, es un imperativo. Una de las características particulares de los hombres es una tendencia a despreciar aquello que desean, así como a despreciarse a sí mismos a causa de la manifestación física de ese deseo. En desacuerdo fundamental con ellos mismos, se empalman con aquello que avergüenza. Al eliminar la prostitución de las calles, la que ofrece un alivio más rápido, el cuerpo social complica el alivio de los hombres.
Una frase de cliente me ha marcado, una frase repetida varias veces, por distintos hombres, después de sesiones muy diferentes unas de otras. Me decían, en un tono suave y algo triste, en todo caso resignado: «es a causa de hombres como yo que chicas como tú hacen lo que hacen». Era una manera de reasignarme a mi posición de chica perdida, probablemente porque yo no daba suficientemente la impresión de sufrir con lo que hacía. Era también una frase que venía a expresar lo doloroso que es el recinto del placer masculino: lo que a mí me gusta hacer contigo produce forzosamente infelicidad. A solas con su culpabilidad. Es necesario que se avergüencen de su propio deseo, incluso si encuentran satisfacción en un contexto que no causaría dolor, donde ambas partes podrían satisfacerse. El deseo de los hombres debe herir a las mujeres, ultrajarlas. Y, en consecuencia, debe culpabilizar a los hombres. De nuevo, no se trata de una fatalidad, sino de una construcción política. Actualmente, los hombres no dan la impresión de querer liberarse de este tipo de cadenas. Más bien al contrario.
No estoy afirmando que en cualquier condición y para cualquier mujer esta forma de trabajo resulte anodina. Pero teniendo en cuenta que el mundo económico actual es lo que es, es decir una guerra fría sin piedad, prohibir el ejercicio de la prostitución en un marco legal adecuado, es prohibir a la clase femenina enriquecerse y sacar ventaja de su propia estigmatización.
Creo que no tendría un recuerdo tan positivo de mis años de puta sin la lectura de las feministas americanas «pro-sexo[5]», Norma Jane Almodóvar, Carol Queen, Scarlot Harlot, Margot St. James, por ejemplo. No es casual que ninguno de sus textos estén traducidos al francés —o al español—, que el libro El prisma de la prostitución de Pheterson haya tenido una pequeña difusión a pesar de ser una obra ineludible, que el libro de Claire Carthonnet Jai des choses a vons dire no se conozca apenas o que sea considerado como un simple testimonio. El desierto teórico al que nos condenamos socialmente es una estrategia. Es necesario guardar la prostitución en la vergüenza y la oscuridad para proteger tanto como sea posible la célula familiar tradicional.
Vuelvo a hacerme algunos clientes a finales del 91, escribo Fóllame en abril del 92. No creo que se trate de simple azar. Existe una relación real entre escritura y prostitución. Emanciparse, hacer lo que no debe hacerse, ofrecer la intimidad, exponerse a los peligros de ser juzgado por los otros, aceptar la exclusión del grupo. Más en concreto, como mujer: convertirse en una mujer pública. Ser leída por cualquiera, hablar de aquello que debe permanecer en secreto, exhibirse en los periódicos… En conflicto evidente con la posición que se nos asigna tradicionalmente: mujer privada, propiedad, mitad y sombra del hombre. Convertirse en escritora, ganar dinero fácilmente, provocar tanta repulsión como fascinación: la vergüenza pública es comparable a la de la puta. Aliviar, acompañar a aquellos que nadie quiere, compartir la intimidad con un desconocido, aceptar sin juzgar diferentes tipos de deseo. Encontramos muchas prostitutas en las novelas: Bola de sebo, Nana, Sofía Semionovna, Marguerite, Fantine… Son figuras populares, anti-madres, en el sentido religioso del término, mujeres que no juzgan, que son comprensivas, que reconocen el deseo de los hombres, condenadas y libres. Cuando los hombres sueñan que son mujeres, se imaginan más fácilmente siendo putas, excluidas y libres de movimientos, que siendo madres de familia preocupadas de la limpieza del hogar.
A menudo, las cosas son exactamente lo contrario de lo que nos dicen que son, por eso nos lo repiten con tanta insistencia y brutalidad. La figura de la puta es un buen ejemplo: cuando afirmamos que la prostitución es una «violencia contra las mujeres» es para que olvidemos que es el matrimonio lo que constituye una violencia contra las mujeres y, de modo general, todo lo que aguantamos. Aquellas que se dejan follar gratis deben seguir diciendo que su opción es la única posible, si no ¿cómo las retendríamos? La sexualidad masculina en sí misma no constituye una violencia contra las mujeres, si estas consienten y están bien pagadas. Lo que resulta violento es el control que se ejerce sobre cada una y cada uno de nosotros, la facultad de decidir por nosotros lo que es digno y lo que no lo es.
La pornografía es como un espejo en el que podemos mirarnos. A veces, lo que vemos no es muy bonito y nos puede hacer sentir bastante mal. Pero es una ocasión maravillosa para conocerse a sí mismo, para aproximarse a la verdad y aprender.
La respuesta al porno malo no es la prohibición del porno, sino hacer mejores películas porno.
ANNIE SPRINKIE, Hardcore from the Heart, 2001